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JUAN GÓMEZ BÁRCENA: “DETERMINADAS EMOCIONES NO SE CONSIDERARON LO SUFICIENTEMENTE DIGNAS COMO PARA SER ESCRITAS”

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Toñanes es uno de esos paradisíacos pueblos cántabros asomados al mar. Pocas casas, poco menos de 100 vecinos, un río llamado La Verde que desemboca en un acantilado llamado El Bolao. Toñanes es, también, un paraje por el que paseaba su infancia el niño de los dinosaurios, que es el niño que encontró un ammonites en 1995, que es el escritor Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984). Toñanes, Juan y un puñado grande de vecinos son los protagonistas de Lo demás es aire (Seix Barral, 2022), una historia de historias que suceden, atravesando los siglos, en este pequeño territorio.

Hay libros que tienen voz. Me explico: en ocasiones he leído libros, relatos, escritos y, mientras los leía, sonaba en mi cabeza una voz que los narraba. A veces, también, los narradores tienen acentos distintos. No es algo que me pase muy a menudo pero, cuando me pasa, lo reconozco y subo el volumen de mi altavoz interno. Hay libros que se ven y quizá la propuesta de Juan sea un claro ejemplo de esa clase de historias: imagino cámaras de cine adentrándose en Toñanes, figurantes mezclados con la escasa población, abuelas contando historias de sus abuelas. Imagino al niño de los dinosaurios preguntando, queriendo saber. Imagino al joven preguntando más que ese niño, con un propósito más claro. Imagino al historiador, al escritor adulto, trenzando las historias que le cuentan los vecinos y la familia con la historia que araña de los archivos, de los documentos oficiales. El resultado es una película en la que manda el territorio y a la que se suman las emociones, el peso de los relatos y la curiosidad por sacarlos a la luz para hacer que, juntos, se conviertan en algo más grande.

En una semana marcada por la vuelta a las entrevistas presenciales, quizá la charla con Juan Gómez Bárcena fue la guinda del pastel. Era viernes y el autor esperaba a los periodistas en una sala del Hotel de las Letras en Madrid. Es bonito porque cuando entrevistas a un autor cara a cara, sin pantallas, sin Zoom, sin llamadas de teléfono, tienes la oportunidad de mirar a los ojos y perderte un rato en ellos y en las palabras. Ya me pasó hacía pocos días entrevistando a la escritora Berta Vias Mahou. Y volvió a suceder con Juan. Y quise imaginar que sus ojos verdes eran, también, del color de los ojos con los que el Cantábrico mira a Toñanes.

Uno escribe un libro y ese libro es suyo hasta que, de repente, se convierte en el libro de quien lo lee. A mí me ha encantado leer Lo demás es aire y me he sentido interpelada porque yo también he tenido la suerte de tener un pueblo. Soy de Zaragoza capital, pero todos mis veranos y fiestas de guardar los he pasado en un pequeño pueblo de la comarca de Cariñena, Cosuenda. ¿Crees que la gente que tenemos pueblo somos más felices? Yo estoy convencida, pero es una teoría que quiero contrastar…

La verdad es que creo que sí son importantes los pueblos por muchas cosas. Por un lado, a veces es bueno cambiar de lugar para ver tu vida habitual desde otra perspectiva. A mí me encantaba ir al pueblo en verano y mirar mi vida en Santander desde otro punto. En un pueblo se puede dar una infancia particularmente libre. Por lo menos, yo así la viví. Siendo muy niño, mis padres me dejaban salir sin problemas. Yo danzaba por los campos, cruzaba el río, iba en bici… esas son experiencias maravillosas. Supongo que habrá otra manera de vivir esas experiencias pero yo, al menos, las descubrí gracias a tener un pueblo. Así que podemos decir que sí: al menos, en mi caso, confirmamos ese punto.

«Un minuto y cinco segundos: el tiempo que se tarda en recorrer el pueblo de cabo a rabo, a una velocidad media de ochenta kilómetros por hora. Mucho antes de que acabe la canción que está sonando en la radio, acabará Toñanes.»

