© Roberto Frankenberg

THOMAS SCHLESSER Y LAS COSAS QUE SABEMOS

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Thomas Schlesser (París, 1977) es historiador del arte, profesor de la Escuela Politécnica de París y director de la Fundación Hartung-Bergman. Después del éxito internacional de Los ojos de Mona (Lumen, 2024), que acercó la historia del arte a más de un millón de lectores en sesenta países, regresa con El gato del jardinero (Lumen, 2026), una novela en la que la poesía ocupa el lugar que antes llenaron la pintura y los museos. En el centro de la novela están Louis y Talía y, sobre todo, aquello que cada uno sabe y el otro desconoce. Él entiende la tierra, los animales, las plantas y las herramientas; ella ha pasado su vida entre libros y conoce a Safo, Pessoa, Rimbaud, Pavese, Lorca o Césaire. Schlesser los reúne sin establecer una jerarquía entre esas dos formas de conocimiento: mientras Louis ayuda a Talía a recuperar su jardín, ella lo acerca a los poemas que la han acompañado durante toda su vida. El gato del jardinero nace de ese intercambio y de una idea que atraviesa también esta conversación: que la cultura no está separada de la experiencia, que puede incorporarse a ella y modificar nuestra manera de comprender lo que vivimos.

En Los ojos de Mona utilizabas la pintura para aprender a mirar; en El gato del jardinero eliges la poesía, precisamente un género que mucha gente considera difícil, incluso inaccesible. ¿Qué encontraste en la poesía que no podías encontrar en las imágenes?

La poesía ofrece la posibilidad de expresar emociones, en particular las más contradictorias. Voy a poner un ejemplo sencillo: la poesía es el gran lenguaje del amor. Ahora bien, la manera en que vivimos el amor es increíblemente diversa. Podemos amar apasionadamente; podemos desear sin amar y amar sin desear; podemos amar familiarmente, amistosamente; podemos querer amar y no amar. Estas sensaciones, estos sentimientos contradictorios, son muy difíciles de materializar. Los poetas se sumergen precisamente en esa materia para intentar darle forma. Por eso diría que la poesía tiene la gran ventaja de dar consistencia a las emociones más diversas y más difíciles de explicar.

Louis, el protagonista de tu novela, es un hombre que sabe comprender la tierra y los animales, pero que tiene enormes dificultades para encontrar palabras. Su amiga Talía, en cambio, vive rodeada de ellas. ¿Te interesaba enfrentar dos formas de conocimiento que solemos colocar en lugares muy distintos: la experiencia y la cultura?

Es exactamente eso. Hay personas que poseen una inteligencia práctica: no solo son capaces de ocuparse de un jardín, sino también de crear herramientas. Es una inteligencia verdadera, una inteligencia de las cosas, de las cosas completas. Talía, por su parte, tiene una inteligencia intelectual y verbal y, evidentemente, posee también la inteligencia de la poesía. Son dos tipos de inteligencia aparentemente diferentes que pueden encontrarse.

Cuando el gato que le acompaña enferma, Louis enmudece y ni siquiera consigue ponerle un nombre a lo que le ocurre. A lo largo de la novela, sin embargo, descubre palabras escritas por otros que consiguen decir aquello que él no puede decir. ¿La poesía empieza precisamente ahí, cuando nuestro propio lenguaje fracasa?

Sí, exactamente. Hay poemas muy hermosos que expresan esa idea: la poesía es otra voz cuando uno no tiene su propia voz. Por ejemplo, podemos citar a Aimé Césaire, el gran poeta francés de la negritud, que decía: «Mi boca será la boca de las desdichas que no tienen boca. Mi voz, la libertad de aquellas que se desploman en el calabozo de la desesperación». Así que, efectivamente, la poesía aparece cuando, en un momento dado, nuestra propia voz no está. En el libro digo que es como una tercera forma de vocalidad y que su función, en ese sentido, consiste sin duda en consolar un poco al poner palabras a las cosas que nos hacen daño.

Has introducido a lo largo de la novela a poetas separados por siglos, lenguas y tradiciones. ¿Cómo construiste ese itinerario? ¿Partiste de los poemas que querías compartir y después encontraste un lugar para ellos en la vida de Louis, o fue la historia de Louis la que te llevó hasta determinados poemas?

Quisiera hacer primero una pequeña precisión: cuando llevamos a los poetas dentro de nosotros, los tenemos en la boca y en el cuerpo. Cuando conocemos la poesía de memoria, no vamos a buscarla en el cerebro. Está en nosotros, en el cuerpo. No es en mi cerebro donde la busco: ya está en mí. Esa es la primera cosa que quería decir. Tuve la suerte de que, cuando era adolescente, aprendí mucha poesía de memoria. La recitaba solo en mi habitación, mientras la leía los miércoles por la tarde, cuando no jugaba a videojuegos ni al baloncesto. Eso me permitió asimilar una enorme cantidad de poemas.

