ANNE BEREST: “DESDE QUE SOY MADRE, TENGO QUE BATIRME EN DUELO TODOS LOS DÍAS PARA ESCRIBIR”

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Tiene la autora Anne Berest (París, 1979) la misma mirada que Noémie Rabinovitch —o, al menos, eso me parece—, la protagonista de portada de su libro La postal (Lumen, 2022). Llega de Venecia con un ramo de rosas de color suave y empolvado dispuesta a hablar de su libro que es, también, la historia de su familia. En enero de 2003, en el buzón de la casa familiar, apareció una postal sin firma con los nombres de sus bisabuelos maternos y los hijos de estos, que fallecieron en Auschwitz en 1942. A raíz de la llegada de esta postal, Berest decide saber más y escribir la historia de su familia a través de 100 años y varias generaciones.

Berest tiene dos hijas, una de seis años y otra de once y con la publicación (y anterior investigación) de La postal se ha erigido en cronista de su familia. Este libro, que en Francia ha ganado varios premios literarios, entre ellos el Premio Renaudot des Lycéens o Premio Selección Goncourt de Estados Unidos, ha recibido una cálida acogida. El destino de los Rabinovitch está recogido en las más de quinientas páginas de La postal y se escribe entre Rusia, Letonia, Palestina y Francia.

¿Cómo era tu trabajo antes de ser madre? ¿Y después? ¿Sufrió cambios significativos?

Sí, ha cambiado. Desde que soy madre, tengo que batirme en duelo todos los días para escribir: es un combate. En todo momento, para encontrar un hueco en el que no haya que ocuparse de dónde está la bolsa de la piscina, la merienda… Mi relación con la escritura se ha convertido en un país que debo proteger contra la invasión exterior, cosa que es muy difícil. Pero, al mismo momento, para continuar con esta metáfora bélica, me doy cuenta de hasta qué punto, desde el nacimiento de mis hijas, escribir para mí es una necesidad. Este país es mío ocurra lo que ocurra, y podría dar la vida por él. Mis hijas, evidentemente, me absorben mucho, pero también me dan mucho. Sin mi hija mayor, de hecho, no hubiera escrito este libro. Si ella, con 6 años, no le hubiera dicho a mi madre “en el colegio no les gustan los judíos”; si yo, como madre, no me hubiera conmocionado al recibir esta bofetada, hasta el punto de no haber sido capaz de preguntar a mi hija qué había pasado en el colegio. Normalmente, una madre pide una explicación: qué ha ocurrido, cómo ha sido eso que has oído… Me quedé totalmente bloqueada y no fui capaz de preguntar. Se produjo en mí un bloqueo psicológico y, en lugar de ir a hablar con mi hija, lo que hice fue pensar en la postal que habíamos recibido. Hice esa transferencia, desde un punto de vista psicológico. Esa postal me empezó a obsesionar, pero, si no se hubiera producido este hecho que desencadenó todo, nunca hubiera escrito este libro.

Partiendo del hecho real, la recepción de la postal, inicias la búsqueda y te conviertes en la cronista familiar. ¿Cómo impacta en tu familia este hecho?

En un momento determinado, recuerdo haber conocido a una mujer que me dijo “si trabajas con tu árbol genealógico, vas a poder sanarlo para las generaciones venideras y, al mismo tiempo, vas a poder curar ese árbol para las generaciones pasadas”. Esta idea me interesó mucho: una puede repercutir en el futuro, pero también en el pasado. Conociendo la historia de mi familia, creo que este trabajo lo hago para todos sus componentes. De hecho, mis primas y primos están encantados con el libro, les ha gustado mucho. Me he dado cuenta de que en cada generación hay una única persona que tiene como misión, para el resto de la familia, de ser su memoria, su recuerdo. En la generación de mi madre, fue mi madre. Fue ella quien mantuvo vivo ese recuerdo. En mi generación, soy yo.