¿Qué dirías que es un pueblo como concepto para ti, como “forastero”? Porque cuando vienes de fuera a pasar tiempo un pueblo, el pueblo se convierte en un concepto además de ser un territorio.

La manera de describirlo sería que es un pueblo muy pequeñito, con muy pocos elementos que ayuden a su vida social —tiene una iglesia pero no tiene bar, por ejemplo—. Es un pueblo muy pequeño que, al mismo tiempo, tiene la paradoja de encontrarse muy cerca de enclaves turísticos como Comillas o Santillana del Mar, por lo que tiene hoteles rurales. También es un lugar donde, como en otros tantos pueblos, se dan cita lo más viejo y lo más nuevo. Puedes ver a personas con aparatos tecnológicos superiores, último modelo, tan buenos como los que se pueden tener en la ciudad y, al mismo tiempo, elementos que remiten a un pasado muy lejano. Ese poder estar en un lugar en el que lo viejo y lo nuevo se dan la mano, en el que vemos que lo viejo no es peor ni lo nuevo es necesariamente mejor y viceversa, diría que es lo que podemos encontrar en Toñanes.

Resulta curioso observar que, en los márgenes del libro, señalas los años en los que ocurrió la acción. Entiendo que la labor documental ha sido extensa. ¿Cuánto tiempo te ha llevado? Desde todos estos siglos por los que pasas, ¿cuál es el peso de la historia en esos espacios? Hay espacios en los que siguen pasando cosas y algunas serán las mismas desde hace siglos, pero otras habrán cambiado radicalmente.

La documentación, en realidad, me llevó muchísimo tiempo. Te diría que empecé a documentarme de un modo más o menos profundo a partir de los 13 o 14 años, aunque no para escribir este libro. Profundizar en la historia del pueblo era la manera de profundizar en un espacio muy querido para mí y, en cierto modo, era contar mi propia historia y la de mis antepasados. Esa documentación la he ido haciendo de una manera muy intermitente. Cuando tenía unos días libres me metía en archivos, saca datos, iba almacenando, haciendo árboles genealógicos y mapas… Este proceso intermitente se ha dado durante casi 25 años. Sin embargo, no me planteé la escritura del libro hasta 2016 y, de nuevo, fue una escritura intermitente. Estuve escribiendo durante un año, lo dejé a medias. Escribí otro libro en medio porque no veía cómo resolver el libro por esas dificultades con las fechas que señalabas. Alrededor de otro año y medio más es lo que he necesitado para terminarlo. Sobre ese cruce entre la Historia y las historias puedo decirte que muchas veces hay muy poco y eso es algo muy interesante. Otras veces, sobre todo los grandes acontecimientos, acaban teniendo una influencia clara. Por ejemplo, la llegada de España a la Unión Europea fue un hecho que cambió la vida del pueblo en el momento en el que se introdujeron las cuotas de leche europea y, de repente, a los ganaderos se les pagaba por no producir, que es un concepto muy interesante y muy triste por otro lado. O la guerra civil, que llenó el pueblo de odio. Esos odios que se recondujeron bastante bien pero, en algún momento, acabaron con asaltos a la iglesia y con los santos en el río. Sí hay momentos en los que la historia oficial se introduce en el pueblo pero, en muchas otras ocasiones, aparece como un microclima particular con sus propias características.

¿Cómo superaste ese momento de parón? 

