LA VIUDA CLICQUOT: AUDACIA, BURBUJAS Y NEGOCIO

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Se suele afirmar que la historiografía recoge muchas menos biografías de empresarias que de empresarios. A menudo se presentan como casos excepcionales, cuyo éxito se explica por un matrimonio conveniente en el que los cónyuges compartían la gestión y los logros, o por la herencia de un negocio ya consolidado en una época favorable para que las mujeres pudieran administrar capitales por sí mismas. Sin embargo, la historia es más rica y menos complaciente. Si miramos con detenimiento, descubrimos que no fueron tan pocas las empresarias en la historia y que sus logros no se debieron al azar, sino al esfuerzo constante, la creatividad, la capacidad de adaptación y el espíritu emprendedor. Algunas partieron con ventaja, otras comenzaron desde la nada. Lo esencial es otra cosa: su huella existe, aunque a menudo se haya considerado un accidente, y son muchas más de lo que solemos imaginar.

Cuando trabajaba en este ciclo de artículos, me quejé a una amiga historiadora de lo difícil que era encontrar información fiable incluso sobre empresarias muy conocidas. Ella me respondió con una observación que nunca he olvidado. Me preguntó si alguna vez había paseado por un cementerio antiguo, de esos en los que, además de nombres y fechas, en las lápidas se escribían breves biografías. Me contó que lo que más la sorprendió fue descubrir cuántas mujeres, a lo largo de los siglos, habían estado vinculadas de una u otra forma al comercio o a la empresa. Sin embargo, de ellas no queda nada en los libros de historia, salvo esas pequeñas inscripciones en piedra: «Nombre, apellido, año de nacimiento, año de muerte. Esposa y madre de tantos hijos, o mujer soltera. Empresaria». Cementerios así existen en muchos países, y en ellos se guardan, en unas pocas palabras, pruebas discretas pero firmes de que las mujeres han participado en los negocios desde tiempos inmemoriales. Sus relatos se han borrado, pero las piedras custodian el hecho de su existencia: un testimonio indeleble de la presencia femenina en la historia del emprendimiento. Y me parece importante contar —o recordar— las vidas de aquellas que consiguieron grabarse en la memoria colectiva y aportar sus hallazgos e innovaciones a este ámbito.

Lo que resulta especialmente sorprendente es que muchas de sus decisiones y estrategias anticiparon las concepciones actuales sobre la marca, la continuidad empresarial o la responsabilidad social. Mucho antes de que inventáramos las siglas ESG —acrónimo en inglés de «Environmental, Social and Governance» (Medio Ambiente, Social y Gobernanza),  ASG en español—, ellas ya construían escuelas y hospitales, invertían en la reputación de la marca y creaban puestos de trabajo.

La Viuda Clicquot: audacia, burbujas y negocio

Barbe-Nicole Ponsardin-Clicquot (1777–1866), más conocida como la Viuda Clicquot, fue la emprendedora que convirtió el duelo en burbujas. Desde su fundación en 1772, bajo el nombre de Clicquot-Muiron et Fils, y hasta 1987, cuando fue adquirida por el gigante internacional LVMH (Moët Hennessy–Louis Vuitton), la marca permaneció en manos de la familia Clicquot. Antes de Madame Clicquot, la gestionaron su suegro y su esposo; después, fueron los descendientes quienes continuaron el legado. Sobre su actividad y sus enfoques innovadores sabemos mucho más que sobre la mayoría de las mujeres empresarias de su tiempo, gracias en buena parte a Tilar Mazzeo, autora de su biografía. Hace apenas un año se estrenó incluso una película, Madame Clicquot (dir. Thomas K. Napper, guion de Erin Dignam), aunque en ella se pasan por alto ciertos matices importantes que subrayan lo excepcional de la protagonista.

