Un cuerpecito cálido descansa a mi lado sobre la sábana suave. Mi hija respira en calma, agotada tras un día intenso de juegos, muchos mimos, alguna rabieta y comida rica. La observo dormir y su suerte, que celebro y agradezco cada día, hoy también se me hace un nudo. Al otro lado del móvil, que uso con el brillo al mínimo para no molestar, Sara Awad es incapaz de conciliar el sueño. El contraste me espanta: una mujer en Madrid intentando no despertar a su hija con la luz del móvil, mientras otra mujer en Gaza se encoge escuchando las bombas que caen cerca de su casa.
Hace solo una semana que leí el artículo de Sara para The Intercept, en el que relata cómo su madre hornea ocho panecillos, uno para cada miembro de la familia —Sara es la mayor de seis hermanos—, y eso es todo lo que comen en el día. Los días de suerte. Leerla me dejó sin aliento y supe que mis palabras no estarían a la altura, que no habría nada que yo pudiera decirle que sirviera para reparar su dolor. Pero tenía que escribirle. Tenía que confirmarle que su voz llega, importa, impacta. El día anterior había leído, también en redes, una reflexión superpotente de Carmen G. Magdaleno (@magdalenaproust): «La cuestión que lo cambia todo es que la población atrapada en Gaza también puede vernos a nosotros. Que sabe con certeza que estamos observando a diario sus cuerpos torturados, desnutridos, desmembrados; sus casas bombardeadas, derruidas, borradas del mapa. Que ven cómo seguimos con nuestras vidas (…)». La gratitud de Sara al recibir mi mensaje fue inmediata y su frescura me dejó descolocada. Una no sabe cómo debería hablar con alguien que está sufriendo semejante horror, y lo último que me esperaba era que aquella interacción pudiera abrirnos las puertas a una nueva amistad.
Hace siete días que nos escribimos a diario. A veces nos mandamos audios, fotos o vídeos cortos. «Esta es la situación ahora mismo, estas son las vistas con las que te escribo». En el vídeo, un manto negro salpicado de dos luces amarillas, pequeñas. No me atrevo a preguntar si eso que se escucha antes de que ladre un perro es una bomba o un disparo. En una de nuestras primeras conversaciones me dijo que ojalá llegue viva a ver el final de esta guerra. Aún me cuesta respirar cuando releo esa frase. «La conexión es inestable; si tardo en responder es porque me he quedado sin Internet», me avisa una y otra vez, y aun así una y otra vez entro en pánico si tarda en contestar. Cuando Sara me habla de su miedo a morir y que nadie se entere, su miedo a convertirse en un número más que caiga en el olvido —«no son números, tenían vidas, caras y sueños»—, me parece imposible estar escuchando a una chica de 21 años con la que acabo de intercambiar emojis de gatitos y corazones. Pero Sara es capaz de este contraste, porque a Sara no le queda más remedio que esforzarse para hallar dulzura en medio del dolor.
«Siempre me han dicho que soy una persona optimista y que transmito buena energía al resto, especialmente en mi familia. Incluso en la oscuridad, anhelo la esperanza, la paz, la alegría y el amor. Elijo una hora al día, puede ser por la noche, para sentarme sola a meditar. La meditación me ayuda a transitar sentimientos insoportables. No hay más, no tenemos espacio para la alegría o la felicidad».