En mi vida cotidiana, cuando me encuentro ante una situación u otra, la poesía vuelve a trabajar. Así que, a medida que avanzaban el argumento y las situaciones en las que se encontraba el protagonista, iban surgiendo los poemas. Evidentemente, también hubo algunos poemas que me pareció importante introducir de una manera un poco más artificial. Por ejemplo, Gilgamesh, uno de los grandes textos de la cultura universal. Lo conocía de manera superficial, pero nunca había leído la obra en profundidad. Entonces trabajé en ella para que estuviera presente en el libro, aunque fuese a través de pequeños incisos.

Talía dice que el amor nace de la poesía, y no la poesía del amor, porque las palabras han moldeado nuestra manera de sentir, de desear y de idealizar. Quería preguntarte hasta qué punto nos enamoramos o amamos como hemos aprendido a contar el amor, es decir, por la vertiente cultural del amor.

Antes de nada, te agradezco la pregunta. Tengo que decir que, tanto con los periodistas en Barcelona como aquí (en Madrid), esta cuestión aparece con frecuencia, y me alegra mucho, porque es una de las ideas más extrañas, más sorprendentes y más fascinantes del libro. También hay que decir que Talía y Louis dudan de que esa afirmación sea completamente cierta. Se dicen: «Sí, probablemente sea así; quizá sea así», pero no llegan a admitirla del todo, porque es una posición vertiginosa. Nos lleva a pensar que no hacemos poesía porque amamos, sino que amamos como amamos porque antes ha existido la poesía. ¿Cómo se puede defender esta idea? Voy a responder primero de una manera un poco sofisticada y después de una manera muy sencilla.

De forma sofisticada, podríamos decir que somos, en realidad, una construcción de nuestras representaciones a través del lenguaje. A lo largo de los siglos han existido diferentes maneras de hablar del amor que nos han llevado, sobre todo en Occidente, a privilegiar el amor apasionado, el amor individual, la idea de que una forma de amor carnal y de realización personal debía coincidir.

Para responder ahora de una manera más sencilla, de modo que todo el mundo pueda sentirlo, citaría la canción popular contemporánea: lo que escuchamos cuando somos niños y, sobre todo, cuando somos adolescentes. Lo que escuchamos en las canciones acaba creando un marco de representación de la manera en que amamos. Pensamos que son cosas meramente decorativas, pero no es así. Alimentan nuestra personalidad. Si amamos como amamos es, en parte, porque las canciones cantan el amor de una determinada manera.

Louis, siendo un hombre hipersensible, sufre mucho porque percibe demasiado. Pero esa misma sensibilidad se convierte en otra manera de relacionarse con los animales, la naturaleza y la poesía. En un momento en que ser hipersensible —o directamente sensible— está muy mal visto, porque se premia justamente lo contrario, ¿por qué te interesaba reivindicar la hipersensibilidad?

Hoy resulta muy difícil, y está bastante mal visto, ser hipersensible. Parece que es mejor mostrarse como alguien a quien todo le da igual. Para empezar, hay algo un poco autobiográfico. Me reconozco en la hipersensibilidad. Puedo extasiarme ante el reflejo de la luz sobre una superficie de agua y puedo llorar escuchando una canción un poco almibarada de Taylor Swift. Bueno, no de Taylor Swift, tampoco hay que exagerar. Pero podemos decir que me ocurre con una canción de Leonard Cohen: con Leonard Cohen sí puedo llorar de verdad. Me reconozco, por tanto, en esta forma de hipersensibilidad. Por otra parte, creo que eres un poco severa con la manera en que presentas la actitud negativa de la sociedad hacia las personas hipersensibles. Pienso que, sobre todo en las nuevas generaciones —en quienes tienen hoy veinte años—, existe una mayor benevolencia hacia la fragilidad, la vulnerabilidad y la empatía con el mundo. Y espero, aunque ya lo veremos, que este libro encuentre también un eco en esa generación.

 

 

Una tormenta ha devastado la Provenza con una fuerza inigualable, pero para Louis, un jardinero solitario, taciturno e hipersensible, ese desastre no es nada en comparación con lo que ocurre en su propia casa: el pequeño gato que ha recogido y con el que se ha encariñado con una insospechada intensidad está gravemente enfermo. Louis se encierra en un completo mutismo, como si las palabras ya no sirvieran. Pero a la casa de enfrente acaba de mudarse Thalie, una profesora de Literatura recién jubilada, alegre y fantasiosa, que necesita ayuda para recuperar los olivos y las adelfas destrozados por el temporal. Esta le propone un trato: él cuidará de su jardín y ella, a cambio, lo iniciará en el poder y el misterio de la poesía. Así empieza una inesperada amistad, y entre árboles maltrechos, tardes de conversaciones y versos de Safo, Pessoa, Lorca, Gaspara Stampa, Pavese, Rimbaud, Neruda o T. S. Eliot, el jardinero descubre que la poesía lleva muchísimo tiempo nombrando el mundo por nosotros: el dolor, la belleza, el miedo, el deseo, la naturaleza y todo aquello que no siempre sabemos cómo expresar.

Tras enseñarnos a contemplar el arte como una lección de vida en Los ojos de Mona, Thomas Schlesser nos invita ahora a escuchar la poesía como una fuerza capaz de hacer florecer ese jardín interior que todos atesoramos.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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