niños confinados menos estresados
Imagen: Caleb Woods

NIÑOS CONFINADOS, MENOS ESTRESADOS

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Esta semana,  las psicólogas especializadas en desarrollo infantil Marta Giménez-Dasí, de la Universidad Complutense de Madrid, y Laura Quintanilla, de la UNED, han presentado el estudio  Seis semanas de confinamiento: Efectos psicológicos en una muestra de niños de infantil y primaria con resultados realmente sorprendentes. Este estudio está hecho con niños y niñas de 3, 6, 8 y 10 años.

Las autoras señalan en su estudio que los niños y niñas de 6 años no muestran cambios en sus niveles de ansiedad, pero los de 8 y 10 años disminuyen significativamente sus niveles de ansiedad. Apuntan que es posible que los niños y niñas de 6 años estén más protegidos que los de 8 y 10 del estrés que supone la vida cotidiana y la rutina escolar. A medida que crecen, los niños y niñas pueden aumentar sus niveles de estrés por las mayores demandas del contexto (mayores niveles de exigencia académica, de actividades extraescolares, de vida social, etc.). Es posible que la desaparición de esas demandas del contexto haya provocado una disminución de los niveles de estrés. El proceso vivido por los niños y niñas de 8 y 10 años durante el confinamiento habría sido similar al de muchos adultos, quienes también han experimentado los beneficios de llevar un ritmo de vida más tranquilo.

En la medida de ansiedad han sido los propios niños los que se han evaluado antes y durante el confinamiento (niños de 6, 8 y 10, encontrando solo diferencias significativas en los de 8 y 10. Los de 6 bajan también, pero la diferencia no es significativa). Las otras variables (regulación de todo tipo, conducta desafiante, depresión y disposición al estudio) han sido evaluadas por los padres antes y durante el confinamiento. 

Respecto a los niños de Infantil (3 años, evaluados por sus padres) no muestran cambios en su bienestar psicológico, siendo los niños de Primaria quienes empeoran de forma significativa en índices relacionados con la regulación emocional, atencional y conductual, sobre todo el índice que evalúa la disposición al estudio. Es posible que los niños de 3 años estén más protegidos que los de Primaria del estrés que supone el confinamiento gracias su vida familiar o su propio funcionamiento cognitivo. El gran papel que desempeña la ficción a estas edades podría ser un factor protector de la salud mental.

Marta Giménez-Dasí, una de las autoras de este estudio, nos cuenta algunas de las claves  de este estudio y nos da pistas muy necesarias para poder reflexionar sobre nuestros ritmos de vida y mejorar la salud emocional de los más pequeños.

¿Cuál es el germen de este estudio? ¿Por qué pensasteis en medir el estrés de los niños en periodo de confinamiento?

Este estudio es un ejemplo de algo que estudié en primero de carrera y nunca había visto, lo que se llama “serendipity”, que es encontrarte en una situación que te permite estudiar algo que no habías previsto y descubres algo que no esperabas. En nuestro caso, estábamos trabajando en un proyecto de investigación en dos centros escolares de la zona noroeste de Madrid y en febrero hicimos una evaluación muy completa de los niños. Estábamos trabajando con niños de 3, 6, 8 y 10 años y sus profesores, sus padres y ellos mismos rellenaron muchas escalas para saber cómo estaban en su vida cotidiana. El 11 de marzo cerraron los colegios y nos quedamos sin proyecto. Al cabo de unas semanas, las personas que formamos parte del equipo empezamos a hablar sobre cómo veíamos a nuestros hijos y algunas, yo entre ellas, veíamos que estaban muy bien, muy relajados, contentos de estar en casa. No era el caso de todas nosotras, por supuesto, pero era algo muy llamativo. Nos sorprendió mucho porque esperábamos todo lo contrario. A partir de ahí empezamos a pensar que teníamos ¡un tesoro! La medida de febrero nos iba a permitir comparar cómo estaban los niños en su vida normal con cómo estaban en el confinamiento. Las directoras de los centros escolares nos ayudaron mucho a trasladar la información a las familias y pedirles su colaboración. No era fácil en aquel momento porque muchos padres y madres estaban absolutamente saturados y estresados. También hicimos un gran esfuerzo y seleccionamos solo aquellas escalas que nos parecieron imprescindibles. Aunque hemos perdido bastante muestra, respecto de la original con la que trabajamos en febrero, hemos obtenido un número bastante aceptable de respuestas. Muchas familias han entendido la importancia de aprovechar la situación y nos han dado las gracias por interesarnos por los niños.

 

¿Cuáles son las principales conclusiones que extraéis de este estudio? 

Para mí hay dos conclusiones principales. La primera es una llamada de atención sobre el ritmo de vida que los adultos imponemos a los niños. Por supuesto, lo hacemos pensando que es lo mejor para ellos, pero creo que es necesario pararse a pensar un poco si realmente es tan beneficioso en todos los casos. Me parece muy llamativo también que muchos adultos han sentido lo mismo que estos niños durante el confinamiento. Se han liberado de las obligaciones y han podido vivir de una forma más relajada y eso ha sido muy beneficioso. Muchos niños creo que han vivido algo parecido, pero lo preocupante es precisamente que sean niños, que esto ocurra ya desde los 8 años. Es muy pronto para que liberarse de la vida cotidiana tenga un efecto positivo. Lo que nos indica es que hay un exceso de presión, actividad, obligación o como lo queramos llamar. La segunda es una llamada de atención al sistema educativo, que creo que es uno de los factores que contribuye a ese estrés de los niños. Lo hemos visto en estos resultados, pero veo algo parecido en mis propios alumnos, que son universitarios. Con ellos no hace falta tomar medidas ni que nadie me lo cuente porque lo veo cada día en clase. Los alumnos universitarios tienen un estrés y una presión tan grande que disfrutan poco del proceso de aprendizaje y es una pena. No sé qué hacemos mal, pero es muy sintomático. Encontrar algo parecido a los 8 años me parece una llamada de atención muy importante. La infancia no debería ser un momento en el que se viva con presión.

