Ximena Maier (Madrid, 1975) lleva más de dos décadas dibujando el mundo. Ilustradora y ceramista, ha trabajado en libros, revistas, películas, campañas publicitarias y murales, siempre con una mirada capaz de encontrar humor y belleza en lo cotidiano. Hace unos años cambió la ciudad por una quinta semiderruida a las afueras de Évora, en el Alentejo portugués, donde vive junto a su marido, sus dos hijos (Pía y Pepe), tres perros, un gato y dos cacatúas. De aquella mudanza inesperada nació Una casa portuguesa (Lumen, 2026), un libro a medio camino entre el cuaderno ilustrado, el diario y la crónica de un aprendizaje. Conversamos con ella sobre maternidad, dibujo, identidad, jardines, animales y esa forma distinta de entender el tiempo que solo aparece cuando una deja de mirar el reloj para empezar a mirar cómo florecen las plantas.
¿Cambió la maternidad tu forma de trabajar? ¿Y tu mirada?
Sí, absolutamente. Es la cosa que más te cambia la vida. Me acuerdo de que, cuando me quedé embarazada de Pía, una amiga de mi madre, una mujer más mayor que yo, me dijo: «Bueno, todo lo que hayas hecho antes en tu vida se puede deshacer o rehacer, pero esto ya no» . Y es verdad. He tenido mucha suerte porque mi trabajo es muy compatible con la crianza. Al ser freelance, la conciliación viene un poco incorporada: hay entregas, hay plazos, hay cosas que hacer pero, en ese sentido, es fácil organizarse. Aun así, no deja de ser un revuelco absoluto.
Recuerdo un cambio muy concreto. Cuando nació Pepe, Pía tenía solo un año y medio. Vivíamos en Escocia y en la parte de arriba de la casa había una buhardilla enorme, muy agradable, con moqueta, donde los niños podían estar por el suelo. Pero también estaba la típica escalerita de casa inglesa, empinadísima, de esas que miras y piensas: «Aquí se pueden matar». Entonces les puse un corral de madera que dividía el cuarto en dos. Ellos se quedaban con la parte más grande y yo tenía una esquina con mi mesa, mi ordenador y un espejo retrovisor. Trabajaba mirando al ordenador, pero los veía por el espejo. Si se despertaban de la siesta o si la estaban liando, yo los controlaba desde allí. Luego cambia todo, claro. También la mirada. Redescubrí un montón de libros míos de pequeña y descubrí a autores nuevos que quizá no habría mirado si no hubiera tenido niños en casa. Y siempre les he dibujado mucho. Si me pusiera a buscar en mis cuadernos, encontraría dibujos de toda su vida. Todo ha ido en paralelo.
¿No pasas ni un día sin dibujar?
No, no. Si pasara un día sin dibujar, no sé qué pasaría; es casi como un tic. A veces no me doy cuenta de que estoy dibujando. Estoy en la farmacia esperando y, antes, cuando todavía envolvían las cosas en papel, de repente me encontraba dibujando en el papelito de la señora de al lado mientras le preparaban la receta.
En el libro aparece una fantasía muy contemporánea, vista desde quienes vivimos en una gran ciudad: la de abandonar cierta vida urbana para irnos a vivir al campo. Cuando tú hiciste ese movimiento, ¿qué parte de esa fantasía era real y cuál era decorado mental?
Yo soy una farsante. No soy una persona de campo de verdad, de esas que lo dejan todo para montar una granja orgánica. No vivo del campo. Si tuviera que vivir del campo, me habría muerto de hambre en el minuto uno. En realidad, fue pura inconsciencia. Yo pensaba que me iba a vivir a un chalé un poco más grande. Tampoco imaginaba que mi vida fuera a cambiar de manera radical. Y, de repente, me encontré con otra vida totalmente distinta sin saberlo. Mi fantasía no era esa de «ahora voy a tener vacas y voy a ser una tradwife de Utah»; no era eso para nada. Pero tampoco fue una desilusión, porque creo que mucha gente idealiza el campo y luego descubre que el campo es otra cosa. Yo no tenía esa idealización. Es que no tenía ni idea de nada. Pensaba que me iba a las afueras, a una casa con jardín, y ha sido otra cosa.
