© Anaïs Yebra (Mis Coloretes)

¿Dónde se depositan el amor, el recuerdo, el agradecimiento, el honor? La pérdida paraliza, se vuelve pesada y oscura; te reconecta de una manera muy introspectiva contigo misma. Diría que te encoges, te abrazas a ti mismo con tu sangre, arterias y piel. Te conviertes en un gato sin lengua.

Hoy enterramos a nuestros muertos en redes. Puedes ir a visitarlos cuando quieras. Entras en su perfil y ahí están, flotando en el abismo. Miras su última publicación y piensas: «Joder». En vez de poner flores, dejas un comentario recordando que no te olvidas. Sin querer, te encuentras pasando por todas sus fotos de momentos felices. Las redes son así. Ahí está, tan vivo, tan viva. Parece mentira.

Quizá un día paguemos por tener un nicho eterno en nuestra red social favorita. Es tan preocupante que ni preocupa. El ritual de duelo ha cambiado. Sigue existiendo ese espacio íntimo de dolor tan necesario como respirar, tan vital como morir. Pero, ¿por qué estamos normalizando honrar a nuestros muertos en redes?

La muerte es impactante en sí. ¿Se trata de la persona a la que hemos perdido o es del máximo nivel de ego? La probabilidad de encontrar cada día una publicación de luto de una de las personas a las que sigues es moderada: «Te has ido demasiado pronto», «Buen viaje», «Aún no me lo puedo creer». La probabilidad de que te salte el perfil o la noticia de alguien que ha fallecido es alta: «Conocido influencer muere a los 20 años», «RIP» y la probabilidad de encontrar cientos de posts sobre la muerte de alguien conocido es abrumadora; textos inmensos cargados de dardos para los ojos.

No se trata del derecho a sentir dolor o a expresarlo como cada uno quiera, sino de pararnos un momento a detectar la vía de expresión: ¿El dolor es mayor si lo lanzamos en redes? ¿Es realmente necesario buscar en tu móvil todas esas fotos con esa persona que ya no está y publicarlas? ¿Cuál es el objetivo? ¿Reconfortar? ¿Reconocimiento? En casi todas esas publicaciones, la persona que hace la publicación también sale en la foto. No pongo en duda el dolor. No debato. Pongo en interrogante la intención y a la humanidad en sí. Somos seres narcisistas.

Ya es demasiado no volver a ver la figura de un árbol con sol a sus espaldas. Ya es demasiado no volver a abrazar, reír o emocionarse. Ya es demasiado la marcha para esas personas que te aman. Ya es demasiado tu ausencia para esos hijos que dejas. Ya es demasiado para ti. El éxito de haber vivido está en otra parte; el dolor, también.

Dejemos hablar de la muerte a los autores que la escriben, a los que la cantan… Si todos hablamos de ella en redes sociales, hasta la muerte pasará desapercibida, será una banalidad más. No hay una pausa ni siquiera para el duelo. La muerte pesa, no desaparece deslizando el dedo. La pérdida no necesita likes ni aprobación.

Vivimos en redes y, ahora, morimos en ellas.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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