Mapa de soledades (Seix Barral, 2024) es el nuevo ensayo de Juan Gómez Bárcena en el que, partiendo de su experiencia personal, aborda la soledad como uno de los fenómenos más complejos y característicos —incluso inspiradores—de este siglo. Son casi cuatrocientas páginas de datos, anécdotas, personajes y contextos que lucen en una constelación inesperada y casi infinita. Con un lenguaje equilibradamente poético y una cadencia atractiva y armónica, hay mil hilos de los que tirar y muchas perspectivas desde las que mirar hacia esta inesperada y original exploración de las soledades: la soledad que elegimos o la que sufrimos; la que se hace presente entre la muchedumbre, la invisible, la que acompaña la creación, la que empuja a la muerte. En trece capítulos que son como trece territorios —y así se nombran: ciudad, isla, hogar, cosmos, piel…— abundan los relatos, las noticias, las reflexiones, los personajes históricos y otros de rabiosa actualidad. «Siempre me ha dado un poco de pudor hablar de lo propio, pero creo que es importante para que uno entienda desde dónde está escribiendo el autor, porque este no es un ensayo académico al uso. No es una definición tras definición de una serie de conceptos. No hay una gran bibliografía. Lo que hay más bien es un recorrido experiencial a través de paisajes, pero también paisajes de mi propia vida», explicaba el autor en la conversación reciente que tuvimos, entre cubos de cristal y soledades lectoras en la Biblioteca Eugenio Trías del madrileño Parque de El Retiro, pocos minutos después de la rueda de prensa de presentación del libro.
Gómez Bárcena analiza con asombro y curiosidad soledades como la maldición del escritor Horacio Quiroga y su familia (se suicidaron su padre, su primera esposa, sus hijos, varias de sus amistades y él mismo) hasta las ancianas japonesas que delinquen para no estar solas y poder refugiarse por un tiempo de su precariedad en las prisiones niponas, pasando por la soledad de grandes artistas como Miley Cirus o las madres: en ambos casos, no deja de ser paradójico sentirnos tan solas estando tan rodeadas de gente.
No sé si Mapa de soledades se puede leer del tirón o si debería recomendarse su lectura por capítulos, ¡son tantos los ingredientes con los que se cocina cada uno que, a veces, sientes que te vas a perder entre los sabores! Y que no se entienda como una crítica, sino como una invitación a una lectura reflexiva y reposada; detrás de cada uno de estos capítulos-territorios hay tanta vida, tantas lecturas, tantas curiosidades, tantas anécdotas y tantos pensamientos que bien merece leerse con subrayadores y cuaderno de notas. Hay mucho de poesía, también, en este ensayo alejado de lo purista, de lo clásico: «Me interesa mucho lo poético, pero no como una forma de delectación, sino como una forma de comprensión», afirma—. A través de lo poético comprendemos cosas que no se comprenden a través de lo académico, y viceversa, seguramente. Esto que ha escrito Gomez Bárcena no es un libro, o no es solo eso: es un artefacto peligroso, pues incita a colocarse en el mundo desde la soledad, entre las soledumbres, escondiéndose en la solitud. Y conversando, escribiendo, entrado, saliendo y viviendo para contarlo.
¿Por qué decidiste escribir sobre la soledad?
La soledad atraviesa toda la experiencia y yo hice ese mismo descubrimiento a partir de experiencias personales: en el primer capítulo cuento mi viaje a Buenos Aires, cómo conocí la casa de Horacio Quiroga y cómo, justo estando ahí, supe de la muerte del Hombre del Agujero. Acababa de terminar mi novela Lo demás es aire (Seix Barral, 2022) y vi ahí varias cosas que se conectaban, comencé a pensar en esos tipos de soledad. También, quería escribir porque cuando no escribo, me deprimo, pero no me veía capaz de hacer novela. Me había quedado extenuado de todos esos personajes, de todo ese mundo, y sentía que escribir ahora iba a ser escribir lo mismo.
Se me ocurrieron varias ideas y un día me di cuenta de que todas tenían que ver con personas solitarias, con personas solas. Y entonces empecé a mirar hacia atrás: en mi novela Ni siquiera los muertos (Sexto Piso, 2020), habla de un personaje solitario, al igual que Kanada (Sexto Piso, 2017) o El cielo de Lima (Seix Barral, 2014). Todas tienen personajes solitarios, de diferentes maneras. Empecé a pensar que podía ser interesante hacer una constelación de personajes solitarios y al juntarlos, de alguna manera, tejer sus vidas y ponerlos en relación con otros. Me parecía algo como un ejercicio hasta bonito, de devolución de unidad, de devolución de colectivo de personas que no lo habían tenido. En un primer momento no tenía muy clara la idea: yo mismo no sabía hasta qué punto el tema daba de sí. Creo que si lo hubiera sabido no lo habría expectado, porque en ese momento sentí que iba a ser una cosa corta pero, de repente, empecé a ver todas las formas de soledad, todo lo complejas que eran, por qué atraviesan toda nuestra experiencia… es un libro que teje muchos hilos y que lanza muchas ideas —algunas no las puedo explorar tanto como querría—, pero digamos que en ese momento me di cuenta de que la soledad era un tema muy importante para mí, que tiene mucho que ver con mi experiencia, que podía hablar incluso del modo en el que yo también he estado solo o el modo en el que he deseado estarlo, porque también lo he deseado.