Fue una locura. Primero, la idea de incluir las fechas me la dieron los libros parroquiales. A veces, tenían fechas en los márgenes pero eso es algo que yo no he visto hacer nunca en literatura. No quería hacer la típica historia de saga familiar, lo que quería es que las historias se mezclaran según las propias simetrías del tiempo. Efectivamente, me resultaba muy difícil visualizar esto y me ayudó mucho el cine. Porque en el cine sí existe esta rapidez de cambios de tiempo. No es muy a menudo, pero puede ocurrir. Intenté concebir mi novela como si fuera una película y empecé a pensar lo que haría si fuera un director de cine: construir planos. Pero claro, los planos son instantáneos, nos dan información en un segundo. Una frase, no. Necesito un párrafo para poner un contexto. Decidí que las fechas podrían ayudar a dar una información inmediata que señalase el cambio de tiempos. La introducción de las fechas no fue tan tediosa: yo soy historiador y estoy obsesionado con los datos, además de con las emociones. Digamos que tengo tan clara la historia del pueblo que realmente casi me resulta fácil tocar de oído. Ahora me dices una fecha y te puedo decir más o menos qué pasaba en el pueblo entonces. He vivido ese pasado como he vivido el presente del pueblo: esa historia del pueblo casi son como mis propios recuerdos. Introducir esas fechas suena fatigoso, evidentemente, pero no fue tan difícil en cierto modo.

«El niño de los dinosaurios ya no habla de dinosaurios y y a ni siquiera es un niño, pero qué importa: sigue siendo, de alguna forma, el mismo. Así lo creen los habitantes de Toñanes. ¿Te acuerdas, monín, de cuando venías a mi casa preguntando por un prado donde meter a tu dinosaurio?»

¿Crees que hacemos preguntas suficientes a nuestros mayores o nos quedamos cortos?

Desde luego creo que no se hacen preguntas suficientes. Yo mismo no he hecho preguntas suficientes durante mi vida. Y, sobre todo, no hacemos preguntas suficientes a los más cercanos. Es más fácil hacer una pregunta, entrevistar a alguien que no es nada para nosotros pero que nos puede dar una referencia y es muy difícil el proceso de entrevistar a tu madre, por ejemplo. Ya sea porque físicamente estás haciendo una entrevista, ya sea porque preguntas… da vergüenza y, al final, se nos va la vida sin hacer las preguntas adecuadas. Yo desde niño sentía ya mucha curiosidad por entrevistar a los mayores, sentía que había en esa memoria, en esa experiencia de vida elementos vitales que yo me estaba perdiendo y a los que quería acceder. Pero creo que yo mismo debería preguntar más, todos deberíamos preguntar más.

¿Te han contado más los vivos o los muertos para este libro?

Los muertos me han contado muchas cosas aunque solo sea porque he investigado a cientos de muertos y en esos libros hay mucho material. Los vivos me han contado cosas más interesantes: me pueden hablar de experiencias de una intimidad que nadie pondría por escrito. Hay un momento, por ejemplo, que vi muy claro, en que un sacerdote en el siglo XVII estaba haciendo el libro de muertos y hay una frase en la que dice algo así como: “Menganita de tal murió en… fue enterrada…” y entre comillas, ponía “mi madre”. Es su madre y lo único que tenemos es ese “mi madre” pero yo no sé cómo se sentía, si le temblaba la mano al escribir, cómo fue dar la extrema unción a su madre, que te llame Padre tu madre… eso no me lo pudo contar pero, si estuviera vivo o tuviera un familiar vivo, podría hacer unas preguntas que no puedo hacer a los documentos.

«Juliana tendida en su cama hecha de fardos de paja de centeno. Mercedes tendida sobre una camilla blanca. Juliana temblando bajo la piel de carnero y Mercedes temblando dentro de su bata. Juan que viene y va trayendo paños fríos, escudillas de sopa, noticias del paradero del padre Bartolomé. El médico que se acerca una sola vez con sus guantes de goma y su expresión adusta, que toca a Mercedes como quien toca un problema, y luego se sienta. Te pondrás bien, Juliana, solo tienes un poco de calentura. Tiene usted una amenaza de aborto: mientras esperamos el resultado de los análisis es muy importante que guarde reposo absoluto. Reposo absoluto.»

Me llama mucho la atención cómo tratas las pérdidas infantiles, los miedos de las madres hacia los niños. Tendemos a escuchar que, como ahora valoramos la vida de los niños es distinta a como se valoraba antes. Pareciera que antes las vidas valieran menos por motivos de guerra o de enfermedades que suponían más mortalidad. ¿No estamos de acuerdo en eso, no?

