FER RIVAS: “EL GÉNERO, EN MUCHOS SENTIDOS, NOS HACE ENFERMAR”

Escrito por:

Fer Rivas es una escritora, directora de escena y dramaturga nacida en Barcelona en 1994. Es cofundadora de la compañía teatral laMare, con la que dirigió su primera obra. Además, ha trabajado como asistente de dirección en diversos montajes en la Sala Beckett, el Teatro Goya y el festival Grec de Barcelona. En los últimos años, ha compaginado la escritura y los proyectos teatrales con el oficio de librera. Acaba de publicar su primera novela,Yo era un chico, con la editorial Sexto Piso. Desgarradora y poética carta al padre, Yo era un chico aborda temas complejos —por la falta de referentes— como la identidad de género, la violencia de clase estructural, la herencia y el duelo por la muerte de su padre. A través de una dolorosa exploración de la complejidad de la figura paterna, esta historia navega hacia la construcción de la identidad y cómo las dinámicas sociales y familiares repercuten en ella.

Dramaturga, directora de escena, librera… ¿cómo influye esa diversidad de experiencias en tu manera de escribir?

Para mí, literatura y teatro están muy relacionados. Al final, lo que me interesa es explicar las historias y encontrar cuál es el canal adecuado para contar según qué historia. Desde un inicio sabía muy bien que esta historia que tenía que contar se tenía que hacer con el artefacto cultural del libro, porque te permite de alguna forma desplegar muy bien un tema así, extenderte, profundizar, hacerlo complejo. Para mí era muy importante porque quería ser muy justa con la figura del padre y para eso tenía que que volver atrás, entender el contexto en el que mi padre se crió, en qué clase, en qué barrio, quién era su padre y toda esa genología familiar.

Tenía claro que tenía que desplegar este relato a través de un libro, que iba a ser una historia bastante incómoda y con muchas aristas, y eso requería que el lector lo tuviera durante un tiempo. A veces, en teatro, las historias son más cortas; entonces, tienes que que condensar muchísimo la información. Evidentemente, tengo muchas ganas de adaptar el libro al teatro porque pienso que una vez desplegado todo eso en el libro es interesante ver cómo se puede traducir en imágenes en el escenario. Me parece que el teatro en el mundo digital y deshumanizado en el que estamos viviendo tiene todo el sentido del mundo. De pronto, la persona que está explicando la historia y la que la recibe están en el mismo espacio/tiempo. Lo estás viendo junto con muchísimas otras personas, por eso me parece súper necesario volver a esa colectividad.

¿Cuál fue el detonante de la escritura de Yo era un chico

En un momento de mi vida, traté de huir de esa figura del padre, de mi pasado, de muchísimas cosas, hasta que me di cuenta de que, de tanto huir, volvía a estar muy pegada a esa figura, a reproducir muchas dinámicas. Y me di cuenta de que, hasta que no lo atravesase, hasta que no lo mirase de frente, eso no iba a cambiar y, además, mi cuerpo me decía: “basta, tienes que empezar a a abrir ese cajón”. La escritura de Yo era un chico, camina paralela al propio duelo de mi padre. Yo tenía una incapacidad para hacer el duelo de mi padre, porque esa narrativa que se había construido de él en casa, yo no la reconocía y entonces no podía aceptar esa ausencia. A medida que yo iba construyendo una narrativa, para mí más justa, de quién era él, donde pudiera aparecer yo de alguna forma tal y como soy, y él pudiera aparecer también tal y como es, comenzó a aparecer el duelo. Comenzaron a aparecer muchísimas escenas, recuerdos a los que, hasta ese momento, yo no tenía acceso.

Identidad de género, lucha de clases, lazos familiares… Has escrito desde una perspectiva muy íntima sobre temas universales. ¿Cómo ha sido ese proceso?

