© Inés Garp

LAS AMIGAS DE MI MADRE

Escrito por:

Mi madre tenía una buena amiga, Elena, que cuidaba de mí cuando ella y mi padre coincidían en sus turnos de trabajo. Yo era una mala comedora, y le di mil quebraderos de cabeza. Tuvo que inventarse muchas cosas para conseguir que comiera decentemente. Elena, además de amiga de mi madre, era su vecina. Y era costurera. Cosió para ella muchos de los trajes que llevó en las ceremonias importantes desde su pequeño local del barrio, Tejidos Elena. También cosió para mí faldas y tejió chaquetas.

Un año después de perder a mi madre, Elena perdió a su marido. Este año hará cinco desde que mi madre desapareció, y Elena sigue lamentándose, cuando hablamos por teléfono, de lo que ha supuesto para ella la pérdida de mi madre: «Ahora no tengo a nadie con quien hablar de las cosas que hablaba con ella. Ya no hay nadie a quien pueda contarle mis cosas con la confianza que había entre nosotras».

Durante los meses en los que mi madre estuvo hospitalizada antes de su fallecimiento, dos amigas suyas, compañeras del hospital en el que trabajó toda su vida, se turnaban con familiares para su cuidado. Se llaman Carmen y Rosita. Mi madre trabajó más de 40 años en el mismo lugar, en el sótano del Miguel Servet de Zaragoza. La mayoría de las veces en que iba a buscarla, encontraba en el cuarto de estar de Rayos algo parecido a una pequeña fiesta: siempre había café, bizcochos caseros, tartas de cumpleaños cuando tocaba. Yo decía, de pequeñita, que mi madre no iba a trabajar, que se iba a tomar el café con sus amigas al trabajo. Y mi madre se escandalizaba un poquito y se reía otro poquito. Tuvo la suerte de compartir ocho horas al día, durante muchos años, su actividad profesional con sus amistades.

Rosita y yo nos cruzamos mensajes a diario. Nos contamos las cosas que vamos a hacer, los viajes que tenemos por delante. Le mando audios si voy con prisa, y ella siempre me dice que le encanta escucharme. Me llama Victorita. Es la única persona que se acuerda de mi santo.

Reflexiono sobre la amistad para este número. Pienso en lo feliz que me hacen mis amigas. En que estoy enamorada de ellas. Sí: enamorada. Que me deslumbran todos los días de mi vida. Y siento, entonces, que la mejor herencia que me dejó mi madre, sin lugar a dudas, fue su manera de ser amiga de sus amigas. Y de dar valor a sus salidas, a sus quedadas. A no perderse ningún cumpleaños, ningún café, ninguna fiesta con ellas. No mamé sacrificio ni amor romántico. Si soy una buena amiga, ahora lo sé, es porque lo aprendí de ella. Qué suerte la mía.

 

Carta publicada en Amistades Peligrosas, volumen 12 de la revista en papel.

Escrito por:

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.

Relacionados

VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

Revista en papel