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IBONE OLZA: CÓMO NACEMOS, IMPORTA

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Ibone Olza es madre, psiquiatra, escritora y activista por los derechos de los bebés y las madres y padres en la primera infancia. Directora del Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal (IESMP), es una de las pioneras en investigar la neuropsicología del parto. «Tuve la oportunidad de dirigir a un grupo de expertas europeas, psicólogas y matronas en su mayoría, e investigar y construir un modelo que integra los aspectos neuroendocrinológicos —toda la liberación hormonal que rodea al parto— con la psicología del parto. Con nuestra investigación demostramos que hay un proceso psíquico muy especial que acontece en el parto fisiológico, muy bonito y desconocido aún, y que es importante difundir. Ese proceso psicológico, que es todo un viaje, trae como premio un sentimiento de poderío, de sentirte mucho más capaz de afrontar lo que venga, todo un regalo. Muchas madres regresan mentalmente al momento del nacimiento para recordarse a sí mismas de qué son capaces».

Además de su práctica clínica y su faceta como escritora y divulgadora, Ibone ha participado en la creación de asociaciones como El parto es nuestro, un espacio seguro de compañía y aprendizaje: «A menudo me escriben mujeres contándome —incluso agradeciéndome— partos preciosos, y siempre les animo a que se lo cuenten a todas las mujeres que conozcan, especialmente a las más jóvenes».

En tus años de experiencia como sanitaria, activista e investigadora, ¿qué evento ha llamado más tu atención?

Es fascinante, porque cuando te paras a pensar qué acontece en los cerebros de la mujer de parto y en el del bebé que nace, y los estudias a fondo, descubres que es algo verdaderamente excepcional, un fenómeno que no se puede reproducir de forma artificial en ningún laboratorio ni experimento del mundo. La única forma de estudiarlo es observando y escuchando a las mujeres que tienen un parto fisiológico, sin intervenciones. Y descubrimos, entre otras cosas, que el parto es un evento neurohormonal, que ambos cerebros, el de la madre y el del bebé, dirigen el parto y el nacimiento y que, cuando por fin ambos se encuentran por primera vez, sus cerebros están bañados por sustancias que hacen que lo que ahí pase quede profundamente grabado y tenga consecuencias en su salud a largo plazo. Lo más bonito a mi modo de ver, es que cuando analizamos lo que pasa ahí descubrimos que el parto implica un estado alterado de conciencia, y que los bebés nacen profundamente enamorados de sus madres. Ambos hallazgos nos obligan a replantear la manera de atender todos los partos: los sanos y los complicados.  

¿En qué sentido?

La atención al parto tiene que ser exquisita, sumamente respetuosa con ese estado tan sensible en el que se halla la mujer de parto. Es fundamental que esté acompañada de alguien de su confianza y que se le transmita seguridad. Claro que si durante el embarazo o ya desde antes nos han enseñado a temer nuestros cuerpos y desconfiar de ellos, va a ser difícil poder atravesar la intensidad del parto con la confianza que requiere. El parto es parte de nuestra vida sexual y requiere cariño, intimidad, confianza, y presencia. Lo mismo podemos decir de los espacios en que se atiende: deberían ser cálidos y acogedores, incluso si disponen de material quirúrgico y de reanimación. Como se pregunta la arquitecta experta en paritorios Angela Müller: “¿dónde querrías pasar una noche de amor?”. Cuanto más se protejan la intimidad y la confianza de la parturienta, menos complicaciones habrá.

Entender que todos los humanos nacemos enamorados de nuestras madres también nos permite comprender mucho mejor la conducta de todos los bebés: los recién nacidos necesitan estar cerca de ellas siempre, con intimidad y piel con piel si es posible, y sobre todo necesitan que sus madres estén bien.

¿Cuáles son tus recomendaciones para que los partos sean lo más respetuosos posible?

Hay que visibilizar todo el poderío y transformación que puede traer un parto y, a la vez, hay que seguir denunciando la violencia obstétrica y todas las formas en que te pueden robar tu parto, algunas de ellas especialmente difíciles de percibir. Sin embargo, es complicado, porque a menudo temo que contando todo lo precioso, intenso y bonito que puede ser un parto contribuyamos a una idealización que favorezca la decepción posterior de todas las que no tienen un parto así —probablemente la mayoría—. 

Por ejemplo, con la creciente medicalización del parto cada vez es más difícil que se permita el inicio espontáneo del parto. Se programan e inducen los partos como si fuera algo inocuo y en la mayoría de los casos no hay una verdadera razón para hacerlo. Pero es difícil entender que ese es tu caso cuando tu ginecóloga, que te cae fenomenal, te explica súper amablemente que mejor inducir hoy, que ya estás de 40 semanas y cuatro días, no vaya a ser que por esperar unos días el bebé no pueda salir, sufra en el parto o, peor aún, muera antes de nacer. Nadie puede seguir peleando cuando te sacan la carta del bebé muerto, pero es muy difícil entender que esas inducciones no están justificadas y que, sin tanto miedo, probablemente el parto se iniciaría pocos días después de manera mucho más sana.  

Hay prácticas muy dañinas que espero desaparecerán con el tiempo y gracias a nuestra lucha, que considero una prioridad feminista. Estoy convencida de que, dentro de unas décadas, las jóvenes se preguntarán cómo era posible que dejáramos que nos atendieran en los partos profesionales que no conocíamos con anterioridad. O que nos hicieran tantísimos exámenes vaginales, una intervención profundamente dañina y peligrosa que apenas se cuestiona aún. No se entenderá que tuviéramos que explicar que nadie, ni siquiera un profesional sanitario, puede explorar ni menos aún cortar la vagina de una mujer sin su consentimiento. Por desgracia todavía estamos así y nos toca explicar que “no es no” también en el parto. 

Una de las prácticas más terribles que hemos sacado a la luz es el uso del haloperidol en el parto. Un potente sedante, un fármaco antipsicótico, en realidad, que se administra —¡todavía!— casi siempre sin consentimiento informado. En muchos partos, sin que la mujer lo sepa, se ofrece “un sedante o relajante” y se le atiza el llamado coctel lítico o la media-media, una mezcla de dolantina y haloperidol que es peligrosísima y que los expertos señalan como una forma de sumisión química en el parto. Es gravísimo y, sin embargo, todavía no hemos logrado erradicarlo.

Otra cosa que hemos aprendido investigando el parto es que es un momento especialmente delicado para mujeres que han sufrido abusos de cualquier tipo y, muy especialmente, abusos sexuales. Si el trato no es exquisitamente respetuoso pueden reactivarse los recuerdos del abuso durante el parto. Por eso insisto en que hay que atender todos los partos como si la mujer hubiera sufrido abusos, porque muchas mujeres no se lo han contado a nadie, para empezar, y porque todas las mujeres necesitan y merecen el trato más respetuoso, sensible y cuidadoso del mundo. El acompañamiento y el respeto son claves absolutas e innegociables.

Y lo mismo se aplica al recién nacido: el derecho a estar acompañado en todo momento desde el nacimiento es fundamental, no se puede vulnerar como se hace, es muy grave. Si entendemos que nacemos enamorados, entenderemos hasta qué punto son graves todas esas separaciones forzadas, rutinarias e innecesarias de madres y bebés que tanto se dan en los hospitales. 

 

Esta entrevista está contenida en Demasiadas mujeres, sexto volumen de nuestra revista en papel. Apoya nuestro proyecto aquí.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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