Cuando pienso en la palabra “presencia”, vuelvo al estudio del Eixample de Barcelona donde vivía mi padre. Recuerdo entrar en aquel pequeño apartamento impregnado de olor a óleo: los pinceles sumergidos en aguarrás, las manchas de pintura en el taburete y, junto a la ventana —donde la luz caía con generosidad—, la silueta de mi padre trazando pinceladas: unas meditadas, otras rendidas al azar. Lo observaba absorto, fundido con la imagen, como si ya perteneciera al cuadro. También recuerdo el silencio. Ese silencio en el que él contemplaba su obra, habitándola. Estaba allí: presente. Entero.

De ese arte de la presencia —del estar consciente, del habitar el instante— aprendí más de lo que imaginaba. Lo aprendí a su lado, mirándolo crear, y también en las incontables conversaciones con las personas que, a lo largo de los años, se han sentado frente a mí para confiarme su dolor. “Presencia” es una palabra firme, casi solemne y, al mismo tiempo, profundamente curativa. Es lo que tantas madres anhelan: poder estar aquí, en el ahora. Apartar de un soplo los recuerdos que duelen, los temores del futuro, la incesante lista de tareas que coloniza los días. La presencia, en el fondo, es la forma más pura del amor: estar sin prisa, sin juicio, sin distracciones. Mirar y ser mirada desde el ahora.

Podría contar la historia de Paola, de Carla, de Inés y de tantas mujeres que han pasado por esta habitación —mi consulta— que guarda secretos; que se han sentado en esta butaca buscando un abrazo invisible. Pero hoy hablaré de Sofía —Sofía, porque su nombre significa “sabiduría”—. Era el inicio del otoño. Estaba revisando unos artículos cuando sonó el móvil un par de veces; la llamada se cortó de pronto. Miré la pantalla y vi su nombre. Sofía había sido paciente mía: una mujer de mediana edad, madre de dos adolescentes a quienes había criado con amor, quizá —como decía ella— con demasiado amor. La conocí un día gris, lluvioso. Llegó con el rostro cansado, la tristeza aún más pronunciada por las gotas que resbalaban por su piel. Le preparé una taza de té y se dejó caer en el sillón, como si llegar allí fuera, ya, un alivio. Permanecimos en silencio un instante; parecía que ese simple parar le regalaba una tregua. Cerró los ojos, suspiró y me miró con una mezcla de vulnerabilidad y urgencia.

—Tengo pensamientos horribles que no puedo ni nombrar. Explicarlos sería hacerlos reales. Me asusta perder el control. Además, mi mente cuestiona todo, entro en bucles de dudas que no puedo resolver y eso me angustia. Estoy ausente, intentando controlar mis pensamientos y mi ansiedad… ¿Me estoy volviendo loca? —su voz tembló—. ¿Estoy loca?

Se creó un silencio tenso antes de responder.

—Antes de contestarte, necesito pedirte algo —le dije—. Esta semana asistiré a un grupo de mujeres que se reunirá por primera vez el viernes por la tarde. Me gustaría que vinieras. Quizá, escuchando sus vivencias, podamos encontrar juntas la respuesta a tu pregunta. Ella asintió, dudosa y curiosa a la vez. Y ese mismo viernes nos encontramos con otras seis mujeres que, una a una, compartieron sus historias.

Paola

Se sentía incomprendida por su pareja. Antes de tener a su hijo, eran dos personas bastante independientes —cada uno con su trabajo—, pero compartían muchas afinidades: el ocio, la forma de ver la vida. Tras el parto, Paola cayó en una depresión posparto y él no supo estar a la altura. No supo contenerla ni acompañarla, y con la llegada del niño se volvió torpe, desorientado. Ella se sumió en un silencio espeso, esperando que él adivinara sus necesidades, pero él parecía no darse cuenta. Esa ceguera hizo crecer en Paola una rabia profunda: la rabia de verse sola, de cargar con todo, de no ser vista. Sentía que él era incapaz de comprender lo que ella y su hijo necesitaban y esa soledad se volvió insoportable. Con el tiempo, asumió cada vez más responsabilidades, hasta sentirse completamente agotada.

Montse

Tenía una bebé de un año. Me contó que, desde el embarazo, había vivido dominada por la preocupación por la salud de su hija. Al principio temía sufrir un aborto —una amiga cercana lo había tenido recientemente— y, después, empezó a obsesionarse con posibles enfermedades genéticas o del desarrollo. Eso la llevó a realizar innumerables visitas al médico.
En el fondo sabía que sus temores eran exagerados, pero no podía evitar el miedo constante a que su hija enfermara. Revisaba cada síntoma, buscaba información en internet, acudía al centro médico por cualquier mínima sospecha. «Ya no se fían de mí», me dijo. «Me miran como si fuera una pesada más». Sentía que los médicos no la tomaban en serio, y esa sensación de ser ignorada la empujaba a buscar respuestas en los libros, en foros, en cualquier rincón que le ofreciera una mínima certeza.