Crónicas familiares

Barbe-Nicole provenía de una familia acomodada y recibió una buena educación, un privilegio poco habitual para las jóvenes de finales del siglo XVIII. Tenía, además, una excelente relación con su padre, que le enseñó las bases del emprendimiento. A los 21 años contrajo matrimonio con François Clicquot. Fue uno de los pocos casos en que un matrimonio de conveniencia —la unión de dos familias muy ricas de Francia— se transformó rápidamente en una fructífera alianza. Los esposos decidieron dedicarse a la viticultura. Un detalle curioso: para Barbe-Nicole, el vino era casi un asunto de tradición femenina, pues ya su bisabuela había sido una viticultora bastante exitosa.

Sin embargo, seis años de arduo trabajo no trajeron el éxito esperado. Según una versión, fue precisamente este fracaso empresarial lo que empujó a François al suicidio; según otra, murió de fiebre tifoidea. Sea como fuere, Barbe-Nicole heredó un negocio vinícola deficitario. La legislación de la época permitía a una mujer manejar sus finanzas solo en condición de viuda, y lo más común hubiera sido vender la empresa para vivir de las rentas bancarias. Esa misma solución le aconsejaba su suegro, decidido a liquidar los viñedos. Pero Barbe-Nicole no solo logró disuadirlo, sino que también lo convenció de invertir en el negocio. En su biografía, Tilar Mazzeo señala que «Philippe Clicquot valoraba enormemente la astucia y el talento empresarial de su nuera», y precisamente por eso accedió a financiar una aventura que, en apariencia, no tenía futuro.

Desarrollo de las habilidades empresariales

Además de sus dotes innatas y de las que adquirió con la práctica, Barbe-Nicole entendía que debía adentrarse a fondo en el mundo de la viticultura para tener éxito. Durante cuatro años, Madame Clicquot se dedicó a formarse: estudió agricultura, hizo prácticas con el reconocido viticultor Alexandre Fourneaux, experimentó con la materia prima y cuidó personalmente de los viñedos. Aun así, no lograba obtener beneficios. Entonces decidió arriesgarse una vez más: volvió a pedir dinero a su suegro para invertir en el negocio, esta vez prometiendo beneficios casi fantásticos. Al cabo de un tiempo, el riesgo dio frutos: consiguió el éxito y, a partir de entonces, supo mantener a flote la empresa incluso en épocas de crisis.

Reglas empresariales y de marketing de Madame Clicquot

Madame Clicquot diseñó e introdujo en la producción el proceso de remuage (que consistía en girar poco a poco las botellas para que los sedimentos se acumularan en el cuello). Durante mucho tiempo, su casa fue la única cuyos champanes no eran turbios ni contenían posos. También perfeccionó el dégorgement, que permitía retirar los sedimentos sin perder demasiado vino ni reducir la presión de la botella. Además, ideó un método para eliminar las burbujas demasiado grandes —a las que ella llamaba “ojos de rana”—, mejorando así la apariencia del vino en la copa y diferenciándose de nuevo de sus rivales. Estas innovaciones también permitieron producir más rápido que la competencia.

En 1818, la marca Clicquot lanzó un champán rosado que se distinguía claramente del de otros productores: mientras la mayoría lo teñía con zumo de saúco, Barbe-Nicole tuvo la idea de añadir pinot noir, lo que además mejoraba notablemente el sabor.

En cuanto se hizo con el control de la empresa, Barbe-Nicole rebautizó el champán como Veuve Clicquot. La historia guarda silencio sobre si tuvo romances duraderos o deseos de volver a casarse, pero lo cierto es que vivió hasta el final como viuda, y esa condición reforzó la identidad de la marca. También fue pionera en la atención al diseño y al envoltorio del producto. Rediseñó las etiquetas: doradas, elegantes y —pese a las advertencias de sus contemporáneos— con su propio retrato. Sus botellas se descorchaban con menos frecuencia durante el transporte gracias a sus experimentos con la forma del cuello y el material del muselet (el alambre que sujeta el corcho). Según la tradición, ella habría sido la primera en usar alambre tomado de su propio corsé, en lugar de las cuerdas que se utilizaban entonces. Aunque no hay pruebas definitivas —el primer registro de patente de un muselet metálico pertenece a Adolphe Jacquesson en 1844—, la anécdota sigue formando parte del mito.

