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SOBRE VIOLENCIA VICARIA, FILICIDIOS Y LO QUE NO DEBERÍA EXISTIR

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Hace pocas semanas, una ola de dolor, rabia e indignación nos invadió cuando el buque oceanográfico Ángeles Alvariño encontró el cuerpo sin vida de Olivia, la niña de seis años desaparecida junto con su hermana Anna y su padre, Tomás Gimeno, dentro de una bolsa anclada y a más de 1.000 metros de profundidad. A día de hoy, continúa la búsqueda de la pequeña Anna y del padre, dos meses después de su desaparición. Los medios de comunicación llenaron horas y horas de emisiones —muchas más horas de las que exigen el buen gusto, la responsabilidad en la comunicación y el derecho a la información— y la incredulidad, decepción y el enfado se apoderaron de las redes sociales. Las preguntas eran las de siempre: ¿cómo es posible que un padre mate a sus hijos? ¿será un enfermo mental? Resonaba un término con fuerza, el de violencia vicaria. Y todas comenzamos a preguntarnos qué era eso. Se hablaba de filicidios. Surgió la necesidad de explicar términos, de relacionarlos, de contextualizarnos.

Quisimos saber más y encontramos, de nuevo, una voz sabia y balsámica, la de Lola Álvarez Romano, Psicoterapeuta Psicoanalítica de niños, adolescentes y adultos. La conocimos a raíz de la publicación de su último libro ¿Pero qué te pasa? y hemos vuelto a ella para que nos explique, desde un prisma educacional y profesional, qué es todo lo que no entendemos cuando nos enfrentamos a casos de extrema crueldad como el de las niñas de Tenerife.

Estas semanas pasadas se nos ha encogido el corazón tras la desaparición y posterior encuentro del cuerpo de una de las niñas de Tenerife. Lo primero que, creo, a la mayoría se nos viene a la cabeza es que si un padre o una madre matan a sus hijos, es que tienen algún tipo de enfermedad mental. ¿Qué hay de cierto en este primer pensamiento, en esta primera frase que soltamos ante un hecho de tal calibre?

Cuando alguien comete un delito o un crimen, existe la idea de que si es un “enfermo mental”, eso implica que no se le puede considerar del todo responsable de sus actos. Ante la justicia, se suele alegar que su juicio esta disminuido para de ese modo reducir las penas que han de cumplir. Sobre este tema hay que puntualizar.

Si alguien sufre una enfermedad mental seria y no está recibiendo un tratamiento psiquiátrico adecuado (por ejemplo, esquizofrenia paranoide u otro tipo de psicosis) es posible que, en un momento de crisis, es persona cometa un crimen serio o incluso un asesinato, porque está respondiendo a voces o a alucinaciones y obedeciendo órdenes que proceden de su mente, donde hay una interpretación de la realidad muy particular, en la que una voz interior le está, por decirlo así, dando instrucciones. Estas personas, en un momento paranoide, pueden tener en su mente una convicción de que necesitan hacer algo para restaurar su orden interno, lo cual puede llevarles a cometer un acto inesperado que, en casos extremos, puede ser incluso el homicidio de un familiar o un desconocido, sin que haya un motivo evidente.

Por lo tanto, un trastorno mental crónico como una psicosis puede generar este tipo de situaciones. Un cuadro clínico parecido, aunque con otro origen, es el cuadro clínico de las crisis psicóticas, que pueden ocurrir a cualquier persona como consecuencia del uso excesivo y continuado de drogas como cocaína, cannabis o incluso alcohol, algo que también pueden tener consecuencias graves para ellos y/o para los demás. Entonces, aparte de las “locuras tradicionales” que acabamos de mencionar, lo que abunda en muchas cárceles son individuos con trastornos de la personalidad, psicopatías, sociopatías y otros trastornos de salud mental quienes, de entrada, son personas que saltan menos a la vista y pueden aparentar un funcionamiento normal en sociedad.

Desde ese punto de vista, la mayoría de los hombres que agreden pueden parecer “normales” en su entorno, entre otras cosas porque esa agresividad desatada puede haberse normalizado a ojos de los demás. Con frecuencia en el maltratador hay implícita una visión particular y misógina de las diferencias de género, una educación en un entorno familiar machista o violento, un entorno psicosocial que genera una convicción o una creencia sobre cómo se debe tratar a las mujeres. A pesar de todo esto, hay que pensar en el origen de estas conductas y no hay que descartar que la mayoría de las personas con conducta antisocial o con tendencia a maltratar también pueden ser personas que han sufrido traumas graves en la infancia como, por ejemplo, malos tratos, abuso físico, abandono o abuso sexual. Con frecuencia han crecido en hogares donde había violencia, donde no han aprendido una manera sana de gestionar las emociones y por lo tanto, todas esas circunstancias pueden afectar seriamente su capacidad para establecer relaciones sanas con los demás. Su experiencia en una etapa en la que son indefensos y dependientes de otras personas (la infancia) es precisamente lo que genera la sensación de vulnerabilidad de la que necesitan huir.

