MAGDA ANGLÈS: EDITAR DESDE LAS AFUERAS HACIA DENTRO

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Victoria Gabaldón
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Érase una vez un deseo unido a una misión: el deseo era editar libros. La misión, editar libros de otra manera, alejados del centro -entendiendo el centro como lo normativo, lo que otorga valor a lo nuevo, lo que hace que un libro o un autor tengan vida o no dependiendo de lo mucho que vendan en la primera semana, de los seguidores que tengan en redes o de complicadas estrategias de marketing-. Libros que se alejasen de ese centro para brillar en las afueras, un lugar de mil matices y senderos, a veces poco conocidos, menos señalados pero cargados de lo mágico y lo orgánico. Las afueras recuerda a Periférica y eso es bueno, pues el sello de Julián Rodríguez y Paca Flores hizo siempre gala de caminar también por los bordes y de editar siempre lo que les latía. Hablo en pasado porque Julián ya no está y eso es una pena, sin desmerecer para nada la labor de Paca, que es una maga de la edición. Fuimos vecinos de oficina durante un tiempo en el que era una delicia intercambiarnos las letras:  Julián ponía los libros, yo las revistas. Siempre salía ganando yo, claro está. Aprendí mucho en ese tiempo: sobre sus letras y sobre las mías. Pero vuelvo al relato, que me despisto.

Érase una vez el año 2017. En ese año, Magda Anglès y Francisco Llorca editaron Los golpes, de Jean Meckert y Un romance de provincias, de Kornel Filipowicz. Magda y Francisco son dos mitades bien avenidas y me atrevo a decir que desarrollan, juntos, dos de los trabajos más bonitos del mundo: hacen libros y crían hijos. Porque la llegada de los hijos a esta pareja también supuso, como veremos más adelante, una nueva visión, también, sobre los títulos que editaban: hay mucho que agradecerles al traernos El nudo materno que Jane Lazarre escribió en 1976, título que ya se ha convertido en un clásico y a la vez en un libro de culto.

Entrevistamos a Magda como editora y como madre, porque intuimos que la retroalimentación entre ambas facetas de su vida es tremendamente enriquecedora. Porque pensamos que el cuidado que ponen tanto ella como Francisco en la edición de sus libros (sus portadas son tan icónicas como las páginas que contienen) tiene que ver con una forma de vida más que con una forma de trabajo.

¿Cuántos hijos tienes y de qué edades?

Tengo dos hijos. El mayor, Vicenç, tiene 5 años y está en ese momento tan emocionante de aprender a leer y a contar. Le encanta reconocer todas las letras de la palabra “galletas” en la caja metálica amarilla y roja que nos acompaña en el desayuno o hacer de copiloto e indicarnos la velocidad máxima permitida en la carretera por la que circulamos: “¡atención, diez”, “atención, ocho cero!”.  

El menor, Pau, acaba de cumplir tres años e insiste en arquear las cejas y gesticular con sus manitas regordetas mientras nos cuenta sus andanzas con su amigo Caquetis, quien vive solo en el bosque, come cuches todos los días y conduce un helicóptero. Tenemos muchas ganas de invitarle a cenar a casa, pero Pau nos ha dicho que no puede venir por el coronavirus.

¿Cómo era tu trabajo antes de ser madre y cómo es después de serlo? ¿Ha afectado la maternidad a tu trabajo?

Por supuesto, la maternidad ha afectado mi trabajo en términos de tiempo: ya no le puedo dedicar tantas horas como desearía o me requiere. A diferencia del trabajo, los cuidados no se pueden parar. Aunque comparto cuidados y crianza junto a mi marido, Francisco Llorca, la otra mitad de Las afueras, muchas veces resulta estresante y complicado, y genera frustración sin duda. Trato de convertir ese revoltijo de emociones en algo político y entender cómo la maternidad me ha cambiado para siempre.

En otras palabras: la maternidad te enfrenta a la dependencia y la dependencia a la necesidad e imposibilidad de conciliar vida familiar y vida laboral. De pronto, cuando tienes alguien a tu cargo, se queda hecha trizas la fantasía capitalista de que somos seres autónomos, que sólo vale el trabajo productivo y de que la prioridad es el curro. Entonces reconoces en ti misma esta ideología perversa que niega e invisibiliza los cuidados. Unos cuidados sobre los que, precisamente, se sustenta la vida y el propio sistema en el que vivimos. La maternidad ha puesto la lupa en esas dos formas de distinguir el trabajo: el remunerado y el no remunerado. Y vemos como el trabajo no remunerado de los cuidados, al cual hay que dedicarle mucho más que ocho horas diarias, sostiene al trabajo remunerado, que es el que goza de mayor reconocimiento social y económico. Hay que encontrar una fórmula social y política distinta a la que venimos viviendo para replantear esta injusta distinción y poner la vida en el centro. Repolitizar los cuidados en este sentido, puede ser un camino.