Por otro lado, aunque el concepto de las 4P (product, price, promotion, place) fue formulado recién en 1960 por E. Jerome McCarthy, Madame Clicquot lo aplicaba, en esencia, siglo y medio antes. Estudiando a fondo las preferencias de su clientela —que incluía desde aristócratas hasta monarcas—, posicionó su champán en la categoría de lujo, garantizó una calidad sobresaliente y estableció un precio elevado acorde con esa imagen.

El año 1811 quedó en la historia de la viticultura como excepcional: tras un verano cálido y seco llegó un otoño templado, lo que trajo una cosecha abundante y de gran calidad. Ese mismo año pudo verse en el cielo el Gran Cometa, y los dos hechos se asociaron enseguida. Barbe-Nicole fue más allá: creó una marca especial, el “Vino del Cometa” de 1811, y colocó un cometa brillante en la etiqueta. Envió cartas a sus principales distribuidores en Rusia ofreciéndoles este vino – que costaba el doble del normal – en condiciones exclusivas. El lote se agotó casi al instante. Así en 1818, Madame Clicquot se convirtió en la primera productora en vender champán en Estados Unidos.

Barbe-Nicole sabía bien que la prosperidad de un negocio siempre está ligada al riesgo. Su biografía nos muestra a una figura ambiciosa, para la cual un pequeño negocio tranquilo no era opción. Quizá valdría la pena conocer también sus facetas menos agradables o sus defectos de carácter: suelen ser un buen motor para quienes se lanzan a proyectos de gran escala. La expansión de su clientela y la apertura a nuevos mercados exigían jugar fuerte, algo que pocos empresarios se atrevían a hacer. Un ejemplo: el Imperio ruso era un comprador habitual de champán francés, pero en 1812 la guerra y el embargo comercial de Napoleón bloquearon por completo las exportaciones. La Viuda Clicquot decidió arriesgarse y envió champán de contrabando a través de Königsberg, escondido en barriles de café, aunque en cantidades reducidas.

En 1814, cuando aún no estaba claro si Napoleón abdicaría, volvió a apostar fuerte: mandó un enorme cargamento a Holanda, que mantenía estatus neutral, y esperó el desenlace. El riesgo volvió a dar fruto: apenas cayó Napoleón, el champán de la Viuda Clicquot llegó a Rusia varias semanas antes que los lotes de sus competidores más cautelosos.

Legado

La Viuda Clicquot vivió 88 años, durante los cuales dirigió con éxito su negocio. Para entonces se había convertido en un referente de la mujer de negocios del siglo XIX, casi un símbolo. Pero no conviene olvidar que su camino no estuvo hecho solo de genio y valentía: también hubo circunstancias fortuitas, riesgos que pudieron acabar en fracaso y el generoso apoyo de su suegro. Aun así, su energía y tenacidad marcaron la diferencia.

Poco antes de morir dejó a su bisnieta, Anne d’Uzes, un consejo inspirador: «El mundo está en constante movimiento, y debemos inventar las cosas del mañana. Hay que adelantarse a los demás, ser decidido y exigente, y dejar que la razón guíe nuestra vida. Actúa con audacia». Anne heredó gran parte del carácter de Barbe-Nicole. Se convirtió en una destacada figura política, escritora y escultora. Fue feminista y también pasó a la historia como la primera mujer en Francia que obtuvo un permiso de conducir —en 1899—. Más tarde presidió el Automóvil Club Femenino y también el Club Femenino de Aeronáutica.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Yulia Emelianova es periodista, guionista y escritora, apasionada tanto por crear sus propias historias como por analizar las ajenas. Autora de relatos en el artbook "A Room of One’s Own" y de relatos cortos en Wattpad (@aftermidnightprose). Ama el arte en todas sus formas, desde las galerías hasta las pasarelas, y considera que la cultura y el estilo no son solo una cuestión de estética, sino también la arquitectura interior de cada persona. En sus textos, busca no solo reflexionar sobre la cultura, sino también contribuir a su creación.

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