Eso no quiere decir que todas las personas que han sufrido abusos sean sádicas o perversas, porque su estructura psíquica también depende de factores genéticos, de la capacidad de recuperación de cada uno y de las vivencias que pueden haber tenido después de la experiencia traumática, unas pueden ser más favorables que otras. Pero sí es cierto que en algunos casos la única manera de sobrevivir el maltrato es anulando las experiencias dolorosas para poder sobrevivirlas y de algún modo, encalleciéndose. Si anulan su propio dolor psíquico, carecen de empatía, y ese “encallecimiento” les inmunizará frente al sufrimiento de otras personas. Aquí también se da otro mecanismo, (algo que en psicoanálisis llamamos la “proyección”) que es la necesidad de “colocar” en los demás el sufrimiento propio. Es decir, maltratando a otra persona, el que sufre es el otro, no el agresor, y eso le da un alivio temporal a la tortura interna que acarrea por la vida. Agreder o maltratar les da la sensación de poder, de estar en control de lo que ocurre y no a merced de nadie, son ellos los que tienen el poder sobre la otra persona ya que la vulnerabilidad está ubicada en la víctima. Esta “satisfacción” de sus anhelos puede ser adictiva y ello hace que estas conductas se repitan. A veces están precedidas de un estado de nerviosismo o de agitación que culmina con el acto violento.

Esto no es una apología del maltratador o la maltratadora, en absoluto, pero sí es cierto que para poder infligir dolor en otra persona allegada de forma sistemática sin escrúpulos o sin sentimiento de culpa, es evidente que algo en la mente de ese individuo no está funcionando como debería. El perfil clásico del maltratador es de hombre inseguro, celoso y controlador, es decir, síntomas clásicos aunque más tenues de la misma patología, casi siempre debida a un trastorno de infancia que ha dado pie a un apego inseguro, desorganizado o prácticamente inexistente. En su estructura mental, el maltrato se justifica, porque todos sus parámetros de conducta están fuera de su sitio. Están metidos en un ciclo de un narcisismo destructivo, en el que las relaciones interpersonales están supeditadas a las necesidades impuestas por su patología. Y así van buscando alguien que se ajuste al prototipo que necesitan para ponerlo en acción.

¿Qué es, exactamente, la violencia vicaria? ¿Por qué solo se aplica en los casos en los que el padre mata a los hijos para hacer daño a la madre? ¿Qué término se usa cuando es la madre la que mata a los hijos?

El termino “vicario” hace referencia a llevar a cabo ciertos actos utilizando otra persona de por medio. Es un término que se utiliza también en ámbitos educativos, el “aprendizaje activo” utiliza la experiencia propia como forma de adquirir conocimientos o habilidades mientras que el aprendizaje “vicario” utiliza la observación de otros y no la vivencia, ya que así pueden ver cómo se hace y las posibles consecuencias. Es, digamos, un método “indirecto” de hacer las cosas.

En cuanto a la violencia vicaria, se entiende como el agredir o dañar a una persona para causar dolor a otra, cuando ésa otra es el verdadero blanco de la agresión. La motivación suele ser una venganza y es frecuente que haya un grado de premeditación. Una vez más, se requiere tener un perfil con alto grado de sadismo y una total ausencia de empatía por los seres a los que se daña, a los que se utiliza como meros objetos a destruir con un fin específico, que es ajeno a ellos. Éstos, en el ámbito de la violencia familiar, suelen ser los niños.

A pesar de que en la violencia de género la mayoría de víctimas son mujeres, la violencia vicaria no es patrimonio exclusivo de hombres. También existen mujeres que, por los motivos mencionados antes, son capaces de dañar a sus hijos para vengarse de la pareja, lo que se conoce como Síndrome de Medea, inspirado en el personaje de la mitología griega (de hecho, casi a la vez que la noticia de las niñas de Tenerife, salió otra de una madre en Sant Joan Despí, Barcelona, que había asfixiado a su hija de 4 años para vengarse de su expareja). A veces también eligen matar a un perro o alguna mascota a la que el cónyuge le tenga apego para causarles dolor.

¿Y qué es filicidio?

Existen casos de filicidio a dos, es decir cuando una pareja, ambos con patologías de este tipo, se juntan y maltratan a los hijos de ella o de ambos hasta matarles. Aquí el motivo no es venganza sino una incapacidad para desempeñar la función maternal de protección en combinación con un sadismo y un odio hacia todo lo que representa un niño: la inocencia y la vulnerabilidad que no pueden tolerar en sí mismos. En ocasiones la madre abandona el cuidado de los hijos o les daña cuando tiene una nueva pareja, si ve a los hijos como algo que se interpone en su felicidad o que requieren la atención que ella quiere destinar a otra persona en ese momento. Como es de esperar, este perfil de madres también suele haber vivido infancias muy traumáticas. En algunos casos de filicidio por falta de cuidados o por abandono se mezclan las adicciones a alcohol o drogas de uno o ambos progenitores.

