© Cotton Bro

¿Tú también eres de las que se habían creído que reproducción y sexualidad estaban en dos compartimentos bien separaditos? ¿A ti te ha pasado que, al convertirte en madre, esto también te ha saltado por los aires? A mí sí, y como me ha dado por analizar tanto todo esto que tiene que ver con la maternidad, pues aquí os comparto lo que he ido descubriendo. Prepárate, que vienen curvas.

Hoy día ya sabemos que hay mujeres que vivieron una experiencia de parto de esas que superan las expectativas, como dice la Organización Mundial de la Salud —visibilizando, por fin, que la vivencia de la madre importa y mucho—. También sabemos que hay otras afortunadas que califican su periodo de amamantar al bebé como de lo más gozoso. Relatos así ya no se esconden, sino que nos atrevemos a airearlos a los cuatro vientos. Por eso, tanto si tenemos la suerte de haberlo vivido como si no, sabemos que, como las meigas, haberlos, haylos.

Sobre el tema de los partos, como dice la matrona y fisioterapeuta Ascensión Gómez, resulta que este puede ser catalogado de orgásmico, no solo por la idea generalizada de que habrá placer cuando el bebé está saliendo, sino también por lo que se siente al verlo. Puede que sea en ese primer encuentro (si te dejan alcanzar el estado cerebral necesario) o puede que ese flechazo haya llegado después (a base de activar las neurohormonas a través del contacto corporal), pero ya sabemos que ahí hay sensaciones muy potentes, tanto por su intensidad como por su cualidad. Es un amor inmenso mezclado con un cosquilleo interno, que puede que no hubieras sentido jamás.

Pues este es el quid de la cuestión de esta publicación: por desgracia, la idea que tenemos de lo “orgásmico” parece aún estar alejada de muchas otras posibilidades que permiten nuestros cuerpos femeninos. Lo sexual se ha acabado asociando mucho más a la pornografía (incorporada sutilmente en nuestras vidas hasta en la sopa), que al inmenso gozo que puedes llegar a sentir en otros cuantos momentos. Eso sí, siempre y cuando se esté psicológicamente disponible para ello, que es lo complicado.

El caso es que hace tiempo que se plantea que la sexualidad incluye a todo lo relacionado con el sistema reproductivo, sus funciones y procesos (definición de la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo en 1994). Si te fijas, los órganos genitales son los mismos si solo estás buscando obtener placer y no tener hijos/as, como si buscas las dos cosas, como si solo quieres procrear y sientes cero placeres. Los genitales femeninos se ponen en funcionamiento en la menstruación, gestación, parto, postparto, lactancia y en la interacción íntima con otra persona, y en todas estas funciones se puede sentir (o no) gustito. Así que, ¡sorpresa! El placer no tiene por qué estar solo en acostarse con alguien, ¡puede aparecer también en el resto de tus procesos como mujer! Pero si esto es así, ¿por qué nos suena un poco a chino? Pues porque la mayor parte de nosotras necesitamos superar el condicionamiento que hemos recibido para todo lo contrario: ignorar las palpitaciones del útero, no escuchar las emociones cuando señalan que algo no está bien, etc. Por cierto, si te estás preguntando que porqué incluyo la lactancia, es debido a que las partes del cerebro implicadas también envían señales al útero en dicho proceso. Es decir, tus genitales también están implicados. ¡Y si no que se lo digan a las mujeres que han sentido un orgasmo dando de mamar! Que haberlas, haylas, también.

Teniendo en cuenta entonces que en realidad el concepto de sexualidad incluye todo lo que tiene que ver con nuestra genitalidad (que, en el caso de las mujeres, como decía, supone una amplia variedad de procesos), es curioso como esto se ha distorsionado. La Real Academia Española ha sido clave en esta simplificación, al decidir acotar el término solo al “placer carnal”. Aunque, no nos olvidemos, como bien señaló Ibone Olza en Parir, también nos dijeron que el hijo o los hijos salen del vientre por nuestra acción de expulsarles. ¿Y a que a ti no te pareció que hacías eso, sino que amorosamente los acompañabas a venir? Esto se ha debido a que los miembros de dicha institución han sido mayoritariamente hombres que, por desgracia, no han podido parir nunca y tampoco podrán sentir placer de muchas otras maneras. Técnicamente se denomina a esto sesgos de género, y te pongo unos cuantos ejemplos más en seguida. Solo un anticipo: están tanto en educación como en medicina, investigación y divulgación. En definitiva, los tenemos impregnando toda nuestra vida, aunque nos puede costar verlos si nadie nos lo señala.

