Las fotografías que acompañan las entrevistas rara vez corresponden al momento en que se produce la conversación. Se hacen antes, después o, como sucede en esta ocasión, las facilita la editorial. Quien lee puede conocer las palabras de la persona entrevistada, pero no sabe cómo las pronunció, cómo movía las manos al responder, cuándo sonrió o qué expresión apareció en su rostro al recordar algo. Hay gestos que cuentan tanto como las palabras y que, sin embargo, se pierden cuando una conversación se convierte en texto.
Entrevisté a la escritora francesa Anne Berest (París, 1979) en 2022, cuando publicó La postal (Lumen), una novela nacida de la aparición de una postal anónima que la llevó a investigar la historia de su familia materna, los Rabinovitch. Ahora regresa con El linaje de Pierre (Lumen, 2026), un libro cuyo origen se remonta a la gira de promoción de aquella novela, cuando recibió la noticia de que su padre estaba gravemente enfermo. Berest comprendió entonces hasta qué punto desconocía la historia de aquel hombre silencioso y del linaje bretón del que procedía. Cuatro cuadernos escolares en los que su abuelo Eugène había escrito sus memorias, y que su madre, Lélia, puso en sus manos, fueron el punto de partida de una investigación que la llevó hasta Saint-Pol-de-Léon, en Finistère, donde su bisabuelo había fundado La Bretonne, el primer sindicato de campesinos de la comarca.
El linaje de Pierre es, simplificando mucho, un libro sobre la familia paterna de Anne Berest. Sin embargo, mientras desayunábamos con Aitana Mendioroz, la traductora que nos acompañó, hubo un momento en el que la expresión de la escritora cambió por completo. Ocurrió al hablar de su madre. Sus ojos, cuya serenidad y expresividad ya me habían llamado la atención cuando nos conocimos en 2022, adquirieron un brillo distinto y sus facciones se suavizaron hasta darle, por un instante, el aspecto de una niña. Fue una transformación de todo el rostro, como si hablar de su madre le permitiera regresar a un lugar donde todavía podía ser, simplemente, su hija.
Cuando hablamos en 2022, me contaste que en cada generación de tu familia había una persona encargada de conservar su memoria. Entonces habías asumido ese papel con La postal. ¿Cómo ha cambiado tu relación con esa responsabilidad después de escribir El linaje de Pierre?
Esta responsabilidad empezó antes de La postal. Antes ya había publicado, Gabriëlle, un libro —no publicado en España— sobre mi bisabuela, Gabriëlle Buffet, que fue la mujer del pintor de origen español Francis Picabia. En realidad, ese era el comienzo de un proyecto literario. Cada libro habla de uno de los miembros de mi familia, de un momento de la historia de Francia, pero también habla de las cuestiones de la vida, de lo transgeneracional. Como cuento en este libro, cuando tenía veinticinco años hice una terapia a través del árbol genealógico, y esta terapia fue fundamental para mí.
En La postal, acababas de reconstruir una historia familiar marcada por el exterminio y el silencio. Ahora, en El linaje de Pierre, te enfrentas a otra forma de desconocimiento: la que puede existir entre personas que se han querido y han compartido toda una vida. ¿Por qué crees que a veces sabemos tan poco de quienes tenemos más cerca?
Cuando escribí La postal, era normal que no supiera nada de mis ancestros, porque habían sido exterminados y, con ellos, todo lo vinculado a su existencia. Trabajando con la familia de mi padre, me sorprendió darme cuenta de que, en el fondo, tampoco sabía tantas cosas de él.
En Francia —en España no sé cómo es— conocemos muy poco a nuestros ancestros. Tenemos a nuestros abuelos, pero lo que está antes de ellos es algo muy borroso. Es llamativo no saber de ellos: conocemos un montón de cosas sobre la vida, pero lo que nos toca a nosotros no lo conocemos. Es raro.
En este libro recorres casi un siglo de historia francesa a través de varias generaciones de hombres. ¿Qué has descubierto sobre la masculinidad al reconstruir sus vidas?
Lo que he descubierto es que, en realidad, los hombres de este linaje son hombres con virtudes femeninas, digamos. Vengo de un linaje de hombres más delicados que no estaban tanto dentro de la masculinidad o del masculinismo. También había hombres «deconstruidos», entre comillas, mucho antes del siglo XXI. Siempre ha habido hombres que no estaban tan metidos en estos temas de la virilidad o de demostrar un poder, una potencia, hombres discretos. Siempre los ha habido, pero tal vez no les hemos prestado demasiada atención.
Hablamos de El linaje de Pierre, pero Lélia, tu madre, tiene un papel importante en la construcción de esta historia porque fue ella quien te ofreció material para reconstruirla. Quería ahondar un poco en esa relación entre tú, tu madre y tu literatura.
