© Carol Renaux

CRÓNICA DE “HERENCIA”, UNA EXPOSICIÓN COLECTIVA

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«Bienvenidas a Villa Idalina, Diosas del Olimpo», dijo Marta Castro (Relaciones Públicas de la villa) al recibir a la comitiva que viajaba desde Madrid para acudir a la inauguración de Herencia, la exposición colectiva que nos reunió a orillas del Miño, en Portugal. La comitiva estaba formada por Victoria Gabaldón (directora de MaMagazine), Carol Renaux (fotógrafa), Mónica Pascual (artista) y Gema Guaylupo (galerista). Y así, con estas palabras, se dio por inaugurado el comienzo de lo que sería un día memorable.

Con un pie en Portugal y otro en España sonaba el despertador, el reloj de mi teléfono estaba igual de aturdido que yo.  Con el estómago encogido y la sonrisa pegada a la cara abro la cancilla de la villa y no me defrauda: suena a cancilla abriéndose. Me acompaña mi familia; en la que nací y la que hice. Saben que estoy nerviosa, así que siguen mis pasos por la escalera.

Me iba a reunir con una amiga a la que no veía hace 15 años; iba a conocer por fin a Victoria, iba a olerla y palparla mejor dicho, pues ya la conocía. Veo desde afuera a Marta venir hacia mí, está emocionada y temblorosa. Al segundo siguiente me tiene en sus brazos y lo vivido se nos echa encima como un río de agua caliente. Sigilosa, con sonrisa pícara, Victoria espera su turno y yo caigo rendida a su piel. La echaba de menos y nunca había pasado tiempo con ella. Susana Fernández, la gerente de Villa Idalina, me recibe con ese talante que solo ella tiene y yo me siento agradecida. Carol se acerca despampanante con su cámara de fotos, su energía me fascina.

La artista Cris Valencia se ríe y pronuncia: «por fin». Eso es: por fin. Todavía me gusta más en persona, ¿cómo es posible? Entro acompañada del séquito de diosas y la dulzura de Sara me llega por el pasillo, ella es otra alma que apretar y no soltar. Mónica con su mate y su belleza, Gema con su voz que quiero escuchar.

Así empezaba la mañana del 15 de junio. Así comenzaba el montaje de la exposición que tuve el honor de comisariar.

Era la primera vez que veía el espacio en directo y sentía que flotaba vagando por la altura de sus techos. Me sentí como una niña en una casa ajena jugando con mis nuevas amigas. Me sentí una mujer profesional ejecutando un trabajo con compañeras. Sentí hermandad.

Colocamos más de 50 obras de arte en el cuerpo de Villa Idalina. Solo un espacio así admite tanta diversidad de piezas, texturas, formas y conceptos. Me pregunto qué pensará Doña Lolita desde su retrato en óleo de tanto movimiento en su casa. Estoy segura de que está encantada de que, por un tiempo, retiráramos su mantón negro del maniquí para exponer el vestido de novia de la artista Laiza Inacio.

La mayoría del trabajo ya lo habían hecho Susana y Marta, incansables de la naturaleza y anfitrionas de paraísos. Unidas por la ilusión, las ganas y el cansancio, nos dedicamos a ultimar las piezas recién llegadas. Carol Renaux fotografiaba y Jesús Salvo filmaba. Ellos son los encargados de inmortalizar lo mortal.

Recuerdo mirarme en algún reflejo de un cristal para recordarme que estaba allí, el reflejo directo de un espejo era salvaje. ¿Cómo podía estar borracha sin haber bebido? Salíamos y entrábamos de las habitaciones, nos cruzábamos en el pasillo de quince metros de largo donde había espacio para todas nuestras risas, gestos y palabras. A la una y media nos llamaron para comer como si cualquiera de nuestras abuelas nos reuniera en la mesa de la cocina. Esta vez, la cocina era una sala que antes había sido el dormitorio de Lolita y Andrés, los antiguos propietarios de la villa.

Nos sentamos en mesas separadas y continuamente nos visitábamos como vecinas de toda la vida que se entregan la ropa interior que se ha quedado enganchada en su tendal.  ¡Qué delicia de comida! Dulce, salado, crudo, cocinado, con cuchara o tenedor. Tuvieron el detalle de ponernos a mi amante y a mí una mesa para dos. Nuestra hija estaba sentada dos mesas a un lado con mis padres, pero ese ratito, mi marido fue mi amante sin ninguna etiqueta más. Todos estábamos en una cita importante.

