© Sophie Davidson

En La fiesta (Sexto Piso, 2025), Tessa Hadley regresa al territorio que mejor domina: la vida en su punto de ebullición. Dos hermanas jóvenes, un vestido amarillo, un fin de semana en la Inglaterra de posguerra. Todo parece gris —las ciudades bombardeadas, el aire lleno de carbón, la pobreza, la contención—, pero bajo esa superficie late un impulso vital: deseo, risa, curiosidad. Hadley escribe justo ahí, en la grieta donde el mundo todavía no ha decidido si será moderno o antiguo, y donde sus personajes —especialmente las mujeres— aprenden a mirar de frente su propio despertar.

Dos hermanas —Evelyn y Moira— salen una noche de sábado en el Bristol de posguerra. Llevan vestidos prestados, un deseo indefinido y la intuición de que algo va a cambiar. Hadley, maestra de lo cotidiano y de lo insinuado, convierte esa noche en un umbral: entre la juventud y la adultez, entre la inocencia y la conciencia, entre el cuerpo y el lenguaje, demostrando que la intensidad no depende de la extensión. En apenas un centenar de páginas despliega el mapa de un aprendizaje: el del deseo femenino como fuerza ambigua, creadora y destructiva a la vez. Evelyn y Moira no buscan amor, sino una versión de sí mismas que todavía no conocen. Lo que encuentran no es la promesa de una vida mejor, sino el vértigo de mirar de frente el mundo —y su propia fragilidad.

Como en las mejores novelas breves, aquí no hay moraleja ni redención. Hadley trabaja con silencios: los de la educación sentimental, los del pudor de clase, los del miedo a equivocarse. Inspirada en las historias que su madre le contaba sobre los años cincuenta en una escuela de arte, la autora convierte la memoria familiar en una reflexión sobre el deseo, la libertad y la clase. En La fiesta, el deseo no libera del todo, pero tampoco condena: es el territorio donde la identidad se ensaya, donde las muchachas deciden si serán víctimas, protagonistas o simplemente mujeres que avanzan.

Hadley observa con la precisión de quien entiende que cada objeto, cada prenda, cada gesto mínimo contiene una historia. «Una novelista es como una antropóloga: toma nota del detalle más pequeño», explica. Así, un vestido, una mirada o una taza de té se convierten en huellas del poder, la diferencia y el deseo. La fiesta es una novela corta y perfecta sobre el instante en que la inocencia empieza a resquebrajarse, y la vida —gris, eufórica y contradictoria— pide ser vivida por primera vez.

¿Cuál fue la semilla de esta historia?

Mi madre estudió en una escuela de arte en los años cincuenta y, aunque esta no es su historia, está inspirada en las cosas que me contó sobre el tiempo maravilloso que pasó allí. Creo que aquella experiencia la formó: no solo en su gusto y su estilo —estudió moda y siempre se vistió y se veía preciosa—, sino también en su personalidad y en su apetito por la vida. Había mucha risa; aquella generación joven estaba lista para reírse de todo lo que sus padres consideraban sagrado. Amaban la burla y el placer. Creo que le resultábamos un poco cómicos mi hermano y yo, con nuestra seriedad intelectual (él es historiador del arte).

La novela transcurre en la Inglaterra de la posguerra, un periodo que suele verse como gris y austero. Sin embargo, aquí encontramos deseo, riesgo, curiosidad. ¿Qué le atrae de ese contraste entre la represión y el despertar?

Fue un momento austero. Nuestras ciudades habían sido bombardeadas durante la guerra y no había dinero; el aire estaba contaminado por los fuegos de carbón; aún existía el racionamiento; el Servicio Nacional de Salud estaba en sus inicios; había mucha pobreza y viviendas precarias. En las fotografías de aquella época, Gran Bretaña parece así de gris y sombría. Y, sin embargo, bajo esa superficie bullía una gran euforia: la guerra, que había oscurecido la infancia de una generación, había terminado; el Partido Laborista había ganado las elecciones tras la guerra; se respiraba un aire de cambio. Aunque las viejas jerarquías de clase aún se mantenían, esas estructuras tambaleaban. Los antiguos hábitos de deferencia estaban muriendo; una nueva generación sentía que podía inventar sus propias reglas. La guerra había derrumbado los viejos patrones de jerarquía y comportamiento: ahora podían reconstruir el mundo de una forma nueva.

