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VANESSA SPRINGORA: LA MIRADA DE LOLITA.

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Es importante no dejar de preguntarse si el arte -en este caso, si la literatura- lo justifica todo. Si la figura del artista es inseparable de su persona, de la legalidad y la moralidad de sus actos. Todos admiramos a Picasso. Pero el genio malagueño dejó tras de sí a dos de sus amantes muertas por suicidio (una en vida de Picasso, la otra tras su muerte). Nos emocionamos con la poesía de Neruda, pero ese mismo poeta del amor no tuvo ningún reparo en abandonar a su hija Malva, nacida con hidrocefalia y al que él mismo definía como «un ser perfectamente ridículo».

Hablemos, ahora, de pedofilia. La ejercida por un exitoso escritor francés, Gabriel Matzneff (1936) aclamado en los círculos literarios, admirado, premiado, validado por sus colegas: «Por aquellos años, la literatura era más importante que la moral«. Demos un par de pinceladas: En 1974, Matzneff publicó Les moins de seize ans (Los menores de dieciséis años), un panfleto en el que exalta el amor por adolescentes y prepúberes y donde evoca relaciones amorosas con chicos y chicas de doce años.  Tres años más tarde, escribió una carta abierta en «Le Monde» solicitando la absolución de  tres hombres encarcelados por haber tenido relaciones sexuales con chicas y chicos de 13 y 14 años. Le acompañaron con sus firmas, entre otros, Jean-Paul Sartre o Simone de Beauvoir. Era el momento del «prohibido prohibir«. Una premisa que fue peligrosa antes y que lo sigue siendo ahora, pues acogerse a concepciones erróneas y egoístas de la libertad personal provoca daños, muchas veces irreparables, en los más vulnerables. Matzneff ha basado parte de su -muy premiada- obra literaria en el relato de sus relaciones con prepúberes y adolescentes de ambos sexos, si todas esas palabras no solo no fueron juzgadas sino toleradas e incluso aplaudidas por las élites intelectuales francesas; si alguna vez pensó que pasaría por la gloria pero no por la pena… estaba totalmente confundido hasta hace pocos meses.

El autor, de 84 años, seguramente atónito, está viendo en primera línea la degradación de su carrera: la editorial Gallimard ha retirado sus diarios íntimos de las librerías, profundamente conmovidos por el testimonio literario de Vanessa Springora en El consentimiento. Además, se ha abierto un periodo de revisión de las condecoraciones y premios recibidos por el autor a lo largo de su carrera y el Ministerio de Cultura del gobierno francés ha decidió suspender la ayuda económica que percibía el escritor desde hace casi veinte años. Huelga decir que Matzneff se siente víctima -postura muy común en todos los agresores-. Nadie le apercibió antes y sus contemporáneos incluso apoyaban su mensaje de libertad. En el contexto del «prohibido prohibir», la actitud de Matzneff no agitaba conciencias y, si las agitaba, a esas conciencias se las callaba. Gabriel Matzneff se defiende de sus críticos acusándolos de juzgarlo según las normas de una nueva era. El problema es que hace 20, 30, 40 o 2000 años, el abuso a un menor era y sigue siendo una aberración. Que se tolerase, que se mirase hacia otro lado, no significa que dejase de serlo. En nombre del amor y la libertad, sus víctimas han sido rehenes para la literatura. Confiesa Springora que ella, como editora, no hubiese tomado la decisión de Gallimard de borrar los diarios de Maztneff de su catálogo, pues eso significa borrar parte de la historia. Ella hubiera sido partidaria de reeditar su obra, quizá, bajo una contextualización que hiciese entender por qué esos libros se publicaron en su momento y la baja afectación que supusieron al público entonces, al contrario de lo que sucede en estos días.

No ha sido hasta sus 48 años que la editora de Julliard ha publicado su obra El Consentimiento. Este libro no es una historia más: está siendo, incontestablemente, un triunfo literario (ya calificado como la nueva gran novela francesa) y un triunfo personal: el de una enamorada-adolescente-víctima venciendo, por fin, a su amante-depredador, y no solamente en su nombre.

