© Laura C. Vela

CARLOTA VISIER. APRENDER A MIRAR CUANDO SIEMPRE TE HAN MIRADO

Todos nacemos dentro de la historia de alguien. Antes de tener recuerdos, ya existen fotografías nuestras. Antes de saber quiénes somos, alguien ha decidido qué merece conservarse. Y mucho antes de que podamos contarnos, otros ya han empezado a hacerlo por nosotros. En Hija única (Temas de hoy, 2026), la escritora y editora Carlota Visier (Cuenca, 1993) parte de su archivo familiar para explorar ese instante en el que una hija intenta apropiarse de un relato que parecía escrito de antemano. Lo hace mezclando memoria e invención, realidad y ficción, sin el interés de reconstruir una infancia, sino de preguntarse quién tiene derecho a contarla. La madre ocupa el centro de la novela, pero no como una figura a juzgar o idealizar, sino como la primera persona que proyecta a esa hija antes incluso de que exista. Quizá por eso este no sea solo un libro sobre crecer, sino sobre el momento en que una comprende que también necesita convertirse en autora de su propia historia.

Carlota Visier estudió Lengua Castellana y Literatura en la Universidad Complutense de Madrid y completó su formación con un máster en Literatura Hispanoamericana y otro en Formación del Profesorado. Ha sido profesora, orientadora, docente de español en Glasgow y cofundadora de la editorial Comisura, desde donde impulsa proyectos que exploran las fronteras entre imagen y palabra. Tras An Only Child y Archivo para no desaparecer, escrito junto a Laura C. Vela —ambos en Comisura—, publica Hija única, una novela que confirma una de las preocupaciones que atraviesan toda su obra: cómo los recuerdos, las fotografías y los archivos no solo conservan una vida, sino que también contribuyen a construirla.

 

Hablamos de este Hija única, publicado por Temas de hoy que, en realidad, deriva de An Only Child, tu obra anterior publicada en Comisura. ¿Cómo conviven ambos libros?

No lo sé exactamente, pero es verdad que desde que salió Hija única se han vendido varios ejemplares de An Only Child, así que supongo que conviven bien. Imagino que hay gente que en su momento no lo compraría y que ahora, a raíz de haber sacado una novela con una editorial grande, siente curiosidad por ver de dónde nace el proyecto más ambicioso.

Para mí, Hija única es como una versión extendida de lo que hice en An Only Child, que era algo muy concreto: sintetizar textos muy breves, usar fotografías de mi archivo personal —100% reales— y construir una reflexión sobre la soledad de la infancia a través de imagen y texto. Ese era mi objetivo, y ahí me habría quedado. Pero llegó una propuesta de Andrea Toribio: escribir algo más grande partiendo de ese universo del Party Fan, de la niña, de la soledad. Para mí, ambos libros conviven de una manera orgánica: no es que uno complemente al otro, pero sí hay muchos vasos comunicantes. El otro tiene fotografías y este no; el otro es más autoficción —o poca ficción, diría— y este incorpora mucha más ficción. También ha sido un reto porque suponía escribir algo más extenso, aunque fragmentario, y en el que tenía que embadurnar todo el proceso con invención.

El libro comienza desgranando las instrucciones de uso del cuaderno de vida de Irasema.

Sí, porque creo que la mayoría de las cosas en este mundo no están pensadas: suceden. Y aquí, en cambio, sí que estamos ante un proyecto muy pensado, que es una hija.

Hija única es un título que alude a la hija, pero lo que aparece con fuerza es la madre. Una mujer que pone a su proyecto de vida, que es su hija, en el centro absoluto de su vida: construye un negocio infantil, un archivo extensísimo y, en cierto modo, también una maternidad. ¿Qué papel juega la hija cuando todo ya está escrito, ya está creado, ya está pensado?

Me interesaba que la entrada al libro fuera un poco brusca. Fue, de hecho, una propuesta de mi editora, porque yo lo tenía situado en otro momento. Y funciona muy bien así, porque es algo que no entiendes del todo hasta que avanza un poco el libro. Lo de programar el nacimiento de la hija para que fuera Acuario lo hizo mi madre en broma: le encantaban los acuarios y quería una hija Acuario, pero no me planificó realmente para que fuera Acuario. Hay puntos en común conmigo que pueden ser reales, pero luego yo los llevo al superlativo, los convierto en broma, los ironizo o me los invento.