Yo debo confesarte que me enteré de que los partos forman parte de nuestra esfera sexual con 42 años. Aunque ya me había llegado alguna señal antes, yo había mirado para otro lado, porque, claro, aceptar algo así no es nada cómodo. Pero, dos años después del nacimiento de mi hijo, la evidencia cayó por su peso. Fue en una formación especializada del Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal, no te vayas a creer que lo oí en la radio. Este es otro ejemplo de sesgo, en este caso en la divulgación del conocimiento. La realidad es que hay temas que cuesta mucho que se difundan y formen parte del conocimiento colectivo.

Como decía, en mi caso, también estuve un tiempo en shock antes de poder integrar ese conocimiento … ¿Cómo íbamos a etiquetar de “sexualidad” a esas imágenes de partos con mujeres tumbadas en una camilla sin poder moverse y con gente desconocida mirándolas? Pues como tampoco diríamos que tiene nada de sexual ver una imagen así de alguien haciendo el amor, ¿no crees? Yo ahora me he hecho seguidora de unas cuantas fotógrafas de partos, y hay expresiones de mujeres pariendo que muestran más placer de lo que yo he podido ver en ninguna película jamás.

En la línea de lo mencionado antes, la realidad es que el parto, al ser un evento exclusivamente femenino, ha sido menos estudiado y, para cuando se ha hecho, ha sido desde una perspectiva masculina, sin incluir descripciones en primera persona. Pero, si te fijas atentamente, ¿qué crees que ha pasado con el resto de nuestros procesos? ¿Cuántos estudios crees que hay sobre cómo nos sentimos en la menarquía? ¿Cuántos sobre qué pasa emocionalmente en los ciclos menstruales? ¿Qué investigación hay sobre las variables psicológicas del climaterio y la menopausia? Ya te lo digo yo, tranquila, no te pongas a buscarlo: más bien poquito, especialmente si lo ponemos en relación con la inmensa cantidad de mujeres que pasamos por ello. ¡Prácticamente la totalidad de la población femenina del planeta! Por cierto, si nunca has oído la palabra climaterio, tranquila también, eso es porque de nuevo se pensó que no era importante informarnos de ello (te cuento más lo antes que pueda).

Centrándonos un poco más en este tipo de sesgos, profundicemos en qué pasa en el supuestamente objetivo campo de la investigación, porque, como bien sabemos, no solo la RAE ha estado en manos masculinas a lo largo de la historia, sino la ciencia en general. Así, el conocimiento se ha plagado de vacíos sistemáticos, cuando no prejuicios (¡Qué a ver luego como conseguimos desmontar, con lo que eso cuesta!), porque ha faltado un punto de vista muy relevante. Si te interesa y quieres profundizar en ello, te recomiendo el libro La salud de las mujeres, de María del Pilar Sánchez López (editorial Síntesis), pero, para que te hagas una idea, te comparto un par de ejemplos. El primero: ¿Sabías que los estudios se han realizado sistemáticamente con muestra masculina, hasta muy recientemente, generalizando los resultados a las mujeres, como si tuviéramos cuerpos idénticos? Obviamente esta discriminación no se ha hecho solo con la variable género, sino también con otras, como el grupo étnico o la clase social. Vamos que lo que hacía el hombre blanco rico era extrapolable al resto de la humanidad. En el caso de las mujeres, una de las razones que se ha dado para dicha exclusión es porque nuestro estado emocional varía con el ciclo hormonal de la menstruación, pudiendo afectar a los resultados. Así que ¡mejor eliminarnos de un plumazo! (Para las que no estáis en el ámbito de la investigación, insistir en que esto ha sido una auténtica barbaridad). Pero no es solo que se nos haya sacado de los muestreos, sino que este excluir ya se hace en algo tan básico como al decidir qué temas sí son de interés científico. Aquí te pongo el segundo ejemplo, que va sobre eso: ¿Sabías que el verdadero tamaño del clítoris no se descubrió hasta el 1998? Sinceramente, ¿tú crees que se habría tardado tanto en investigarlo si este hubiera formado parte de los genitales masculinos?

