Hay en el posparto un reloj diferente al que solía marcar el paso del tiempo antes de parir. Las horas son espesas, los días no tienen trazado un límite concreto que los separe de las noches; a veces, una alarma interrumpe el silencio y otras se suma al llanto para avisarnos de que hay un pecho, un biberón, una cicatriz o un pañal que atender. El movimiento de los cuerpos en posparto es lento: mamá y bebé comparten una curiosidad y un cansancio inmensos que exigen tomarse las cosas con calma. Así que no sé muy bien qué hora es, pero intuyo que tal vez está atardeciendo porque al pasar arrastrando los pies por el salón, con la bata abierta y mi bebé en los brazos, he visto por la ventana algunas hebras rosas arañando el cielo.
Llevo días —imposible saber cuántos— con el pelo enmarañado en un moño alto, nuestra hija me mira muy atenta aun sin ver todos los colores que el mundo le tiene preparados. «Eso que raya el cristal son líneas rosas», le susurro como intentando que entienda lo que todavía no le toca. Hace unas semanas que nació y su padre nos sonríe callado mientras abre orgulloso la puerta del baño, dándonos la bienvenida a esta habitación fea de azulejos descascarillados que yo antes odiaba y ahora, gracias al ritual del baño, se ha convertido en uno de mis rincones favoritos. Ha preparado el agua a 36 grados, ha enchufado un radiador pequeñito que caldea todo el espacio y en vez del horrible fluorescente blanco del techo, ha encendido una lámpara con forma de estrella que lo tiñe todo de naranja. Aquí dentro también está atardeciendo, pienso mientras le devuelvo la sonrisa.
La bañera que nos pasó mi hermana cuando se le quedó pequeña a mi sobrina encaja a duras penas dentro del plato de ducha. Cuando me agacho con mi bebé en brazos vuelvo a tomar conciencia de mi propio cuerpo, muchos ratos olvidado al servicio de la pequeña, y emito un pequeño quejido al que mi marido corresponde con un apretón suave en el brazo, mientras me ayuda a sentarme en el taburete azul que se ha convertido en palco VIP del mejor espectáculo: mi hija regresando al agua, moviendo libremente las piernecitas en la feliz ingravidez de la bañera y recordándome que no hace mucho este era el baile que yo notaba en la panza, estas eran las famosas pataditas.
El champú refresca ligeramente la palma de mi mano antes de convertirse en espuma sobre el pelo de la niña. Reconozco que me da un poco de envidia cada vez que le masajeo así la cabecita: su cara se relaja tanto que a veces entrecierra los ojos mientras mis yemas presionan muy suave haciendo círculos. Mi chico está en cuclillas a nuestro lado, con una mano sostiene la espalda de nuestra hija y con la otra sujeta un jarro diminuto heredado de mi abuela que sumerge una y otra vez en el agua tibia para después rociar la barriga y los muslos de la bebé, asegurándose así de que no se queda fría. A ratitos deja el jarro y coge el tapón sonajero dosificador, y la bebé se hipnotiza mientras ensaya muecas que anuncian sonrisas escuchando su sonido alegre. No sé por qué fue, pero desde el principio lo hicimos así: él sostiene y mantiene caliente a nuestra hija, la divierte y le canta canciones; yo la limpio sin esponjas, recorriendo con las manos una piel que casi siento propia, todavía, aunque sé que ya no somos una, que esta carne perfecta y sagrada es solo suya.
Es en mitad de este ritual cuando sucede: cierro un segundo los ojos, respiro el olor a manzanilla del champú y me reencuentro con mi abuela, sentada en su sillón con la infusión entre las manos y la mirada perdida. Si mi hija hubiera tenido la inmensa fortuna de conocer a su bisabuela le habría escuchado contar historias de cuando saltaba dentro de los charcos con sus botas amarillas, de cuando estudiaba en la academia, de cuando mi abuelo la vio remando en aquella barquita del retiro y supo que era ella. También le habría escuchado decir que la manzanilla es muy buena para la digestión, que ya los antiguos egipcios la usaban para un montón de cosas y que tanto si se le irritan los ojos como si le duele la tripita es importante tenerla a mano. Si mi abuela hoy estuviera con nosotras, yo podría haberle respondido que aunque en casa no somos tan fans como ella de las infusiones, lavo el cuerpo de mi hija con extractos de esas flores que ella tanto quería. Podría contarle que aplicada en la piel, la manzanilla tiene efectos calmantes y regeneradores, que elimina bacterias, equilibra el exceso de grasa cuando hay granitos, refresca e hidrata. «Qué de cosas sabes, niña», me parece escucharla decir. «Es que ya no soy la niña, abuelita», le respondería.
El canto repentino de un montón de grillos me saca de la ensoñación, y celebro la idea que tuvimos de cambiar el antiguo pitido agudo de la alarma del móvil por un sonido más amable. Aunque yo no entienda el tiempo, según los grillos ya llevamos en el baño un buen rato y es hora de envolver en una toalla este cuerpo diminuto que, una vez en pijama y ya de vuelta en el dormitorio, sigue oliendo a camomila.

Línea de Manzanilla de Ricitos de Oro
Esta línea, formada por el gel-champú 2en1 y loción corporal, está formulada a base de extracto natural de flor de manzanilla. La fórmula suave e hipoalergénica del gel-champú 2en1 ha sido dermatológicamente testada para garantizar la seguridad del bebé.
Es fácil de enjuagar y no irrita los ojos, lo que permite su uso diario sin preocupaciones, además de ayudar a mantener el tono natural del cabello. El tapón sonajero dosificador facilita la aplicación sin necesidad de desenroscar, además de emitir un sonido divertido que entretiene al bebé durante el baño, convirtiendo este momento en una experiencia aún más especial para ambos.
La loción corporal complementa el cuidado del bebé después del baño, suavizando y mimando su piel de manera natural, a la vez que deja un aroma encantador con notas aromáticas de naranja, eucalipto, rosa y almizcle. Enriquecida con extracto natural de flor de manzanilla, proporciona un cuidado suave y delicado para la piel del bebé y la de toda la familia.
Los gel-champú 2en1 de la línea de Manzanilla y Lavanda & Lechuga de Ricitos de Oro han sido reconocidos por su eficacia, textura y aromas en los Premios Victoria de la Belleza 2024. Este galardón es el único en España basado exclusivamente en las valoraciones de los consumidores, que se obtienen mediante una prueba ciega del producto.






