Juana nunca estuvo loca. Ni la de Castilla, ni la de Maracena. Lo que tenían era una voluntad que incomodaba, un coraje mal entendido, una negativa a obedecer ante la injusticia.
A Juana de Castilla —apodada “la Loca” por cronistas y cortesanos— la encerraron por cuestionar el poder. Su padre, su marido, su hijo: todos quisieron que callara y que desapareciera. Fue recluida en Tordesillas durante casi cincuenta años, principalmente por razones políticas y de poder, aunque se alegó que estaba mentalmente incapacitada. Fue aislada, reducida a leyenda patológica para que su voz no perturbara la línea sucesoria. La historia prefirió llamarla loca antes que admitir que fue víctima de una operación política.
Porque lo de “la Loca” no fue un diagnóstico clínico, sino una estrategia. Juana I era la legítima heredera del trono de Castilla, pero su padre, Fernando el Católico, su marido, Felipe el Hermoso, y su hijo, Carlos V, se disputaron su poder. A su negativa a cederlo la llamaron desequilibrio. A su resistencia a firmar lo que no quería, histeria. A su duelo prolongado por su marido, Felipe, enfermedad. Y así se escribe la historia cuando una mujer desafía el orden previsto: lo que hubo fue voluntad política, no locura. Como varias veces ya se ha escrito: a Juana la encerraron por cuerda.
Cinco siglos después, otra Juana vuelve a ser sometida por el mismo aparato, disfrazado esta vez de sistema judicial. Juana Rivas desapareció con sus hijos en 2017 para protegerlos del padre, Francesco Arcuri, condenado en firme por maltrato. La denunciaron, procesaron y condenaron. Luego vinieron el indulto parcial y cierto olvido. Y, ahora, el regreso.
Este julio de 2025 huele a repetición. La Audiencia Provincial de Granada ha ordenado que su hijo menor, Daniel, de once años, sea entregado de inmediato al padre. Un hombre que, además de sus antecedentes por violencia, está siendo investigado de nuevo en Italia por maltrato habitual. Daniel ha expresado su temor. Su hermano mayor ha escrito cartas. La ministra de Juventud e Infancia, Sira Rego, se ha reunido con los hijos de Juana Rivas, un día antes de que deba entregar a su padre al menor de los hermanos; los ha escuchado, ha pedido cautela. La defensa ha acudido al Tribunal Constitucional con un recurso urgente. Mientras lees estas letras, el niño podría estar siendo entregado.
Lo que está en juego no es solo una custodia: es el sentido común, el derecho de un niño a ser oído, el lugar que ocupa una madre cuando lo arriesga todo por proteger y el lugar que le reserva la ley cuando esa protección contradice el protocolo.
Juana Rivas no está loca, no: está enfrentándose a una maquinaria que aún duda del instinto materno cuando no entra por el aro. Se está enfrentando a la doble vara de medir que llama “desobediencia” a lo que, en otro cuerpo, sería legítima defensa.
Y no es la única: Juana I tampoco estaba sola en su tiempo. Las han precedido muchas. Las seguiremos muchas más. Juana nunca estuvo loca: estuvo incómoda, sola y fuera de lugar. Y eso, ahora mismo, aquí y ahora, sigue siendo sinónimo de delirio.






