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SARA CATELLA Y LA VOZ DE UNA PARTERA

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Con Las desdichadas (Tránsito, 2025), la escritora italiana Sara Catella (Lugano, 1980) irrumpe en el panorama literario con una novela corta pero intensa, una profunda reflexión sobre la condición femenina, la maternidad y la migración. A través de la historia de Caterina Capra, una mujer que observa, siente y denuncia la realidad que la rodea, Catella nos sumerge en un universo de oralidad, memoria y resistencia. Situada en 1912 en Corzoneso, un pueblo del aislado valle de Blenio, en Suiza, se inspira en una serie de fotografías históricas de mujeres tomadas en el valle a principios del siglo XX, lo que la llevó a imaginar sus vidas y crear monólogos basados en sus posibles experiencias y emociones. Las desdichadas aborda temas como la maternidad, el peso de las normas sociales y religiosas en las mujeres de esa época, tomando como base historias reales de mujeres partisanas y relatos de sus propias ancestras. En esta entrevista, Catella detalla el proceso de construcción de la voz narrativa, optando por un lenguaje que incorpora el dialecto local y evoluciona a lo largo del texto para reflejar la autenticidad y el sentir de su personaje principal, Caterina Capra, cuyo nombre tomó prestado de una figura real pero cuya historia es una creación ficticia.

¿Cómo surgió la idea de escribir esta novela? ¿Fue un proceso largo o hubo un momento clave en el que la historia cobró vida?

La idea del libro no surgió porque estuviera particularmente interesada en este contexto histórico, sino que nació a partir de un archivo histórico fotográfico. Se trata del archivo de imágenes de Roberto Donetta, un fotógrafo itinerante que trabajó en el valle de Blenio a principios del siglo XX. Donetta también aparece en el libro, haciendo un pequeño cameo. En su archivo, retrató a hombres, mujeres y niños de la región, y al ver sus fotografías, me sentí especialmente atraída por los rostros de las mujeres. Fue así como decidí escribir la historia de esas mujeres, tomando como punto de partida esas imágenes.

Empecé escribiendo monólogos, describiendo el momento en que las personas debían permanecer quietas mientras esperaban el tiempo de exposición de la fotografía. Hay que imaginarse que Donetta usaba grandes cámaras de madera con placas fotográficas cuadradas, y la gente del valle, que apenas salía de su aislamiento, sentía miedo y respeto por este proceso. Se quedaban en silencio, inmóviles, porque debían permanecer así para que la imagen saliera bien. Los niños, en particular, se mostraban asustados por la larga espera antes del disparo de la foto. Era un instante de introspección. Así, empecé a escribir sobre esos momentos de introspección. Escribí cincuenta monólogos, y al releerlos, me di cuenta de que lo que realmente me interesaba era lo que decían las mujeres. En ese momento, pensé en Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters, en esa sensación de voces que hablan desde la memoria. Seleccioné los monólogos de mujeres que más me interesaban y, a partir de ahí, hice evolucionar la historia.

El siguiente paso fue dar una única voz a ese conjunto de relatos. Me pregunté: ¿quién podría conocer todas las historias de un pueblo a principios del siglo XX? Mi primer pensamiento fue el cura, pero no quería que fuera un hombre. Quería una mujer que hablara con las voces de las demás mujeres, y así llegué a la figura de la partera, Caterina Capra.

La maternidad, el miedo al embarazo y el peso del pecado son temas centrales en la novela. ¿Cómo fue el proceso de investigación para retratar con precisión la vida de las mujeres en aquella época?

El proceso de investigación fue fundamental para representar con precisión la vida de estas mujeres. Aunque es un libro de ficción, me inspiré en historias reales, especialmente en L’anello forte. La donna: storie di vita contadina de Nuto Revelli. Revelli entrevistó a mujeres campesinas y partisanas después de la Segunda Guerra Mundial, dejando que ellas mismas contaran sus vidas con una franqueza impresionante. Relataron sus experiencias como viudas, como madres, sus primeros embarazos, la llegada de la menstruación y su primera noche de bodas. Esas mujeres, nacidas a principios del siglo XX, describían todo con naturalidad, dejando en evidencia que en aquella época no había una red de apoyo femenina que las preparara para lo que les esperaba. Esas historias me impactaron mucho. Muchas escenas del libro están inspiradas directamente en las palabras de esas mujeres, lo que da a la ficción un fuerte anclaje a la realidad.