Me encanta que digas eso porque es una de las ideas capitales que tenía para el libro. Uno, en los libros de historia, también tiende a estudiar que, por ejemplo, en el siglo XVII había tal tasa de mortalidad infantil que las madres y padres no se encariñaban con los niños. Pero cuando accedes a alguna de las pocas fuentes que hablan de esto te das cuenta de que no es cierto. Obviamente, la normalidad de ciertos eventos ayuda a su digestión. Pero que hay un trauma y un dolor indecible es evidente. Creo que nos estamos encontrando con que hay determinadas emociones que no se consideraron lo suficientemente dignas para ser escritas y, sobre todo, que el dolor de las personas corrientes no importaba. Por lo tanto, no pasa a las fuentes y parece que no es real. Pero siempre que tenemos la posibilidad de acceder a la intimidad de una madre que pierde a un niño, en el siglo XVII o en el que sea, lo que vemos es auténtico dolor. Y es algo que yo quería destacar en la novela.

Hay un pasaje que despertó mi curiosidad, un pasaje en el que se habla de las tetas: “Las tetas son ceniza y sangre y bilis y corrupciones, aunque cubiertas de piel parezcan tan bonitas. Porque son bonitas. ¿Recuerdas, Juan, lo bonitas que te parecían mis tetas?”

Esto está basado en un texto medieval que me resultó terrorífico, creo que de Odón de Cluny que cuenta que el cuerpo de la mujer es repulsivo y que no deberíamos amarlo —es un texto escrito para hombres— porque dentro no hay más que flema y corrupción. Es un texto que ignora que el cuerpo del hombre es igual. Me pregunté por qué no podía haber belleza y amor en la carne, si es donde están la vida y las emociones. Eso somos y en eso está edificado el amor. Y sí, es el cuerpo que deseamos, que acariciamos, que amamos. Quería mostrar, con este pasaje, cómo se desestructura del modo más simple: sí es todo eso, pero a ti te gustan mis tetas. Es lo que quieres y es lo que soy: mi cuerpo, mi carne.

Estás escribiendo la historia de un pueblo siendo “el niño de los dinosaurios”. Ya siempre serás ese niño, me temo. Que estás ahí es algo que señala la cita de Alejandro Zambra con la que abres tu relato: “Sabía poco, pero al menos sabía eso: que nadie habla por los demás. Que aunque queramos contar historias ajenas terminamos siempre contando la historia propia”.

Lo cierto es que me conocían así en muchas partes porque, efectivamente, siempre hablaba de dinosaurios, iba con libros de dinosaurios bajo el brazo… Efectivamente, cuando uno narra lo que sea, pone mucho de sí. Cuando uno quiere hablar de sí, pone algo ajeno: ambos fenómenos se dan. En mis libros, muy a menudo, no he hablado de mí de manera consciente. Solo yo he podido darme cuenta de en qué momentos estoy. Pero aquí sí hay una decisión consciente de aparecer. Una decisión que fue tardía: al principio yo no quería aparecer, soy una persona pudorosa. Pero, en algún momento, sentí que este libro solo tenía sentido si, del mismo modo en que abría en canal a los vecinos del pueblo, me abría en canal a mí mismo.

 

TOÑANES, EL PUEBLO QUE SE RECORRE EN POCO MÁS DE UN MINUTO

Doscientas ochenta vacas y cien personas viven en los dos kilómetros cuadrados a los que se reduce Toñanes, ese pueblo cántabro que de tan pequeño algunos confunden con el último barrio de Cóbreces o con el primero de Oreña. Siempre tuvo pocos habitantes. Quizás este es el destino de los pueblos de carretera, que se convierten en un lugar de paso, en un lugar en el que nunca nadie se queda. Y quizás este es también el destino de los pueblos de costa en el que los relatos de los viajeros terminan por convencer a los vecinos de que hay más vida y más oportunidades en otros lugares. El escritor cántabro Juan Gómez Bárcena escribe en Lo demás es aire la historia de su pueblo, que en su origen se llamó Tonneianis y que fundado por un colono romano hace dos mil años. La historia de Toñanes es la de sus pocos habitantes, cuyas vidas narran también la historia de un país y de quienes lo han habitado. Desde el Cretácico hasta 2021, cuando la octogenaria Rosi, viuda de Llermo, es una de las pocas vecinas de siempre, una de las pocas que vieron pasar el tiempo en Toñanes, ese pueblo en el que nunca pasó nada y, sin embargo, pasó todo.