 

 

El baile da comienzo a las 5 de la tarde. La guerrera hace su aparición con una falda larga a lo Carrie Bradshaw y su varita mágica entre sus manos. Victoria vestía su nombre y su revista, MaMagazine. Me abrazó y me dijo: «estoy muy nerviosa» y yo pensé para mí misma «cierto: es humana», a veces se olvida. Al minuto, los nervios los había dejado bajo su falda y solamente proyectaba esperanza, verdad y emoción. Tuve la oportunidad de observar las reacciones del público ante su poderoso discurso; salvo tres personas que creo que se habían confundido de evento, puedo decir que el resto de nosotros estábamos con ella viendo la vida de cada palabra de principio a fin, desde su nacimiento a su muerte.

Invitó a algunos de los artistas a presentarse, ¡qué momento tan necesario! Es un privilegio escuchar las historias que hay detrás de una obra, el proceso creativo, la singularidad de cada uno y su momento vital. Hubo algo en común: talento, humildad y agradecimiento. Se habló de miedos, raíces, infancia, marineros, necesidades … Se habló de herencia, mucha herencia.

Susana, Victoria, Marta y yo misma cerramos el acto de presentación en los jardines. Recuerdo retener mi emoción en la garganta, recuerdo romper mi emoción cuando mi querida Marta me dio la palabra. Mirara donde mirara, solamente veía ojos cómplices: Tam, Cris, Lourdes, Sara, Aram, Rosa, Silvia, Laura, Mónica, Gema… la mayoría eran ojos de mujeres hambrientas de mujeres. Puedo decir que esa memoria se queda conmigo para recordarme que sí se puede. Juntas, todo tiene más sentido, además del subidón de azúcar que da, claro.

Entre lágrimas, abrazos y aplausos pasamos al interior de la casa para visitar, por primera vez, la exposición. No fue una entrada cualquiera: Susana quiso sorprender una vez más a sus invitados, y así lo hizo. Laura Moure nos daba la bienvenida con su violín. Sus cuerdas removieron poros y erizaron pestañas.

Óleos, collages, cerámica, textil, ilustraciones, esculturas, fotografías, instalaciones… herencia, herencia, herencia.

La mesa está puesta y el vino se sirve frío. Mi pueblo está en nuestras copas: el vino de Valtuille de Abajo de mi amiga Elena vuelve a sacudir el paladar y por qué no, a nuestro cerebro, que ordena a nuestra lengua darse un descanso y soltarse. Una vez más, cada mordisco de aquella comida es una delicia. Las manos de Yulia, Ulli, Liza y Fina son las encargadas de alimentar nuestros estómagos y de hacer de aquellas mesas otra obra de arte.

Susana camina entre todos como si nada de lo que estuviera pasando fuera con ella, cuando todo lo que estaba pasando, venía de ella. Es esa persona que cumple tus sueños y mira desde donde no es vista cómo lo disfrutas. Ella es el hada madrina y Villa Idalina es la calabaza donde todos nos subimos por un rato hasta la medianoche.

Me siento afortunada por haber formado parte de algo tan importante para muchas de nosotras. Mi «Anaïs comisaria» sigue atenta a seguir trabajando hasta el cierre; el resto de mí, se pregunta por qué no acaba de disfrutar del todo. Mi preciosa hija está feliz con sus abuelos, pero no puedo desconectarme del ritmo vital en el que vivo desde hace 3 años y cinco meses. ¿Me habré olvidado de pasármelo bien? Ni siquiera me permito un trago de vino, el dolor de cabeza se agarra a mi frente. Siento incluso querer disculparme por no ser lo suficientemente divertida. Irme a la cama me parece un planazo y me da un poco de tristeza.

El domingo por la mañana nos volvemos a encontrar en el desayuno. Hay un ambiente de despedida, incluso de nostalgia, sin aún habernos ido. Muchos abrazos, fotos, regalos y palabras bonitas.

No somos diosas. Somos mujeres con mensajes que dejar en la tierra y formamos parte de una revolución. Así lo sentí el 15 de junio y así lo siento hoy, justo un mes después. Me ha costado treinta días ordenar con mis dedos lo que Herencia ha dejado en mí. Aun así, cualquier escrito se queda corto. Los pormenores son incluso la mejor parte y se quedan conmigo.

«Rodéate de personas que dirían tu nombre en una habitación llena de oportunidades». Esto es lo que pasó, de principio a fin.  Gracias, Marta, por decir mi nombre en Villa Idalina.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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