feminismo

RARAS, POR SARA MARTÍN

Bienestar Para leer
Sara Martín
Últimas entradas de Sara Martín (ver todo)

A veces qué lío es ser mujer y qué fácil perderse en la ruta del feminismo, realmente fácil dejarlo en palabrería o reducirlo a una serie de actos que hacemos casi como por deber, porque pensamos que el camino es atender al manual de la buena feminista y en el recorrido nos dejamos cosas tan importantes como el placer, dejarse llevar por la intuición, el instinto y confiar en lo que el cuerpo sabe que es saludable para nosotras. 

A mi entender, la guía para comprobar que nuestros pasos nos hacen más libres tiene que ver con la horizontalidad en el trato, una menor necesidad de exclusividad, de pertenencia y con dejar que el disfrute tome las riendas; comprender cómo una y otra vez este camino nos remite al cuerpo, al útero, a la respiración.  Ese contacto con la fisicidad nos vuelve siempre más creativas, fomenta lo plural, lo auténtico, lo genuino y nos apaga la sed por correr hacia un modelo de mujer inalcanzable, que nada tiene que ver con esa que somos cuando cerramos los ojos y nos dejamos en paz por unos minutos, esa que más que darnos impulso cercena la potencia, ese peligroso «referente de mujer feminista siglo XXI«.

Relaciones jerarquizadas, un entorno médico y laboral que asfixia en su empeño por infantilizarnos, ese padre estado que todo lo controla y nos dice qué  y cómo tenemos que hacer para que la sociedad de consumo nos acepte, que nos quita lo que ya de por sí nos vino dado para devolverlo en ridículas dosis por las que pagamos con el trabajo enajenado y el sudor de nuestra frente. Nosotras ya sabemos desear, gozar, sembrar y construir, no necesitamos permisos, títulos, cuotas, ni carnets. Nacimos así, con una infinita capacidad para saciar nuestros deseos y compartir, de ser abundantes por defecto.

Avanzar desde la mujer deseosa, herida, enfadada, que sueña, que quiere gritar, bailar, no desde la que lucha para un trozo absurdo del pastel envenenado, la que no duerme por encajar en el molde, la que creemos que debemos ser. Desde la vulnerabilidad de la que no encaja (porque ninguna encajamos) se puede reconstruir un mundo a nuestra medida.

Un verdadero feminismo pasa por compartir experiencias, por alzar la voz y poner en palabras el relato de esos cuerpos que necesita ser contado. Compartirnos en nuestras dudas e inseguridades, en los miedos, en aquello que creemos que es personal y no puede ser más político. Contar que tuvimos una pérdida antes de quedarnos al fin embarazadas, o que decidimos abortar, o que no queremos ser madres, o que tenemos dudas. Confesar que nuestra menstruación es un calvario porque la dinámica laboral y social no nos deja espacio para transitarla como se merece. Que pasamos por relaciones de abuso o que estamos insatisfechas, que nos da miedo separarnos porque pensamos que la soledad es un fracaso, que no encontramos placer sexual en nuestras relaciones, que hemos abierto la pareja pero no hacemos más que sufrir porque nos perdemos, o que estamos solteras y nos pesa como una losa. Reconocer que hay días en que nos comparamos con todas y siempre salimos perdiendo, que nos sentimos culpables si trabajamos demasiado, si no atendemos a nuestra familia, si no deseamos tener  familia alguna a la que atender o si decidimos tomarnos el día libre y no salir de la cama. Que hemos leído a Virginia Woolf,  Simone de Beauvoir,  Virginie Despentes y a Judith Butler y aún así seguimos pensando que existe esa media naranja que aparecerá algún día a salvarnos de todas las carencias.

Un feminismo bien entendido pasa por respetarse a una y cuidarse como la que más, sabiendo que generación tras generación nos educaron para todo lo contrario, pero que no cesaremos en el empeño, porque solo a través del amor real hacia la mujer que somos podremos sostener a las otras. 

Dentro de cada una hay un cuerpo apretado que no se ajusta al canon, una vocación que no es la que toca, un pensamiento que no es el pie de foto de ningún post de Instagram, un grito demasiado molesto. Y nos pasamos el día cuestionando nuestras capacidades y pensando que nuestras sombras son las más oscuras. Ojalá cada vez más mujeres «raras» en el mejor de los sentidos pasen a ser referente y podamos vernos reflejadas en modelos a los que no hay por qué seguir, sino que sirven de inspiración para alejarnos cada vez más del molde a paso firme y sin miedo, hacia un lugar mucho más interesante.

El ideal de mujer feminista del siglo XXI con cuerpo perfecto, discurso implacable y máxima productividad, también es un referente que daña como cualquier otro. Seamos compasivas con nosotras mismas, bastante caña nos mete el sistema como para además fustigarnos desde dentro y sin piedad.  Guiémonos por el deseo de lo desigual, ese que incita cada vez más a abrir fronteras y desarrollar con todo el placer, nuestra legítima rareza.

 

SARA MARTÍN
Es escritora, actriz y madre atravesada por el feminismo. Forma parte del grupo de arte sonoro OVERture junto al músico y compositor José Pablo Polo. Ha sido recientemente galardonada con el XXI Premio Nicolás del Hierro de Poesía y sus poemas aparecen en diversas publicaciones con frecuencia. Esperamos su primer poemario en 2021.

X

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *