© Vonecia Carswell (Unsplash)

Una mañana más, abro el chiringuito de Espacio Comadres y preparo los cojines, las infusiones y los frutos secos para acoger a un grupo de comadres, que vienen a hacer red y a hablar de sus maternidades reales y honestas. Y de nuevo, salen los mismos temas, las mismas necesidades no cubiertas y sus mismas añoranzas. Y yo reflexiono sobre esto de ser madre en el siglo XXI y de las luces y sombras de vivir la maternidad en estos tiempos. Por eso, me gustaría hablar de dos de las sombras que siento que existen en esta generación de comadres.

Por un lado, las mujeres que nos vemos inmersas en la maternidad hoy en día contamos con muchísima información de fuentes fiables (y no tanto) que nos proporciona un colchoncito de seguridad y un marco de referencia para empezar a criar bajo unos parámetros ya establecidos. Ahora bien, creo que este chorro de información y de diferentes estilos de cuidados y crianzas también puede generar sobrecogimiento, presión sobre el modelo de madre que tengo que ser y, como un día escuché en uno de los grupos de comadres, una “infoxicación” que puede llegar a abrumarnos. El riesgo de las teorías absolutas es que se conviertan en dogmas y entonces es imposible alcanzar el nivel de exigencia y el modelo de madre que a veces se espera de nosotras.

Y aquí, cómo no, hace su aparición la dichosa culpa que tanto nos martillea en nuestras experiencias como madres (y como mujeres, en general), que nos dice que no somos suficientes, que no somos buenas madres, que no cuidamos como necesitan nuestras criaturas y que no sabemos hacerlo. La culpa te aleja de tu propia intuición que, muchas de las veces, te dice con mayor certeza qué necesitas tú como madre y qué necesita tu criatura. De nada me sirve un marco teórico que no tiene en cuenta la situación vital en la que estoy maternando y criando. Mientras sigamos edulcorando el maternaje e infantilizando, una vez más, un proceso vital de la mujer en vez de hablar de maternidades honestas con situaciones reales que pueden ocurrirte y que son más frecuentes de lo que puedes creer, la culpa y la exigencia seguirán mermando nuestros relatos, incapaces de poder poner voz (por vergüenza y por miedo al juicio) a miedos y experiencias que estamos transitando en nuestro día a día como madres. A modo de ejemplo: si me han dicho que en el mismo instante en el que dé a luz a mi criatura sentiré una máxima explosión de amor y que será el momento más feliz de toda mi vida, si me siento así acorde a lo esperado, todo irá bien. Pero si no es así (que suele ser lo común), ya empezaré a repetirme que algo en mí no está bien, que no estoy preparada para ser madre y que igual todo esto ha sido un error.

Por otro lado, hoy en día vivimos en grandes ciudades, en las que el ritmo frenético te empuja a rodar en el transcurso del día y la tendencia a la que socialmente nos dirigimos es hacia vivir de manera más individualizada, con respecto a cómo se vivía hace años. Sin embargo, aún tenemos en nuestra mente y en nuestro modelo de crianza el recuerdo de cómo nos criaron nuestras madres, vecinas y abuelas. Entre todas, formaban un tejido en el que habitar la maternidad era más amable y amoroso. Tengo la suerte de acompañar a muchas mujeres que están viviendo una primera maternidad, y la mayoría de ellas se sienten solas. Sienten que no tienen esa red de sostén que te acompañe a ti y a tu criatura.

Como sociedad, no lo podemos permitir. Y aquí me gustaría hablar de la responsabilidad que tienen las instituciones de brindar espacios de cuidados hacia las madres y también del maltrato de este capitalismo desgarrador obsesionado con producir y ser funcional, que devora e impide que se dé el tiempo que un bebé necesita para incorporarse a la vida extrauterina de la mejor manera posible y, por ende, que impide a la madre poder relajarse en esos primeros momentos de cuidados tan importantes y delicados para ella y para la criatura. El otro día, en un grupo de comadres que tienen criaturas de entre 18 meses a 4 años, una de ellas, nueva en este espacio, durante toda la sesión se mantuvo observadora y poco participativa y, cuando dieron el feedback de cómo se habían sentido durante el encuentro, ella dijo que era la primera vez que conocía a otras madres, y que le había alucinado conocer otros relatos y escuchar lo que ella misma había sentido y no había podido expresar a nadie. Esta mujer tenía una criatura de 18 meses y no había conocido aún a mujeres que estuviesen en su mismo momento vital. ¿Cómo puede ser?

La red de cuidados y el sostén de la misma reducen las probabilidades de padecer depresión postparto, ansiedad, la sensación de aislamiento social y la crisis de identidad que ya de por sí conlleva el proceso de maternidad y crianza. Y esto se debe, entre otras cosas, a que cuando estás viviendo probablemente el momento más intenso de toda tu vida, necesitas un grupo de iguales que te sirvan de marco de referencia y de escucha sin juicios en donde puedas permitirte hablar de tu propia experiencia sin necesidad de que tu relato tenga que ser ni maravilloso ni lo esperado. La maternidad en soledad puede llegar a convertirse en una experiencia angustiante y sin sentido. Pero cuando la red aparece, y sabes que te esperan otras madres con ganas de que les cuentes cómo te ha ido el destete, o cómo has pasado la noche, de pronto se hace la magia. Y es que todo pesa menos, y se pone en valor aquello que a ti te parecía una tontería, y escuchas un “tía, a mí también me ha pasado” y ese día, te vas a casa sabiendo que igual no lo haces ni tan mal, y que sobre todo, haces lo que puedes. Y que, querida comadre, no vas a llegar a todo… y no pasa nada, y está bien.

La red de comadres salva, y por eso yo me dedico a facilitar un espacio que sirva de red y que me hubiese encantado encontrarlo cuando me quedé embarazada, cuando perdí a mi bebé dentro de mi vientre o cuando empecé a criar sin amigas alrededor que también lo hicieran. Compartir sentires sana y maternar en plural también. La maternidad es tan intensa que puede llegar a ser lo mejor y lo peor. Y hablar de ello es imprescindible.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Andrea Sevilla es psicóloga clínica y madre de dos criaturas. Actualmente, dirige en Granada el centro Espacio Comadres, especializado en el acompañamiento perinatal, donde realiza terapia individual y organiza encuentros de comadres en diferentes momentos vitales: postparto, duelo perinatal, bimaternidad, embarazo y primeros años de crianza.

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