La casita forma parte de una granja que quiere ser un taller. Guarda recuerdos, tiene memoria. La habita Anni, una mujer que ha sobrevivido a un marido ausente —enviudó joven, con dos hijos pequeños—, y está en un pueblo donde la lengua materna —el esloveno— ha sido durante generaciones una forma de arraigo y de resistencia discreta. A esa casita vuelve Mira, su hija, que ahora vive en la ciudad a la que llegó buscando distanciarse de sus raíces, que abandonó el campo para estudiar y vivir en la ciudad —Viena—, y procurarse otra forma de ser mujer, con menos tierra bajo las uñas y alejada de la larga sombra de la religiosidad. En Mujeres en la noche (Periférica, 2025), la escritora austriaca Maja Haderlap (Eisenkappel-Vellach, 1961) se sumerge en ese territorio frágil donde lo íntimo es político y lo familiar es campo de batalla. La novela vuelve a Carintia —territorio fronterizo del sur de Austria, donde situó la acción de su anterior novela El ángel del olvido, publicada por Periférica en 2019—, región fronteriza y mestiza, donde la memoria pesa como las piedras y el idioma materno es también un idioma de dolor. Pero esta vez, el foco no está puesto en el pasado colectivo; Haderlap se detiene en una intimidad tensa: la de una madre y una hija marcadas por formas distintas de habitar el mundo.
—Mira —decía Gerti—, es como el pecado en la iglesia. A esas mujeres se les exige algo que nunca pueden cumplir del todo, nunca, ¿lo entiendes? Por más que se esfuercen. Algunas tienen mala fama, y la gente las mira con recelo aunque las admira en silencio; otras se esfuerzan por ser cabales y obedientes. A ésas las alaban y las estiman, pero nadie las cree.
Mira vuelve a la casa familiar a decirle a su madre que debe dejar su vivienda. Se fue joven, estudió, trabaja, ha construido una vida lejos del pueblo, lejos de la lengua y de la religión con la que creció. Regresa ahora porque la casa de su madre corre peligro: parientes lejanos reclaman derechos sobre el terreno. Su visita se convierte en una confrontación contenida, no solo por la herencia material, sino por todo lo que ambas han heredado sin saberlo. Anni no quiere marcharse, no sabe. ¿Cómo se traslada una vida entera sin que se rompan los hilos invisibles que la sostienen? La novela avanza como un susurro. Hay poca acción, pero mucha tensión: la que se acumula en los silencios, en los gestos contenidos, en las frases entrecortadas que bordean el reproche. La escritura de Haderlap es precisa, pero también tierna, y está atenta a los matices del habla cotidiana y del paisaje. Y cuando habla de maternidad, lo hace desde la distancia emocional que puede instalarse entre dos mujeres unidas por la sangre, pero separadas por el tiempo, la educación, las elecciones posibles o imposibles. Anni se aferra a lo que conoce; Mira intenta argumentar, comprender, tal vez cerrar algo que no sabe nombrar.
Mujeres en la noche es una historia sobre el arraigo y la pérdida, sobre cómo la historia personal y la historia política se entrelazan incluso en lo más doméstico. Y también sobre cómo el cuidado —de una casa, de una madre, de una lengua— puede ser una forma callada de resistencia o una carga difícil de sostener.

Anni y Mira son madre e hija. Ésta reside en la capital del país, y la otra, en el pueblo que la hija abandonó al comenzar sus estudios. Una se siente alejada de las complejas singularidades de su identidad eslovena, mientras que la otra nunca ha dejado de reivindicarla ni de vivir acorde con su cultura. Una ha tratado de dinamitar, mediante una formación universitaria, los patrones de las mujeres de su familia y de su entorno; la otra, cuya existencia ha estado constreñida por la falta de educación propia de su género y su clase social, ha guiado su vida por la religión y el imperativo de salir adelante.
La casa en la que Anni lleva décadas viviendo, desde que enviudara siendo la joven madre de dos hijos, pertenece a unos parientes que quieren disponer de ella, y Mira acude para convencer a su madre de la necesidad del traslado. El viaje de vuelta a sus orígenes constituye una ingrata inmersión en su pasado: Mira se siente de nuevo como una adolescente que no hubiera logrado una vida emancipada más o menos liberada de la pesada carga de sus cuitas familiares e identitarias.
La relación entre Anni y Mira siempre ha sufrido las fricciones propias de un tiempo en el que las hijas no solían ser amigas de sus madres, pero, enfrentadas a la nueva situación, obligadas a poner orden en sus sentimientos y a desenterrar algunos conflictos no resueltos, recorrerán un camino de entendimiento que las llevará a un lugar desconocido para ambas.
Mujeres en la noche nos muestra, con gran sensibilidad y emoción contenida, la confrontación entre el mundo encarnado por Mira y el de unas mujeres —nuestras abuelas, nuestras madres— que, a pesar de seguir atrapadas en un entorno en ocasiones asfixiante, evidencian una enorme resistencia frente a matrimonios infelices, la falta de autonomía y una profunda añoranza por las oportunidades a las que no pudieron acceder.






