Claudia Piñeiro (Buenos Aires, 1960) es una escritora, guionista y dramaturga muy reconocida tanto en su país como internacionalmente, especialmente por sus novelas de corte policial y social que suelen desmenuzar, con bisturí y sin anestesia, las hipocresías de la clase media, las estructuras de poder y los conflictos de género. Tiene una habilidad afilada para retratar personajes femeninos complejos y situaciones que incomodan, como quien pasa un trapo por debajo de la alfombra y muestra todo lo barrido. Muy activa políticamente, sobre todo en la lucha por el derecho al aborto legal en Argentina, es personaje habitual en charlas, entrevistas y columnas defendiendo causas feministas y sociales con una mezcla de claridad, ironía y compromiso que no se deshilacha.
Su última novela, La muerte ajena (Alfaguara, 2025), cuenta la historia de Verónica Balda, una reconocida periodista de radio en Buenos Aires. Su vida da un giro inesperado al enterarse de que Juliana, una joven que ha caído desde un quinto piso, es en realidad su media hermana, fruto de la segunda familia de su padre. Este suceso la impulsa a investigar no solo las circunstancias del accidente, sino también las complejidades de su propia historia familiar. La novela explora temas como el poder, la sexualidad, las tensiones entre lo público y lo privado, y las distintas versiones de la verdad que coexisten en las relaciones familiares. Y es que hay muertes que duelen sin permiso, que llegan sin biografía previa. La muerte ajena es una historia en la que el duelo se mezcla con la sospecha. La novedad no es que una joven haya muerto al “caer” de un edificio: la novedad es que esa joven era la medio hermana de Balda. Piñeiro despliega una narración polifónica y fragmentada que pone en jaque no solo el relato mediático, sino también los vínculos heredados, la familia como mito y el cuerpo de las mujeres como campo de disputa. Hablamos con ella sobre silencios familiares, periodismo, feminismo, justicia (o la falta de ella) y sobre el cada vez más necesario riesgo de contar lo que todavía no se nombra.
Este libro arranca con una experiencia límite: la muerte de una mujer que forma parte de la historia de otra sin que esta lo supiera. Me pregunto qué te empujó a escribirla.
Siempre que empiezo una novela, hay una imagen disparadora. No siempre sabes de dónde viene porque tiene algo de la categoría de los sueños: se mezcla lo que viviste, lo que leíste, lo que viste en el cine, lo que te contaron y, de repente, aparece. Pero en este caso, sí puedo identificar un hecho muy reciente en Argentina: una chica escort, muy joven, cayó de un edificio. Fue una noticia impactante y esa imagen me quedó dando vueltas en la cabeza. La chica era brasileña, el padre viajó desde Brasil y, para su familia, ella había venido a estudiar —creo que sí estaba estudiando en la universidad—, pero todo esto parecía haberlos tomado por sorpresa. Toda esa cuestión familiar también me atraía, pero la imagen que se me repetía era la de esa chica cayendo. Ese fue el disparador. Luego, la historia que yo cuento no tiene nada que ver con el caso real, porque además no se sabe lo que pasó todavía.
En este libro no hace falta que se resuelva la historia, pues la historia es el camino. En ese camino se revelan un montón de cosas que hacen al lector suponer lo que pudo haber pasado sin necesidad de que se lo digas.
A mí me gusta confiar en que el lector es un lector atento, inteligente, perspicaz y que, dándole todos esos pasos del camino, la conclusión de lo que pasó está ahí.
En la historia, la muerte de una persona comienza a pertenecer a otra. Lo ajeno se vuelve propio. Esa muerte ya no es solo la muerte de alguien, sino un duelo propio que antes no se había contemplado.
Por eso elegí este título para la novela, para poder explicar esa cuestión de que hay muertes que, a veces, parecen muy ajenas. Parece que hay distintas categorías en la muerte; gente que podría ser más o menos importante, cuando en realidad todas las vidas son iguales. Pero a uno, como espectador de la muerte en esta sociedad, le pasa que ve una noticia y, si esa persona que murió la puede asociar con uno, si te parece que puede ser alguien de tu familia, tu hermana, vos, tus hijos, la sentís más propia y te interesa más tiempo. Hay otras muertes, como en este caso la de una chica escort, que la sentís más lejana. Decís: «Ah, pero no, entonces no tiene nada que ver conmigo». Porque además hay quien dirá: «Bueno, si era escort y si además tomaban droga, más peligro todavía». Y eso hace que te vayas protegiendo, como si eso a ti no te fuera a pasar. Me parece que es un mecanismo de defensa que usamos muchas veces ante situaciones como esta.
La protagonista de la novela, por ser periodista, se hace cargo de esa muerte. Pero además, se da cuenta de que esa mujer que cayó es su hermana, una hermana a la que no conoce porque su padre armó otra familia. Entonces, no solamente tiene que decidir si hace una investigación periodística, sino si se involucra efectivamente con esta muerte y pasa de ser una muerte ajena a una muerte propia.
Verónica, la protagonista, trabaja en la radio, tiene una voz pública, pero esta historia es privada hasta que colisionan. ¿Aquí también hay una crítica al tipo de verdad que construyen los medios?
