Se acerca el verano y mi amiga Maite, que dio a luz el pasado otoño, me pregunta qué vamos a hacer en vacaciones. Ellos no lo saben porque, claro, ahora viajar no es lo mismo que antes. Mientras me dice esas palabras, noto en su mirada algo que, como madre, me es perfectamente reconocible: una perfecta combinación de agobio, dudas e ilusión.
Estoy convencida de que gran parte de ese agobio viene de la cantidad de obstáculos invisibles que aparecen cuando empiezas a moverte con criaturas y descubres que casi todo exige planificación extra. Recuerdo las primeras vacaciones con mis dos hijos; por supuesto, no había ascensor en la salida del metro; llegamos al fin a la estación del tren y al temible momento de facturar, la cola de gente esperando detrás, mi hijo que, por supuesto, necesitaba hacer pis de forma urgente, yo tratando de plegar la sillita con una sola mano lo más rápido posible para pasarlo por el escáner porque con la otra sujetaba a mi hija pequeña, y mi pareja buscando un baño para el mayor mientras apilaba como podía las cuatro maletas en la cinta transportadora.
Recuerdo compararme con otras familias que supuestamente resolvían mejor que nosotros este tipo de situaciones y con las escenas de las películas donde las criaturas iban tan tranquilas mirando por la ventanilla del tren, permanecían en silencio en el museo o comían tranquilas en el restaurante. Pero la vida real se parece bastante más a que, de camino al museo, uno tiene hambre y la otra tiene sed, la única camiseta limpia que quedaba se ha manchado de salsa de tomate, olvidaste meter el pañal en la bolsa la última vez que le cambiaste, aún queda un rato para llegar y comienza a llover.

Poco a poco aprendes a ponértelo más fácil. Cuanto menos cargues, mejor viajas: ropa cómoda, maletas ligeras y una sillita que aguante el ritmo de verdad. Para nosotros, la Bugaboo Butterfly 2 ha sido esa sillita en la que pueden dormirse después de un día entero fuera, protegidos del sol con la sombrilla, mientras nosotros seguimos caminando sin prisas. Hay algo muy liberador en sentir que no tienes que reorganizar toda tu vida alrededor de la logística. Quizá por eso ahora agradezco tanto cosas aparentemente pequeñas, pero que en realidad cambian por completo la experiencia de viajar: el plegado de la sillita con una sola mano, por ejemplo, o descubrir que una vez cerrada cabe en el compartimento superior del avión como una pieza compacta más del equipaje, y no como otro obstáculo logístico añadido al trayecto. Y cuando viajas con bebés, una cuna fácil de llevar y de montar, como la Bugaboo Stardust, acaba convirtiéndose en una de esas pequeñas cosas que hacen todo mucho más sencillo.
Viajar con niños y niñas, como casi todo en la crianza, implica flexibilizar los planes, aterrizar expectativas y, sobre todo, abrirse a lo que hay. No necesito recorrer todas las calles, ni visitar todas las galerías o los monumentos más relevantes para conocer una ciudad. Resulta mucho más interesante cuando no hay un recorrido previo con el que cumplir, como todo lo que merece la pena siempre se hace a tientas y las criaturas saben cómo buscarle las costuras y encontrarle las vueltas mucho mejor que ninguna guía.

En el momento en el que dejas de empeñarte en que las cosas tienen que ser de una manera, en un tiempo determinado y un orden que identificaste como correcto, es cuando empiezas a disfrutar. Si hay algo que me han dado mis criaturas, es capacidad para estar en el presente y abrirme a lo inesperado. Hay gente que no hubiera conocido si no fuera porque estaba persiguiendo desesperadamente a mi hija por el pasillo del tren. Hay callejuelas que no hubiera caminado o atardeceres en el mar que me hubiera perdido si no fuera porque mi hijo quería quedarse haciendo castillos en la arena un poco más. Y también he aprendido a cultivar una especie de decisión interna de desplegarme y confiar en que, por otro lado, siempre hay unas manos amables que te ayudan con las maletas y la sillita en las escaleras mecánicas, y gente amable que, al verte con las criaturas, te cede el asiento en el metro y te mira con complicidad.
Cuando viajamos, hay una parte que indudablemente tiene que ver con descubrir nuevos paisajes y aprender de otras culturas, pero también es una oportunidad para redescubrirte, verte en otros contextos y coger cierta perspectiva que solo te da la distancia. Quizá esa sea una de las cosas más inesperadas de viajar en familia: descubrir que seguir siendo tú no desaparece con la maternidad o la paternidad, simplemente encuentra otro ritmo. Las criaturas nos desbaratan los planes, sí, pero también aflojan la rigidez y los prejuicios y nos obligan a movernos de otra manera: más atentos, más flexibles y, muchas veces, mucho más presentes.