Me interesaban cosas que, de alguna manera, ya están en mí: algunas son más fuertes, como lo de que se iba a morir joven, que ha sido una idea que he tenido muy presente siempre, tanto en el personaje de Iraema como en mí. Y también me interesaba recopilar ciertas cosas que me hacían gracia del personaje de mi madre y plasmarlas en el libro.

La madre está obsesionada con que puede morir joven. Me da la impresión de que crea este archivo tan impresionante en torno a la hija con un sentido muy claro: demostrar que la hija es querida y aludir a ese “si muero joven, quiero que sepas que esto ha pasado”. Parece una forma de identidad, no solo de memoria.

Mi madre tiene mucho archivo mío, eso es real: documentos, el sobre con el pelo, los envases de los primeros geles, la primera cuna, que me sacó recientemente de una bolsa del desván, todo impoluto. Me impactó mucho, y creo que una no es consciente de las cosas de su familia, de su situación particular, hasta que alguien ajeno a su círculo le señala o hasta que lleva una trayectoria vital diferente, ya tiene una edad y de repente reflexiona, se compara con otros mundos, con otras personas, con otras familias. Y ahí ves que, igual, sí he sido una niña muy archivada, muy proyectada, muy registrada en todos los momentos. Mi madre, por ejemplo, me hacía muchas fotografías de mis looks, aunque fuera una camiseta de propaganda: me la hacía justo antes de subirme al autobús, cuando me iba de campamento. Yo, en esos momentos vitales, no era consciente porque para mí mi madre hacía lo más normal.

¿Cómo ha sido el proceso de escritura de este libro?

Ha sido un trabajo un poco de arqueóloga, de bibliotecaria y de loca, porque me he puesto a analizar cómo una recuerda cómo fue de niña, aunque eso no es igual que ficcionalizarlo. También he idealizado a la protagonista porque, por ejemplo, se atisba una infancia y un descubrimiento de la identidad que ojalá yo hubiera podido saber antes. A mí, a la adolescente Carlota, le costó aceptarse.

Partí de los textos de An Only Child y de ese imaginario; luego busqué muchísimo archivo, porque en mi casa hay muchísimo. Ya tenía muchas cosas escaneadas, porque esto lo iba gestando, pero también puse el foco en qué podía sumar a esa narrativa, qué podría añadir como fragmentos de ese cuaderno de vida que hay reales y que escribió mi madre para mí. Luego hay otros ficcionalizados porque creía que convenían, como el de la tortillera, el de las gafas o la lista de invitados.

Ha sido un proceso muy divertido también. A nivel personal ha sido difícil porque he revisado muchos recuerdos y muchas carpetas reales, y eso me ha removido, pero en el buen sentido. Lo que me ha interesado lo he utilizado, y he dejado de utilizar mucho material. He intentado que el libro fuera lo más accesible y divertido posible, porque me interesaba mucho el juego y que la gente lo leyera así. Puede salir bien o mal, porque es un juego arriesgado con tantos fragmentos y tanta edad conviviendo en el mismo momento. Pero quería que, dentro de todo, hubiera una perspectiva lúdica.

Pienso en la infancia como un territorio en el que no tienes el control del relato. Simplemente eres una niña que va asumiendo cosas. ¿Cómo es escribir desde la voz de la niña que es Irasema?

Para mí ha sido lo más divertido, súper liberador. Me ha encantado escribir así. Ya lo había experimentado un poco en An Only Child, pero era en tercera persona. Aquí decidí que tenía que hablar en primera persona. Me funcionaba mejor, era más realista, más creíble y me ha encantado porque creo que estoy bastante conectada con la infancia, con el juego y con los niños. Me suele costar poco llevarme bien con niños y adolescentes, y por eso he sido profesora. Creo que eso pasa precisamente porque no he perdido esa relación con la niña. Me ha divertido mucho imaginarme a la niña con gafas en el parque de bolas, con la responsabilidad que le imponen, viendo cómo lleva los juegos en el centro infantil, cómo sufre, cómo no entiende, cómo lidia con la soledad escribiendo historias de terror.