En Las afueras hemos decidido encajar labor editorial y vida. Y no solo de un modo literal, porque tenemos la oficina en casa y los manuscritos pendientes de lectura están rodeados de flechas y volquetes. Queremos publicar un número de libros que nos permita convivir con el intenso momento de crianza en el que estamos. Eso implica renuncia y una selección activa, pero se trata de reconocer la limitación de nuestros cuerpos y confrontarla a un sistema productivo que se cree infinito y no lo es. 

Queremos cuidar los títulos, los autores, los libreros y los lectores. Explicar bien las singularidades y riquezas de nuestros libros, y darles una vida muy larga en un mercado editorial saturado. Nosotros plantamos semillas, y queremos que crezcan y germinen de la mejor manera posible.

¿Qué es, para ti, lo mejor y lo peor de ser madre?

Lo mejor de la maternidad te diría que dar a luz, el momento en el que mi cuerpo gestante se parte en dos y el bebé nace. A partir del parto, hay mucho de aprendizaje en los cuerpos de una madre y un bebé. Y no es solo en los inicios, amantar, acunar, el colecho… Es constante a lo largo de los meses y años. Los cuerpos separados para siempre se enlazan en un nudo que nunca de deshace. Va de conocerse a una misma y conocer al otro. Se va tejiendo esa paradoja irresoluble de la que habla Jane Lazarre en El nudo materno: “él es yo y no es yo, es mío y no es mío”.

Lo peor de la maternidad es la falta de tiempo para poder estar contigo misma y la pérdida de capacidad de concentración. La maternidad implica una entrega exigente y a menudo agotadora: “el miedo a ser interrumpida constantemente”, como decía Tillie Olsen.

¿Cuál es la huella de tus hijos en tu trabajo?

Hay varias huellas. La más evidente seguramente sea la reflexión en torno a la maternidad y los cuidados. Autoras que hemos publicado como Jane Lazarre, Tillie Olsen o Mariana Yuszczuck son lecturas imprescindibles que me han marcado profundamente y de forma a veces inesperada. No solo hablan de la maternidad, hablan de lo que implica ser hija y mujer. 

Otra huella se encuentra en las novelas cuyos protagonistas son niños o adolescentes. Por ejemplo, Ellen Foster, una niña intrépida y muy espabilada que busca su lugar en el mundo, que me emociona muchísimo, o Tino, el protagonista de Cielos de Córdoba, que trata de lidiar con el caos y las pulsiones del deseo propias de su edad. O Por qué volvías cada verano, un libro desgarrador que denuncia los abusos sexuales que sufrió la autora cuando era adolescente por parte de un familiar. 

Y esto enlaza con otra huella, que surge más bien como una pregunta: ¿Qué mundo dejamos a nuestros hijos? Puede parecer una pregunta muy pomposa, pero es algo radical. Se trata de la preocupación por la acción en el presente y sus consecuencias en nuestro legado. No quiero dejar el mundo tal como está y por ello en Las afueras publicamos autores que se interrogan sobre qué nos hace humanos (Tillie Olsen), cómo podríamos vivir de manera más justa (Kornel Filipowicz) o la necesidad de dar voz a los silenciados (Giacomo Debenedetti). El cambio y la resistencia suelen empezar en las historias que nos contamos y reconocemos, en las palabras, y en Las afueras publicamos en ese sentido.

¿Cómo definirías el trabajo de una editora?

Muy brevemente: una persona que recopila a través de su catálogo una colección de voces que arman a su vez un relato sobre lo que esta persona considera relevante, representativo del mundo en el que vive. Es decir, no sólo es una selección de lo que cada escritor y escritora cuenta brillantemente de forma individual, sino el conjunto de voces que construyen entre ellos, con sus correspondencias, influencias y ecos. Una editora podría ser una dibujante de constelaciones.

¿Se puede comparar el trabajo de edición con el embarazo? 

Sí, son comparables en el sentido que estás gestando, en este caso una publicación. Recuerdo que las galeradas de El nudo materno las hice en el octavo mes de embarazo de mi hijo menor, con la panza tan grande que no podía estar sentada mucho rato. El libro cobró una dimensión vital muy importante, di a luz a mi hijo y unas semanas después recibíamos los primeros ejemplares. El nudo materno ya va por la quinta edición y sigue encontrando lectores en España y Argentina. 

Jane Lazarre y Magda Angès

¿Y el nacimiento de un libro con el de un bebé? 

También. Siempre es una gran alegría recibir los ejemplares porque cada libro tiene su historia detrás de gestación… y parto.  Como si existiese el perdón de Mariana Travacio, por ejemplo, fue un libro muy buscado, como se diría, largamente esperado que estamos felices de tener con nosotros. Dime una adivinanza tuvo muy buenos padrinos, y Diario pinchado de Mercedes Halfon ha sido el último en llegar a la familia de Las afueras. 

 

¡Bonus track!

¿Quieres saber cuál es el Top 5 de lecturas sobre maternidad y feminismo de Las afueras? Aquí lo tienes.

 

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