A mí no me iba a pasar. Yo era la de la suerte: una hija sana, que duerme, que come, que es aún más bonita que la fantasía cebada desde mi niñez con recortes de la revista Ser Padres. Un marido bueno, presente, cuidador, consciente de su falta de referentes, pero empeñado en hacerlo mejor. Una red de amigas que sostienen, que comparten trucos, espacio seguro para la vulnerabilidad, la ira y la ternura. ¿Qué podía salir mal?
Bueno. Empiezo a entender que la cosa no va de separar lo que sale bien de lo que sale mal, sino de asumir que criar es lo más difícil que he hecho en mi vida. Y cuando digo difícil, no hablo de resolver raíces cuadradas ni de hacer bien los agujeros en la pared para que la estantería quede recta, que son dos cosas que me parecen dificilísimas. Hablo de una dificultad suprema, una que lo devora todo porque está hecha del mayor de los amores, del más atroz de los miedos, de la generosidad y el cansancio extremos, del malabarismo constante. Maternar es un mojón como un piano. Maternar es ponerte en pause durante muchísimo rato, solo que no estás en pause porque, mientras desatiendes tus pulsiones y necesidades, no dejan de salirte arrugas, estrías y canas. Maternar es irte al carajo sin tiempo propio en el que intentar salvarte. Maternar es una putada.
Dicen que la maternidad se parece a una segunda adolescencia: el cerebro cambia, el cuerpo ya no es el que era y, como ocurría entonces, a menudo me asaltan las ganas de hacer el macuto y perderme en Tailandia. Ambas etapas comparten una frustración claustrofóbica: a los dieciséis, huir resultaba imposible porque ni mis ahorros ni la fecha de nacimiento del DNI me habrían dejado llegar demasiado lejos. A los treinta y ocho, resulta que huir es imposible porque hay otra vida que precisa que la cuide.
No es que llegase ciega a la maternidad. Hace tiempo que el discurso edulcorado con el que engatusaron a nuestras madres enseña sus aristas y deja ver la trampa. Tampoco fue una cosa inercial ni una sorpresa inesperada. Si hay una certeza que me ha acompañado siempre es la de que quería ser madre. Pero ni el más elaborado relato sobre maternidad es capaz de prepararte para la que se te viene encima, ni la mejor de las analistas puede expresar con toda su profundidad lo que supone vivirlo en tus carnes. Un poco como lo que escribió Lope de Vega sobre el amor: solo quien lo probó lo sabe. Y no siempre es dulce.
Ni la in vitro se pareció en nada al polvo mágico y multiorgásmico con el que imaginaba quedarme embarazada; ni mi embarazo hipocondríaco tuvo algo que ver con la fantasía de ser una preñada cañón que, por primera vez, presume de llevar la barriga al aire; ni desde luego la cesárea de urgencia se pareció a lo que debe ser parir rugiendo a cuatro patas o dentro de una bañera, como me habría gustado. Y, sin embargo, aquella noche de febrero de hace casi tres años, la matrona puso sobre mi pecho una bebé perfecta de la que me enamoré al instante, como dictan los mandatos invisibles de la buena madre. Ahora sí: esto iba a salir bien.
Y vaya si salió bien. El primer año de mi hija fue el más feliz de mi vida. Durante doce meses vivimos en una especie de trieja, un sándwich de amor en el que yo era el queso: a un lado, nuestra hija preciosa pegada a mi cuerpo, sin necesitar nada más que eso; al otro, mi chico decidido a cuidarme con la atención afinadísima, sosteniendo mi cansancio, limpiando y haciéndome la comida. Dejamos de trabajar y nos dedicamos a viajar, a dormir, a darnos besos y a ver en orden todas las temporadas de Friends. Éramos unos suertudos. Éramos la hostia. Éramos insoportables.
Éramos, supongo, esa familia asquerosa que otras critican desde sus casas, mientras su bebé llora por el tercer cólico del día, se caga encima por novena vez o tira al suelo, bien desmenuzadas, todas las puñeteras tortitas de plátano y avena que con tanto mimo le habían preparado. Éramos tan felices que me convencí de que ya estaba: habíamos sorteado la crisis. No nos iba a pasar lo de las noches sin dormir, ni lo de perder la libido, ni querríamos separarnos por lo menos una vez a la semana. Yo no iba a ser una madre perdida y descolocada; mi generosidad inaudita no iba a agotarse recién estrenada. Nuestra hija no se iba a convertir en el queso del sándwich, no tendría unas rabietas de cagarse la perra cada vez que intentáramos vestirla, su voz adorable no aprendería a repetir los “me cago en mi puta vida” que me oiría decir cuando me encerrase a llorar en el baño. ¿Dónde le cabe a una tía tan lista como yo tantísima ingenuidad?
Porque ocurre. Criar descoloca, desgasta, destruye. ¿Parezco una bruta? Estoy siendo educada. Pienso ahora en el mar. En lo bonito que se ve desde la orilla, tú tan pichis sobre la arena fina contemplando ese azul que calma. Y en realidad estás sentada en un montón de roca erosionada a base de insistir e insistir todo el puto día con olas de agua salada. Roca deshecha, rendida, socavada. Estás mirando la superficie tranquila de algo que por dentro no deja de moverse, lleno de plantas de todos los colores y animales de todas las formas posibles, que se persiguen, que juegan, que se muerden, que se matan, que se comen.
Igual maternar es un poco eso. La foto de la playa. La mentira de querer sentirse a salvo en la locura más salvaje.






