© Jaume Barrull

MARIANA FONT: “EL DESEO, EN UN MUNDO HECHO MIERDA, ES CASI UNA REIVINDICACIÓN”

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Llueve mucho, mucho en Madrid en la tarde en que Mariana Font (Montevideo, 1977) presenta Autoreverse (Trampa, 2024) en una céntrica librería de la capital. La entrada a la sala donde conversará con la también escritora Mónica Ojeda se llena de paraguas y de ganas de escuchar a ambas. Fueron compañeras en el máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra y se conocen bien los modos y los ardides de sus respectivas escrituras. Se tienen cariño, además. Autoreverse llegó hace pocos meses en forma de libro de relatos en el que se incluye, también, una nouvelle homónima que, tiempo atrás, Font autoeditó. Parece haber encontrado un buen hogar junto a los dieciséis relatos que la anteceden.

En Autoreverse, Mariana Font nos invita a formar parte de un mundo donde la fragilidad humana, las obsesiones y los silencios se convierten en protagonistas. La escritura fragmentaria y desbocada de sus relatos explora cuerpos y mentes al borde, atrapados en manías y frustraciones que revelan pequeñas pero intensas batallas cotidianas. La memoria, nunca fiable, se transforma en un filtro que deforma la realidad y la reinventa. Las relaciones humanas aparecen como un territorio en tensión, donde el afecto y el desencuentro conviven en un delicado equilibrio. Y, como un hilo invisible que atraviesa el libro, lo inesperado irrumpe en lo cotidiano, demostrando que lo que no se dice, tarde o temprano, encuentra la forma de salir a la luz.

¿Qué es, para ti, lo mejor y lo peor de la maternidad?

Lo mejor es muy difícil de condensar. Lo mejor es el amor absoluto, sin ningún tipo de matiz ni de restricción ni nada. El amor absoluto yo no lo había conocido antes de ser madre. Y lo peor es la ansiedad que me produce pensar que hay una persona que me necesita. O sea: yo no me puedo morir porque mis hijas necesitan; esa sensación de que tengo que proveer para ellas en todo sentido.

¿Cómo era tu trabajo antes de ser madre? ¿Y después? ¿Sufrió cambios significativos?

Sí, muchísimos. Yo me movía muy libremente antes de ser madre. No es que la maternidad te coarte absolutamente la libertad, pero cambian las cosas un poco. Además, yo tengo una biografía muy ecléctica: estuve en muchos sitios y cambié muchas veces. Lo que me marcó es que, siendo madre, no puedes no planificar. Hay alguien que te espera en casa cada noche, no te puedes ir a donde te sopla el viento y tienes que proveer por alguien más.

Los tiempos de la maternidad también han marcado la estructura fragmentaria de tu escritura en este libro. 

Sí, es algo que también he visto en otras autoras. Es una parte, no lo es todo, pero también creo que hay una cuestión de estilo, de escribir con el impulso de lo materno. Sin duda, la maternidad tiene que ver con lo fragmentario porque se te acaba el tiempo disponible para escribir, por ejemplo, cuando tienes que ir a buscar a tus hijos a la escuela. Se acuestan a la noche y, entonces, te pones a escribir aunque te mueras de sueño y entonces te salen todas las arrugas que me han salido de escribir por la noche —risas—.

Los relatos de Autoreverse exploran, entre otros temas, la fragilidad y cómo intentar decir lo no dicho. ¿De dónde surgen tus relatos?

No es que tú elijas el tema y entonces escribas el relato, sino que tú tienes algo que te está palpitando dentro y que sale. Los temas que están ahí presentes son los temas que al final me obsesionan. Un escritor tiene igual tres o cuatro temas a los que vuelve de una manera y de otra, pero no desde primero el tema y luego el relato, sino al revés. Tú escribes desde tus entrañas, desde tu experiencia, desde lo que te obsesiona.

Tus cuentos se comunican unos con otros, se conectan entre sí.

Así como hay temas que me obsesionan, hay algunas cosas visuales a las que yo siempre vuelvo porque me marcaron mucho, porque me parecen muy potentes. Está bueno que un lector encuentre esas conexiones porque al final es como una charla entre amigos que alguien te esté leyendo. Tú estás ahí, explicando tus movidas y tus paranoias y otra persona está ahí metiéndose en tu mundo y compartiendo contigo. Es genial hacer sentir al lector que está ahí dentro.

Otro de los temas recurrentes de tus relatos: la memoria. Escribes que tu origen como escritora es la memoria. ¿Es fiable la memoria?