También hay otro tipo de filicidio materno. Con cierta regularidad se oye la trágica noticia del hallazgo de un bebé recién nacido en un contenedor de basura o en cualquier lugar en el que el niño no va a sobrevivir si no es rescatado. En ese caso, la madre siente que necesita deshacerse del bebé y aunque tal vez matarlo no sea su propósito inicial, este tipo de decisión con frecuencia acaba siendo un infanticidio. No se conoce muy bien el perfil psicológico de esas madres desesperadas, porque con frecuencia no buscan servicios de ayuda, pero está claro que tienen dificultades en concebir al bebé como un ser humano que no es parte de ella, y que tiene derecho a la vida. Lo ven como una parte de sí mismas. Para tirar a un bebé a la basura se necesita poder “deshumanizarlo” en su mente y tal vez, durante ese período postnatal, en el que las emociones pueden distorsionar la realidad, lo consigan. También es probable que muchas de ésta madres sufran de una grave depresión postparto y que en esos momentos actúen de forma impulsiva sin ser capaz de considerar las consecuencias a largo plazo para su bebe o para sí mismas.

Se habla también del filicidio altruista en el que uno o ambos padres deciden acabar con la vida del hijo si éste padece una condición médica incurable o una discapacidad múltiple y/o profunda. Esta es una situación muy compleja en la que intervienen otros factores. Los padres y madres que tienen hijos muy vulnerables desconfían del cuidado que van a recibir sus hijos cuando ellos falten y en algunos casos esos miedos pueden estar justificados. Con frecuencia desean poder enterrar a sus hijos para no tenerse que ver en esa coyuntura. Desconozco las cifras, pero asumo que son casos poco frecuentes.

Hace pocas semanas se demostró que la afirmación de que el 70% de los filicidios son cometidos por madres es un bulo alentado por partidos que niegan la violencia de género. En realidad, comprobaciones hechas por periodistas de RTVE en contacto con Ministerio del Interior, INE y otros organismos oficiales revelan que ese dato es falso, puesto que el Sistema Estadístico de Criminalidad no detalla si la persona que mata a un niño es hombre o mujer. ¿Por qué crees que los medios no contrastan las informaciones? ¿Por qué es importante desligar el filicidio de la violencia de género?

De todo lo anterior no conozco las cifras exactas porque es difícil saber cómo se categoriza cada tipo de filicidio. En mi opinión, el problema de mezclar filicidio con violencia de género es que desvirtúa la comprensión de lo que es cada cosa. Es cierto que en ocasiones se superponen, es decir, un hombre violento también puede agredir y hasta matar a sus hijos, pero tengo entendido que estos son una minoría. Para un maltratador, su mujer, la madre de sus hijos, es la que “le provoca” porque evoca una figura interna de esa madre que le abandonó o le maltrató o no le protegió durante la infancia, y esa visión la convierte inmediatamente en alguien de quien no se pueden fiar y a quien necesitan controlar en todo momento. Suelen ser relaciones muy intensas y con una gran dependencia emocional por ambas partes. También es frecuente que el maltratador proceda de un hogar donde había violencia doméstica, en los que la madre era una víctima y en su vida adulta está sencillamente repitiendo esos patrones de conducta. Pero no hay que olvidar que la violencia doméstica constituye abuso emocional para los hijos que la presencian y, en ese sentido, sus hijos se enfrentan a la misma situación aterradora a la que se enfrentó ese hombre agresor cuando era niño.

Al unir el filicidio a esta problemática se suelen crear posturas muy polarizadas que convierten al hombre en el agresor por excelencia y a la mujer en la víctima, mientras que el filicidio se puede dar por muchos otros motivos. Lamentablemente, la mujer puede ser igual de sádica y de perversa que un hombre, pero ya hemos visto que en los casos de filicidio, puede haber otros factores como psicosis, depresión o desesperación.  Todos los estudios que he leído para escribirte esto (mientras buscaba datos) indican que las mujeres cometen aproximadamente el doble el filicidio que los hombres, pero en ello se incluye todas esas categorías, entre las cuales hay atenuantes cuando se trata de un trastorno mental. El filicidio por venganza vicaria es donde más se igualan las cifras, es decir, el tipo de filicidio para vengarse de una expareja, es tan frecuente en hombres como en mujeres. El número mayor de filicidios cometidos por madres también está relacionado con la estructura monoparental, ya que es más frecuente que sean las madres las que convivan con los hijos.