Pero no solo nos encontramos con que los procesos femeninos se han estudiado poco y mal, sino que además se ha hecho de manera separada, en áreas específicas de subespecialización. Esto inevitablemente ha supuesto que cada vez sea más complicado entender y atender a las mujeres de manera completa. Si quieres leer algo al respecto, Cuerpo de Mujer, sabiduría de Mujer, de Christiane Northrup. Una guía para la salud física y emocional (editorial Urano) es de lo mejorcito que hay. El caso es que esto ha supuesto dos claras consecuencias. Una es que, al no vernos como un todo, la parte emocional ha quedado bastante rezagada (por ello muchas nos hemos sentido un “envase contenedor” o un “trozo de carne” en el embarazo o en el parto). La otra es que, al ser miradas por parcelas, nos hemos creído que unos aspectos sucedían aislados de los otros, como si no tuvieran nada que ver. Para muchas de nosotras las menstruaciones son una cosa, los embarazos otra diferente, los partos un punto y aparte, la lactancia no tiene nada que ver con todo lo anterior y, finalmente, como en un bloque totalmente aislado estaría el “sexo” de verdad. Vamos, que no solo nos han diseccionado, sino que además los pedacitos están bien jerarquizados. Y, al igual que las mujeres nos hemos sentido ciudadanas de segunda, por no recibir el mismo reconocimiento que los hombres en muchos aspectos, el resto de nuestros procesos debe haber sentido lo mismo en relación con los glorificados “encuentros íntimos”.

Mi forma gráfica de resumir todo esto es con el cuento de La verdad del elefante de Martin Baltscheit (Loguez). Resulta que el animal está ahí plantado, inmenso como es, delante de cinco científicos ciegos, que no se enteran de nada: uno solo habla de troncos de árboles, otro de suaves alfombras, un tercero cree que está ante una montaña, el cuarto considera que tiene entre manos una escobilla del váter, y el quinto piensa que ha encontrado una manguera de bomberos. Como también pasa en la vida misma (aunque aparentemente sin ceguera), a pesar de que alguien les señale una evidencia en contra, no consiguen dirigir el foco hacia lo que está fuera de sus creencias. Así que, si conseguimos ampliar la mirada, podemos concluir que una de las patas del elefante son nuestros partos y las otras tres el resto de los procesos relacionados con la maternidad: el embarazo, el posparto y la lactancia. Tirando un poco más del hilo, llegamos a que el tronco sea nuestra menarquía y menstruaciones, las orejas nuestro climaterio, la trompa nuestra menopausia y, finalmente, la cola del elefante (realmente diminuta en comparación con el resto del cuerpo) nuestras interacciones con un otro u otra. Así, si lo juntamos todo, tenemos (…redoble de tambores…), ¡el maravilloso y grandioso pedazo de sexualidad que puede tener un cuerpo de mujer!

¿Qué ha ocurrido entonces para que se creara, ya no solo una separación, sino incluso esa jerarquización? Pues mi conclusión es que no es justo solo señalar a los hombres por tantos sesgos como nos han dejado (seguramente sin darse cuenta de todas las consecuencias que han supuesto para todos, incluidos ellos). Las mujeres también hemos aportado algo de confusión a este maremágnum, porque todos humanos, todos erramos. Así creo que algo puedan tener que ver las feministas de hace unas décadas, cuando, en su intento de sacarnos del yugo del hogar, optaron por llevar nuestras reivindicaciones a la liberación sexual (refiriéndose solo a los encuentros con otro/a), pero sin darse cuenta de lo que se perdía por el camino. Se olvidaron de la “liberación menstrual” o de la “liberación al parir”, por poner un par de ejemplos. Así aprendimos que merecíamos demandar a la pareja (a la de toda la vida o a la esporádica del momento) todo el placer que nos correspondía, pero nadie nos insistió en que al menstruar, gestar, parir y amamantar también lo merecemos. La maternidad pareció convertirse en el enemigo y, de paso, todo lo que tiene que ver con nuestros ciclos en sus malvados aliados.