EL NIÑO DE LOS DINOSAURIOS

«Lo demás es aire nació a lo largo de los veranos de mi infancia, mucho antes de que pensara en escribir una sola palabra. Porque por aquel entonces aún no tenía ni idea de que algún día me convertiría en escritor: sólo era un niño con ortodoncia que recorría en bicicleta los caminos sin asfaltar del pequeño pueblo de Toñanes, buscando hachas paleolíticas y fósiles de dinosaurios en las cunetas. Mi pueblo era el centro del mundo y también el centro de todas mis preguntas. ¿Quién o quiénes habían decidido que Toñanes se llamara Toñanes? ¿Dónde se ocultaba la antigua iglesia de la que hablaban los documentos? ¿Quién tiró al río la talla de San Tirso durante la guerra civil, tal y como había oído contar a los ancianos del pueblo? Me parecía imposible que sólo a mí me interesara la respuesta a esas preguntas. Así, poco a poco, comenzaron mis investigaciones. Mi madre me preparaba un bocata y yo pasaba el día vagando por el pueblo, interrogando a los vecinos y buscando restos arqueológicos por la mies. Por ejemplo, cierta pared arruinada en la orilla del río, que tal vez fue siglos atrás un molino. O ciertos añicos de cerámica que encontré paseando por el campo, y que tal vez compusieron, por qué no, el vaso del que bebía alguno de mis antepasados. Y, sobre todo, muchos documentos: unos libros casi ilegibles en los que durante cuatro siglos los párrocos de Toñanes se habían molestado en consignar los nombres de los vecinos. Yo no sabía lo que hacía cuando comencé a medir esas piedras, a coleccionar los restos de cerámica, a catalogar los nombres de tantos hombres y mujeres. No sabía, claro, que estaba escribiendo el primer borrador de esta novela».

LO DEMÁS EES AIRE, JUAN GÓMEZ BÁRCENA

Toñanes es la pequeña aldea de Cantabria donde Emilio y Mercedes acaban de comprar una segunda residencia. Tienen ahorros, dos niñas y un bebé en camino, y una casita cerca del mar parece una buena idea. Aún no saben que la gestación se complicará tanto que tendrán que decidir si quieren seguir adelante con el embarazo; que dudarán hasta el último momento si su hijo llegará o no a correr por ese jardín. Es primavera de 1984 y quedan seis meses para salir de cuentas. Pero también es 1633 y es invierno y Juan y Juliana acaban de perder a su tercer bebé, y es 1946 y Luis y Teresa están bailando en la romería, y es 1753 y Francisca está aprendiendo a escribir en secreto y es 1937 y todo el pueblo está escondido en la misma cueva y es el Cretácico y un ammonite tiene que morir para que en 1995 un niño pueda encontrarlo. Todo sucede en el mismo lugar y al mismo tiempo, en esa aldea que sólo tiene treinta y cuatro casas, una iglesia y ningún bar.

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VICTORIA GABALDÓN

“Mi experiencia se remonta a los años 80, cuando mis padres adivinaron que las letras y yo teníamos buena química y me apuntaron a un curso de mecanografía. Más tarde, estudié Periodismo y seguí escribiendo. Trabajé en una discográfica y seguí escribiendo. Trabajé en una agencia de marketing y seguí escribiendo. Trabajé en varias revistas y grupos editoriales, en eventos y publicidad, y seguí escribiendo. Bajo pseudónimo, pero seguí escribiendo. Soy madre de dos criaturas, Darío y Julieta. Y sigo escribiendo. En un año y medio online, al frente de MaMagazine, he escrito más de 400 artículos, he hecho más de 200 entrevistas y sigo sumando. En esta aventura no estoy sola: me acompañan poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad”.

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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