En Incensurable (Lumen, 2025), Luna Miguel prende fuego al miedo. Imagina un futuro donde Lolita, la novela de Vladimir Nabokov ha sido borrada de las bibliotecas y solo queda una mujer —Lectrice Santos, filósofa expulsada de la universidad por hablar de placer y censura—, capaz de enfrentarse al canon literario y a la desaparición de Lolita de todas las bibliotecas del mundo con el objetivo de defender el placer de leer sin culpa.
Incensurable es un texto complejo, erudito y también divertido que mezcla la crítica con la ficción: no es un tratado puro, sino una especie de laboratorio literario que invita al lector a acompañar —y cuestionar— sus propias certezas. Como temas principales, varios emparejamientos: el placer y la censura, la memoria literaria y el borrado ideológico, la violencia simbólica y la tradición literaria. Como propuesta, no solo analizar la obra, sino preguntarse quién lee, desde dónde, con qué prejuicios, con qué heridas. Luna, a través de su escritura, no parece contentarse con hacer preguntas fáciles ni encontrar respuestas claras. Ella invita a habitar zonas grises, con tensiones, contradicciones y diálogos críticos.
Desde su club de lectura hasta los fantasmas del canon, en esta conversación Luna reflexiona sobre los límites de lo erótico, la moralidad lectora y la autocensura contemporánea.
La portada de Incensurable, dorada sobre fondo blanco, parece un paisaje visto desde un tren.
Eso nunca lo había pensado. Nos dio mucho dolor de cabeza esta cubierta porque yo no quería partes del cuerpo de ninguna mujer, no quería la foto de ninguna mujer, no me quería a mí misma. Me gustaba mucho cómo había quedado la de Caliente, muy elegante, con una referencia a un cuadro clásico. Me gustaba esa idea de que pareciera arte clásico. En realidad, si lo piensas, aunque no lo parezca de primeras, es muy mundo japonés, muy Hokusai, muy mundo olas japonesas. Al principio nos echaba para atrás porque podía parecer una novela sobre algo japonés, cuando no tiene nada que ver. Pero sí había algo que sugería la mística, lo dorado del libro y varias referencias a los cuadros de las anunciaciones. Es algo que se va repitiendo obsesivamente; la protagonista, de vez en cuando, saca una virgen, un ángel…
A mí, en un primer momento, me hubiese gustado una portada más oscura, más negra, que dentro tuviera un cuadrado negro. El diseñador hizo esto y me dijeron que luego quedaría dorado. Claro, hasta que no lo ves impreso, no sabes. Y de repente, cuando lo vi, pensé: «Ostras, sí». Porque además puede ser el desierto —la protagonista es de Almería—, puede ser ese dorado místico que la obsesiona, puede ser el alcohol —ella es alcohólica y ese es su gran problema; su padre era alcohólico, no sé si podríamos considerar alcohólico a Nabokov, pero bebía mucho, igual que Humbert Humbert—, puede ser una especie de vino, o ríos de tinta. Muchas cosas.
¿Y de dónde viene Lectrice, el nombre de tu protagonista?
Lectrice significa “lectora” en francés. Es una palabra que me cuesta, porque me gustan poco esas palabras feminizadas tipo “poetisa”, que parecen más pequeñas. Un lector es un lector. Incluso una poétesse, en francés, ya suena a algo más pequeño. Sin embargo, Lectrice puede sonar a la Beatriz de Dante, a Clarice Lispector, a personajes femeninos de la literatura, y eso me hacía ilusión.
Y se apellida Santos, que suena a tu madre.
Sí, sí. Ahí no solo está la referencia materna, sino también las veces en las que me he intentado hacer pasar por otras personas. Cuando he querido no ser Luna Miguel —que es a lo que se me asocia—, he firmado como Luna Santos, en ocasiones, para distanciarme del personaje propio. A veces, me planteo por qué llevo el apellido de mi padre. Además, el mío verdaderamente —aunque lo odie y cuando me lo ponen lo corrijo— es de Miguel, o sea que hay algo como de posesión, de pertenecer. Muchas veces sueño con cambiarme el nombre y ser Luna Santos, sinceramente. Puede que algún día me lo cambie.