En la novela, el deseo no es un lugar de liberación pura, sino también de confusión. ¿Por qué le interesa esa ambivalencia?

La ficción se siente atraída por los lugares de ambivalencia, porque ahí es donde la vida es más densa y más apasionante. No resulta interesante escribir en blanco y negro, con demasiada certeza. Cada acto y cada escena en la vida contiene aspectos contradictorios entrelazados. La alegría de escribir está en adentrarse en esas contradicciones y desentrañarlas. La densidad y la complejidad de la escritura sirven a la densidad y complejidad de la propia vida.

¿Y sobre la complejidad de las relaciones entre mujeres de una misma familia?

De algún modo, una familia es como una novela: personajes dispares que son arrojados a convivir, les guste o no, dentro de una historia. Entre mis dos hermanas, Moira y Evelyn, hay fricción además de amor: la mayor es dominante y segura; la menor, más cauta y observadora. Y, sin embargo, comparten tanto: su pasado y su infancia, sus inquietudes sobre el matrimonio de sus padres. Se conocen muy bien, casi demasiado. Ambas necesitan escapar de su familia y construir sus propias vidas, y aun así, esa intimidad familiar les da una base, las fortalece. Como en una novela, todos los miembros de una familia están comprimidos en un papel que puede no encajarles del todo. Mis personajes están emocionados e incómodos a la vez, probando los nuevos papeles que deben representar mientras crecen hacia la edad adulta.

Las mujeres jóvenes de La fiesta no son heroínas ejemplares ni víctimas inocentes. ¿Buscaba conscientemente escapar de esa dicotomía?

Sí, absolutamente. Hay un momento crucial para Evelyn, tras un encuentro sexual, en el que piensa conscientemente que puede mirar ese hecho de dos maneras distintas —como si pudiera elegir entre ellas—. O bien es una víctima que ha cometido un terrible error, o bien es una mujer empoderada, liberada, viviendo aventuras. La escritura no juzga lo que ocurre: solo observa a Evelyn tomando su propia decisión, convirtiendo eso en parte de su historia vital, transformándolo en una comedia y no en una tragedia. Me gusta mantener la textura de mis historias abierta de ese modo, sin subrayar el significado moral de lo que sucede, solo observando cómo se despliega.

¿Qué puede revelar —y ocultar— la moda sobre la clase, el poder y el deseo?

Disfruté escribiendo el momento en que las hermanas observan el precioso vestido amarillo de Doll y lo admiran —casi más allá de la envidia—. Saben que ella tiene dinero y conocimientos sobre moda que están fuera de su alcance, y son generosas al reconocer su buen gusto. Doll ha pasado un tiempo en París, que era el pináculo de la moda para la generación de mi madre. Su vestido sedoso expresa y acentúa su personalidad extraña, infeliz y agresiva: la ropa puede hacer eso si sabes usarla. Incluso si no tienes dinero, puedes encontrar las prendas adecuadas para expresar lo que quieres ser y lo que eres. Moira observa a Doll y aprende de su estilo, como hacen las jóvenes, aunque no le caiga bien ni quiera parecerse a ella. En la ficción se puede hacer mucho con la ropa —y también con las habitaciones, los muebles, la comida—. Una novelista es como una antropóloga: toma nota del detalle más pequeño; todo es una pista, cada objeto mínimo cuenta su historia. ¿Cómo no iban a interesarse los novelistas por lo que visten sus personajes? La ropa forma parte de nuestra representación de nosotros mismos, en ese límite incierto entre la vida interior y la persona que mostramos al mundo.

tessa hadley

Una noche de sábado invernal en el Bristol de posguerra, Evelyn —una estudiante de Filología Francesa inocente y mojigata— y Moira —su hermana mayor, estudiante de Moda, impulsiva y aventurera— acuden a un pub donde se celebra una fiesta de jóvenes artistas, y en ella conocen a Paul y Sinden, dos hombres que han terminado allí por casualidad. Su aire cosmopolita y sofisticado fascina y desconcierta a las hermanas a partes iguales. La noche avanza entre jazz y ginebra, y los dos hombres les proponen ir a otro sitio para continuar con la fiesta. Días después, Sinden las llama para invitarlas a la gran mansión en el campo que Paul comparte con su familia. