Hace calor en el Madrid de principios de la Feria del Libro, que es como se mide el mes de junio en la capital desde ahora. Tres semanas de feria bajo la dirección de una fantástica Eva Orúe que puso el oído para escuchar las quejas de años anteriores y resolverlas. Fui varios días a la feria y todos esos días la vi al pie del cañón, solucionando, dialogando, pidiendo impresiones a su equipo. Brava Eva y brava esta Feria del Libro, la número 81, que ha tenido voz y letras de mujer.
Una de ellas es la de la escritora y dramaturga Nell Leyshon (Glastonbury, 1962), bien conocida en nuestro país por su anterior libro Del color de la leche (Sexto Piso, 2013), encumbrado por el Gremio de Libreros de Madrid como el Libro del Año en 2014. Vuelve a nosotras con La escuela de canto (Sexto Piso, 2022), un curioso libro con apenas signos de puntuación que cuenta la historia de Ellyn, una niña campesina que posee el don de una voz privilegiada y que se hace pasar por un muchacho para poder ser admitida en una prestigiosa escuela de canto y formar parte de un coro que terminó actuando ante la reina Isabel I de Inglaterra. La historia de Ellyn es una historia no exenta de crueldad, pobreza, lucha y algunos trazos de esperanza. Era un lujo que los niños pudiesen formarse en canto en estas escuelas. Pero eso que era un lujo para los niños, para las niñas era un imposible.
Al abrir el libro no puedo negar que me asusté ante la ausencia de puntos y comas, pero descartado ese primer prejuicio mío, descubrí una historia bella y también muy cruda, traducida con honores por el escritor Mariano Peyrou. No debe ser fácil trabajar un texto en el que reflejar la manera de hablar de una niña criada en un entorno rural y desfavorecido, pero tanto Leyshon como Peyrou han logrado, una con su escritura y otro con su traducción, que escuchemos la voz de la pequeña Ellyn con nitidez y melodía propias.
Vuelvo a los días de feria, que fueron la excusa perfecta para que Nell volviera a Madrid y se hiciese posible charlar con ella en la terraza de un hotel de Madrid que, con cierta dosis de optimismo, podía asemejarse a un jardín inglés, desordenado y bien poblado.
¿Cómo era tu trabajo antes de ser madre? ¿Y después? ¿Sufrió cambios significativos?
Tengo dos hijos, de 33 y 27 años. Cuando era muy joven trabajé en publicidad y en cine en Londres. Tenía muy claro que podía hacer lo que quería, que las cosas se hicieran realidad con energía y claridad. Tuve la oportunidad, por ejemplo, de trabajar con Ridley Scott y ser productora de anuncios. Mi papel no era demasiado creativo en aquel momento. Cuando miro hacia atrás es fácil observar que estaba a punto de pensar en tener hijos. Conocí a mi pareja, Dominique —somos todavía pareja a día de hoy— y tuve claro que quería algo distinto en mi vida profesional. Quería aprender un nuevo idioma y elegí el español. Un día, un amigo me dijo que había escuelas increíbles en España y aquí vinimos, para estudiar un año. Durante ese año pensé en escribir y creo que fue mi subconsciente: al final de ese año me quedé embarazada por error… pero no era un error. Fue algo muy animal, muy instintivo. Volvimos a Inglaterra y me dije: ¿qué vas a hacer cuando tengas un bebé? Porque tenía clarísimo que quería ir a la universidad. Me entrevisté con un profesor estando muy embarazada, que se rio mucho al verme y me preguntó si yo podría ir a la universidad en mi estado. Le contesté “no me conoces”. Estudié durante tres años y, al finalizar mi carrera, empecé a escribir.
¿En qué momento te definiste como escritora?
Fue un proceso lento. Terminé la universidad siendo madre de un bebé y queriendo tener otro hijo. No me sentí satisfecha hasta conseguir tener otro bebé. Cuando mi segundo hijo tenía seis meses, lo coloqué en mi regazo y empecé a escribir. Y fue durísimo: no teníamos apenas dinero ni ayuda y tuve que trabajar como profesora de inglés y literatura para adultos.