La periodista que yo elegí es muy exigente, muy meticulosa con su oficio. Cuando arranca la novela, ella lo que sabe es que, yendo en el taxi hacia su programa de radio, muy temprano, se entera de que cayó una mujer. Y hasta se fastidia un poco porque dice: «Seguro que me van a pedir que el noticiero hable de esto y nadie va a saber lo que pasó todavía, pero me van a pedir que hable por morbo, porque estas noticias venden». Y ella ya va con esa carga negativa, pensando que va a entrar en un sistema de los medios de hoy donde a veces las noticias no tienen mucho para decir, pero se explotan al máximo porque sabes que eso te da un beneficio, un clickbait. Por un lado, le pasa eso; después, entra la parte afectiva cuando se da cuenta de que es su hermana.
Además de escribir novelas, eres también guionista. ¿Cómo trasladas el lenguaje audiovisual a la narrativa?
Son herramientas que tengo, que a veces sirven para la novela y otras veces, no. En este caso quería dar la estructura de la novela con tres versiones, que no es lo mismo que decir tres puntos de vista: tres puntos de vista es ver la misma realidad desde tres lugares diferentes. Acá hay tres versiones porque lo que cambia es la realidad. El lector está frente a lo que se llama “narradores no confiables”. Y en realidad hay un momento en que el lector empieza a pensar: «¿Pero cómo? ¿Esto que me está diciendo es cierto o es cierto lo que me dice el segundo narrador? ¿Cuál de los dos me está diciendo la verdad?». Me parecía interesante ese juego de que lo que está en permanente discusión es la realidad.
La familia en esta historia no es un refugio, es una estructura que también puede ser cruel. Es, también, un ajuste de cuentas con la infancia.
Claro, hay familias que funcionan muy bien, y hay otras que funcionan a los tropezones y van mejorando. Todos hemos tenido familias donde pasan cosas, donde hay secretos, donde hay cuestiones que quedan como cicatrices o como deudas no saldadas. Y en el caso de Verónica, después de la separación de sus padres, que su padre arma otra familia, ahí queda un dolor muy cicatrizado, quizás porque no lo manejó bien su madre también. Hay una crítica también a eso, ¿no? Ese dolor como mujer que tenía la madre por haber sido abandonada, que arrastró a su hija —porque no necesariamente su hija tenía que estar en la misma posición que ella—, pero ella ahí armó un frente común para protegerse de ese dolor y eso le trajo ciertas consecuencias a Verónica. Como decís vos, esta situación de la hermana que aparece y toda la investigación y demás probablemente la ayuden a desarmar esas cicatrices para obtener una mejor elaboración de ese dolor.
Otra constante sobre la que escribes es el cuerpo femenino. ¿Qué cambia cuando, de repente, el cuerpo ya no habla, pero sigue contando cosas?
También un cuerpo muerto cuenta, ¿no? Una autopsia de un cuerpo cuenta. Y en el caso de esta novela y de otras, yo me meto mucho con el tema del uso del cuerpo de las mujeres, y acá incluso en la muerte ajena hay un recorrido histórico, ¿no? En la segunda parte del libro, hay unos apuntes para armar un documental ficticio, pero donde hay un recorrido histórico en el uso del cuerpo de las mujeres: desde el nazismo hasta la guardia de Obama, que también se llevó un grupo de prostitutas, o la cumbre de Davos. En todos los lugares los hombres, en algún momento, hacen un uso indebido del cuerpo de las mujeres.
Con este tipo de muertes, a veces se usan palabras o se dicen cosas que no son convenientes. El periodismo empezó a usar ciertos protocolos para nombrar los suicidios, los feminicidios, distintos tipos de muerte.
Pero, a veces, hay periodistas que no los usan porque sienten que va a tener más llegada al oyente o al lector si usan términos que explotan el morbo. Lo de crimen pasional, cada tanto, aparece en algún lugar. También con el tema del suicidio: hay que tener mucho cuidado cómo se trata porque también hay otra gente que lo está leyendo y que se puede sentir afectada. Y cuando una mujer cae por un edificio, la misma protagonista de la novela dice: «¿Pero qué quiere decir ‘una mujer cae’? Porque esta mujer o la tiraron, o se suicidó, o algo pasó, pero ¿cae sola?». Es como no hacerse cargo de qué pasó ahí.

«Juliana cae al vacío, lleva un vestido blanco, vaporoso, que se agita en el aire, pero en vez de estrellarse contra el piso, justo antes de llegar, mueve sus brazos y vuela como una mariposa». Verónica Balda es periodista y conduce uno de los programas de radio más escuchados de la mañana. Cierto día, recibe una noticia que cambiará por completo el curso de su vida: una joven cayó de un quinto piso en el barrio de Recoleta. El departamento pertenece a un reconocido empresario agropecuario y la muerte de la mujer es mucho más que una noticia alarmante. Verónica sabe quién es, una historia densa y secreta las conecta. A medida que se desarrolle la novela, el lector conocerá diferentes versiones de los hechos, revelando cómo un relato puede ser multifacético y subjetivo, repleto de artificios y supuestos. Maestra en la construcción de atmósferas inquietantes y el manejo de la tensión narrativa, Claudia Piñeiro aborda de forma audaz un tema de escalofriante actualidad, y desnuda, a través de la siempre fascinante posibilidad de la ficción, uno de los vínculos más oscuros, íntimos y antiguos: el de la prostitución VIP con el poder de turno.






