No son pocas las novelas que utilizan el fin del mundo como escenario. Sin embargo, en Todos los fines del mundo (Random House, 2026), la escritora Andrea Chapela (Ciudad de México, 1990), convierte esa posibilidad en una medida de nuestros afectos. En una historia que se mueve entre Madrid y Ciudad de México, entre el diario, el teatro y la narración, Chapela desdibuja las fronteras entre amistad, amor y familia para preguntarse qué vínculos permanecen cuando las estructuras que los sostenían empiezan a resquebrajarse. Química de formación y una de las autoras seleccionadas por Granta entre las mejores jóvenes narradoras en español en 2021, conversa sobre los lenguajes que todavía no tenemos para nombrar ciertos afectos, sobre la responsabilidad colectiva frente al futuro y sobre la necesidad de seguir imaginando alternativas incluso cuando el colapso parece haber colonizado nuestra imaginación.
Muchas ficciones responden a preguntas que nos hacemos. En este caso, una muy evidente sería: ¿con quién pasaríamos el fin del mundo? Pero creo que, en realidad, la pregunta es otra: ¿quiénes son nuestra familia cuando dejamos de pensarla en términos de sangre o de pareja?
Sí, yo creo que esa es la pregunta del libro. Incluso podríamos ampliarla y no pensar tanto en la familia como en quiénes son las personas con las que decidimos pasar nuestro tiempo. Es una de las decisiones más importantes que tomamos: con quién vamos a enlazarnos de alguna manera.
La palabra «familia», igual que «pareja», está muy cargada de significados. Tenemos una idea muy concreta de cómo debería verse una familia, pero esa idea está atravesada por la sociedad, por el momento histórico y por el lugar en el que vivimos. Las familias no se han visto igual a lo largo de la historia ni en todos los lugares del planeta. Sin embargo, durante el siglo XX se consolidó un modelo muy claro de familia y de pareja. El libro intenta poner sobre la mesa que una cosa son esas construcciones sociales y otra muy distinta lo que realmente nos sucede por dentro. No siempre coinciden.
Hace poco escuchaba a alguien decir que la familia es una gran mentira que nos protege. ¿Llamamos familia a demasiadas cosas? Renegamos de la familia nuclear y hablamos de la familia elegida, pero quizá también la estamos romantizando.
Creo que la palabra familia implica algo muy cercano a la idea de hogar: un lugar al que perteneces y donde puedes ser quien eres. La familia de sangre tiene esa particularidad de que uno no la elige y, en cierto sentido, puede existir ahí sin justificarse. La familia elegida también tiene algo de eso. Elegimos personas con las que podemos ser nosotros mismos. Además, esa idea de familia elegida viene, en gran parte, de la experiencia queer, de construir un hogar cuando la familia biológica no es el espacio donde uno puede existir plenamente.
También vivimos en un momento en el que hablamos de cientos de amistades y, sin embargo, vemos realmente a muy pocas personas. Todo eso también forma parte de la conversación sobre cómo construimos nuestras relaciones. En el libro, de hecho, la palabra «familia» casi no aparece; Angélica, la protagonista, nunca piensa en esos términos. Está constantemente moviéndose entre lo que llama amistad y lo que llama amor. Y esa distinción siempre me ha parecido una pregunta un poco tramposa, porque la amistad también es una forma de amor. Lo que Angélica intenta preservar es ese vínculo en el que siente que comprende a los otros y también es comprendida. A veces hablamos mucho de lo que recibimos de las relaciones, pero también importa lo que entregamos. Entender cuál es tu lugar dentro de un grupo también da mucha seguridad.
La relación entre Angélica, Manu y Susana parece resistirse constantemente a tener un nombre. Tengo la sensación de que a veces sufrimos tanto porque no tenemos un lenguaje con el que explicar lo que vivimos.
Creo que cuando hablamos de emociones siempre existe una tensión muy grande. Nombrar algo significa darle forma, ponerlo en el mundo y permitir que otra persona pueda entenderlo. En el libro, esa relación tarda mucho en nombrarse porque Angélica no sabe realmente qué quiere. Lo único que sabe es que existen cosas sin nombre que desea. Pero ponerles nombre implica arriesgarse a que la otra persona diga: «No, eso no es». Y ahí puede terminar la conversación.
Hay mucho miedo a esa vulnerabilidad. Angélica dice en un momento que lo único que quiere saber es que, si se lanza, los otros van a acompañarla. No necesita saber cuál será el resultado; necesita saber que no estará sola. Y la única manera de descubrirlo es hablándolo.
La literatura ha dedicado millones de páginas al amor romántico, pero muchas menos a las amistades, que al final sostienen muchas vidas. ¿Crees que la amistad sigue siendo el gran vínculo secundario de la ficción?