Mi obsesión desde el inicio era hacer un relato justo. No quería hacer una caricatura de mi padre y, sobre todo, no quería hacer una caricatura de un agresor, de alguien que ejerce violencia, porque creo que socialmente no nos ayuda nada. Tenía una obsesión muy fuerte en que que fuera una figura tridimensional, muy compleja, porque al final mi padre era muchísimas cosas.De las primeras cosas que me doy cuenta es que voy a tener que explicar dónde nace, en qué barrio nace, quién es su padre. Y ahí, claramente, se atraviesa una cuestión de clase. Quería explicar que esa violencia de clase, de alguna manera, permea en las familias y se traduce en otro tipo de violencia, una violencia de género, se traduce en una violencia de familia. No podía ser justa con él si no explicaba ese contexto. Me parece interesante cómo se construye la masculinidad, también en la clase dominada. Roy Galán dice que la masculinidad no se construye por una serie de negaciones, que ser hombre es no ser mujer, no ser niño, no ser homosexual. Y yo añadiría —y lo estamos viendo a día de hoy con Trump o Musk— que la masculinidad se construye también alrededor de de los bienes del poder, de los bienes materiales, de la capacidad de tener. Si la masculinidad ya me parece una cosa que se construye a través de muchísima violencia, en la clase dominada todavía es más más heavy.

Esa incapacidad de alguna manera de encontrarnos como padre e hijo sale mucho en el libro. Eso de cuando mi madre me revela que mi padre era conocedor de que a mí me gustaban los hombres en ese momento, pienso: ¿cómo puede ser? Porque había amor de alguna forma a pesar de todo. Entonces, ¿cuál es la imposibilidad de mi padre para acercarse, mostrarme afecto, reconocerme, aceptarme? En ello solo veo una explicación que es como lo que intento explorar en el libro. Para mi padre, aceptarme, verme, mostrarme cariño, autoestima, etcétera, se confrontaban completamente con su propia identidad, con su masculinidad. Estamos construyendo unos géneros muy asfixiantes, y tan identitarios que creemos que nos conforman tanto que a veces nos imposibilitan hasta el punto de reconocer al otro, incluso de llegar a priorizar esa identidad.

Hay un montón de renuncias por el camino. Como las de mi padre, que renunció a poder expresar sus emociones, a tener una relación sana con el trabajo, con tu familia, con tu cuerpo, es decir: con todo aquello que te permite curas hacia ti. Estamos en un momento en el que nos estamos dando cuenta; hay muchas narrativas trans, LBTG o queer que está confrontando este paradigma del género que me parece que que ya no tiene ningún sentido, que no nos está representando a todas y que tanto a los hombres heterosexuales cis como a las mujeres heterosexuales tampoco les hace bien. El género, en muchísimos sentidos, nos hace enfermar. Hay muchísimo margen de mejora, y tenemos que empezar todas a darnos cuenta de que no estamos cómodas, que todo el mundo está batallando de alguna forma, quien más quien menos, con esas normas del género. Me da rabia cuando se habla de la salud mental y no se habla de la cuestión de género porque me parece que es una cosa que la atraviesa profundamente y es uno de los grandes detonantes de eso.

«Papá, tu ausencia ha sido una constante en mi vida», «Cuesta mucho deshacerse de la sombra de un padre». La relación padre-hijo es el eje central del libro. ¿Es una manera, también, de explorar el duelo y la herencia emocional?

De explorar esa relación paternofilial, ahí nace mucho: una manera de mirar el mundo, la construcción del género; nace incluso un sentimiento de protección. Para mí era muy importante atacar eso, ahí hay una gran oportunidad de encontrar otro paradigma, otra noción del género que sea mucho más amable, más fluida, capaz de abrazar muchísimas más cosas.

Al final, son los padres los que, en una primera instancia, te transmiten todas esas herramientas que tú después vas a necesitar cuando te haces adulta. Pienso que este es un libro coming of age; ese paso de la niñez a la adultez también es profundamente violento. Vemos a los niños que son profundamente inteligentes emocionalmente, que expresan sus emociones, que tienen una una relación con el entorno sana y, de repente, cuando somos adultos, tenemos que volver a reaprender eso, a cuidar de nuestras amistades, a expresar nuestras emociones, a reconocerlas. Si encima añadimos que nuestros progenitores no nos están confiriendo esos recursos para habitar el mundo de una forma más amable, más presente, más humanizada, es profundamente terrible. Cuando me confronté con el duelo de mi padre no tenía ningún tipo de recurso, no era capaz de sostener esa tristeza, de entender quién era mi padre. De cómo era él, de cómo nos trataba, de la violencia que había en casa, pero también del amor. No tenía recursos para encajar esas dos cosas. También las narrativas se construyen mucho en el villano y el bueno, no hay grises y no se explica que esas cosas pueden convivir. Somos una sociedad atravesada por muchísimos duelos; una generación que está padeciendo un duelo colectivo en el sentido en que nos estamos dando cuenta de que nuestros padres tienen muchísimas carencias, muchísimas grietas, y nos estamos dando cuenta de que hay cosas que no nos gustan nada de cómo piensan, de cómo miran el mundo. Como dice Ocean Vuong, con las palabras construye las paredes y permite que el lector se introduzca en esa casa. Y para mí era muy importante generar esa casa, esa incomodidad, porque esa incomodidad para mí lleva a un cuestionamiento, a plantearse preguntas, a accionar muchísimas cosas. Tenemos que empezar a entender todos un poco que, a veces, nos tenemos que colocar en ciertos lugares que no son nada agradables, pero que son super necesarios para construir un mundo que sea más habitable.