En este libro has imaginado un mundo futuro en el que Lolita, el libro de Vladimir Nabokov, ha sido borrado de las bibliotecas. ¿Cuál fue el germen de esa idea?
Tenía unas clases escritas para el club de lectura que tengo desde 2018. Me lo paso superbién, aprendo tanto… La vida se divide entre lo que haces en tu trabajo, lo que haces en tu casa, lo que haces con tus amigos y, de repente, el club de lectura, que es un espacio absolutamente diferente a todo.
Es un espacio que me ha ayudado a estudiar. Si de repente vamos a leer a Virginia Woolf, yo no puedo leer La señora Dalloway y ya, sino que me tengo que sentar a estudiar: cómo era la época, qué pasaba en la política británica de aquel entonces, etc. Me di cuenta de que tener que explicar un libro a otras personas me permitía a mí estudiar —yo no he estudiado Humanidades ni Filosofía, estudié Periodismo—. El club de lectura me ha servido casi como una carrera.
Cuando escribí una serie de clases sobre Nabokov para leer Lolita, fui consciente de que el material que salió había cambiado, de alguna manera, mi escritura. Eran unas clases en las que yo no me reconocía como la autora que había sido hasta ese momento; de repente, había algo muy cabrón, un humor, una manera de mirar el canon muy distinta a como yo había escrito sobre esas cuestiones hasta el momento. Entonces me di cuenta de que eso podía ir hacia algún lugar. Pensando en cómo dar salida a ese material, lo reuní todo, vi que faltaba algo y vi que faltaba un “ustedes”.
Por ejemplo, mi pareja siempre habla de “usted” a sus alumnos y eso marca un respeto y una deferencia perdidos. De repente, cuando estaba escribiendo, comencé a preguntarme por qué estaba siendo tan condescendiente en esa escritura. Y entonces me di cuenta de que les estaba hablando como si ellas no supieran nada de ese libro. Y pensé: «¿Qué pasaría verdaderamente si yo tuviera que explicar este libro a alguien que no tiene ni idea de qué significa libro, de qué significa obra, de qué ha significado a lo largo de estos últimos 70 años?». Y me dije: «Reto aceptado. Primero vamos a borrarla y luego ya descubriremos cómo ha desaparecido».
No es la primera vez que haces referencia a Lolita en tu escritura. ¿Cómo ha sido para ti centrarte en ella con toda tu experiencia lectora?
Lolita es interminable. Y Nabokov, más todavía. Lolita es la puerta de entrada más polémica y rara a una obra mucho más amplia. A veces se sobredimensiona a Joyce, Wallace o Pynchon, grandes “escritores macho”, y a mí me apetecía poner a Nabokov en el centro, también por su estilo. Creo que es uno de los grandes prosistas del siglo XX, también porque inventa cosas que creo que son las que nos están importando ahora. El mundo en el que acontecen casi todas sus obras es un mundo de fantasía, un mundo que ha inventado él, un mundo que no es el nuestro, se inventa una especie de antitierra en la que posibilita las acciones que ocurren en su escritura. Es un escritor realista. Ahora que estamos tan centradas en la escritura fantástica, a mí me parece que podemos seguir aprendiendo muchísimo, muchísimo de él. Mi paseo por su obra no terminará aquí tampoco.
Lectrice Santos, la protagonista de Incensurable, es una mujer frente —o contra— el canon del escritor macho. Es una mujer la que se enfrenta a la historia de la literatura.
Sí. Yo bebo mucho de una de mis teóricas favoritas, que es Monique Wittig, que ahora por suerte se está reeditando bastante mejor en España. Se enfrentó a Simone de Beauvoir, dijo la famosa frase de «las lesbianas no somos mujeres» que yo he intentado introducir en la lesbiandad de Lectrice Santos. Por ejemplo, tiene una obra en la que reescribe El Quijote a través de una Quijote lesbiana. Tiene otra obra que es una especie de canto a Virgilio. En su literatura siempre hay un clásico en el fondo. Eso es algo que evidentemente yo hago también en mi escritura: hable de lo que hable, siempre estoy centrándome en una obra clásica.
