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BLANCA LACASA: DEL PENSAMIENTO AL INCENDIO

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La escritora y periodista Blanca Lacasa (Madrid, 1972) lo ha vuelvo a hacer: ha puesto palabras a un sentir común. Esta vez no es un perfecto ensayo sobre la hijidad, esa investigación lúcida y mordaz sobre los vínculos madre-hija que es Las hijas horribles (Libros del K.O., 2023), sino que se adentra en la ficción con una historia breve, El accidente (Libros del Asteroide, 2025): una nouvelle intensa y afilada que disecciona el vértigo del enamoramiento entre dos personas que quizá no deberían cruzar esa línea. A través de un monólogo obsesivo y preciso, Lacasa narra ese “ángulo muerto” emocional donde el deseo se impone a la razón como un accidente: inesperado, irrefrenable, casi violento.

El accidente trasciende el cliché romántico: no es la historia de dos que se aman, sino el alarido interior de dos deseos que estallan en terreno poco propicio. Tan breve como un suspiro, tan potente como un estruendo —como todos esos “accidentes”—, en esta historia Blanca disecciona la seducción, el anhelo y la confusión con una precisión casi quirúrgica, dejando de nuevo patente su capacidad para la observación social y cinematográfica. En esta conversación hablamos sobre la libertad creativa en la ficción frente a la rigidez de los hechos en el ensayo, la naturaleza de los “accidentes” emocionales, la tendencia humana a construir relatos a partir de gestos mínimos y la culpa como un sentimiento femenino recurrente.

De Las hijas horribles —un ensayo—, y los cuentos infantiles, hasta la nouvelle. ¿Ha cambiado tu manera de escribir o de mirar la realidad al abordar este formato?

En realidad yo escribo desde siempre. Como me he posicionado tanto defendiendo la literatura infantil y juvenil, para mí las distinciones de los géneros son un poco irrelevantes. Para mí todo es escribir, todo es escritura. Escribo porque observo cosas y saco mínimos comunes denominadores, me doy cuenta de que hago siempre lo mismo. De hecho, por eso El Accidente, que es ficción, tiene ese índice de abstracción. Creo que es una novela muy abstracta, porque a mí lo que me interesa es ese lugar en el que todos estamos, en el que nos reconocemos y que sucede tantas veces. Hay una mirada, creo que un poco sociológica, si me apuras, y eso creo que está muy presente.

Desde luego, la manera de escribir no tiene nada que ver. En Las Hijas Horribles yo estaba manejando una cantidad ingente de información y el proceso de escritura se asemejaba a hacer un puzle, encajar unas cosas, dejar otras… Me sentía como una acróbata en el circo manteniendo varios platos girando y en equilibro. Sin embargo, la ficción como género es más fluido y te permite, sobre todo, no tener que dar muchas explicaciones. Tú construyes un universo y en ese universo haces lo que quieras con los personajes.

Hablando del formato nouvelle, que es una palabra tan sexy, se me antoja como un género fugitivo. ¿Has escrito una nouvelle queriendo escribir una nouvelle o te ha salido una nouvelle

Me ha salido una nouvelle. No creo que fuera una cosa totalmente premeditada. A mí el género breve en general me encanta; siempre he sido muy defensora del formato breve, de las nouvelles, de las novelas cortas y de los relatos. Mi gran escuela son los cuentistas. He leído siempre muchísimos cuentos y me parece una proeza, en muy poco espacio —es un poco lo que pasa también con la literatura infantil y juvenil—, presentarte unos personajes, explicarte una historia y meterte en ella. En una novela puedes —y, de hecho, debes— tener algún valle para no agotar al lector, y te puedes permitir algún titubeo. En un relato, no. Es mejor que el lector esté dentro en el primer párrafo, mejor que en el segundo, porque si no igual lo pierdes. En la decisión, tanto en la forma como en el fondo, me seduce mucho y me gusta mucho.

Mientras te escucho, pienso en cómo nos enamoramos en esta era de los móviles, las aplicaciones y las hiperconexiones. Y, de repente, encuentro algún tipo de símil entre la novela y la gran historia de amor, y la nouvelle y el “aquí te pillo, a ti te mato”.

Sí, puede ser. También creo que se pueden contar grandes historias de amor en nouvelles y viceversa. Y también creo que el espacio de tiempo no delimita a los grandes amores: hay grandes amores que duran un suspiro. Hay grandes amores que ni siquiera se consuman, en el sentido bíblico de la palabra. Ni se consuman ni se consumen, porque al final lo que se queda en la imaginación es mucho más potente que la realidad.

Cuando ya había salido el libro, me acordé —y no sé por qué no se me pasó antes por la cabeza— de una película de David Lean, Breve encuentro, de 1945: una historia de amor arrebatadora, absolutamente intensa y que arde. Que luego esa historia de amor no llegue a ningún lado, que no se materialice o se deje de materializar es otro tema. Y además, fíjate en el título: Breve encuentro. Es breve también.

© Laura C. Vela

Más allá de esa historia de amor, en tu nouvelle se deja entrever tu profunda historia de amor por el cine.

Me han dicho varias veces que esta historia de El accidente tiene un ritmo muy cinematográfico, y yo también lo creo. Inevitablemente, tengo una forma de mirar muy cinematográfica, me gusta muchísimo el cine. Veo muchísimas películas y la narración cinematográfica  me fascina. Es muy probable que tenga un deje a la hora de escribir, inevitable, que me lleva ahí y que me lleva a que todo sea muy visual. Hay muchas personas que me han dicho: «Es que he estado ahí, he estado en el coche, he estado en el sofá, he estado con esas personas», y eso a mí me encanta.

Has escrito una historia que podría partir de la intimidad de estos dos personajes, pero que nos hace vernos a todos en esos escenarios, en esos bares.

Todo el mundo se ha visto ahí porque, ¿a quién no le ha pasado esto? No sabes cuánta gente me ha escrito diciéndome que están pasando por esa historia y que les encanta que haya puesto palabras a sus emociones; gente que está en ese torbellino, arrastrada por su potencia, y me ha dado las gracias. También hay gente que me cuenta que les he hecho revivir algo que sucedió hace mucho tiempo, que se han sentido transportadas a un momento en el que sintieron ese arrebato amoroso. Y a mí no me pueden decir nada mejor, sinceramente.

Esto me recuerda a cuando publicaste Las Hijas Horribles, que provocó en muchas de tus lectoras la necesidad de contarte cuáles eran sus historias con sus madre. Con este libro, ¿cuántos accidentes te han contado ya?

¡Me han contado unos cuantos! Es que yo no conozco a nadie a quien no le haya pasado algo parecido. Quiero decir: cambian las circunstancias de él o las de ella, da igual, pero a todos nos ha pasado esa cosa de sentirte absolutamente arrollado, arrastrado por una emoción, por una sensación que eres incapaz de controlar; que sabes que en el fondo no deberías estar ahí porque tiene todos los mimbres de ser un accidente, básicamente. Y aún así dices: «Venga, para adelante».

Escribes: «Ella está electrizada, inflamada, su cuerpo como de algodón pesa poco». Como bien dices, todas y todos, en algún momento hemos pensado «yo esto lo controlo» y ,de repente, en un instante, sabemos que todo se nos ha ido de las manos.

Eso tiene mucho que ver con la seducción. Todo esto empieza como un juego; además, en el tablero parece que va a ser un juego, porque es una relación que, a priori, es imposible. Entonces tú te permites el juego, porque es divertido. Y de repente, cuando te quieres dar cuenta, has perdido el control y estás hasta el cuello metida en una historia que, para empezar, ya no es un juego porque hay emociones reales, cosas en juego que realmente son importantes. Y ahí, tú ya no eres quien mueve las fichas, hay algo ahí que es superior a ti.

Y, como siempre, sobrevolando la sempiterna culpa, algo muy femenino.