Me pasa que muchas veces intento escribir a partir de ciertos recuerdos y después me voy, o mezclo recuerdos de otras personas o cosas. Es decir, no es que estoy escribiendo anécdotas que son reales y pasaron como yo recuerdo, sino que me despego. Ahora estuve en Uruguay, con mi hermana y mi mamá, y hablábamos de algunas cosas de nuestra biografía, y era increíble porque es que lo recordábamos absolutamente diferente, al punto de que, a lo mejor, mi hermana pensaba que esa misma escena había ocurrido en otro lugar físicamente. Si no tienes el soporte de las fotografías, por ejemplo, el relato de una misma situación entre dos personas es súper diferente, y contigo misma, también. Lo hago ahora y lo hago dentro de 15 años y voy a ver cosas totalmente diferentes.

En tu presentación en Madrid contaste una anécdota bonita sobre tu madre, que te leía poesía en voz alta en los momentos más insospechados. Por ejemplo: si te levantabas de noche al baño y ella te interceptaba por el camino, te recitaba un poema de Nicanor Parra. 

La pinté como una bohemia, sí. Mi madre trabajaba en la industria química farmacéutica y era una persona muy curiosa intelectualmente —mis padres estaban divorciados—. Siempre íbamos a galerías de arte, al teatro… La clase media de Montevideo es particularmente intelectual o lo era, no sé ahora. Mi madre me leía un montón en voz alta. Siendo un poco esquemática, te diría que de mi madre me viene el gusto por la belleza y la poesía, y de mi padre el gusto por el relato, por la narración al uso, con su clímax y su desenlace.

Hablabas de grandes referentes literarios de la literatura norteamericana.

No sé exactamente por qué. Estudié traducción, pero creo que me venía de antes. Hubo un cierto rechazo al boom de los escritores latinoamericanos —Vargas Llosa, García Márquez, etc.—, que son talentosísimos y me encantan, pero creo que fue una especie de “matar al padre”. Luego, además, hubo toda una camada muy talentosa de mujeres que escribían. Yo no me identificaba con eso; me parecía lejano dentro de Latinoamérica. En Uruguay tenía unas realidades y una cosmovisión un poco distintas; era una chica urbana que tenía más relación con los autores norteamericanos: Carver, Auster, McCullers… También me gustaban los poetas canónicos como Federico García Lorca o Nicanor Parra.

Entre mis referentes contemporáneas están la mexicana Valeria Luiselli o Inés Bortagaray, paisana mía.

 

 

La huella de tus tránsitos también está en tu escritura.

Jorge Carrión lo dice en la contraportada de Autoreverse, que mis historias migran continuamente de un lado al otro del océano Atlántico. Las historias aquí incluidas pasan en sitios diversos: Uruguay, Colombia, México, Cataluña… Por circunstancias, me he movido mucho y eso se nota en la escritura porque las experiencias que he vivido han sido en diferentes lugares.

Vivo en el Pirineo Catalán y me llama mucho la atención que haya gente que conserve la casa no solo en la que nació, sino en la que crecieron sus padres o abuelos. Yo soy nieta de inmigrantes gallegos, catalanes e italianos. Hay una canción de una banda punk de Uruguay, La Tabaré, que dice: “Somos nietos de emigrados, hijos de una dictadura, es decir: somos basura, sin futuro ni pasado”. La cuestión es que somos nietos de inmigrantes, la gran mayoría; ya hubo una generación no tan anterior que cruzó el charco. Moverse es más fácil, digamos.

Otros de los temas que atraviesa tus relatos son el deseo, la pasión y el duelo; el reflejo de esa lucha tanática entre el deseo y la destrucción.

Sin duda. En el libro hay un cuento que se llama Volver, que es casi como un ensayo del Eros y el Tánatos, en el que la protagonista desea a su antiguo novio en el funeral de su padre. Lamentablemente, además, al deseo le sigue la culpa. Yo, al menos, lo vivo así cuando el deseo te enciende, cuando es desbocado. El deseo es muchas veces sexual, pero también existe un deseo vital, de conocer, de tocar, de tener experiencias. Y, al mismo tiempo, hay una culpa porque quizá es demasiado descarado.

A veces puedes pensar si no será frivolidad esto. Yo tengo avidez de vivir y, mientras tanto, en el mundo, están pasando cosas horribles. Y yo, ocupada con mi propio placer. Estamos vivos, la muerte nos respira en la nuca. El deseo, en un mundo hecho mierda, es casi una reivindicación. Es demoledor. Cuando piensas en palabras relacionadas para describir el deseo, piensas en palabras muy potentes que también describen la destrucción. Es un terremoto.

Memoria, deseo, duelo, fragilidad… de todas las emociones y sentimientos de los que hablas, que son muchas, me he quedado con una que se repite varias veces y en varios relatos: la ternura.

Casi me emociona y todo me lo digas porque no sé si soy del todo consciente de ello. Quiero pensar que sí, que hay una ternura latente siempre en todo. Me alegra que eso también quede reflejado y llegue a los demás de esa manera, que no sea todo duelo, pérdida, melancolía o deseo abrasador. La ternura es lo que más se contrapone a la barbarie.

 

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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