En el primer capítulo hablas de soledad en la ciudad de Buenos Aires, de un autor, Roque Larraquy, que te prometió planes apetecibles, pero que nunca llegó a llamarte. ¿Ha leído ya el libro?
No, creo que no… (risas). Pero bueno lo que cuento es lo que ocurrió. Me parecía interesante poder contar mi experiencia tal y como fue. De un modo retorcido le estoy agradecido por no haberme llamado, porque así llegué a este libro.
De entre todas las soledades, quizá destaque la soledad que se vive estando rodeado de mucha gente. Por ejemplo, en una gran ciudad como Madrid. Llegar de fuera para vivir en una ciudad así puede hacer que pases desapercibido, que te sientas solo, pero también que tengas la oportunidad de reinventarte.
Cuando piensas en la soledad, quizá una de las imágenes que primero se te vienen a la cabeza es la de la gran ciudad: una muchedumbre que viene y va, la gente en el Metro… Casi todas las imágenes de la soledad tienen que ver con colectivos, paradójicamente, porque una de las soledades más importantes y más tristes es cuando uno se siente solo rodeado de gente. Claro que la ciudad tiene su parte negativa, claro que vivimos en entornos más deshumanizados, claro que vivir en ciudades tan grandes de alguna manera nos invisibiliza. Pero también es verdad que aquí uno puede, como tú decías, reinventarse, redescubrirse o cultivarse en todas aquellas facetas que en un lugar pequeño del que tú puedes proceder no has podido desarrollar porque hay una máscara social muy fuerte que te constriñe. El ser permanentemente mirado te fosiliza, te fija a la imagen que los demás tienen de ti. Cuando llegas aquí existe realmente la posibilidad de escribir de cero. Más tarde te das cuenta de que nunca escribes de cero, que hay una parte que llevas contigo y que siempre, en todos los lugares, hay una parte en la que todo el mundo te ve más o menos igual. Pero hay partes, claramente, de descubrimiento de uno mismo. De libertad, por lo tanto. Me resulta muy interesante eso.
Escribes sobre varios conceptos asociados a la soledad: la solitud, la soledumbre o la soledad sistónica.
Son conceptos interesantes porque uno tiende a hablar de soledad y tiende a creer que lo agrupa todo. Luego te das cuenta de que en castellano existía este término, “solitud”, que ya no se usa y que es precioso. De hecho, se refiere la solitud a aquella soledad que no está cargada negativamente. Creo que en inglés se diferencia más. Por eso, cuando estaba de gira en Estados Unidos, me preguntaban de qué estaba escribiendo y les respondía que sobre la soledad. Entonces, me preguntaban si escribía sobre la soledad o sobre la solitud. Y yo respondía: «bueno, es que escribo de ambas, porque en castellano están ambas». “Soledumbre” se refiere a un paraje solitario. Simplemente es un sinónimo de soledad, pero por la rima con muchedumbre, yo la usé de una manera un poco caprichosa, como la soledad que vivimos en la muchedumbre. Y la soledad sistónica es esa soledad que sentimos cuando nos cuesta estar en sintonía con otros, cuando podemos estar acompañados, pero no llegamos a estar en la misma frecuencia de los que nos rodean.
La maternidad, lo defines en Mapa de soledades perfectamente, es un sitio donde estás rodeada de gente, pero estás sola. Llama mi atención que te excuses, en cierto modo, al hablar de la maternidad porque no eres padre. Pero para hablar de maternidad, o para que te interpele, no hace falta: eres hijo. Hay observaciones y referencias muy certeras, como esta: «En un sentido estricto, la madre está permanentemente acompañada. En esa soledad imposible consiste, precisamente, la maternidad».
Fue un capítulo, el del hogar, sobre el que dudé mucho. Claro que es verdad que uno se excusa un poco. También es verdad que, a veces, en conversaciones, surge esto de que al no ser padre no puedes entender algo, y puede ser que haya partes de la experiencia que uno no entienda: claramente, no la puedes sentir. Quizás tuve un exceso de celo, pero es un tema que me interesó mucho y que llegó tarde en el libro: al principio no tenía tan pensado, hablar sobre la soledad de la maternidad o la soledad del hogar, pero en determinado momento se impuso que era necesario para que el libro funcionara.
La soledad épica va de dentro afuera; reclama la admiración y el asombro de los otros. Las mujeres, en cambio, han tendido a anhelar la soledad opuesta: la que proviene de la invisibilidad. De la no producción. El gozo de convertirse no en dispensadora, sino en destinataria de los cuidados que históricamente han sido responsabilidad de su género. En un contexto en que la mujer ha sido con frecuencia la responsable de atender las necesiddes de padres, hijos y maridos, la mera perspectiva de quedarse completamente sola, sin nadie que requiera de su atención, puede convertirse casi en un sueño.
Hablas mucho de la soledad de las mujeres. Es destacable la parte en la que abordas la soledad de las mujeres creadoras, porque parece que la soledad del hombre creador es una genialidad, pero la de las mujeres creadoras es una cosa muy loca, como de la loca de los gatos. Sí, sí, o la bruja asociada a la bruja aislada.
Sí, con frecuencia asociada a la bruja aislada de la sociedad. De esto habla mucho Virginia Woolf y me interesó mucho. De hecho, para toda esa parte casi he tenido la guía de Una habitación propia todo el tiempo, porque lo define de una manera maravillosa. De hecho, una de las mejores cosas que me ha dado este libro es la oportunidad de releer Una habitación propia que ya había leído de adolescente y me había gustado, pero no recordaba la gran cosa, y me he dado cuenta de que tiene una vigencia enorme. Muchas de las cosas que dice, en realidad, están todavía en el debate público. Y sí, es verdad que la soledad masculina parece algo heroico mientras que la soledad de las mujeres se ve como algo sospechoso en muchos casos: ya sea porque no ha encontrado la atención de un varón, ya sea porque es demasiado rara, porque tenga mal genio. En la Edad Media, incluso el papel de la bruja aparece como esa visión negativa de la soledad femenina.
¿Cómo acabaste escribiendo desde una celda del Monasterio de Santa María de Huerta, en Soria?
La verdad es que las razones fueron muy peregrinas: una fue que quería que fuera un monasterio antiguo —que también los hay más modernos, pero bueno, yo tengo cierta fijación con lo antiguo—. En segundo lugar, debía ser un sitio que conectase por tren con Madrid, porque yo no conduzco. Al tener el tren disponible desde Madrid, pensé que era ideal, pues era un lugar antiguo y conectado: esta contradicción es lo que necesito.
Cantamos juntos, los que nos llevamos bien y los que no nos llevamos tan bien, y al hacerlo no son solo nuestras voces las que se afinan: también nuestras almas. Afuera, ya lo sabrá usted, la gente no tiene nada de eso. Solo el teléfono ese, que ya tiene delito que sean tantos —¡millones!— y a pesar de todo estén tan solos. Dígame, usted que ha leído tantos libros al respecto. ¿No es eso acaso tora forma de soledad? Escriba, escriba lo que le digo, porque para mí la clave está ahí. En ese teléfono.Que a la gente le tengan que pagar por escuchar los sentimientos de sus hermanos: eso sí que es verdadera soledad.
Qué solos estamos mirando hacia una pantalla que nos prometía conexión y por la que ahora pasa toda la vida: la cita médica, el QR para viajar…
Me interesó mucho lo que el monje tenía que contar, porque nos enfrenta a esa paradoja de que uno piensa en personas solitarias y piensa en un monje. Pero el monje vive en comunidad. Nosotros, es más discutible hasta qué punto vivimos en comunidad. Y vivir de cara a Dios también es una manera de no sentirse solo. Comprimí mucho esas reflexiones que hizo porque la conversación fue mucho más larga. Intenté hacer un poco ese juego que hacen Elena Poniatowska o Svetlana Aleksiévich de eliminar mis preguntas y fusionarlo todo en un monólogo, de una manera un poco artificial, pero que recogiera lo esencial que me había dicho.
Hay mucho Dios también en este Mapa de soledades.