Por otro lado, los recuerdos y relatos de mis propias abuelas también fueron muy importantes. Siempre fui una niña que escuchaba todo. Mis abuelas eran fundamentales en mi vida, aunque nunca hablaban de sí mismas, sino de lo que había sucedido en el pueblo. Tuve la suerte de conocer a mi bisabuela, que vivió muchos años y me contaba historias que para mí eran como cuentos de hadas. Fue solo más tarde, al ver las fotografías de Donetta, cuando comprendí que esas historias eran reales. Las imágenes encendieron en mí una chispa: las historias que había escuchado de niña ahora cobraban vida en los rostros de esas mujeres fotografiadas.

¿Caterina Capra está inspirada en alguna mujer real?

En parte, sí. Caterina Capra fue una partera que realmente existió en el valle, pero su vida transcurrió en un periodo posterior al que la autora eligió para ambientar su historia. La verdadera Caterina Capra no había nacido aún en el momento en que se sitúa la narración del libro. Decidí darle ese nombre al personaje cuando lo encontré en los archivos y vi una fotografía suya. Me encantó la sonoridad de su nombre. Antes de utilizarlo, intenté si aún existían descendientes o familiares vivos suyos, pero me aseguraron que no quedaban herederos y que no habría ningún problema en usar su nombre.

Sin embargo, al publicarse el libro, la nieta de Caterina Capra escribió un artículo en un periódico local aclarando que la mujer del libro no era su abuela. Tras este episodio, nos encontramos para hablar del tema.  Finalmente, su nieta se mostró contenta de que su abuela hubiera servido de inspiración, aunque quiso dejar claro que el personaje no representaba a la persona real. Siempre explico, desde entonces, que tomé prestado su nombre, pero que la Caterina Capra del libro es un personaje completamente ficticio.

En Las desdichadas hay una fuerte crítica a las normas religiosas y sociales que oprimían a las mujeres. ¿Cómo crees que han cambiado (o no) esas estructuras en la actualidad?

Es una pregunta compleja. En ningún momento quise poner en la voz de Caterina mis propias ideas. Sin embargo, algunos sectores religiosos, especialmente lectores católicos, criticaron el libro, sintiendo que era un ataque a sus creencias. Tuve que explicar en varias ocasiones que Caterina Capra no juzga, sino que simplemente observa la realidad y hace reflexiones. No emite juicios definitivos, sino que deja preguntas abiertas.

Personalmente, no provengo de una familia religiosa. De hecho, creo que la mayor emancipación de las mujeres de mi familia fue precisamente alejarse de la religión. Al migrar a otro país, dejaron atrás las tradiciones religiosas del sur. Aunque las normas sociales seguían teniendo peso en su vida, la religión dejó de ser una estructura de control. Por esto, imaginar la opresión religiosa del pasado fue un reto para mí. Sin embargo, creo que este poder sigue siendo fuerte en la actualidad. Aunque crecí en un entorno democrático y libre, soy consciente de que, en ciertos contextos, la influencia de la religión sigue oprimiendo a las mujeres. Este poder se alinea con el patriarcado y avanza junto a él, algo que no me agrada. No conozco desde dentro lo que significa vivir bajo este tipo de condicionamientos, porque no lo he experimentado. No he tenido que seguir todas estas reglas, por ejemplo. Lo que quería era que Caterina Capra tuviera una voz propia.

En cuanto a otro aspecto importante, podemos decir que hoy en día nosotras podemos considerarnos feministas. Sin embargo, el personaje de Caterina Capra no es una feminista en el sentido moderno, sino alguien que empieza a darse cuenta de los problemas que la rodean y comienza a describirlos y, en cierto modo, denunciarlos. Su posición es la de una mujer completamente inmersa en su realidad, en su presente, y lo que hace es observarlo y contarlo. Este proceso de dar forma a un pensamiento filosófico en una mujer campesina no fue sencillo. Sin embargo, no quería limitar a Caterina con la idea de que, por ser una mujer del siglo XX y provenir de un contexto rural, no pudiera desarrollar un pensamiento propio. Por eso, cada vez que Caterina reflexiona sobre algo, lo hace a partir de lo que percibe con sus sentidos. Por ejemplo, observa la piel del padre Antonio, mira a los niños, toca la tierra, y desde ahí surgen sus pensamientos y preguntas. Es un proceso que nace siempre de lo táctil, lo visual o incluso de los olores. Este fue el método que utilicé para construir una reflexión filosófica y existencial en el personaje, asegurándome de que fuera creíble y auténtico. No quería caer en anacronismos ni hacer que Caterina verbalizara ideas sobre los derechos de las mujeres de una manera demasiado explícita, porque en su contexto eso no habría sido realista. Por eso, el trabajo con el personaje y el texto fue clave para encontrar ese equilibrio.

El lenguaje y la voz narrativa en Las desdichadas son muy potentes. ¿Cómo trabajaste la construcción del estilo y la atmósfera del relato?