La palabra «amistad» engloba muchísimas formas distintas de relación. Puede ser desde una compañera de trabajo hasta una amiga de la infancia o una persona con la que compartes la vida de una manera muy intensa. Eso tiene una ventaja: a la amistad se le permite transformarse mucho más que al amor romántico. Las amistades cambian, se adaptan, se alejan y vuelven. En cambio, el amor romántico suele presentarse como una especie de cima a partir de la cual parece que ya no puede existir otra forma del vínculo.
Creo que, en los últimos quince años, la literatura ha empezado a prestar mucha más atención a la amistad. Para mí, El Cuarteto de Nápoles —la saga Dos amigas— de Elena Ferrante marca un punto de inflexión muy importante, sobre todo en la escritura de la amistad entre mujeres. También tiene que ver con un cambio generacional. Mi madre, por ejemplo, siempre pensó que las amistades eran las que iban pasando y que la pareja permanecía. En cambio, muchas personas de mi generación sentimos justo lo contrario: que las amistades permanecen y que son las parejas las que van pasando. Eso tiene mucho que ver con cómo ha cambiado nuestra forma de vivir, de movernos y también con que el modelo tradicional de pareja y de familia ya no resulta necesariamente el más estable ni el más deseable.
La maternidad apenas ocupa espacio en la novela, pero el libro está lleno de preguntas sobre el futuro. ¿Te interesa separar la idea de futuro de la obligación de tener hijos?
Sí. La verdad es que, aunque tengo treinta y seis años, pienso muy poco en la maternidad. Creo que tiene que existir una manera de apostar por el futuro que no pase únicamente por tener hijos. Todos participamos en la construcción del futuro a través de nuestras decisiones colectivas. Es verdad que alguna vez leí que tener un hijo es la mayor apuesta que uno puede hacer por el futuro, porque de repente tienes carne en el juego. Pero quienes decidimos no tener hijos también tenemos la responsabilidad de apostar por ese futuro.
Además, creo que los hijos nunca son únicamente responsabilidad de sus padres. Es una responsabilidad colectiva. Vivimos en comunidad y el futuro también se construye desde ahí. En ese sentido, el libro habla mucho de esa búsqueda de lo colectivo. Los niños son necesarios para el futuro de nuestra especie, pero el futuro pertenece a todos.
Pienso mucho en una frase de Lucrecia Martel que dice que hay que inventarse el futuro que queremos. Me interesa esa idea porque, aunque yo decida no tener hijos, en el futuro que imagino siguen existiendo los niños. Tengo sobrinos y sobrinas y pienso mucho en ellos y en el mundo que vamos construyendo para quienes todavía no existen.
Hay un símbolo muy importante en el libro: ese cuidado colectivo no solo de las personas, sino también de las plantas, de los animales y de todo lo que hace posible la vida.
Vivimos en un mundo que constantemente nos empuja hacia el presente inmediato, hacia nuestra pequeña casa y nuestras preocupaciones individuales. Pensar desde lo colectivo también alivia la ansiedad de sentir que uno tiene que sostenerlo todo solo. Yo sí creo profundamente que las vidas se sostienen entre varias personas.
¿Crees que nos hemos acostumbrado tanto a imaginar el colapso que hemos dejado de imaginar alternativas?
Sí, en cierta medida. Y también creo que hay a quien le conviene que no imaginemos alternativas. Paradójicamente, el colapso también ofrece una cierta tranquilidad: si todo va a acabarse, entonces también desaparece la responsabilidad. Pensar que después del colapso ya no hay nada puede resultar incluso reconfortante. Pero si pensamos que después del colapso sigue habiendo vida y que lo que hagamos ahora será precisamente ese futuro, entonces ya no podemos soltarnos. Hay que seguir imaginando.
También es verdad que muchas alternativas que parecían prometedoras durante las últimas décadas terminaron decepcionándonos. Quizá por eso hemos perdido parte de esa imaginación. Pero creo que ha llegado el momento de volver a pensar fuera de la caja, aunque sea muy difícil.

«¿Con quién pasarías el fin del mundo?» podría parecer una pregunta hipotética, pero para Angélica, que vive en un mundo dominado por la catástrofe climática, con estaciones extremas y días de encierro, se vuelve una obsesión. En Madrid, Manu y Susana, sus vecinos, amigos, amores, representan una opción posible: los tres juntos, acostados en el parque; juntos, abrazados viendo alguna película en el cuarto de Manu; juntos, durante la emergencia, en el bar que atiende Susana. Antes de responder, Angélica debe regresar a México llevándose con ella esa pregunta, que la acompañará incluso después del colapso global.
Todos los fines del mundo es una historia dividida en tres partes que se desplaza con gran inteligencia entre lugares, géneros literarios y temporalidades, e indaga la tenue división entre la amistad y el amor. Con fuerza y talento narrativo, Andrea Chapela nos devuelve con esta novela una esperanza de futuro incluso en medio del desastre.