La historia de Vanessa y Gabriel fue, en algún momento, una historia de amor. Ella apreció que un hombre la miraba de tal manera que le hizo sentir mujer: «Somos lo que somos a través de la mirada de los otros. Era una mirada que expresa un deseo, fue muy turbador descubrir en los ojos de un adulto algo que se parecía al deseo pero que yo no había identificado nunca hasta ese momento. Gabriel tenía la edad de mi padre. Cuando eres adolescente necesitas sentirte amada y deseada. Un adulto tiene que saber frenar y controlar esos deseos».

Vanessa tenía 14 años cuando comenzó su relación con Gabriel. Pero le ha costado varias décadas atreverse a publicar esta historia: «Escribí este libro para mí, es algo muy personal que llevaba en mi interior durante casi 30 años. Aquellos acontecimientos me desviaron y alejaron de la literatura. Durante muchos años di la espalda a la literatura, a la edición y me dediqué a otra cosa. Pasó el tiempo, conocí a alguien y tuve un hijo. Cuando mi hijo llegó a la adolescencia me proyecté en él y me di cuenta de que lo que percibía como adulta a los 14 años no era real, porque yo no era adulta. Y me di cuenta de lo fácil que es para un adulto u otra figura de autoridad seducir a un menor, a un adolescente. Un escritor, un artista… yo era una presa fácil para alguien con esos atributos. Esto fue lo primero que incitó en mí el deseo de escribir esta historia. En 2013 a Gabriel le dieron un premio muy prestigioso (el premio Renaudot de ensayo) y me pareció increíble que alguien que había hecho ese recorrido intelectual no se hubiera planteado si era legítimo o no lo que había escrito, que se recompensara la pedofilia que se trataba en sus libros».

Algo que llama poderosamente la atención es la permisividad de la madre de Vanessa frente a la relación que su hija iniciaba con Gabriel Matzneff. Cuenta Vanessa con 13 años cuando conoce al escritor -36 años mayor que ella- en una cena organizada por su madre, jefa de prensa de una editorial. Tras este primer encuentro se sucedieron recogidas en el colegio, cartas de amor y varias citas. Comenzaron una relación no autorizada por la ley, pero deseada  -consentida- por Vanessa. Inician, entonces, una relación consentida, a su vez, por la madre de Vanessa, halagada incluso porque alguien de la talla de Gabriel haya elegido a su propia hija.

Vanessa ha buceado profundamente en el papel de su madre en esta historia: «He reflexionado mucho al respecto sobre mi madre. He comprendido también su postura. Ella también tenía miedo que se rompiera el vínculo que tenía con ella, estaba en una época rebelde y estaba convencida de que yo era una persona perfectamente sensata, que sabía lo que hacía: yo quería vivir esa historia de amor. Cuando ella intentó advertirme en contra de Gabriel y de su reputación como pedófilo, yo no me lo creí, porque yo tampoco me consideraba una niña. Si ella hubiera tenido el valor de enfrentarse a mi deseo, de prohibírmelo, hubiera sido muy difícil una relación entre ella y yo. A mí me hubiera resultado, sin embargo, más fácil perdonarla. En aquel entonces no fui capaz.  Hasta que fui adulta y tras un gran periodo de reflexión, conseguí perdonarla. Es muy difícil oponerse a los deseos de una adolescente con aspiraciones de libertad. Hay que saber plantear los límites, porque para eso está el adulto. Mi madre era soltera, muy joven, muy implicada en su trabajo y seguramente ella también estaba fascinada por la figura de los escritores que conocía: ni siquiera las personas que la rodeaban pensaron que esta historia pudiera suponer algún problema. Seguramente ella acabó de convencerse de que quizá esta historia no era peligrosa, que era transgresora pero romántica al mismo tiempo y no fue capaz de percibir el peligro que yo corría en ese momento. Ella hoy lo lamenta y yo la he perdonado. Mi madre lo hizo lo mejor que pudo en esas circunstancias y me alegra que a día de hoy sea consciente de que no actuó de la forma más adecuada para poder protegerme».

Vanessa comenzó a dar forma a este relato en 2017. Es un relato escrito, reescrito y muy meditado: «El primer intento de escribir este libro fue reescribir Lolita de Nabokov, quería aportar el punto de vista de Lolita, ponerme en la piel de la adolescente y ser la voz de la víctima. Luego me di cuenta de que quizá era un objetivo demasiado ambicioso y no sabía muy bien si del todo honesto. Entonces, decidí escribir la historia en tercera persona para mantener esa distancia. Tampoco valía. Empecé a escribir en primera persona y encontré la voz más adecuada, mi voz de adolescente».

