Hoy leía: «El divorcio no te dará la paz que te prometieron» en una publicación en redes sociales. Y me he acordado de que Victoria estaba esperando mi artículo para el siguiente número de MaMagazine. Cuando me explicó hace unos días de qué iba a tratar, sentí que había algo ahí que me rozaba de cerca y, al leer esta frase hoy, sentí que encontraba por fin el hilo de un texto que llevaba semanas buscando una forma de escribirse.
Hablemos, pues, de la huida emocional contemporánea enfocada en el divorcio, la ruptura de unidades familiares y la caída de estructuras importantes bajo una especie de promesa de paz externa que, a veces, no llega. Quizás convenga mirar de frente —y más despacio— los fuegos que desatan nuestras pasiones: ¿son incendios de verdad o pequeños fuegos que reclaman ser vistos de otra forma? ¿Nos vamos desde la consciencia o huimos desde la herida? ¿Estamos pensando verdaderamente en lo que destruimos cuando rompemos una familia o esa unidad que un día construimos, o simplemente estamos intentando sobrevivir a algo que ya no sabemos sostener?
Soy una mujer divorciada y, especialmente hoy, teclado en mano, es un día particularmente concreto dentro de la historia de mi matrimonio-divorcio. Cosas de la vida. Y quizás por eso, hoy más que nunca, reconozco que existe una romantización del empezar desde cero. Pero también una enorme dificultad para sostener procesos profundos y lentos, y para distinguir entre una decisión necesaria y una huida impulsiva. Y me pregunto: ¿cuántas veces, a día de hoy, incendiamos el matrimonio —o la familia— y buscamos salir corriendo por la escalera de incendios hacia nuevas pasiones e ilusiones que nos prometen paz, plenitud y felicidad, aunque después sigan siendo tan difíciles de alcanzar?
Soy partidaria del divorcio cuando realmente no somos felices y sentimos plenamente que esa historia ha terminado en nuestra vida; pero también soy una fiel convencida de que irse demasiado rápido no es señal ni de victoria ni de paz. Nos mueve la fascinación, el enamoramiento como evasión de la realidad, la necesidad de sentirnos vivas de nuevo, los ya tan habituales “merezco algo mejor”, “esto me limita” o “quiero volver a empezar”. A veces no rompemos el amor porque haya desaparecido, sino porque ya no sabemos quiénes somos dentro de esa vida. Entonces, cualquier intensidad nueva parece una salida.
Y, por supuesto, la pasión es real, el deseo es palpable, la asfixia en algunas relaciones existe y no todo divorcio es un error: hay matrimonios que deben terminar, relaciones que ya no pueden sostener la vida que una mujer necesita y divorcios profundamente liberadores. Pero también existen rupturas impulsadas por heridas que no hemos querido mirar a tiempo. Por mucho que una decisión se tome pensando que es lo mejor para una misma, es posible que ese paso no sea el adecuado, ya que si te vas de una relación, proyecto o familia sin haberte observado primero a ti, pronto o tarde algo hará que frenes y mires quién eres, dónde estás y hacia dónde vas. Luego nos encontramos con divorcios que pesan más que el propio matrimonio que nos hacía infelices: divorcios que no se consiguen atravesar con el duelo, divorcios idealizados que nos mantienen persiguiendo pasiones ilusorias allá donde vayamos y otros que nos hacen sentir mal y culpables.
Cuando una ruptura nace desde una herida, el vacío que nos llevó a tomar esa decisión seguirá hablándonos fuerte y seguiremos intentando taponarlo o silenciarlo. Y en ese punto nos daremos cuenta de que un divorcio no va del otro: va de nosotras. Y si lo que estaba roto era dentro, seguirá existiendo y lo seguiremos proyectando fuera, una y otra vez, de distintas maneras.
¿No hemos ido al otro extremo? Quizás hace falta revisar las pasiones que nos llevan a querer salir de un lugar y plantearnos si esa salida nos llevará a una solución real o solo a un sucedáneo temporal.
Es mucha mi insistencia en recordar a quien se cruza conmigo o decide dejarse acompañar por mí la importancia de revisar su interior. Esas heridas que nos empujan a pensar con la mente nublada, emociones insostenibles que nos llevan a tirar todo por la borda sin saber exactamente por qué e ideales que no existen más allá de nuestro imaginario.
Si el divorcio se convierte en un peso emocional permanente del que no logras salir, quizás hay algo de esa decisión —o de ti misma dentro de ella— que todavía necesita ser mirado. Quizás el tema no estaba en la familia o la pareja; quizás donde había que mirar era hacia dentro. A veces, quedarse, observarse y dejar de mirar al otro con lupa puede darnos mayor claridad que el simple hecho de culpabilizar —al otro o a una misma—.
¿Qué parte de ti estás intentando salvar cuando huyes? Porque hay incendios que sí deben obligarnos a salir corriendo, pero también existen fuegos internos de los que ninguna escalera de incendios podrá rescatarnos. A veces, bajar esos peldaños nos salva la vida y otras solo nos aleja del lugar donde necesitábamos quedarnos a respirar.
Cristina Bayés es escritora, coach de consciencia y doula en formación.
Puedes encontrarla en cristinabayes.com
Este artículo se publicó por primera vez en Jugar con fuego, volumen 17 de la revista MaMagazine en papel.