Hay muchas cosas muy femeninas en el libro. Además de la culpa, está también esa cosa de estar siempre disponible, de estar siempre un poco a merced de lo que él quiera o de lo que él desee, de sus apariciones y desapariciones. Ella siempre está esperando, siempre disponible, siempre dispuesta a jugar. Lo hemos hablado muchas veces: a las mujeres nos han educado en la culpa, en una culpa que siempre está relacionada con los demás. Eso es una cosa muy interesante: siempre está relacionada con el otro.

Como el deseo. Muchas de nosotras hemos aprendido a forjar nuestra identidad siendo deseadas, pero no reconociendo nuestro propio deseo.

Es otro de los temas que surgen en el libro. Realmente hay un momento en el que tú como espectador, no sabes hasta qué punto la protagonista, en el fondo, simplemente necesita ser deseada. Quizá prima más esa necesidad imperiosa de gustar, de seducir, de sentirse deseada; eso es lo que a ella la hace ser. Lo real pasa un poco a un segundo plano, en realidad.

Estaba pensando en la frase hecha: «Me estoy haciendo ilusiones, y me están quedando preciosas». Podríamos cambiar “ilusiones” por “películas” y funcionaría igual.

Cuando le conté a una amiga mía de qué iba el libro, me dijo: «¡El clásico Oscar a la película que te has montado!», y es un poco así. La realidad de lo que vivimos cambia todo el rato y siempre estamos contándonos historias a nosotras mismas a conveniencia, según lo que queramos ver o sentir. Y eso me parece muy interesante, porque en el fondo estamos siempre haciendo casi literatura de nuestras vidas. La historia real da igual: lo importante es lo que está pasando en esa historia, lo que está sucediendo en las cabezas de otras personas; eso tiene mucho de literatura porque, aunque no la estés escribiendo en papel, sí la estás escribiendo en tu cabeza. Me parece fascinante cómo nos relatamos a nosotros mismos nuestras vidas, nuestras experiencias, nuestras emociones, y cómo eso cambia completamente la manera que tenemos de verlas y de vivirlas. Es muy interesante.

Una chica te dijo que tienes la capacidad de meterte siempre en nuestras cabezas.

Es cierto: una chica me escribió y me dijo: «No sé cómo tienes la capacidad de meterte siempre en nuestras cabezas». Me pareció superbonito. Creo que viene de una gran capacidad de observación. Los escritores, en general, somos observadores o deberíamos serlo. Yo observo mucho y veo que hay un patrón en los “accidentes” que me han sucedido a mí y en los que han sucedido a mi alrededor.

En tu relato, también aparecen las drogas. Aparecen estados alterados de conciencia que, quizá, se utilizan como excusas para no dejar de acelerar, aunque veas que te la vas a pegar.

Es un poco el ángulo muerto. En la vida, en general, hay ángulos muertos todo el rato, estamos todo el rato internándonos en lugares que, en el fondo, no queremos. No queremos ver las cosas como son, queremos vivir en nuestra fantasía, queremos inventarnos las cosas, queremos buscarnos coartadas… Esas “excusitas” son fascinantes también. La literatura son excusas todo el rato.

blanca lacasa

Cuando se conocen, ambos tienen pareja. Pero se gustan. O eso parece. Al menos lo suficiente como para poner en marcha un mecanismo imparable a pesar de la evidente imposibilidad. El mismo engranaje que entra en funcionamiento cada vez que la razón se nubla y el deseo –o la imperiosa necesidad de gustar– se impone. El accidente cuenta el vértigo de lo que ocurre en los primeros compases del enamoramiento y deja al descubierto la universalidad de ciertos rituales de seducción. Blanca Lacasa se adentra por primera vez en la ficción con este adictivo relato sobre el anhelo, la romantización del deseo y el riesgo de sucumbir a los caprichos de algunas conquistas. Una nouvelle sexy y llena de humor que funciona casi como una radiografía: difícil no reconocer en ella las tácticas a las que recurrimos para enfrentarnos a atracciones tan misteriosas como obsesivas.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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