Soy mujer y peino mi cabello. 

María Wine (1912-2003, poeta sueca)

 

Nunca te peiné. Te recuerdo despeinada, con los rizos enmarañados o la melena desigual. No sabía peinarte. O, simplemente, no se me ocurría.

Tampoco recuerdo a nadie peinándome cuando yo era niña. De pequeña llevé en varias ocasiones el pelo muy corto, entonces no extrañaba tanto como ahora ver a niñas con el pelo cortado a lo chico. Luego pasaba medio año o más dejándomelo crecer. Como tenía mucho pelo y se me rizaba, aunque no tanto como a ti, me aparecían cuernos a diversas alturas. Intentar peinar aquel casco carecía de sentido. En las fotos de niña siempre me veo despeinada.

A mi hermana sí la peinaba la mujer que nos cuidó durante años. Ella tenía el pelo liso y rubio, yo oscuro y rizado. ¿Igual por eso a mí no me peinaba? ¿O sería que yo no me dejaba?

En el cole me fascinaban —¿me gustaban?— las niñas bien peinadas, con su raya al medio impecable como si alguien hubiera trazado aquella línea recta eligiendo pelo por pelo y con las horquillas a los dos lados reluciendo inamovibles. No sé, intuía que lo de ir peinada era como algo un poco hereditario que por alguna razón a mí no me había tocado, algo relacionado con ser ordenada.

Yo era desordenada, iba despeinada, y a veces me decían zarrapastrosa. Me gustaba mucho como sonaba: “ZA-RRA-PAS-TRO-SA”, así que me lo repetía por lo bajini silabeando aunque no estaba del todo segura de que aquello fuera algo bueno.

Te recuerdo despeinada bajando las escaleras a la salida del cole. Nunca se me ocurrió pensar que aquel desorden en tu cabeza mostrara al mundo mis carencias como madre. Más bien al contrario, me parecía que te estaba permitiendo ir a tu aire, que había algo muy feminista en ese dejarte ser la niña más despeinada del cole, la única ya con el pelo en esa perpetua transición del corto al largo que solo padece quien tiene el pelo rizado. Solo ahora, tantos años después, viendo con qué mimo otras madres peinan a sus niñas, con qué afán les estiran los rizos y les desenredan la melena, se me ocurre pensar que tal vez mi decisión de no peinarte era una forma de descuidarte.

Tu padre te rapó en dos ocasiones antes del divorcio, sin avisarme siquiera. Os rapó a los tres, pero el efecto que produce ver a una niña de cuatro años con la cabeza rapada es muy distinto al de ver a un niño, de nuevo las diferencias. Me enfadó bastante, pero tú parecías tan contenta. Era la época en que decías que, de mayor, querías ser caballero. Él siempre me culpó de que tuvierais piojos, cuando medio colegio los tenía —parecían convivir alegremente entre vosotros—, y por eso os rapaba. Ahora me pregunto si en realidad lo que él me echaba en cara era que no te peinara. 

Tenías cinco años el día que en el coche dijiste que no querías tener el pelo rizado, que porqué no podías tenerlo liso como Paula. Recuerdo pensar: “cinco años, solo cinco años y ya está descontenta con su pelo, igual que todas nosotras”. ¿Será el descontento con el propio pelo un síntoma nuclear de ser mujer? 

Me encanta tu pelo. Me encanta ver lo fuerte que eres. A veces, muy pocas, te digo lo hermosa que me pareces, la mujer más guapa que conozco, y te ríes diciendo que, si pienso, eso es porque soy tu madre. No sé si a todas las madres sus hijas les parecen tan bellas: tu belleza claramente está ahí. Recuerdo sentir cierto miedo cuando, siendo niña, otros nombraban tu belleza. Me parecía algo peligroso. Ser madre de una niña supongo también conlleva eso: el miedo a que algún monstruo adulto decida apropiarse de esa belleza. Aunque ahora que lo escribo me doy cuenta de que también sentí miedo cuando algún adulto desconocido nombró la belleza de tus hermanos siendo niños.  

A veces, me imagino volviendo hacia atrás en el tiempo y peinando tu cabello de niña de 7 años. A veces, invento un recuerdo en el que mi madre me peina.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
La quinta luna de Júpiter, llamada Io, es el satélite más cercano a Júpiter y el cuerpo volcánico más activo de nuestro sistema solar.

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