Siempre me gusta que haya una sombra grande detrás. Y en este caso, emulando un poco las formas de Wittig —que era filósofa, creadora, performer y una tía increíble—, me apeteció convertir a Lectrice en una especie de “doña Quijota” que ve molinos, o sea, que ve gigantes. Y esos gigantes son los escritores macho americanos y, en realidad, cuando se enfrenta a ellos, se da cuenta de que solo son hombres, de que solo son cuerpos humanos y que, además, están muertos. Son esqueletos de hombres, pero parecen gigantes. Y esa es la imagen con la que yo me la imaginaba peleando.
En Incensurable hay un cuestionamiento del moralismo contemporáneo, de convertir la lectura en una prueba ética. Entonces, ¿qué estamos perdiendo al leer desde “el bien”? Porque la censura de obras —que antes pensábamos que era poco probable— está sucediendo.
Es algo que sucede en todos los aspectos de la vida. Cuando hice las investigaciones para El coloquio de las perras, estaba muy de moda hablar de la poscensura, con lo que arden las redes y toda esta cuestión. La censura como sinónimo de la cancelación, cuando las obras están publicadas pero las queremos borrar porque alguien ha dicho algo incómodo o racista o tal en prensa.
Yo muchas veces me preguntaba por la precensura. Es decir: ¿qué pasa cuando Octavio Paz obliga a Elena a guardar toda su poesía en un cajón y a no sacarla nunca porque ella no debería ser poeta? Eso también es censura. Es decir, no es el Estado, pero sí es el Estado porque vivimos en un estado machista. Al fin y al cabo sí que hay una cuestión política dentro de esas censuras íntimas que parten, además, de gestos cobardes y machistas.
Entonces eso me interesaba también: cómo se podían ver todas las fases de la censura. El propio Nabokov estuvo a punto de quemar Lolita un día, ¿no? Esto lo contaba —no sé cuánto de ficción hay— Javier Marías, en Desde que te vi morir, el homenaje a Nabokov —que ha reeditado Alfaguara— y era sorprendente esa imagen porque piensas: incluso él mismo quería quemarla, pero no porque le pareciera horrible su personaje, sino porque sentía que no era capaz de acabar la historia, es decir, había una censura en cuanto al estilo y en cuanto a la forma.
Sí creo que hay múltiples censuras. Muchas veces no pensamos en lo que hay antes de que el libro haya llegado a una librería, y solo nos fijamos en todo lo de después. Si queremos hacer un buen análisis del momento en el que estamos viviendo y de los múltiples ataques que hay al arte y a la creación ahora mismo, deberíamos mirar todas esas capas: todo lo que hay escondido en cajones de herederos, todo lo que hay prohibido en cajas. Como investigador, tienes que firmar un contrato que dice que no vas a enseñar el material que hay de Alejandra Pizarnik en Princeton porque hay cosas que los herederos no quieren que se vean.
Muchas veces hablamos de censura a la ligera y, seguramente, muchas veces para cosas estúpidas como, por ejemplo, decir que hoy Lolita no podría publicarse. Es la frase más absurda y la que más he querido combatir con este libro.
Porque lo erótico se encuentra en los ojos de quienes leemos, y no en las palabras o en la intención de quienes las escriben.
De igual modo, lo pornográfico, lo libidinoso, lo obsceno, ¿resulta excesivo por su propia esencia, o la incomodidad que suscita radica en nuestro pudor de espectadores?
Todas las preguntas que Lectrice se va haciendo —y que va haciendo a sus oyentes— al final son preguntas que nos hacemos cuando leemos. Pienso en: «¿Y si verdaderamente, como auguraba Florsombría, al leer Lolita nos olvidamos de que violar niños está mal?». En ocasiones, también hay una frágil membrana, entre el arte y el hecho delictivo.
El personaje de Florsombría no existe, es una creación propia. Pero luego, en la bibliografía, desgrano varios de los libros y de las autoras. Hay mucho de Carolina Sanín, hay mucho de Laura Freixas… De Carolina Sanín recupero el término del “escritor macho”; de Laura Freixas, esta columna famosa donde habla de que Lolita es peligrosa precisamente por ese motivo.