Describes muy bien el paisaje de la hija única y sus contradicciones: la soledad, la envidia, por ejemplo, hacia los niños que duermen en literas. A la vez, los niños que duermen en literas envidian a la niña que tiene un parque de bolas. Es una reflexión muy interesante sobre que siempre queremos lo que no tenemos.

Sí, es condición humana. Yo, en Cuenca, era una niña famosa; casi me señalaban por la calle: «es la hija de la del Party Fan».

¿Y qué significa ser visible o reconocida tanto para la niña como para la madre en una ciudad como Cuenca y en los años 90? ¿Cuál es ese contexto?

Yo me imagino que mi madre trae la modernidad a una ciudad que, como menciona el libro, no había conocido las escaleras mecánicas y estaba muy anclada en el pasado, o al menos no iba más allá en muchos aspectos. No había ningún restaurante de comida rápida, había un cine de toda la vida… Me parece un negocio súper arriesgado, porque la gente de los lugares pequeños es muy recelosa de la novedad.

Mi madre fue muy valiente al atreverse a hacer algo así sin ser de Cuenca, así que todavía es más arriesgado. Es una madre que, frente a muchas de mis compañeras del colegio, representaba otro modelo: el de las mujeres emprendedoras, el de una mujer más moderna.

La primera parte del libro apenas muestra al padre; todo es la madre. Luego, a partir de la segunda parte, aparece el territorio del padre, señalado incluso en la casa. Frente a esa figura de la madre tan expansiva, ¿cómo planteas la figura del padre para que siga estando también ahí?

Creo que, por lo que te decía de las madres de los 90, también esta situación familiar es muy significativa. El padre trabajaba en el típico oficio o trabajo funcionario, de ocho o nueve a seis o a siete, así que prácticamente estaba fuera de casa casi todo el día. Entonces, esa figura del padre no estaba ausente, porque ausente no está, pero sí estaba más lejos. Emocionalmente, aparece a través de las canciones, de los gustos, del videoclub, de alquilar películas. Está, pero la niña se cría en el Party Fan con la madre porque es el lugar pensado para ella y donde tiene que estar.

La figura del padre no tenía mucha cabida más allá del «palacio», de alguna mención de la casa familiar, de dónde se encuentra o de algún acontecimiento. Esto es muy de hijo único, creo, porque a veces los padres hacen mucho de hermanos mayores. Hablando con otros hijos únicos, me han dicho que su padre ha desempeñado ese papel de juego, en la playa o donde fuera. En la novela la he visto así. Por narrativa y por época, el padre está más alejado del relato de la madre.

Hablábamos antes del capítulo de la niña con gafas. ¿Por qué marca tanto ser una niña con gafas?

Ahí también lo he idealizado un poco, porque cuando te ponen gafas por primera vez puede salir muy bien o muy mal. Muy bien, porque de repente es como: «¡Hala, lleva gafas!», o te podían llamar «gafotas» y hacerte bullying. Yo esa parte no la he sufrido tanto, pero sí que las gafas han sido en algún momento un distintivo: tú eres una niña, pero con gafas; no eres lo más cool; llevar gafas significa tener una tara.

También me interesaba lo de las gafas como identidad. Esta niña empieza a definir su identidad sexual y tiene gafas, como una especie de símbolo de que sí, muy bien, pero tienes gafas, tienes diferentes inquietudes, eres diferente. Las gafas te hacen responsable antes de tiempo porque tienes que vigilarlas. Muchas veces te las quieres quitar y ya empiezas a no ver; ya empiezas a ver que el mundo es complicado: si estás en un campamento y se te rompen las gafas, ya no ves. Y encima tus padres luego te regañan, como cuando te dicen que no vayas en bici sin casco y te caes y encima te pegan por haberte caído.

Las gafas son como madurar antes de tiempo. Te lo piden de alguna forma. La gente ya te ve como más responsable o intelectual por llevar gafas. Son prejuicios, igual que con los hijos únicos.

