Ayer, después de dos reuniones de trabajo, entré en un bazar, compré un prensador triturador de patatas y lo metí en mi bolso. Ahí le aguardaban un par de revistas, un libro, el monedero, las llaves y todo lo que suelo llevar encima. Un rato después, me encaminé al Museo del Prado para ver y escuchar la conversación entre Liv Strömquist y Nerea Pérez de las Heras sobre Cristina de Suecia, una reina cuya colección de arte acabó formando parte del patrimonio español y cuyo cuarto centenario se celebra recuperando también su condición de mujer que desafió las convenciones de su época. La conversación se titulaba «La libertad de no encajar».
Al llegar, pensé que quizá no me dejarían entrar con aquel utensilio que, además de servir para triturar patatas cocidas, tiene una apariencia que podría despertar ciertas suspicacias entre el personal de seguridad. Tampoco podía dejar el bolso entero en la consigna porque necesitaba lo que llevaba dentro, así que entregué únicamente el prensador. Le colocaron una etiqueta verde con un número y pegaron otra idéntica en mi ticket de entrada para que pudiera recuperarlo al terminar.
La marca del prensador es Lifestyle; me hizo gracia por la distancia que separa una expresión tan ambiciosa como «estilo de vida» de un utensilio destinado a aplastar patatas. Esta mañana, mientras asistía a la rueda de prensa con motivo de la publicación de Silencio, se come. Crónicas gourmet (Siruela, 2026), el nuevo libro de Isabel Coixet, alguien ha vuelto a pronunciar esa palabra. Hablaba de la colección editorial en la que se publica el volumen, dedicada a asuntos que los anglosajones acostumbran a agrupar bajo la etiqueta lifestyle —para nosotros, estilo de vida—: la gastronomía, los viajes, la moda o los cócteles, materias que también pueden ser objeto de la literatura.
En Silencio, se come, Coixet reúne textos publicados anteriormente en distintos medios junto a relatos y experiencias que también ha contado en su programa de Radio 3, Alguien debería prohibir los domingos por la tarde. Los títulos —Por favor, la Nutella no, Una mala paella, Resacas épicas o Castigados con postre— anticipan una aproximación a la gastronomía que tiene poco que ver con la solemnidad de las guías y las clasificaciones. El volumen, ilustrado por Carlos Baonza y acompañado de una invitación de Jacobo Bergareche, pertenece a esa familia de libros en los que la comida es también una manera de hablar de las personas, los lugares, la memoria y los pequeños absurdos de nuestra existencia.
En casa de Isabel Coixet, la comida estuvo marcada por el recuerdo de las privaciones que había sufrido su padre durante la guerra. Ella creció escuchando que había que terminarse todo lo que había en el plato porque nunca se sabía lo que podía ocurrir. La comida era, primero, una cuestión de supervivencia. Después llegaron los viajes, los restaurantes y el descubrimiento de otras cocinas que ampliaron considerablemente su repertorio de placeres —y decepciones—. «Empecé a viajar mucho, a descubrir otras cosas, a considerar la comida no solo como sustento, sino también como aventura», ha explicado.
Hace unos quince años, después de ver el documental Jiro Dreams of Sushi, Coixet consiguió sentarse en el célebre restaurante japonés del chef Jiro Ono. Había llegado hasta allí con todas las expectativas que puede generar una película maravillosa sobre un cocinero extraordinario y se encontró con un pescado excelente, aunque la experiencia terminó revelándole que, por excelente que fuera el pescado, no estaba segura de que aquellos nigiris fueran mejores que los de cualquier otro buen restaurante de sushi. Su desconfianza hacia las clasificaciones gastronómicas se parece bastante a la que siente por las listas de las mejores películas de la historia. «Yo estoy en contra de las estrellas, de las clasificaciones. ¿Qué quiere decir que un restaurante es el mejor del mundo? Es que yo no lo sé. Yo creo que nadie lo puede decir. Es un poco casi aleatorio, como cuando eligen las diez mejores películas. ¿Yo sé si Jeanne Dielman, de Chantal Akerman, es mejor que Avaricia, de Stroheim? No lo sé», explica. A Coixet le gustan los grandes restaurantes, pero también las barras de bar y las gildas. No parece necesitar demasiadas certificaciones para disfrutar de las cosas.
Entre las comidas memorables de su vida ha recordado una que difícilmente figuraría en una guía gastronómica. Cuando formaba parte del jurado del Festival de Berlín en el año 2009, Angela Merkel la invitó, junto a la actriz Tilda Swinton, a comer en su despacho. Les sirvieron una sopa de patata y una carne con champiñones que la directora ha comparado con un menú de colegio. Sin embargo, salió de aquella comida fascinada por el pragmatismo, el sentido común y la visión de Europa de la canciller alemana. Ha recordado que ya entonces hablaron de Putin y de las amenazas que se cernían sobre el proyecto europeo. Merkel le pareció una de las personas con la cabeza mejor amueblada que había conocido. «Quiero que sea presidenta de mi país, del mundo, de Europa, que me adopte», recuerda Coixet. La comida resultó bastante mediocre, pero la conversación fue extraordinaria. Pensaba en aquella mesa mientras recordaba mi bolso de ayer, donde convivían sin mayor dificultad revistas, libros, libretas y el prensador de patatas. Quizá lo que nos alimenta intelectualmente no sea tan distinto de lo que nos alimenta físicamente. Importan los ingredientes, desde luego, pero también la compañía, la curiosidad, el apetito y nuestra disposición a dejarnos sorprender. Hay conversaciones que merecen un banquete y banquetes que no ofrecen demasiada conversación, y hay libros sobre comida que terminan hablando de casi todo lo demás.