Por eso puede que ahora te surjan muchas dudas, ante tanto ampliar nuestra perspectiva de la sexualidad… ¿Se puede acompañar con más cuidado la llegada de la menarquía en las niñas y que ellas lo sientan de una manera más gustosa? (¡Qué madre no quiere eso para su hija!, pero la realidad es que, o hacemos un esfuerzo muy grande para superar los prejuicios/vacíos que seguimos teniendo, o inevitablemente los reproducimos con ellas) ¿En qué términos hablamos la mayor parte de las veces de nuestra menstruación? ¿Alguien nos puede enseñar a entenderla y quererla un poco más? ¿Cómo nos han acompañado emocionalmente en nuestros embarazos? ¿Y en el rito de paso que supone el parto? ¿Cómo se cuida a las madres lactantes con dificultades? ¿Qué significado se otorga a la menopausia? ¿Alguien nos enseña a prepararnos en el periodo previo del climaterio? En definitiva, ya va siendo hora de que nos arremanguemos y nos metamos a fondo con todos y cada uno de nuestros procesos, porque están demandando algo más de atención, para llenarnos de inesperadas sorpresas.

Porque la realidad es que la mayor parte de nosotras cargamos una tensión emocional innecesaria respecto a todo esto. Un embarazo podría vivirse más como un estado placentero, si no tuviéramos que estar pendientes de trabajar hasta el último día (teniendo que demostrarnos tan competentes como siempre, como si gestar una vida no fuera ya una competencia insuperable). El parto podría convertirse en algo mucho más fluido, si tuviéramos el adecuado acompañamiento psicológico, que permitiera que nuestras hormonas aparecieran en escena sin problema. Pero la mayor parte de los procesos femeninos se tratan solo atendiendo a la parte física, como si no significaran algo muy profundo a nivel emocional. Se ven como un insignificante trámite o peaje que pasar cuanto antes, no como oportunidades de crecimiento personal. Resulta que, cuando se ha mirado atentamente, la medicina también está plagadita de esos sesgos que tanto nos han marcado. Sobre esto, recomiendo encarecidamente leer Mujeres invisibles para la medicina de Carme Valls (editorial Capitán Swing), pero el resumen sería que el médico sabe más de nuestro cuerpo que nosotras mismas, aunque nos empeñemos en decir que sentimos diferente a lo que ellos consideran que nos pasa.

Así que, para finalizar lo que intento transmitir, solo añadir lo siguiente. Hace tiempo leí que había tres verbos que solo se podían conjugar con un sujeto femenino: estar embarazada, parir y amamantar a un bebé. Fue un descubrimiento maravilloso, como un “¡Ostras, es verdad! ¡Tengo un cuerpo único que hace estas funciones increíbles!”. Pero la realidad es que, hasta cuando nosotras hemos intentado visibilizar la grandeza que nos traemos entre manos, nos hemos quedado cortas. No hemos sido capaces de identificarlo al completo, porque el nivel de ceguera era muy grande… Si te fijas, tampoco admiten un sujeto masculino ni menstruar, abortar, sufrir una pérdida gestacional, vivir una inseminación artificial o dejar de menstruar, con todo lo que ello conlleva.

Lo bonito de este darse cuenta (ese “¡Madre mía, me he caído de un guindo, y ni sabía que estaba subida!”) es que cuando lo ves resulta tan evidente que ya no hay vuelta atrás (como también comparte Olza en Parir). Por mucho que te sigan diciendo que el rey sí va vestido, como les decían a las fundadoras de El Parto Es Nuestro, nosotras ya no nos lo creemos. Ahora, además, también queremos reivindicar que La Menarquía Es de Nuestras Hijas, y a mucha honra. Ojalá que consigamos para ellas una vivencia diferente, que las ayude a llegar con otro ánimo y espíritu al resto de los procesos que pueden vivir y a las elecciones que van a tener que hacer. Porque, claro que amamantar a un bebé puede ser extremadamente exigente, pero también es algo único (ojalá ellas quieran fundar La Lactancia es Nuestra). Evidentemente menstruar cambia mi día a día, pero por qué no escuchar mis necesidades y alinearme con ellas (La Menstruación es Nuestra, sincronicémonos por fin con ella). Y por supuesto que la menopausia marca el fin de nuestra fertilidad, pero también puede ser una transformación brutal y revolucionaria (La Menopausia es Nuestra, ¡a por ella!). A estas y otras muchas conclusiones podemos llegar a través de querer conocer mejor nuestro cuerpo y nuestra sexualidad al completo. Por suerte la Psicología de la Salud Sexual y Reproductiva Femenina es una disciplina que está empezando a dar la cara, y con mucho que decir al respecto. Si te interesa, sigue leyéndome, que tengo mucho más que contarte sobre todo esto.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Es psicóloga, docente, escritora y madre. Ha publicado PARtIR y Mamas.

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