Reformar una casa se parece bastante a escribir o a dibujar: nunca sabes del todo cuándo has terminado. No sabes si una novela está cerrada, si un dibujo necesita un retoque más. ¿Te interesaba también esa relación entre construcción y creación?
Sí, aunque yo no soy muy perfeccionista. No me obsesiona dejarlo todo cerrado. Con el dibujo es verdad que nunca sabes cuándo has acabado. Saber cuándo has terminado es la clave. Muchas veces empiezas y el boceto es precioso, luego sigues y lo estropeas, luego intentas arreglarlo… Hay un momento, sobre todo en ilustración, en el que tienes que parar porque lo tienes que entregar y ya está, se acabó. Por eso no cuelgo cosas mías en casa. No me gusta tenerlas delante, porque de repente las veo y pienso: «Esto no lo habría hecho así ahora». Me incomoda.
Con una casa pasa algo parecido. Yo tenía una idea previa de cómo quería que fuera, pero luego todo se va haciendo según lo que ya existe. La casa venía con un montón de cosas. Tenía muebles míos; mi padre me dio unas camas de casa de su abuela… Al final, todo va encontrando su propia inercia. Además, mi casa es bastante desastre. Nunca va a estar acabada porque, entre otras cosas, nunca va a estar ordenada. Es una casa bastante viva.
Cuando sales de Malasaña, hay un momento de mucha tristeza, pero en tu caso también aparece una acción inmediata, una especie de resorte: “No quiero esto”.
Sí, pero no fue tan de película. Cuando me fui de Malasaña, sí iba desesperada, porque me estaba yendo al norte de Escocia y pensaba: «¿Qué hago yo aquí?». Los niños eran pequeños y, de repente, me encontré con dos bebés, sin nadie alrededor, en una nube. Fue un horror. Pero dentro de eso, también era increíble. Los niños lo recuerdan como una maravilla, porque era totalmente de cuento. Se subían por los rododendros en flor, iban a bañarse con focas a la playa… Era todo muy ideal. Pero yo estaba allí pensando: «Que me dé un rayo de sol de vez en cuando, por favor». Después llegamos a Portugal. Primero vivimos dentro de la ciudad, en Évora, que es una ciudad pequeñita, mínima, pero seguía siendo ciudad. Y ya luego llegamos aquí. Ha sido gradual.
¿Y para tus hijos cómo fue ese cambio? Los adultos vemos con claridad las ventajas del campo, pero para un niño cualquier cambio puede ser un drama.
Por suerte, no fue tan radical. Nosotros vivíamos en el centro de Évora, pero Évora es muy pequeña, tiene unos cincuenta mil habitantes. Además, muchos amigos del colegio de mis hijos vivían fuera. Los mejores amigos de ellos vivían en casas en el campo. De hecho, el mejor amigo de Pepe, Pipo, vive en una casa totalmente de familia de campo. Allí crían gallinas, patos… Y Pepe se moría de envidia. Decía: «Pipo tiene una oveja que se llama Paquita, que la ha criado su hermano con biberón y se pasea por el salón. Yo quiero vivir en el campo». Les parecía lo máximo.
No fue un shock horrible, al revés. Además, tenían una edad muy buena: eran pequeños, pero autónomos. Podías soltarlos por ahí sin preocuparte de que se fueran a tragar una piedra.
Has vivido en el centro de Madrid, en Escocia, en Évora, en el campo portugués… Cuando dejas un lugar donde todo el mundo sabe quién eres, ¿qué ocurre con la identidad?
