Me siento una osa viendo el sol después de un largo periodo de hibernación. Normalmente, me irritan los adolescentes cargados de granos y comentarios desacertados, pero hoy, oír sus desaciertos me está ayudando a distraerme de mis pensamientos fatalistas. Me pregunto si el avión tendrá o no tendrá “falange“, como diría Phoebe. Acaban de anunciar por megáfono que el avión ya está repostado y preparado para salir. En mi cabeza inmediatamente ha habido una explosión. El tontolaba de detrás grita “tío, que hay macarrones con tomate” como si viera una teta por primera vez. Pero gracias a ti, sí, tú, el de detrás, me acabas de sacar del fuego y las llamas.
Es la primera vez que me separo de mi hija. Estoy desubicada y diría que hasta soy invisible. Las lágrimas ubicadas debajo de las mejillas buscan el hueco para hidratarme. La chica del asiento de al lado huele a golosinas y me produce ternura. Lee una revista y, al pasar las hojas, el aire me saluda en la cara. Todo es bienvenido. Estoy alerta con el olfato de una jabalina, el oído de una perra y la sensibilidad de una vaca recién parida y separada de su ternero.
El motor se ha encendido.
Cuatro años y veintidós días con mi hija; todos los amaneceres, todos nuestros alientos mezclados en las noches.
Hoy viajo a mi tierra para acompañar a mi madre; su padre, mi abuelo, ha fallecido. Me hallo en tiempos donde la distancia pesa y la necesidad de estar presente se apodera de mí. Viajar con mi hija y mi marido no es una opción, por ello, en ese momento de terremoto interno, me animan a coger un billete de avión para mí. Lo hago. Media después, me arrepiento. El miedo y la ansiedad se mudan a mi cabeza. Empiezo el show de mi imaginario con los peores escenarios: ¿Y si no vuelvo a casa? ¿Y si se estrella el avión? ¿Y si hay un atentado? ¿Y si hay un accidente en el autobús que después cogeré? ¿Y si se declara otra pandemia y me quedo atascada? Me falta el aire y escribo a mis amigas que sé que me sujetarán. La tensión sigue siendo la misma, pero me consuela saber que mi oscuridad no es solo mía. Mi amiga L. no es madre e incluso ella tiene pensamientos catastróficos. Quizá debería mirárselo. Es broma. Son nervios.
Mierda, el avión se mueve.
Oigo a una niña que me recuerda a mi hija. No paro de preguntarme qué hago aquí. Alguien está vomitando, qué guay. El del asiento delantero ya está durmiendo y aún no hemos despegado. Quiero esa ligereza.
Hace poco mi amiga S. me decía que cuando nos hacemos madres nos volvemos un poco más aburridas. Ella también se juega malas pasadas; la última vez, se separó por unas horas de su bebé cogiendo un tren y solo pensaba que podría estrellarse.
Está acelerando, mi corazón también. He volado tantas veces, pero esta vez lo hago sola siendo madre. No me he vuelto más aburrida, sino que mi vida nunca me ha importado tanto. Se puede llamar responsabilidad, deber, apego… Yo lo llamo amor difícil de procesar/gestionar. Otra amiga, I., me decía que aunque seamos mortales, para nuestros hijos somos inmortales. Es un peso inmenso.
Acelera del todo. Estamos volando. Cuento cuarenta segundos. Una vez, de camino a Nueva York, la que fue mi amiga S., me contó que en los cuarenta primeros segundos del avión en el aire se podía detectar una avería inicial. No tengo ni idea si se lo inventó: yo la creí y, desde entonces, hace ya más de una década, siempre cuento cuarenta segundos. He echado de menos agarrar la mano de mi familia en el despegue. Dársela a la chica con olor a golosina hubiera sido un poco raro. Hay momentos en los que, cuando viajamos en familia y veo a alguien viajando solo o en compañía, pero sin hijos, me sacude la envidia de su sosiego y despreocupación. Ahora solo quiero abrazar a mi hija.
Mi madre me contó hace tiempo que su mayor miedo era no volver a casa en ese día a la semana en el que tenían que viajar a Santiago de Compostela, siendo yo un bebé. Estoy conociendo partes de mí que no conocía y a veces hasta me he asustado de mis pensares. Me asusta no poder manejar mi cerebro, se escapa a mi alcance. Sé que todo está bien (o eso todos me dicen) y que es parte del proceso (eso también me dicen). Incluso diría que me cuestiono conmigo misma si tengo el derecho a disfrutar mi marcha elegida. 72 horas.
Cuando maternas lejos de la que sería tu tribu, donde tu hábito familiar es una crianza única con tu pareja, alejarte por un día, se hace un nudo aún más difícil de tragar. No solo por mi propio pelo de gato atascado en la garganta, sino porque si uno se va, todo el peso se queda en el otro. Culpable por irme, culpable por quedarme.
Mi amiga araña E., quien materna también en la distancia desde el sur de Francia (rima y juega feliz), me relataba cómo lloraba en cada esquina y en cada medio de transporte cuando la ocasión requirió separarse por primera vez de su hija mayor. No sabía si la razón de marcharse por 3 días era de suficiente valor para “abandonar” a su hija. ¿Hay alguna razón que lo sea? ¿Se necesita una razón? Otra amiga confesa, I., me contaba con esa casi vergüenza que cada vez que coge el coche, se despide interiormente de su hija por si es la última vez que la va a ver. Le dice que mamá va a volver, pero en realidad, no sabe si le está mintiendo y se siente culpable por si lo estuviera haciendo. D. me cuenta que ella se sintió egoísta cuando lo hizo por primera vez. Oigo cómo se chupa los dedos el adolescente de los macarrones, dice que hay más “penne“ que salsa. Le hace mucha gracia y se ríe como Peppa Pig.
Esta experiencia está siendo aterradora, llena de pánico e inseguridad, pero hay un rayo de sol muy importante. El peso de la lejanía se está disolviendo entre las pocas nubes que hay, quizá hoy sea el cielo irlandés más despejado. El decidir viajar sola y poner un mar por medio, me ha recordado el porqué estamos más lejos que cerca y entiendo profundamente que todas las decisiones que hemos tomado como familia durante el camino, nos han traído aquí… y me hace tremendamente feliz. No somos tradicionales y es igual de válido no encajar en los estándares de familia tradicional. Amo lo que somos, creamos y construimos.
Aterrizada. Respiro y me emociono. He sido valiente.
Asomo la cabeza desde la oscuridad, como me sugirió mi amiga V. Cuántas veces he recurrido a sus palabras en estos días. Dicen por ahí que incluso si me lo permito puedo disfrutar de mi soledad, mi tiempo, mi espacio… de mí misma. Quiero entender que marcharse para volver es incluso necesario. Aún no he llegado a ese escalón. Sé que tengo una tribu que me sostiene y acompaña sin importar la distancia. La lejanía no entiende de kilómetros, pues la palabra llega al instante en el que uno quiere escuchar. Es mi fortuna poder compartir sin escudo mi vulnerabilidad y recibir tanto cuidado.
Hasta el piloto me dice “disfruta del vuelo”. Se lo dice a todos los pasajeros, pero para mí hoy el viaje es solo mío.