¿Cuál ha sido vuestra dinámica de trabajo?

La dinámica de trabajo ha sido bastante fluida. Hemos puesto a disposición de los padres y los niños los cuestionarios a través de Google Forms y después hemos analizado los datos. La dirección de los centros educativos ha sido el nexo entre el equipo y las familias y hemos funcionado muy bien. Hay mucha sinergia entre los centros y nosotras porque compartimos muchos puntos de vista y preocupaciones. Y tenemos siempre una mirada recíproca muy empática. Nosotras comprendemos su situación e intentamos adaptarnos y ellos también hacen muchos esfuerzos para que nuestro trabajo salga adelante. Nuestra investigación es una carga de trabajo adicional para ellos, para directores y profesores. Sin su ayuda no podríamos investigar, así que les estoy profundamente agradecida.

Marta Giménez-Dasí, una de las autoras del estudio.

Estrés y ansiedad en los niños… ¿indica algo de la actitud de los padres?

Algo que me parece muy importante resaltar es que de los resultados del trabajo no se puede concluir que haya un culpable. No es en absoluto nuestro objetivo y sería una temeridad por nuestra parte porque no tenemos datos. Después podemos intentar entender qué está pasando, pero de ninguna manera hay que culpar a nadie. Los padres lo hacen lo mejor que pueden y los centros educativos también. El problema es que vivimos una vida muy complicada y creo que hay muchos factores implicados. Los niños de nuestro estudio viven en unas condiciones difícilmente mejorables para nuestro país. Hemos preguntado a las familias por sus condiciones económicas, de vivienda, de salud y laborales durante el confinamiento y están en muy buenas condiciones. También hemos preguntado a los niños si tenían problemas familiares durante el confinamiento y nos han dicho que no. Son niños queridos y cuidados, así que no podemos culpar a los padres. Creo que es más bien el reflejo de una sociedad, de un ritmo de vida, de unas exigencias compartidas por todos, aunque no estemos de acuerdo con ellas, y la solución solo puede venir de la propia sociedad. Es muy difícil salirse a nivel individual.

 

¿Y qué crees que se puede hacer?

Sería necesario una toma de conciencia social y la puesta en marcha de medidas que protejan el desarrollo y la salud mental de los niños porque este tipo de problemas están aumentando de forma muy preocupante en las últimas décadas. El que la infancia desarrolle problemas de salud mental es muy mala noticia para los adultos del futuro. Habría que hacer mucha prevención y es posible hacerla, no es difícil, sabemos cómo hacerla. El problema es tomar conciencia y dedicar recursos. Para mí es un área prioritaria de trabajo. Me encantaría hablar con los responsables políticos para poner en marcha un plan de prevención de salud mental en la infancia. Y también me encantaría hablar con los empresarios y los directores de recursos humanos, para que entiendan la importancia tan grande que tiene el cuidado de los hijos al menos en los 3 primeros años de vida. Desde el embarazo y hasta los 3 años de vida se configura una arquitectura cerebral fundamental para el desarrollo posterior. Esta arquitectura es gran parte de los cimientos de la salud mental para la vida. El embarazo es un momento muy importante. Ya sabemos que el estado emocional de la madre es clave para el desarrollo del niño, pero todo este conocimiento que ya tenemos no se ha incorporado socialmente. Y las pautas no son difíciles de hacer. Hay cosas muy sencillas relacionadas con gestos o formas de hablar a los bebés que tienen un gran impacto en el desarrollo. De verdad no es tan difícil de hacer, solo hay que saberlo.

 

¿Indica este estudio que también se buscan nuevas capacidades o habilidades en los profesores para no solo transmitir conocimientos a los niños sino también para crear relaciones afectivas más fuertes con ellos?

Este tema toca directamente mi fibra más sensible. Sin duda, desde mi punto de vista, el profesor de cualquier nivel educativo es también un modelo, un referente afectivo para el alumno. Este modelo pasa por un filtro emocional, por una relación afectiva que se construye en la interacción en el aula. Entiendo que muchos profesores piensen que están formados para transmitir conocimiento y que la dimensión afectiva no forma parte de su trabajo. Esto es muy habitual en niveles como la educación secundaria y la universidad. Los profesores de primaria están mucho más concienciados y, por supuesto, los de infantil. Aún así, creo que incluso desde primaria la dimensión afectiva se descuida en muchas ocasiones y eso tiene muchas repercusiones para el resultado académico. Nuestro equipo de investigación lleva diez años trabajando para mejorar las competencias emocionales y sociales de los niños, pero nos hemos dado cuenta de que las habilidades emocionales y sociales del profesor son clave para que el niño pueda avanzar afectiva y académicamente. Entiendo que muchos profesores no se sientan implicados o no estén cómodos en este lugar porque no se esperaban esto en su trabajo o no han recibido formación, pero, para mí, al docente no le queda más remedio que entrar en lo afectivo. Hay muchos estudios que muestran que los profesores que experimentan burn out son los que tienen menos competencias emocionales y sociales. Es un resultado muy revelador. Creo que el sistema educativo en todos sus niveles se beneficiaría mucho si los agentes implicados dedicaran un poco más de atención y tiempo a la dimensión emocional y afectiva del alumnado.

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