Por un lado, te inventas una identidad nueva, y eso es muy cómodo. Estás fuera, y eso tiene una parte solitaria porque no estás en todo, pero también te permite hacer lo que quieres. Como eres extranjera, muchas cosas se explican desde ahí. Si haces algo mal o te equivocas en una tontería, no pasa nada: «Es que es de fuera». Si mis hijos no hacen extraescolares, por ejemplo, pueden pensar: «Está loca porque sus hijos no van a clase de baile», pero enseguida aparece la explicación: «Es española, claro, no se entera». Se da por hecho que tienes otro código, y eso resulta bastante cómodo. Pero también es complicado. Tienes que hacerte de cero. Por un lado, te encuentras gente afín en los lugares más insospechados. Por otro, entiendes que hay gente de toda la vida con la que, si la conocieras ahora, quizá no te harías amiga. Pero la conoces desde los tres años, la quieres mucho y da igual. Reevalúas todo lo que tienes y también lo que quieres hacer.
Siempre pienso, cuando voy a Portugal, que hay algo tristísimo en que portugueses y españoles no nos miremos más. Tengo la sensación de que tendríamos mucho que aprender. Es una generalización, claro, pero me parece gente muy educada, muy amable, que no grita y que tiene otra relación con el patrimonio histórico, con lo que ya existe. Como si allí estuviera más interiorizado que las cosas se reparan.
Sí. Tienen muy buen gusto y respetan muchísimo el patrimonio. Pero lo respetan de verdad, con cariño. Aquí ha pasado mucho lo contrario. Cuando yo vivía en Malasaña, todavía quedaban lecherías, carteles antiguos, lugares con mucha historia. Y no hace tanto, hace veinticinco años, se tiraban. Se quitaba todo y se ponía una cosa nueva.
Luego, hace unos quince años, empezó esa conciencia de «esto habría que restaurarlo». Pero muchas veces lo que ocurría era que habían dejado caer algo auténtico hacía cinco minutos y luego montaban una especie de versión retro falsa. Donde había habido una lechería, después una lavandería y luego cualquier otra cosa, de repente ponían una lechería de mentira, con carteles nuevos pero de estética antigua. Y pensabas: «¿Pero para qué retro, si lo teníamos? Lo teníamos hace un segundo». En Portugal eso ha pasado menos. Lo han cuidado muchísimo más.
¿Qué parte de ti crees que solo podía aparecer lejos de una gran ciudad?
Mi nuevo yo: una persona a la que, de repente, lo que más le divierte es el jardín, las plantas… No sé si también es una cuestión de edad, pero me parece todo increíble. Me encanta.
¿Te preocupa que cierta estética de la vida sencilla en el campo termine convirtiendo la precariedad o el aislamiento en algo aspiracional? Después de la pandemia, hubo mucha gente que sintió la necesidad de salir de la ciudad y estar más cerca de la naturaleza, pero también hay mucha gente que se está viendo obligada a salir de la ciudad. Ahí se mezclan deseo, agotamiento y precariedad.
Sí, claro. Hay muchísimos mitos con respecto al campo. Yo no pensaba que fuera a ser una granjera feliz, porque sé que el campo es muy duro. Y ahora lo sé más porque lo veo. Es muy trabajoso.
También es muy bonito, claro. De hecho, el trabajo de mi marido tiene mucho que ver con eso: intentar que la gente que vive en el campo pueda vivir bien, que la vida allí sea viable. Porque donde yo vivo está todo muy vacío. Es el Portugal vaciado. Ves aldeas preciosas donde solo quedan personas muy mayores y se está cayendo todo. Y piensas: «¡Qué pena, si este sitio es precioso!». Pero es que es muy duro. Es muy difícil tener un estatus de clase media de ciudad viviendo en el campo. Vivir en el campo, si de verdad vives del campo, es otra cosa. Es casi como el cuento de la camisa del hombre feliz: es feliz porque no tiene camisa. Pero claro, eso tampoco es.
Una de las cosas que más envidia sana me daba leyendo el libro es que hay una manera muy interesante de ver pasar el tiempo cuando miras las plantas. Un día vas al campo y hay flores amarillas; dos meses después, las flores son moradas. Y si vuelves año tras año, entiendes que hay una época para las flores amarillas y otra para las flores moradas.