Trasladar esta profundidad al lenguaje y la voz narrativa fue un desafío importante. Era fundamental para mí que Caterina fuera auténtica, y de ahí surgió la idea de utilizar el dialecto del valle. En el valle donde se desarrolla la historia, el dialecto aún se habla hoy en día. De hecho, mi familia proviene de esa región, y mis primas, que tienen 20 años, siguen utilizando dicho dialecto. Contar la historia en un italiano estándar hubiera traicionado esa realidad. Trabajé, entonces, con una “lengua sucia”, no solo incorporando palabras en dialecto, sino también reflejándolo en la puntuación, en las repeticiones, en las frases cortas y en un lenguaje más oral. La evolución del lenguaje de Caterina a lo largo de la historia también es significativa. Al inicio, intenta hablar en italiano con un nivel más alto, algo que se debe a su “reverencia” hacia el sacerdote. Pero a medida que su rabia crece y su carácter aflora, empieza a perder ese control y a expresarse con su lengua natural. En ciertos momentos de furia, incluso llega a tutear al sacerdote, lo que marca un punto de quiebre en su evolución como personaje. Este trabajo con el lenguaje fue crucial, algo que defendí firmemente ante mi editor. Aunque en algunos círculos literarios no se considera “alta literatura”, yo creo en la fuerza del lenguaje oral, en su capacidad de transformación y en la riqueza que aporta a la historia.

Hay mucho francés en este libro. No sé si en la versión en español se ha mantenido, pero creo que algunas palabras todavía recuerdan esa influencia. Porque este era un pueblo de migrantes, de grandes migrantes. Algo de inglés también hay, pero sobre todo francés. Era un pueblo que se iba, que se movía mucho. A París, sobre todo. A Londres también, pero más a París. Vendían castañas, recogían violetas, esas pequeñas flores moradas. Y luego, cuando volvían al valle, traían consigo el francés. Por eso, para mí, era importante fijarme en estos pequeños detalles, porque quería que la lengua del libro no fuera solo dialecto. Quería que fuera una mezcla, algo vivo, algo que perteneciera a esa gente. Porque nuestra historia es también una historia de migración.

Las desdichadas se ambienta en una comunidad rural suiza en 1912. ¿Qué te atrajo de esta época y este contexto para contar la historia de Caterina Capra?

En este libro se habla de la maternidad, de la sexualidad de las mujeres. Pero también de migración, o de la historia del Titanic. Hay muchas capas en esta historia. No podía no hablar de todo esto. Este es un libro pequeño, pero dentro hay una historia grande. Para mí, el episodio del Titanic era importante porque mientras en el valle la gente vivía sus pequeñas tragedias cotidianas, en el otro extremo del mundo se construía algo inmenso y se hundía. Y es real: hubo un camarero del valle que murió en el Titanic. Yo quería que estuviera ahí, que formara parte de la historia. La vida rural cierra a la gente en un mundo estrecho, pero luego están las grandes ciudades, los grandes inventos, la Torre Eiffel, el Titanic. Y este contraste entre el micromundo del valle y el macromundo del resto del mundo me interesaba mucho.

También me interesaba el dolor de las mujeres que se quedaban. Porque los hijos fuertes se iban, los maridos fuertes se iban, y ellas se quedaban. Y sufrían. Y esperaban. Y, a veces, los hijos o maridos nunca volvían. Es un dolor que hoy nos cuesta imaginar, pero que estaba ahí, presente, en cada casa, en cada familia.

sara catella

Es otoño de 1912 en Corzoneso, un pueblo que reposa en el aislado valle de Blenio, en Suiza. Don Antonio Bolgeri, el cura, ha caído enfermo y yace en la cama, mudo y paralizado, y es la partera de la población, Caterina Capra, quien debe acudir a su cabecera y asistirle con paciencia e inyecciones. Acostumbrada a tratar con los cuerpos de las mujeres, Caterina intenta ahuyentar el apuro llenando el silencio con las preguntas que todo el pueblo se está haciendo: ¿quién va a bautizar ahora a los recién nacidos?, ¿quién liberará a las madres de la impureza del parto?, ¿traerá mala suerte alumbrar hijos en un pueblo sin párroco? A medida que pasan los días, la mujer cobra valor: su voz se eleva y comienza a increpar a don Antonio. ¿Cómo es posible que en misa solo se hable de pecados y castigos, y no de la miseria, del miedo a quedarse embarazada, de la vergüenza, de la sangre entre las piernas y el dolor?

La escritora suiza Sara Catella debuta con una novela original y contundente. La inolvidable voz de la protagonista, honesta y afilada, vertebra un monólogo trepidante que es a la vez grito de hartazgo y denuncia. Las desdichadas arranca el candado a las historias silenciadas y hace justicia poética.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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