La sexualidad nunca ocurre en el vacío. Está atravesada por la cultura, por la identidad y por el contexto social, económico y tecnológico en el que vivimos. Así lo plantea Elisabeth Neumann, sexóloga y responsable de Investigación de Usuario en Lovehoney Group, en el prólogo del informe Tendencias en sexualidad para 2026: lo que sucede fuera de la cama —la precariedad, la hiperconexión, la normalización de la tecnología, la desestigmatización parcial del placer— transforma directamente cómo deseamos, cómo nos vinculamos y cómo pensamos el sexo. Este artículo parte de esa premisa para leer el informe no como un listado de modas, sino como un mapa cultural del deseo contemporáneo. Los datos son de Lovehoney Group; la lectura, cultural y crítica, es de MaMagazine.
El sexo ya no va de cantidad
En los últimos años, se observa un cambio claro: el sexo ha dejado de medirse principalmente en frecuencia o en términos de rendimiento. Esta transformación no es anecdótica ni generacional en sentido estricto; es cultural. En 2026, la tendencia dominante no es tener más sexo, sino tenerlo con sentido.
La Generación Z encarna este giro con una claridad que a menudo se malinterpreta. Tienen menos relaciones sexuales que generaciones anteriores, pero no por desinterés, sino por elección. El placer ya no es una obligación social ni un marcador de éxito vital. Es una experiencia que se negocia, se decide y, si no encaja, se descarta: menos automatismo y más conciencia. Este cambio cuestiona una idea muy extendida: que una vida sexual saludable equivale a una alta actividad sexual. El informe muestra cómo, especialmente entre las personas más jóvenes, el deseo se vincula cada vez menos a la obligación y más a la coherencia personal. Para los más jóvenes, la ecuación es otra: límites claros, consentimiento explícito, preparación emocional. El sexo deja de ser un reflejo y pasa a ser una decisión.
El declive del sexo asociado al alcohol
Durante décadas, el sexo casual bajo los efectos del alcohol funcionó como un patrón cultural ampliamente normalizado. No solo como práctica, sino como relato dominante sobre juventud, deseo y transgresión. Películas, series y relatos lo normalizaron hasta convertirlo en paisaje. Hoy ese patrón pierde peso de forma sostenida. Las generaciones más jóvenes asocian cada vez menos el sexo con la intoxicación. No es solo una cuestión de salud o autocontrol: también tiene que ver con la desaparición de los espacios nocturnos tradicionales y con una mayor conciencia sobre el consentimiento y la vulnerabilidad.
Mientras el sexo impulsivo pierde terreno, aparecen formatos más explícitos y negociados: encuentros cuyo objetivo es únicamente el sexo, sin promesa de continuidad. No hay aquí una renuncia al placer, sino una reorganización de sus condiciones. Menos borrachera, más claridad. Menos guion romántico heredado, más contrato consciente.
Cuando la inteligencia artificial entra en la cama y en la conversación
Hablar de sexo sigue siendo difícil para una parte importante de la población. El informe lo muestra con datos claros: incluso en relaciones estables, la conversación sobre deseo, límites o insatisfacción sigue siendo excepcional. En este contexto, la inteligencia artificial empieza a ocupar un lugar relevante no como solución ideal, sino como síntoma de una carencia: la falta de espacios seguros para hablar de sexualidad sin vergüenza ni jerarquías.
La IA se está convirtiendo en un tercer agente en la intimidad: como fuente de información, como espacio de consulta y, en algunos casos, como sustituto de conversaciones que no sabemos —o no nos atrevemos— a tener. Preguntas sobre deseo, rendimiento, fantasías, límites o ansiedad sexual encuentran en la IA un interlocutor disponible, anónimo y sin juicio. Esto no significa que sustituya a la conexión humana, pero sí que evidencia un vacío: necesitamos hablar más y mejor de sexo, y no siempre tenemos con quién hacerlo.
Este uso de la IA se extiende también al ámbito de las citas y redefine una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué entendemos hoy por presencia, por conversación y por vínculo? Mensajes redactados o interpretados por IA, perfiles artificiales, conversaciones mediadas. El término chatfishing resume una inquietud creciente: no saber si al otro lado hay una persona o un algoritmo. La desconfianza hacia las apps de citas no es casual; es estructural. Y más allá: ya existen relaciones románticas con inteligencias artificiales. No como anécdota, sino como práctica en expansión. Aquí el informe es claro y poco complaciente: sin regulación, sin límites éticos y sin supervisión, el riesgo no es tecnológico, sino emocional.
El placer se vuelve lúdico y visible
Otro cambio relevante es la mayor visibilidad del placer. No como espectáculo, sino como parte integrada de la vida cotidiana. No solo se habla más de juguetes sexuales, sino que se diseñan de otra manera. Menos clínica, menos solemnidad. Más juego, estética y humor.
El auge de los juguetes novelty, de fantasía o con apariencia cute no es una frivolidad. Es una consecuencia directa de la desestigmatización del placer y, paradójicamente, también de la censura en redes sociales. Cuando ciertas palabras y cuerpos desaparecen de las plataformas, el diseño se vuelve estrategia.
La normalización del placer implica que deja de percibirse como un rasgo identitario excepcional. Tener, usar o no usar juguetes sexuales deja de decir quién eres: es un objeto más de la vida cotidiana. Se compra, se prueba y se guarda sin dramas.
Generación X: deseo, edad y reapropiación del cuerpo
Mientras gran parte del discurso se centra en las generaciones más jóvenes, la Generación X muestra dinámicas específicas en su vida sexual que merecen atención propia, especialmente en el caso de las mujeres. Entre la perimenopausia y la menopausia, muchas están replanteando su vida sexual desde un lugar nuevo menos culpable y más curioso. Relaciones con diferencia de edad, exploración no monógama, autoerotismo consciente. No como gesto provocador, sino como una forma consciente de autocuidado y gestión del bienestar en una etapa vital históricamente atravesada por el silencio.
El informe subraya algo clave: la sexualidad en esta etapa no es un resto ni una pérdida. Puede ser una herramienta activa para el bienestar físico y emocional. Dormir mejor, reducir estrés, mejorar el estado de ánimo. El placer deja de ser un lujo para convertirse en salud.
Bienestar sexual: cuando el cuerpo deja de ser un tabú
Uno de los cambios más relevantes es la creciente consideración del bienestar sexual como parte integral de la salud. Este desplazamiento tiene consecuencias políticas, médicas y culturales. No como un asunto privado, ni como un añadido opcional. Cada vez más personas aceptan que la masturbación, el deseo o la intimidad tienen efectos reales sobre el estrés, el sueño y la calidad de vida. Y, de forma reveladora, muchas estarían dispuestas a cambiar sus hábitos sexuales si su médico se lo recomendara. Este enfoque no implica banalizar el sexo, sino reconocer su peso real en la vida cotidiana.
Mirar al futuro sin moralinas
Las tendencias en sexualidad para 2026 apuntan a un enfoque más consciente del deseo y de la intimidad. No más puro ni más correcto, pero sí más deliberado. Se prioriza la intención frente a la inercia y la elección frente al mandato social. El reto no está en frenar estos cambios, sino en acompañarlos con educación, conversación y regulación. Porque el placer, cuando se toma en serio, deja de ser un problema y se convierte en una herramienta poderosa para vivir mejor.
Este artículo se basa en el informe Tendencias en sexualidad para 2026 elaborado por Lovehoney Group. Los datos son suyos; la lectura cultural es nuestra.