¿Qué es, para ti, lo mejor y lo peor de ser madre?
Lo mejor de mi maternidad es la alegría de ser madre. Ahora, mis hijos son mis amigos. Son dos personas inteligentes, interesantes, cariñosos, cuidan de la familia y de su entorno… Lo peor fue la sensación de haber perdido algunos años de mi vida y la falta de libertad que experimenté. Tengo mucha voluntad y tuve que poner en una balanza mi personalidad, algo que fue un reto.
¿Cómo llegó a ti esta historia?
Tras publicar Del color de la leche fui a una pequeña ciudad, muy bonita, en Inglaterra. Allí hay una catedral increíble con una biblioteca. La bibliotecaria me mostró un papel escrito por Isabel I diciendo las palabras que aparecen al final del libro. La bibliotecaria pensó que me gustaría, aunque nunca averiguamos quién fue John Pitcher. Comencé a pensar en qué hubiera pasado si John Pitcher hubiera sido una mujer.
Es entrañable la relación de Ellyn con su hermana Agnes. En un momento, Ellyn le dice a su querida hermana pequeña: “Tengo una voz. Es mi voz. He empezado a usarla y no voy a parar. Cuando empiezas ya no puedes parar. Tú también tienes una voz, Agnes, y yo quiero que tú uses tu voz”. Quizá esa frase recoja toda la esencia de esta historia. ¿Cuánto crees que pesa el silencio en el mundo de las mujeres?
Si observamos la historia, está llena de silencios de clase y de género. Las voces de mujer que han hablado son muy pocas y frecuentemente de clases altas. Y, por supuesto, de hombres blancos.
¿Es uno de tus objetivos encontrar esa voz?
Es poner las voces en los silencios.
Ha debido ser complejo escribir esta historia sin apenas signos de puntuación…
Había muchas cosas técnicas a tener en cuenta. Para mí fue fácil escribir sin puntuación, lo que necesitas es imaginación. La puntuación es una construcción humana, no natural. Es un sistema de clase. Si no has aprendido a puntuar puedes ser un escritor increíble, con historias increíbles. Por ejemplo, es similar para mí a ir a un restaurante y comer sin cubiertos.
Otra cosa que está muy presente en el libro es la violencia en varios niveles. La ejercida desde el hogar —los padres no tienen una relación muy afectiva con sus hijos—, pero Ellyn sí desarrolla esa afectividad hacia su hermana mejor. La violencia atraviesa este libro.
Una persona puede cambiar la vida de quienes tienen alrededor. Y si su comportamiento es brutal, alguien tiene que cambiarlo para demostrar a los demás que hay otra manera de hacer las cosas. Estuve con lectores en una librería en Inglaterra y justo hablamos de esa falta de afecto dentro de la familia. Es cierto que los jóvenes ya están cambiando, pero no son tan cariñosos como, por ejemplo, los españoles. Ellyn tiene el poder de cambiar muchas cosas en este libro. Los españoles sois como pájaros: podéis cantar vuestras emociones. Los ingleses somos muy poco afectuosos.
Las mujeres siempre vamos con el cuerpo por delante.
Las mujeres somos juzgadas por nuestros cuerpos. Ser mujer es tener un cuerpo. Sería mucho más fácil ser solo una cabeza. Lo mejor de tener 60 años es ser más invisible que a los 20, disfruto de una libertad maravillosa.
¿Qué viene después?
Estoy escribiendo la adaptación para el teatro de Del color de la leche. Ahora estoy con una obra en Londres, también. También tengo otro libro que quiero escribir de cosas de mujeres, como siempre. No sé si escribiré unos cuentos cortos. No escribí nada durante la pandemia, pero este verano quiero empezar de nuevo a escribir.