Y hay otras mezclas ahí de autoras y autores a los que he querido meter en una coctelera ficcional, porque si no sería imposible. Es un libro tan debatido que tendría que tener 3000 millones de citas más de las que hay, ¿sabes?, si yo no hubiese querido también inventar personajes que un poco reunieran esas voluntades. Esto me parece interesante, porque creo que sí que son preguntas pertinentes, pero no son preguntas que nos deban llevar a que la solución sea no leer ese libro, sino —al contrario—: ¿qué herramientas necesitamos para poder seguir leyendo ciertos libros? No: «Este libro es peligroso porque si lo lee una niña va a pensar que está bien que los hombres la toquen, los hombres mayores, y la violen». ¡Qué desconfianza en el poder de decisión de la niña! O sea, qué manera de pensar en las adolescentes más paternalista y tan misógina, yo creo, como cualquier otra. Y, por otro lado, a lo mejor nuestro reto como intelectuales, escritores, periodistas, editores, es contextualizar esas obras. No seamos tan vagos de pensar que como algo es peligroso, hay que quitarlo. Al contrario: como esto puede ser peligroso, vamos a hablar de ello.
¿Crees que hay algo incensurable hoy?
Sí: todo y nada. Hay muchas capas, hay muchas maneras de censurar, hay muchas maneras también de censurarse a una misma. Hago talleres de escritura gótica a veces y uno de los primeros ejercicios que pongo es: pedir que digan “p*lla”. Dilo. Nos reímos, pero por dentro estás tensa. ¿Por qué nos da tanta vergüenza? ¿Por qué nos da asco que el otro hable de esto?
También leo escenas eróticas sin decir si las ha escrito un hombre o una mujer. Y muchas veces se confunden. Cuando enseño la foto del autor, la reacción cambia: «Qué asco», dicen. Es que el sexo sigue provocando risa, reparo, incomodidad. Esa es la censura: la autocensura, no tolerar el placer ajeno ni su narración. Yo prefiero que siga la risa a que alguien diga «eso no debería haberse escrito». Prefiero reírme a pensar que algo no debería existir.
Entre las muchas referencias del libro, también hay autoras nuevas. Pienso en Sabina Urraca y en lo que ella define como «la tiranía infantil de no me gustó porque no me identifiqué con el personaje». ¿Qué te gustaría provocar en quien lea Incensurable?
No estoy segura. Me gustaría generar conversación. Es un libro que lleva muy poco en la calle, pero quienes mejor lo están recibiendo son estudiantes de Filosofía, Filología, Humanidades. Me escriben, lo leen en grupo, dicen que les gusta que se les hable sin infantilizarlos. Eso me hace ilusión: haber encontrado un tono de comunicación con gente que siente curiosidad por el aprendizaje literario. Al final todos somos autodidactas en esto: por mucho que estudies una Filología, te queda el resto del mundo por leer.
Una, por mucho que se enfrente al canon, por mucho que se enfrente a esos esqueletos y quiera luchar contra ellos, al final se crea tu propio canon. Entonces, invitar a ese autodidactismo feroz —por llamarlo de alguna manera— me haría ilusión: que quien lea esto quiera seguir leyendo y seguir enfrentándose a sus gigantes imaginarios a su manera.

La filósofa Lectrice Santos es expulsada de la universidad tras atreverse a dictar una conferencia sobre el placer y la censura. Su único crimen: desafiar a sus alumnas a pensar por qué la novela más polémica de la literatura contemporánea ha desaparecido de todas las bibliotecas del mundo.
Invitada a participar en un seminario sobre literatura y erotismo, hastiada de la Academia y agobiada por los fantasmas de su pasado, Santos reivindica la importancia de leer y releer clásicos como Lolita, de Vladimir Nabokov, sin dejarnos arrastrar por los prejuicios del presente. Así, lo que comienza como una clase magistral sobre la vida y obra del escritor ruso, se transforma en un acto de resistencia contra la amnesia ideológica que amenaza con borrar las obras incómodas de la historia.
Llena de humor y erudición, Incensurable es un viaje que difumina las fronteras entre ficción, pensamiento y crítica, en el que Miguel explora la inestabilidad de la verdad, la política del lenguaje y el exilio literario como castigo. Y nos interpela: ¿queremos formar parte de este delirio incensurable o limitarnos a comprenderlo desde la distancia?