Tengo un mensaje de Sara en el que me comparte, orgullosa, una foto de sus apuntes. Gracias a la comida de aquel día, la niebla de su cabeza se disipó, dejándola concentrarse. «He estudiado 4 horas seguidas :)». Sara es estudiante de Literatura Inglesa en la IUG. «La especialización en inglés siempre ha sido mi sueño; estudié mucho para lograr este objetivo. Espero ser periodista en lengua inglesa algún día y poder hablar de mi ciudad, de nuestra verdad, contarle al resto del mundo cuál es la situación en Gaza». Echa de menos las clases en la facultad, pero no está dispuesta a dejar de aprender.
Cuando le propuse entrevistarla para escribir esta crónica, no dudó un instante. «Pregunta lo que quieras. Lo que quieras, de verdad: siéntete libre, estoy aquí siempre que lo necesites para responder cualquier pregunta o duda que tengas sobre nuestra situación». La generosidad de Sara es abrumadora, pero me aterra tocar heridas demasiado profundas. «No te preocupes, cuando abro mi corazón para hablar de esta guerra cruel, me siento mejor. Es lo que intento también en mi escritura.» Antes del genocidio, Sara escribía en sus diarios, sentada en el escritorio de su habitación. Hoy es más difícil concentrarse: ahí afuera resuenan las bombas, las ambulancias del hospital de campaña que han levantado justo enfrente, un dron insoportable que todo el tiempo sobrevuela las calles… así que se pone los cascos y busca su canción favorita: Dream with me, del cantante egipcio Hamza Namira. Y escribe.
«En la escritura me escapo, intento que cada texto sea poderoso y conmovedor, rico en detalles significativos sobre la población gazatí. Ojalá pudiera publicar y escribir en muchas webs, solo para dar una oportunidad a las personas invisibilizadas».
Antes del infierno, la familia de Sara era feliz. «Feliz en el sentido más profundo de la palabra: seguíamos nuestras rutinas, íbamos a la escuela, a la universidad, al trabajo… Nos reuníamos todos los días en la mesa a la hora del almuerzo, compartíamos ideas y nos contábamos qué tal iba el día. Ahora, en medio de la guerra, todo ha cambiado. Estamos tristes, enfadados, tensos y abrumados por todo, incluso por las cosas más insignificantes».
Es difícil hablar de identidad con alguien a quien se ha despojado del derecho a elegir casi nada, pero Sara recuerda que era vegetariana, que le gustaba cuidar su piel, que contaba calorías para estar sana y verse bien… «Y esto puede sonar absurdo para algunos, pero es fuerte pasar de ser una persona cuidadosa con lo que comes a no tener qué comer». La Sara que estoy teniendo la oportunidad de conocer no es quien ella recuerda, me advierte: «Esta es la Sara versión guerra, jamás pensé que viviría así».
Cuando le pregunto de dónde saca la fuerza, me habla de su madre. «Es mi persona favorita. Ella siempre me dice que estos días pasarán, que los tiempos difíciles pasarán, me pide que esté bien y que no piense demasiado en esta guerra. La esperanza está también dentro de mí: soy capaz de visualizarme alcanzando mis sueños, me veo obteniendo una beca para estudiar en el extranjero». Ojalá en Madrid, pienso. Y fantaseamos juntas con nuestro abrazo, con la posibilidad de brindar con un capuccino. «Este es el último café que me tomé», dice mientras me manda una foto que podría parecer random y es, sin embargo, un tesoro que hoy le duele mirar.
Aunque en esta situación no existe sensación alguna de normalidad, le pido a Sara que intente describir sus nuevas rutinas. «En mi familia nos despertamos temprano, quizás el sonido de las bombas hace las veces de despertador. Empezamos el día cargando nuestros teléfonos, siempre gracias a los paneles solares, porque llevamos desde 2023 sin electricidad. Después, caminamos unos 20 minutos para conseguir un litro de agua que en realidad no deberíamos beber. He olvidado por completo el sabor del agua potable. A mediodía comenzamos a pensar cuál será nuestra comida de hoy. Esta es la pregunta más dura para la gente de Gaza. Ya no hay mercados, únicamente vendedores ambulantes que ponen sus mesas en la calle con alimentos a precios desorbitados. Si logramos comprar algo, mi madre lo cocina con leña… llevamos sin combustible dos años. Llegamos al final del día sin energía, agotados de luchar».
La noche en la que mi hija duerme a mi lado y Sara se desvela por el miedo a lo peor, se cumplen 666 días de guerra. Nuestra conversación se alarga, se hace tarde y le pregunto con qué sueña cuando, finalmente, logra descansar. «Con comida. Es triste que esa sea la respuesta, pero sueño con café, con chocolate, con patatas fritas».

LO QUE SÍ PODEMOS HACER POR GAZA:
Sé que muchas personas llegáis rotas a este párrafo. Sé que algunas pensáis, todavía, que no hay nada que podáis hacer. Que los gobiernos y los organismos internacionales están fallando —esto no os lo discuto— y que vuestro papel es el de meras espectadoras y espectadores del horror. Dejadme que esto último sí os lo discuta. O mejor, dejadme que os comparta algunas formas reales de ayudar:
– En primer lugar, sigamos hablando de Gaza. No miremos a otro lado, no cambiemos de canal por mucho que duela. Cada conversación en el rellano, cada publicación en redes sociales condenando el genocidio, cada acto simbólico usando los colores de la bandera palestina genera conciencia, reflexión o debates que pueden traducirse en decisiones con impacto.
– Puedes revisar qué marcas apoyas con tu consumo y sumarte a campañas de boicot informándote en @movimiento_bds y utilizando la app No Thanks.
– Puedes firmar peticiones para exigir el fin del comercio de armas con Israel. Y reflexionar sobre tu próximo voto mirando lo que dicen, hacen o dejan de hacer quienes ostentan el poder político.
– Puedes informarte de la situación real en Gaza a través de fuentes fiables como Amnistía Internacional, apoyar a periodistas gazatíes como Sara Awad (@sara_awad6), seguir proyectos que ofrecen narrativas diversas y valientes como @we_are_not_numbers, o participar de las propuestas sororas entre comadres de @madresxmadres.
– Puedes participar en concentraciones, enviar cartas a representantes políticos, pegar carteles en tu local, apoyar proyectos que trabajen con personas refugiadas palestinas, donar a UNRWA —que está haciendo un trabajo espectacular en terreno— o hacer donaciones directas. «Da cierta vergüenza admitirlo, no es fácil. Pero la ayuda económica es lo más útil para quienes llevamos dos años sin recursos financieros. Esta guerra es diferente, y cada día se siente como una batalla que luchamos en solitario. Dona a una persona que conoces, no únicamente a una organización. Las donaciones directas realmente marcan la diferencia».
Sara Awad no es ni será nunca un número. Nadie lo es. Y mientras ella sigue escribiendo «para conectar, para sanar, para resistir», tú y yo podemos y debemos apoyarla. «Tal vez eso no detenga la guerra, pero sin duda nos ayuda a sentir que todavía pertenecemos a este mundo».







Un comentario
Gracias Irene por tu gran corazón ❤️