Este libro es sobre mi padre, pero mi madre llega al libro y coloniza el libro. Habita este libro, habita mi vida. Mi madre es mi heroína novelesca. En este proyecto que he tenido de hacer un árbol genealógico en mi literatura, ha estado presente desde el primer libro. Hablo mucho de ella; es la protagonista principal de La postal.
Cuando se publicó La postal en Francia, quise hacer la promoción con ella. Fue extraordinario porque las personas descubrieron al personaje del libro en la vida real. A mi madre le encantó; disfrutó muchísimo acompañando mi libro. Fue un gran placer poder vivir esto juntas; me permitió pasar tiempo con ella. Es una persona a la que la gente quiere inmediatamente; tiene mucho encanto. Como también fue profesora, tiene mucho tacto con los jóvenes y la juventud la adora. Es mi madre, mi símbolo, la que más me inspira.
En francés, el libro se llama Finistère, que es el nombre de una región de Bretaña. Cuando salió, le dije a la editorial: «Quiero hacer una gira de diez días solamente por Finistère, por sus pequeñas librerías». Ellos se preguntaban cómo íbamos a poder organizar esto, pero yo les dije que no se preocuparan, que lo organizaba yo. Como yo no sé conducir, hice esta gira con mi madre, que es mi chófer. Fue maravilloso porque ella también estaba allí y la gente venía a verla, a hablar con ella. Es muy bonito.
Cuando hablamos de La postal, decías que no estaba concebida solamente para un público joven, pero que era importante que las nuevas generaciones la leyesen para entender. ¿Cómo trasladamos también el mensaje político de este nuevo libro a esas generaciones? ¿En quién has pensado al escribir El linaje de Pierre?
Hay dos ángulos. El primero es el lector que busca trabajar con lo transgeneracional, que se hace preguntas sobre su árbol genealógico: qué es lo que se repite, lo que llamamos las lealtades tóxicas en un árbol genealógico, quiénes son los protagonistas.
Vengo de un árbol genealógico en el que hay protagonistas que hacen mucho ruido, que hablan muy fuerte. Tenemos a Francis Picabia, un pintor muy célebre. Empecé con Gabriëlle, que escribí con mi hermana, Claire, el libro sobre mi bisabuela y Picabia. En mi árbol genealógico también es muy importante escuchar lo que no hace ruido. Mi rama paterna hace menos ruido que la de mi madre. De todo esto hablo en este libro.
También es para los padres y las hijas. Para mí, la lectora ideal es una hija que, cuando cierre el libro, diga: «Tengo que hablar con mi padre. No podemos ignorarnos, tenemos cosas que decirnos. La vida es muy corta, hace falta decirse las cosas», o un padre que diga: «Tal vez no le he dicho tantas palabras de amor, de ternura, a mi hija. Tal vez mi pudor, mi timidez, están haciendo que ponga distancia con ella».
Quizá esta pregunta sea simplificar mucho, pero ¿crees que este libro es también la conversación que te hubiese gustado tener con tu padre?
Sí, sin duda. Una conversación que no tuve, que me hubiese encantado tener con él. Pero soy una persona que cree que la relación con las personas continúa después de su muerte. Para mí, es como que no la he tenido en vida, pero aun así la he tenido. Lo que quiero decir con esto es que ha modificado mi relación con él. Por lo tanto, la conversación ha existido.

En plena gira de promoción de La postal, la novela que nació de una postal anónima y conquistó a más de medio millón de lectores, Anne Berest recibe una noticia que hace que todo se detenga: su padre, Pierre, está gravemente enfermo. De pronto, comprende que apenas conoce a ese hombre silencioso, así como el linaje bretón del que procede. Esta vez la pista llega en forma de cuatro cuadernos escolares en los que su abuelo Eugène dejó escritas sus memorias. A partir de ellos, Berest emprende una investigación íntima y apasionante que la conduce hasta Saint-Pol-de-Léon, en el corazón de Finistère, donde a comienzos del pasado siglo su bisabuelo fundó La Bretonne, el primer sindicato de campesinos de la comarca.
De las luchas de los agricultores a la ocupación alemana, de la reconstrucción de Brest a mayo del 68, El linaje de Pierre recorre la apasionante historia del siglo XX a lo largo de las vidas de tres generaciones de hombres austeros y obstinados, para contar, en filigrana, la historia de una hija que intenta comprender a su padre antes de que resulte demasiado tarde. Con gran pulso narrativo y una prosa elegante, precisa y emotiva, Anne Berest ha escrito una saga familiar sobre la memoria, la transmisión y todo aquello que heredamos sin palabras, que la confirma como una de las grandes narradoras de nuestros días.