Tu madre es la primera persona de la que se habla en tu libro. Las primeras palabras del libro, de hecho, son “Mi madre”. ¿Cuál ha sido el papel de tu madre en la construcción de este libro? Anne, eres un canal entre tu madre y tu hija, es muy interesante ese punto de encuentro en tu persona.

En el libro hay cinco generaciones de mujeres. Se desarrolla a lo largo de cien años y, a lo largo de ese siglo, se suceden madres e hijas. Se produce esa transmisión de la feminidad, del conocimiento, del judaísmo… Mi madre, por tanto, es muy importante en el libro. Al escribir, fui consciente de que, en general, en la literatura eran los hombres quienes escribían para poner a sus madres en un pedestal. He tomado esa tradición literaria de escribir libros sobre la madre y, claro, convierto a mi madre en una heroína. La diferencia respecto a lo que se hace habitualmente en literatura es que mi heroína ha podido, siempre, opinar sobre el libro en la vida real. Cada cincuenta páginas le pasaba el libro a mi madre para que fuese leyendo y pudiese opinar. Es un libro que me ha encantado escribir, un libro sobre ella y con ella.

De este siglo contenido en el libro, ¿qué episodios o épocas te han impactado más en su investigación?

Lo que me ha interesado más ha sido la razón de ser del libro: comprender cómo mi país, Francia, organizó la deportación de los judíos. Quería intentar comprender cómo se produjo ese hecho de forma concreta. Lo que quise fue meterme en la vida cotidiana, concreta. Cómo se pudo pasar de una sociedad donde había una comunidad judía perfectamente integrada en todos los ámbitos, en todas las capas de la sociedad y, en un periodo de meses, todas esas personas se metieron en trenes para llevarlos a las cámaras de gas. ¿Cómo puedo ocurrir algo así? Eso es lo que quería saber. Ese ha sido el núcleo de mi trabajo.

Me da la impresión de que esta novela tiene un mensaje que transmitir a los más jóvenes en este periodo de polarización social que estamos viviendo en Europa. ¿Es así?

Cuando escribí el libro, lo hacía teniendo a un lector en mente. En este caso, el lector que tenía en mente tenía unos 17-18 años. Es para ese lector para quien yo escribía. Quería que el lenguaje del libro fuera claro, que la información histórica fuera precisa. Antes de publicar el libro lo puse en manos de historiadores para que lo leyesen y me asesorasen. Quería que los grandes periodos de la historia se relataran de manera comprensible. Para mí se trataba de un deber de transmisión. Sentí que tenía una misión: escribir este libro para los jóvenes. En las conversaciones que mantuve con estudiantes de secundaria o bachillerato, a partir de un momento la conversación cambiaba: los términos “guerra” o “invasión de Europa” pasaron a ser algo del pasado a ser algo del presente. Me di cuenta de que ser contemporáneos de una guerra, como la de Ucrania, les interpelaba.

 

anne berest

Fue en enero de 2003. En el buzón de la casa familiar, entre las tarjetas de felicitación habituales, apareció una extraña postal sin firma. En el anverso, la Ópera Garnier, y en el reverso, cuatro nombres propios: los de los bisabuelos maternos de Anne Berest —Ephraïm y Emma—, y los hijos de estos —Noémie y Jacques—, todos ellos fallecidos en Auschwitz en 1942. ¿Quién envió la tarjeta y con qué siniestra intención? Veinte años después, la autora decide averiguarlo y remontarse cien años atrás para descubrir el destino de los Rabinovitch: su huida de Rusia, su viaje a Letonia, Palestina y París, y luego la guerra. Una investigación exhaustiva y apasionante, para la cual cuenta con la ayuda de su madre, de un detective privado y de un grafólogo, y que la llevará a interrogar a los habitantes del pueblo donde sus parientes fueron detenidos, a buscar indicios en los libros y a ahondar en la vida de la única superviviente: su abuela Myriam.

Anne Berest reconstruye el periplo vital de su familia en esta novela sobrecogedora.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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