Hoy es 13 de abril, como fue 13 de abril en Abril o nunca (Seix Barral, 2026), la última novela del escritor cántabro Juan Gómez Bárcena. No es una fecha cualquiera: Daniel, padre separado, cuarenta y pocos, vive en modo piloto automático hasta que algo —ese algo, ese día— rompe la línea del tiempo. A partir de ahí, todo lo que hace es intentar volver. No avanzar ni reconstruir ni aceptar: volver. Ese algo: la celebración del decimotercer cumpleaños de su hija Teresa, buceando en la Cala de los Amarillos, cerca de Benidorm. Agua, bocadillos, tubos de esnórquel, un padre que todavía llega a tiempo. «Daniel siente que la relación con su hija vive una especie de jet lag: un habitar permanente del pasado», escribe el narrador. No es solo lo que sucede, sino que, después, no encaja en ningún sitio.
Ese desfase no aparece de repente. Está antes, en lo mínimo, en lo que no parece importante: «Teresa mirando la cagada de gaviota que blanquea el parabrisas, con el ceño fruncido: el gesto de Patricia al examinar una factura». La familia no desaparece cuando se rompe; se filtra en los gestos que la hija hereda de su madre. También está en el equilibrio precario de ciertas escenas: «El éxito del cumpleaños recayendo sobre los hombres de solo dos personas: un padre y su hija». Hay algo frágil en esa manera de sostener entre dos lo que, a priori, nació para ser sostenido entre tres. Daniel no es ajeno a esa fragilidad. Antes de ser instructor de buceo, fue abogado matrimonialista y se dedicaba a ordenar el desamor de los otros, pero cuando le tocó a él, «no hizo las cosas mejor, ni tampoco peor, sino igual, exactamente igual que aquellos idiotas». La vida se le ha ido acumulando por inercia: «Daniel y sus cuarenta y tres años: esa edad en la que todavía te sientes más joven que los personajes de las películas, hasta que comprendes que no, ni de coña».
Cuando ocurre lo irreversible —no vamos a considerar spoiler contar que ese 13 de abril Teresa muere ahogada; es algo que sucede en las primeras páginas del libro y de lo que se ha hablado en todas las entrevistas y reseñas anteriores a este escrito—, el problema no es solo lo que ha pasado, sino qué hacer con el tiempo que queda por delante. El tiempo en Abril o nunca deja de ser una medida fiable y empieza a comportarse como una experiencia que se deforma: «¿Cuánto dura un litro de tiempo? ¿Cuánto dura un minuto para alguien que se ahoga?». De piel para afuera, la vida sigue. Para adentro, nunca más de la misma manera.
El escenario que Daniel habita ofrece poca resistencia. No hay grandes caracteres ni conflictos visibles, sino una sucesión de vidas que avanzan sin épica. Alrededor de Daniel, todo funciona con la misma inercia: su amigo Mario habla desde un lugar reconocible, con esa mezcla de familiaridad y cansancio del que opina de todo sin moverse demasiado de sitio —es decir: un «cuñado» de libro—. Y Benidorm no se convierte en otra cosa: está ahí, tal cual, inflándose y desinflándose con el frío y el calor, sosteniendo el absurdo de una ciudad que enfrenta lo vertical de los rascacielos al horizonte del mar.
Daniel intenta reducir el impacto de ese desajuste como puede; entre otras cosas, con la ilusión del amor. «Llenarse de la chica del vestido azul es vaciarse de pensamientos mucho más grandes y dolorosos». El amor, siempre el amor, como bálsamo que alivia, pero no cura. Ni siquiera las palabras —«Las palabras que pronunciamos desnudos tienen más peso, flotan más tiempo en el aire»— logran mantenerse a flote demasiado tiempo. En paralelo, surgen otros espacios en los que la pregunta puede seguir abierta. Foros, conversaciones, teorías que ofrecen la posibilidad de imaginar otra realidad posible. «¿Conocéis a alguien que haya podido intervenir sobre su deseo? ¿Que haya decidido (y logrado) dejar de desear lo que deseaba y empezar a desear lo que no deseaba?» escribe un gurú de Reddit que afirma que sí, que se puede viajar en el tiempo, que existe el blackout. «Eso que llamáis vida es sueño, folks», dice, invitando a pensar que, si el tiempo no fuera completamente sólido, si existiese algún tipo de grieta, quizá lo ocurrido no estaría definitivamente cerrado.
Abril o nunca no es una novela sobre la paternidad, aunque haya una hija en el centro. Tampoco es una novela sobre la separación, aunque la ruptura esté en el origen. Ni siquiera es, en un sentido convencional, una novela sobre el duelo. Y me niego a reducirla a una novela sobre el tiempo, porque todas lo son. Lo que hace Gómez Bárcena es otra cosa: construir un dispositivo narrativo que imita la forma en que la mente se protege cuando no puede asumir lo que ha pasado. Por eso aparece la ficción dentro de la ficción, los intentos de viajar en el tiempo, los foros de internet, los videojuegos, los relatos que Daniel se cuenta para sostener una posibilidad mínima, aunque absurda, de volver atrás. No porque crea de verdad que podrá hacerlo —«del modo casi accidental en que la primera noche no se atrevió a confesar que Teresa ya no, que Teresa ya nunca»—, sino porque necesita que esa idea exista.
El 13 de abril no es solo un día: es el lugar donde Daniel todavía coincide con Teresa.

Teresa cumple años dos veces cada año: una con mamá y otra con papá; una en Madrid y otra en Benidorm. Cosas de tener padres divorciados. En Madrid siempre lo pasa mejor, con sus amigas del colegio, pero este año en Benidorm le espera una sorpresa: su padre, Daniel, la llevará a bucear. Y ese día en la Cala de los Amarillos, con Teresa sonriendo en el agua, pasará algo que lo cambiará todo. En Abril o nunca acompañamos a Daniel tras ese día clave, y recorremos con él una crisis de los cuarenta marcada por la culpa, la posibilidad de un nuevo amor, la amistad en la madurez, la noche hortera de Benidorm, los foros de internet y sus teorías conspiranoicas y, una y otra vez, ese día en la Cala de los Amarillos que vuelve como una obsesión: la de viajar en el tiempo para cambiar el pasado.