Eso ha sido lo que más me ha maravillado. Antes, el campo me gustaba mucho. Iba, lo miraba, lo dibujaba, me fijaba. Pero lo veía siempre en momentos concretos. Incluso cuando tienes una casa a la que vuelves con regularidad, si siempre vas en verano, solo conoces ese paisaje de verano. Luego vas un día en primavera y dices: «Uy, está todo diferente». Pero no lo sabes de verdad.
Aquí lo bueno es que lo veo todos los días, a lo largo de varios años. Ya hay cosas que sé que van a pasar. Empieza a llover en octubre y lo primero que salen son unas florecitas amarillas, luego salen las blancas, luego empiezan las viboreras… Ya sé dónde hay unos gladiolos salvajes, que a veces salen y a veces no. Eso también es precioso: por un lado tienes muy claro lo que va a ir pasando, pero también tienes claro que no necesariamente va a pasar. Todo está a merced de la lluvia, del granizo, del calor. Hay mucha regularidad, pero no hay certeza.
El tiempo tiene varias escalas. Por un lado, estás en el presente inmediato: «Hoy planto esta semilla, tengo que regarla todos los días porque, si no, se muere». Pero al mismo tiempo estás viendo que los olivos ya tienen flor y estás pensando en la cosecha de noviembre. Y también estás recordando cómo fue la cosecha del año pasado. Estás en ocho tiempos mentales a la vez.
¿Crees que eso te vuelve más contemplativa?
Sí, bastante. Lo aprecias. Sabes lo que vale el tiempo. Aunque también se te va. Dices: «Voy un segundo a quitar las rosas secas» y, cuando te das cuenta, llevas hora y media.
Quería preguntarte también por los animales. La convivencia con ellos implica también convivir con la muerte, ¿no?
Sí. Ahí noto que no soy de campo de verdad. La gente de campo sabe que todo lo que está vivo puede morirse en cualquier momento. Lo lleva de otra manera. No digo que no les dé pena que se muera su perro del alma, claro, pero tienen otra relación con eso. Yo sufro mucho. Además, los animales de compañía tienen peligros que en la ciudad no tienen. El otro día la perra estaba sangrando y era porque se le había metido una paja hasta aquí. En Madrid eso no pasa.
Y luego están las ovejas. Ves un corderito monísimo durante un mes y, de repente, te llama el pastor y te dice que ya toca llevarte el borrego del alquiler del año. Y piensas: «Por favor, que no sea ese corderito que hemos estado viendo todos los días», pero no quieres ni preguntar. Esas cosas yo no las llevo como alguien de campo de verdad. Supongo que hay que aprender. Espero acostumbrarme, pero por eso no quiero poner un gallinero. Quiero poner un gallinero, pero no quiero, porque sé que voy a entrar en esa espiral de muerte y no sé si tengo todavía el carácter suficiente para llevarlo bien.

La narradora, una ilustradora madrileña afincada en Portugal, deja atrás la ciudad y, junto a su marido y sus dos hijos, se muda a una quinta destartalada a las afueras de Évora. Lo que empieza como una compra impulsiva se transforma en una aventura luminosa de aprendizaje y descubrimiento. Acompañada por su familia, tres perros, un gato y dos cacatúas, y entre obras interminables de restauración, barro hasta los tobillos, trabajos de jardinería y encuentros con vecinos entrañables, Ximena encuentra su lugar y una nueva vocación. Con humor, sensibilidad y una mirada profundamente visual, lo desconocido se convierte poco a poco en hogar.
Un relato íntimo, refrescante y lleno de humor sobre la posibilidad de volver a empezar, aprender a vivir despacio y dejarse moldear por un entorno nuevo. Un libro que celebra el azar, la familia, el oficio y el poder silencioso de las decisiones que cambian una vida.