Reconoce, también, que este libro no ha sido una catarsis personal, sino el final de un proceso: «No creo en el poder terapeútico de la escritura. Si no me hubiera reconstruido con anterioridad, no hubiera sido suficiente publicar el libro para sentirme curada. Hay un trabajo personal, de psicoanálisis. Una serie de personas me han acompañado, me han ayudado a reparar mi relación con los adultos, mi confianza en los adultos. El libro es la cumbre de este proceso de liberación«.

No es extraño aceptar que, de niña, la autora no se reconociese como víctima. Pero tampoco estaba en edad de otorgar un consentimiento completo y razonado: «Lo irónico de esta historia es que, al final lo que me ha permitido salir de esa etapa de duda, es porque realmente empezaba a sentirme muy desgraciada. El papel de objeto sexual o literario en el que me iba a convertir no me gustaba. Precisamente los libros que él me prohibió leer son los que me han permitido liberarme. En estos libros hay cierta verdad de él que me permitió iniciarme en aspectos suyos más maquiavélicos, cuando descubrí que tenía relaciones con niños en Filipinas, por ejemplo. Eso me permitió cuestionarme sobre nuestra propia historia, pensé que era cómplice de sus historias. Y yo no me consideraba víctima: hasta los 25 o 26 años me costó mucho formular mi situación de víctima. Leer sus libros me salvó. Durante décadas, la intelectualidad francesa aplaudió su comportamiento y miró hacia otro lado. Eran los tiempos del  «prohibido prohibir», había una gran confusión intelectual por ese entonces. La pedofilia no era más que una orientación sexual como cualquier otra, como la homosexualidad. No se consideraba una enfermedad sexual. A esto se une que la figura del escritor-intelectual en Francia tiene un estatus particular: son como figuras intocables. Creo que, en cierto modo, también ellos creyeron que la obra de Gabriel era una una especie de semi-ficción:  nadie trató de encontrar la verdad en sus escritos. Con mi libro he querido confirmar que no era un mitómano, que lo que contaba ahí era real, desafortunadamente. Hizo un daño enorme a niños y adolescentes en países en vías de desarrollo».

Al leer este libro es imposible evitar hacerse una pregunta: ¿cuál es la edad adecuada para el consentimiento? Vanessa responde que, con la publicación de este libro ha querido poner de manifiesto que ella se ha apropiado de la historia, pero que también tiene una responsabilidad pese a la edad que tenía: «no solo no oculté el hecho de que me enamoré sinceramente de este hombre, sino que al mismo tiempo quise cuestionarme esta noción de consentimiento. No solamente en el caso de los menores sino en el de las mujeres adultas. No es del todo una noción jurídica, es una noción que se puede volver contra la víctima, es una noción que permite atenuar la gravedad de los hechos en lo que respecta al agresor. Es un consentimiento, sea cual sea la edad que tenga uno. Uno puede encontrarse en una situación de vulnerabilidad también de adulto: por razones económicas, en su trabajo… un adulto también se puede ver forzado a consentir. Me gustaría que la mayor cantidad de jóvenes leyeran el libro para que aprendieran a decir que no. Consentir es decir «sí», pero uno tiene que ser capaz  también de saber decir que no. La persona que tiene que consentir tiene que estar en pie de igualdad con respecto al otro y a veces no se da ese caso».

EL CONSENTIMIENTO, DE VANESSA SPRINGORA

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EL CONSENTIMIENTO, VANESSA SPRINGORA

Con trece años, Vanessa Springora conoce a Gabriel Matzneff, un apasionado escritor treinta y seis años mayor que ella, tras cuyo prestigio y carisma se esconde un depredador. Después de un meticuloso cortejo, la adolescente se entrega a él en cuerpo y alma, cegada por el amor e ignorante de que sus relaciones con menores llevan años nutriendo su producción literaria. Más de treinta años después de los hechos, Springora narra de forma lúcida y fulgurante esta historia de amor y perversión, y la ambigüedad de su propio consentimiento. Su maravillosa novela ha hecho, según el diario Le Monde, «arder Saint-Germain-desPrés»: el caso Matzneff cuestiona a la intelectualidad francesa y a una sociedad obnubilada por el talento y la celebridad.

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