Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes de EE. UU.

No es que el caso Epstein haya destapado nada nuevo, en realidad. Lo verdaderamente inquietante de todo lo que hemos leído en estos días —las listas, los nombres tachados en negro, las chicas reclutadas con promesas de viajes, dinero, pertenencia— es que lo reconocemos. O, peor aún, lo que creemos reconocer. No porque todas hayamos pasado por algo similar en términos materiales, sino porque el marco mental, el lenguaje y la escenografía nos resultan familiares. Cambian los escenarios, cambian las cantidades, cambia el apellido del depredador. Lo demás, no.

Leyendo el artículo de opinión de Raquel Peláez en El País, titulado Epstein y los “amores prohibidos”, pensaba en lo poco que ha cambiado el relato con el que durante décadas se nos explicó la diferencia de edad, el deseo masculino hacia cuerpos jóvenes, la fascinación por las chicas “precoces”, “maduras para su edad”, capaces —según esa narrativa— de moverse con soltura en mundos que no les correspondían todavía. No era abuso: era amor prohibido. No era desequilibrio: era magnetismo. No era poder: era glamour. Y así, palabra a palabra, aprendimos a no ver.

Si no hubiera nacido donde nací, si no hubiera crecido en una capital de provincia sin acceso a ciertas órbitas, si alguien me hubiera ofrecido a los quince o dieciséis años una entrada a un mundo de prestigio, dinero, viajes y hombres influyentes interesados en mí, no estoy segura de que hubiera sabido decir que no. No porque fuera ingenua o vulnerable en el sentido clásico, sino porque había aprendido —como tantas— que gustar a hombres mayores no era una señal de alarma, sino una confirmación de valor. Que ser elegida por ellos significaba estar por encima de las demás.

Mi biografía sentimental no tiene nada de excepcional, y quizá por eso resulta incómoda. La mayoría de mis parejas han tenido de diez a veinte años más que yo. Hay momentos en los que se nota mucho —por ejemplo, cuando tienes 14 años— y hay momentos en los que parece diluirse —por ejemplo, cuando tienes 44—. Hasta hace bien poco, no me pregunté por esa repetición: la di por sentada. Formaba parte de mi manera de desear o incluso de mi herencia familiar: mi padre era 16 años mayor que mi madre y yo me limitaba —¿inconscientemente?— a repetir el modelo.

Solo ahora, con distancia, empiezo a preguntarme por qué. Qué buscaba en esa diferencia de edad. Qué me ofrecía esa asimetría recurrente. Si se trataba de admiración, de seguridad, de reconocimiento o de una forma aprendida de sentirme a salvo en una relación donde el otro parecía saber más, estar más situado, ocupar un lugar más firme en el mundo. No pienso esto para desplazar responsabilidades ni para reescribir mi pasado desde el reproche, sino para entender cómo se construye un deseo que no nace en el vacío, sino en un contexto que lo legitima, lo aplaude y lo convierte en normal.

Leí mis relaciones con hombres mayores como una prueba de algo que me favorecía y me hacía, quizá, poderosa. No llegué sola a esta conclusión; lo hice acompañada por un imaginario entero que celebraba ese tipo de historias y las presentaba como una forma de éxito femenino temprano. Como si hubiera en mí una cualidad especial que me permitía acceder a hombres experimentados, seguros, admirados, con poder económico o simbólico. Pensaba que era yo la que decidía, la que elegía, la que llevaba las riendas. Y es cierto que no sentí miedo, ni coacción explícita, ni violencia en el sentido que solemos asociar a la palabra “abuso”. Pero quizá esa es precisamente la trampa más eficaz de todas: la de una pedagogía cultural que nos enseñó a confundir deseo con consentimiento y validación con autonomía.

Cuando hoy hablamos de consentimiento, tendemos a imaginar una escena puntual, una decisión aislada, un “sí” o un “no” pronunciado en un momento concreto. Pero testimonios como el de Vanessa Springora en su libro El consentimiento (Lumen, 2020) recuerdan que no es un gesto individual, sino un marco completo: una red de prestigio, admiración, expectativas y silencios que lo condicionan todo. Lo mismo ocurre con el imaginario cultural que durante décadas romantizó a la Lolita de Nabokov como figura deseable, sofisticada, cómplice, borrando deliberadamente la asimetría sobre la que se sostenía ese deseo. Incluso algunas de las mujeres que orbitaban en torno a Epstein han contado después que durante años no se pensaron como víctimas, sino como elegidas, como chicas especiales que habían accedido a un mundo vetado a la mayoría. No es que no hubiera daño: es que el lenguaje para nombrarlo aún era mudo.

Nadie nos contó que, cuando el deseo se articula desde una posición de clara ventaja —de edad, de experiencia, de poder—, la pregunta no es si queremos, sino qué margen real tenemos para entender lo que está pasando. Nadie nos explicó que sentirse especial no es lo mismo que estar a salvo, ni que el brillo de ciertos mundos puede funcionar como anestesia. Al contrario: películas, canciones, revistas, conversaciones familiares y silencios cómplices se encargaron de repetirnos que aquello era normal, incluso deseable. Que teníamos suerte. Que ya querrían otras.

Por eso el horror del caso Epstein no reside solo en la magnitud del crimen, sino en su continuidad con una cultura que lleva décadas entrenándonos para no llamar a las cosas por su nombre cuando el abuso viene envuelto en estatus, deseo y promesa de pertenencia. Lo más perturbador no es pensar que pudo pasar, sino asumir que muchas habríamos participado sin saber que aquello tenía otro nombre, convencidas de estar ganando algo y tardando décadas en preguntarnos qué perdimos por el camino.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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