Preguntada por su particular magdalena de Proust, Coixet ha recordado dos sabores de su infancia. El primero la devuelve a la gran nevada de Barcelona en 1962, cuando apenas contaba con un año y medio de edad. Su madre había preparado canelones y su padre había salido a llevarlos a uno de aquellos hornos de barrio donde las familias acudían a gratinar sus comidas porque no tenían horno en casa. Ella recuerda estar en el balcón, envuelta en una manta junto a su madre, viendo regresar a su padre con los canelones. Aunque no sabe si aquella imagen es un recuerdo verdadero o si la ha reconstruido después, el olor de la pasta gratinada le devuelve siempre a esa escena «en blanco y negro y con nieve, como si fuera una película». El segundo sabor es el de las rosquillas secas que preparaba su abuela Isabel en Salamanca. Dos recuerdos familiares que han sobrevivido a través de los sentidos y que, en el caso de una cineasta, terminan teniendo también forma de imágenes.
Coixet también ha hablado de la culpa, esa invitada que parece haberse instalado definitivamente en nuestras mesas. Le aburren las conversaciones sobre las calorías, las proteínas y los hidratos de carbono, las dietas que prohíben mezclar determinados alimentos y las personas que rechazan el postre para terminar comiéndose la mitad del tiramisú ajeno. Tampoco entiende la obsesión por contar los pasos o convertir cada decisión relacionada con la alimentación en una prueba de autocontrol. Ha recordado que la última vez que se pesó fue cuando estaba embarazada y que las bromas de su médico le quitaron las ganas de volver a subirse a una báscula. La comida se ha convertido, para muchas personas, en una sucesión de prohibiciones y cálculos que apenas dejan espacio al placer. Y ese placer, precisamente, es una de las materias primas de su libro, que no pretende enseñarnos a comer mejor ni indicarnos cuáles son los restaurantes imprescindibles, sino compartir una manera de mirar el mundo.
Esa mirada también está presente en sus películas, donde la relación de los personajes con la comida permite descubrir sus deseos, sus contradicciones y las distintas formas en que se conceden o se niegan el placer. En La vida secreta de las palabras, Sarah Polley interpreta a una mujer que reduce su alimentación a arroz, pollo y manzana, una monotonía que funciona como una forma de castigo y de renuncia. En Un amor, una secuencia que relaciona el sexo con los alimentos surgió como homenaje a Tampopo, la película japonesa de Jūzō Itami. «Hay gente que encuentra esa secuencia sexy y otros la encuentran un poco repulsiva. A veces, el sexo es sucio. Yo me reía mucho cuando hacíamos esa secuencia porque decía: “Mira, esto es como Nueve semanas y media, pero a lo agreste, a lo campestre, a lo rural”».
Entre viajes por el mundo, restaurantes con estrella y tascas de barrio, hay una mesa a la que Isabel Coixet siempre volvería: la de su madre, que, a sus 93 años, sigue cocinando maravillosamente, aunque últimamente se empeña en decir que ha perdido facultades. Su hija no está de acuerdo: afirma que tiene una habilidad extraordinaria para abrir la nevera, mirar lo que hay y preparar con esos ingredientes un guiso o un arroz formidable. No cree que haya leído nunca un libro de cocina. Pensaba, al escucharla, que no se me ocurría una descripción mejor del trabajo creativo: descubrir qué se puede hacer con lo que tenemos delante.
En realidad, también así se escriben muchos artículos. Ayer llevaba en el bolso un par de revistas, un libro y un prensador de patatas. Después escuché a Liv Strömquist y a Nerea Pérez de las Heras en el Prado y hoy he asistido a una conversación con Isabel Coixet sobre su nuevo libro. Ninguno de estos acontecimientos parecía especialmente relacionado con los demás, hasta que una palabra, lifestyle, los reunió alrededor de una misma mesa. Coixet hace cine, escribe, cuenta historias en la radio y encuentra en la comida otra manera de hablar de las personas y de sus contradicciones. Cambian los lenguajes, pero permanece la mirada, esa capacidad de descubrir en lo cotidiano algo que merece ser contado. Supongo que mi prensador de patatas no tiene demasiado que decir sobre la condición humana, pero ayer consiguió que le pusieran una etiqueta verde en el Museo del Prado y hoy ha encontrado su sitio en un artículo sobre literatura.

Desde el principio de los tiempos, la humanidad se ha dividido entre quienes rinden culto a Apolo o a Baco, entre los que recelan del placer y quienes se entregan sin remordimientos al goce de la comida y la bebida. Isabel Coixet, huelga decirlo, pertenece a este segundo grupo. En esta exquisita selección de crónicas sobre gastronomía y estilo de vida, la gran cineasta —y orgullosa gourmande—, nos invita, en palabras de Jacobo Bergareche, «a probar aquello que hay de bueno en ese mundo de placeres, con la conciencia de un Prometeo que sabe que roba a los dioses ese fuego que no quieren compartir con los mortales y que ella ha conquistado con el trabajo de las hormigas y de las sufridoras». Coixet nos recuerda que comer bien es mucho más que alimentarse: es un acto de celebración compartida con aquellos que se sientan a la mesa.