Sí, sí. Creo que, por un lado, Dios ha sido una de las refutaciones de la soledad en el pasado, es decir: creo que mucha gente no sentía la misma soledad que nosotros precisamente porque la idea de Dios era tan firme que te sentías permanentemente mirado. Y eso da un sentido a las cosas. En el momento en el que uno no tiene tan clara la idea de una verdad objetiva o de alguien que está premiando o castigando mis hechos, mis acciones, creo que esa idea de soledad florece, digamos, en esa reflexión. Y luego, por otro lado, por la soledad de los religiosos: me parece importante hablar de ella porque es muy específica, aunque tiene mucho que ver con el arte, con la soledad del artista. Al fin y al cabo es una consagración. El artista también se consagra a algo que no ve, a algo que no tiene un valor monetario. Al menos, no tan claro. Y se consagra, sin embargo, a hacer las cosas bien de cara a nadie. Yo creo que casi cualquier artista verdadero diría que preferiría hacer buenos libros aunque no fueran leídos que malos libros que fueran leídos. Pero bueno, escribir un buen libro, ¿a quién se lo estás haciendo si nadie lo lee? A una idea del absoluto, del Arte con mayúsculas, que no deja de ser una imagen de la divinidad.
¿Qué peso tiene la soledad en tu escritura?
A lo largo de mi vida, en muchos momentos tuve la experiencia no elegida de estar solo, quizás por sentirme diferente de mi clase, por sentirme diferente del grupo. Y creo que esa experiencia de soledad me llevó a desarrollar mucho mi imaginación. Me llevó a tener amigos imaginarios, por ejemplo. Pero también me llevó a encontrar o buscar conexiones, en ocasiones hasta con gente muerta.
Uno, a través de la lectura, a través del cine, está buscando una respuesta, está buscando una comunión. Todos buscamos una comunión de un modo u otro. Es verdad que yo de niño también buscaba mis momentos de soledad, incluso cuando tenía mayor conexión. También ocurre que muchas veces es el grupo el que reconoce a alguien que quiere soledad y por lo tanto se convierte en un objetivo, en la medida en la que no es como los demás. Es difícil saber qué viene primero, supongo que son elementos que se retroalimentan. Pero lo que yo descubrí, o lo que yo creo haber descubierto, es que estas experiencias de soledad me han hecho disfrutar. Me han hecho aprender a disfrutar de estar solo.
Por supuesto, hay momentos en los que me siento solo, y eso está mal. Eso quiere decir que tengo que empezar a buscar comunión con otros. Creo que es algo muy placentero el poder estar a bien con uno mismo, el poder descubrir que estando uno mismo puede aprender mucho de sí mismo. Puede aprender a valorar más también a los otros. Puede aprender a darle un sentido y un valor a las experiencias propias. Para mí, la soledad tiene estas dos partes, siempre es una tensión. A veces tengo que recordarme que no puedo estar tan solo y tengo que salir un poco. Pero también, a veces, lo opuesto. De alguna manera, la soledad me ha llevado a la escritura, que a su vez es algo positivo.
Existe la soledad en la creación, sin lugar a dudas. Pero hace poco, escuché a la escritora Lucía Rodríguez (autora de Clavarse las uñas) decir que para ella habría sido imposible crear sin los grupos de escritura, si no hubiera estado conectada con otras mujeres en sus escrituras.
Hay una conexión ahí. Yo me dedico a dar clases de escritura creativa y trabajamos en grupo. Es posible observar hasta qué punto los grupos funcionan, se apoyan unos a otros, se enriquecen, se alimentan. Para mí es algo muy bonito. Yo mismo, aunque no escribo en un taller, siempre cuando termino le mando partes a mi pareja o comparto el libro completo con amigos. Estoy dispuesto a ese diálogo, siempre, que hace mis libros mejores.

Se puede estar solo por muchos motivos. Hay solitarios forzosos y solitarios por elección; hay soledades pasajeras y eternas; soledades que desembocan en la locura y otras que nos llevan al placer y la creación. Se puede estar solo en una isla, como el capitán Pedro Serrano, que inspiró la figura de Robinson Crusoe tras un naufragio en 1526, y también está sola el ama de casa que plancha mientras espera, la estrella del pop que se refugia en su habitación de hotel y la llamada «ballena de 52 hercios», que lleva treinta y cinco años cantando en una frecuencia que ninguna otra ballena puede oír.
A partir de una amplia bibliografía y de las vidas de grandes solitarios de la historia y la literatura, Mapa de soledades es un fascinante ensayo narrativo que intenta comprender este sentimiento no solo en la sociedad actual, sino en diferentes tiempos y lugares, desde los monjes de Santa María de Huerta, en Soria, hasta los hikikomori japoneses, de María Antonieta a Miley Cyrus, del nazi Albert Speer a la escritora Emily Dickinson. Sin abandonar los recursos narrativos de la novela y de nuevo haciendo gala de un dominio absoluto del lenguaje, Juan Gómez Bárcena explora en estas páginas un tema universal y de vigencia incuestionable como es la soledad, que no distingue de fronteras, géneros ni clases sociales, y que es considerada la gran epidemia del siglo XXI.







Un comentario
Qué buena entrevista. Gracias Victoria