Hablando de prejuicios, hay un capítulo que habla del inicio de la identidad queer. Irasema dice que las lesbianas no existen porque le han dicho que son tías con el pelo rapado, y allí nadie lleva el pelo rapado. 

Me interesaba reflejar la identidad de las lesbianas como una especie de Pokémon salvaje: algo superraro, no habitual, que se encuentra sobre todo en ciudades grandes. Por eso luego, cuando va creciendo, quiere irse a estudiar fuera —Traducción, que es aún más fuera—.

Me gustaba reflejarlo como le pasa a cualquier niña o niño de provincias con una sexualidad o unos intereses identitarios distintos: es muy difícil entender lo que te pasa. Y a través de ese señalamiento a unas mujeres que no son normales de alguna manera, ya hay una especie de culpa o de sentir que, sea lo que sea lo que me pasa, yo no soy eso. La niña no es eso; no tiene el pelo rapado, ninguna niña en Cuenca tiene el pelo rapado.

Hablemos de la importancia de la banda sonora: se mezclan lo que escucha la madre, lo que escucha el padre, lo que escucha la hija. También hay una lista de la banda sonora del libro.

Me interesaba esa idea de los gustos heredados de los padres, porque tú vas creando el gusto con los años y con lo que tu familia te ha impuesto de alguna manera. Quería que se viera cómo confluían: el padre escucha música country, algo superespecífico; la madre, muy generacional también, como la de casi todos los de mi generación, en el coche llevaba a Serrat o Sabina.

Creo que los hijos únicos bebemos más de los padres que cuando hay más hermanos, porque estamos más habituados a relacionarnos con adultos. Nuestra vida es siempre con dos adultos. Las canciones son algo muy familiar, de viajes, de significado. El country me hace mucha gracia porque son letras sobre la naturaleza, la vida tranquila, el amor y el desamor. Me parece muy divertido que eso sea lo que escucha el padre, frente a lo de la época, los éxitos del verano y tal.

«Llevo muchos años aprendiendo a ser mirada, pero nunca he sido consciente de cómo mirar, de cómo atender a los detalles que me muestran las distintas Irasemas que han sido retratadas». ¿En qué momento crees que cambias tu mirada o aprendes realmente a mirar y a que no te defina el ser mirada?

En lo personal, todavía estoy en proceso de aprender. En el libro, como cierre, me pareció algo que podría decir la protagonista. Me interesaba que ese círculo se cerrara. Lo fragmentario también da mucho poder para que la gente lo rellene e imagine el porqué. Irasema ha salido un poco de ese «palacio», de ese foco, y ahora está aprendiendo a no ser mirada desde fuera, desde la perspectiva materna, fuera de la casa, fuera de esa mirada más provinciana. Eso quería cerrarlo, pero en lo personal todavía estoy en ese proceso, creo. Veo las fotos e imagino esos momentos posando y estoy construyendo esa mirada todavía.

También te digo que, al estar con una persona que me sigue fotografiando —hablo de Laura, mi pareja, que es fotógrafa—, quizá tengo ahí un patrón: mi realidad es que me gusta ser mirada y debo aceptarlo. He nacido para ser una foto. He nacido para que me observen.

 

 

 

«Soy acuario porque mi madre me gestó para que así fuera. El horóscopo siempre ha sido muy importante en mi vida. Por los pelos no salgo piscis… eso sí que hubiera sido una tragedia. Antes de que yo naciese, una vidente le dijo a mi madre que se mudaría de ciudad, que se casaría pronto, que solo tendría una hija y que se moriría joven. Todo se cumplió excepto lo último. Así comienza la profecía o mi infancia.»

Irasema crece en Cuenca, dentro y alrededor del Party Fan, el parque de ocio de su madre. Mientras otros niños entran y salen de cumpleaños, ella habita ese espacio como si fuera su casa. Allí aprende a moverse entre la multitud y la soledad, entre el deseo de pertenecer y la necesidad de huir. Hija única, niña observada y fotografiada aprende pronto que crecer consiste también en ser archivada.

Este vídeopodcast cuenta con una ayuda a la promoción de la lectura y fortalecimiento de la industria del libro de la Comunidad de Madrid

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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