Creo que las cifras que se publicaron recientemente (ese 70%) estaban destinadas a provocar una reacción, ya que el mensaje que parecían querer transmitir era “las mujeres también son asesinas”. Esa manipulación de las cifras es muy poco útil a la hora de analizar lo que ocurre porque distorsiona los datos para defender una postura concreta.  En mi opinión, eso es mezclar peras con naranjas, las dos son frutas, pero son dos productos diferentes. La violencia de género contra la mujer es un fenómeno que se da cuando en el hombre hay un cierto perfil psicológico, pero si ese perfil encaja con los valores de la sociedad en la que está enmarcado, entonces no tiene porqué ser cuestionado ni sancionado. Y mientras la conducta agresiva del hombre hacia una mujer no sea cuestionada, mientras no haya igualdad o respeto, no tiene por qué cambiar. Y este cambio tiene que ser global, y debe incluir a la Policía, los tribunales, los servicios sociales, la sanidad, las escuelas y todos los organismos que sostienen la sociedad en la que vivimos.

Los motivos en los que ocurre un filicidio son otros aunque, como dije antes, en algunos casos ambos se superpongan y la violencia de género incluya filicidio. Tanto la violencia de género como el filicidio son fenómenos muy complejos que debemos esforzarnos por comprender si queremos poder evitarlos de forma efectiva. Desgraciadamente, cuando estos temas se politizan y se convierten en una causa militante, con frecuencia se pierde la visión de su complejidad. Los puntos de vista polarizados convierten a todos los hombres en agresores potenciales y todas las mujeres en víctimas y creo que eso no favorece a ninguno de los dos ni es un reflejo real de la sociedad de hoy. El diálogo se “encalla” y eso hace que sea difícil encontrar soluciones.

¿Qué es la psicosis puerperal?

La psicosis puerperal es un fenómeno relativamente desconocido, que con frecuencia se confunde o se mete en el mismo saco que la depresión postparto. La psicosis es, tal como indica esta definición, un estado en el que la mente se aleja de la realidad. En estos casos el detonante es la gestación y el parto, que desencadena un estado mental psicótico en la madre y que hace que vea a su hijo y su relación con él de una forma totalmente distorsionada. Suele empezar un día o dos después del parto pero esto puede ser variable y depende de las circunstancias de cada uno. Se caracteriza por paranoia y pensamiento obsesivos con distorsión de la realidad, insomnio y cuadro clínico delirante. Por ejemplo, la madre puede creer que su hijo es el demonio, otras están convencidas de que ése no es su hijo, o tal vez niegan haber dado a luz.

Lo que tienen en común todas la manifestaciones de psicosis puerperal es que el bebé está a riesgo de sufrir daños si permanece bajo el cuidado de su madre. En Reino Unido se han creado unidades psiquiátricas especiales en las que ingresan a la madre con su bebé y su interacción está bajo una continua supervisión. Reciben tratamiento psiquiátrico, terapia y apoyo para las cuestiones de cuidados prácticos del bebé y así la madre poco a poco va aceptando su maternidad y estableciendo una relación con su hijo. No son estancias a corto plazo y a veces pasan meses hasta que las madres empiezan a sentir algo positivo hacia el bebé y pueden irse a casa juntos. Cuando vuelven al hogar hay un seguimiento a domicilio para asegurarse de que las cosas van por buen camino, ya que una vez recuperadas de la psicosis, pueden caer en una depresión. En estos casos, la recuperación es lenta pero se consigue. Con la atención médica, psiquiátrica y psicológica adecuada, estas madres pueden volver a su vida anterior dejando atrás ese episodio psicótico, pero si no se detecta a tiempo, puede ser una momento de alto riesgo para el niño. Ha habido casos de psicosis puerperal en los que la madre se ha suicidado con el bebé.

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LOLA ÁLVAREZ ROMANO

Lola Álvarez Romano es Psicoterapeuta Psicoanalítica de Niños, Adolescentes y Adultos. Lleva treinta años trabajando con pacientes es esta etapas de desarrollo y  con sus familias

Ha participado en equipos de diagnóstico de trastornos neurológicos del desarrollo, como autismo y TDA, y actualmente colabora con servicios de apoyo a personas autistas.

En su consulta privada, trabaja con pacientes de todas las edades y supervisa clínicamente a varios profesionales. Desde hace diez años, colabora con la ONG Juconi, de México.

Además, ha realizado diversas ponencias sobre la Supervisión de Educadores y el Impacto Psicológico del Abuso Sexual en el desarrollo infantil. Lola es miembro de la Asociación de Psicoterapeutas de Niños y Adolescentes de Reino Unido (ACP), de la Fundación Británica de Psicoterapia (BPF) y del Consejo Psicoanalítico Británico (BPC).

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