La metáfora del ciervo atraviesa todo el relato. ¿Por qué elegiste al ciervo?

La metáfora del ciervo apareció porque cuando escribí este libro me identificaba como hombre. Cuando salió finalmente la oportunidad de publicarlo, hacía un año y medio que estaba haciendo la transición. Entonces me planteé que, de alguna forma, no lo quería cambiar porque el libro es el que es porque me ha pasado lo que me ha pasado, porque yo he estado socializado como hombre. No tenía ningún sentido que que el narrador fuera femenino, pero sí quería que el libro tuviera un rastro hacia la transexualidad. Para mí ha sido un viaje muy luminoso en ese sentido. Me parecía que podía dar muchísima luz y abrir una puerta de optimismo en este libro que tiene muchas sombras. La figura de la cierva y el ciervo aparecía en un capítulo que necesitaba elevar el relato a un plano poético. Esa imagen de los dos ciervos batiéndose en duelo conquistar a la hembra, en la última reescritura, me pareció una imagen era muy poderosa. Todos entendemos al ciervo como un animal muy puro, muy salvaje, que no ha sido domesticado. Fue muy curioso, revelador y mágico porque, a medida que iba descubriendo más cosas de los ciervos, me daba cuenta que había una brutalidad de imágenes que me servían muy bien, en el plano poético, para explicar muchísimas cosas.

¿Qué autoras o autores son tus referentes?

Claramente, Annie Ernaux, Édouard Louis, Ocean Vuong o Didier Eribon. Recuerdo la primera vez que leí a Édouard Louis, fue tremendamente revelador porque, por primera vez, tenía la sensación de que alguien estaba hablándome a mí, hablando de mi universo, de mi contexto. Es muy difícil encontrar literatura que hable de clase. Es muy difícil encontrar literatura que hable de la cuestión de la homosexualidad, de la cuestión trans, de alguna forma desde un lugar atravesado por la cuestión de clase, porque al final son dos violencias que conviven. Annie Ernaux, por esa construcción de las figuras paternas y maternas, cómo se confrontan después de su muerte, me parecían relatos muy interesantes. Y Ocean Vuong por esa carta a la madre que me reveló muchísimas cosas. Nos hemos olvidado del poder de la palabra, ahora estamos viendo que lo están utilizando claramente en la ultraderecha, nos estamos dando cuenta que la palabra es capaz de construir realidades y nos tenemos que apoderar de eso. La palabra construye realidades y tenemos que empezar a utilizarla.

 

fer rivas

 

Un chico de tan solo dieciséis años entra en la habitación de hospital donde su padre está en coma, rodeado de máquinas que lo mantienen con vida. El chico sabe que ha de despedirse y que es la última oportunidad para confesarle a este hombre ahora moribundo todo aquello que nunca le ha revelado: su verdadera identidad, la vergüenza y el miedo que siempre ha sentido frente a él.

Yo era un chico es la larga carta en la que, más de una década después, Fer Rivas le cuenta a su padre todo lo que calló durante su infancia y adolescencia. Un viaje de indagación a través de escenas de su propia vida —el ambiente del colegio, las primeras amistades, el descubrimiento del deseo— y de la historia familiar —los abuelos que emigraron en los años cincuenta desde Galicia a Barcelona, la fábrica de la SEAT, el piso familiar enfermo de aluminosis— para, finalmente, comprender su sexualidad y su identidad.

Un texto descarnado y valiente que se atreve a llamar a las cosas por su nombre —amor, odio, clase, deseo, miedo— y romper con la cadena de transmisión de una masculinidad asfixiante y opresiva que pasa del abuelo al padre y del padre al hijo, y así iniciar un camino hacia una nueva vida.

Escrito por:

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.

Relacionados

VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

Revista en papel