Joanna

Me explicó que, desde que su madre había enfermado y debía hacerse cargo sola —sin hermanos, sin ayuda—, había empezado a necesitar controlarlo todo. Ya era organizada, pero la falta de tiempo la había llevado a una vigilancia casi obsesiva. Comprobaba varias veces si el gas estaba cerrado antes de salir, temiendo que la casa explotara con su madre dentro. Revisaba la puerta, las ventanas. Un día, mientras trabajaba, la angustia fue tan grande que llamó a su madre solo para asegurarse de que todo estaba bien. Entonces comprendió que había ido demasiado lejos: el miedo se había vuelto más fuerte que ella.

Sara

Sonaba cansada, frágil. Desde que había vuelto al trabajo tras la maternidad, sentía que todo iba a peor. El cuidado de los hijos y la exigencia del nuevo empleo la desbordaban. Llegaba agotada, sin energía, y su rendimiento empezó a disminuir. Comenzó a pensar que sus compañeros hablaban de ella, que la consideraban incapaz. Alguna vez la habían reprendido por un correo olvidado y eso bastó para convencerla de que la estaban observando. Poco a poco, se aisló. Dejó de compartir los desayunos, de conversar. Decía que tenía trabajo, pero en realidad evitaba el contacto. Ahora se sentía sola y señalada, como si el mundo se hubiera vuelto un lugar demasiado ruidoso para ella.

Cloe

Aparentemente, era dulce, sonriente, de trato amable. Pero luego me confesó que precisamente ese era su problema: su sonrisa constante era una máscara, una forma de sobrevivir. Cloe había crecido en una familia numerosa, donde aprender a no molestar era casi una ley. Temía pasar desapercibida, no ser atendida, así que se volvió sumisa, complaciente. Mantenía una visión positiva de la vida, pero no se permitía estar mal: creía que, si se mostraba triste, sería una carga para los demás. Esa contención la agotaba. En casa, su pareja tenía un carácter malhumorado, y cuando él se exaltaba con los hijos, ella trataba de restaurar la calma, de sostener la armonía. Pero cada vez le costaba más. Sentía que, cuanto más intentaba mantener el equilibrio, más se desmoronaba todo a su alrededor.

Samara

Tras un cáncer que la dejó sin posibilidad de gestar, decidió junto a su pareja adoptar un niño. La maternidad, y las necesidades especiales de su hijo, la conectaron con las heridas de su propia infancia: padres jóvenes, consumos, descuido, soledad. Ver crecer a su hijo la confrontó con esos recuerdos. Sintió tristeza, pero también una comprensión nueva. La vida le ofrecía una segunda oportunidad: la de cuidar de otro mientras aprendía a cuidar de sí misma.

Unos días después de esa reunión, Sofía me llamó. Era la misma llamada que se había cortado. Cuando la devolví, me dijo:

—Tengo la respuesta a mi pregunta. ¿Sabes? Hay muchos motivos por los cuales una madre a veces no puede estar presente. Algunas sucumben al dolor, la culpa o la melancolía del pasado. Otras temen al futuro: la ansiedad, la incertidumbre, el vértigo de lo que vendrá. Y hay también mujeres que, en su presente, viven atrapadas por el miedo: miedo a salir, a enfermar, a perder el control; miedo a los pensamientos, a los rituales que les dan una falsa sensación de seguridad.

Sofía guardó silencio un momento y luego continuó:

—Después salí a caminar, pensando en todas ellas y también en mí. En cuántas historias como la mía quedan guardadas bajo la vergüenza o la culpa. En cómo cuesta reconocer que una puede estar mal y ser madre. Que una puede llorar, tener ansiedad, sentir miedo… y aun así seguir siendo una buena madre. Porque, al final, lo que importa es eso: buscar los pequeños momentos de presencia, aunque sean breves; cuidarnos, escucharnos, tendernos la mano. Sentir que estás ahí, que hay alguien a tu lado.

Y, cuando las aguas se desbordan, pedir ayuda. Después de todo —dijo Sofía con una sonrisa leve—, todas, alguna vez, hemos sentido la sombra de la locura.

 

 

Artículo publicado en Ahora, volumen 15 de MaMagazine en papel

Mónica Montserrat es Doctora en Psicología y Psicóloga General Sanitaria.

Puedes encontrarla en monicamontserrat.es y en CETEBREU (Diagonal, 628 – Local 4, Barcelona)

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Doctora en Psicología y Psicóloga General Sanitaria, lleva más de 20 años ejerciendo y tratando problemas con adolescentes y adultos.

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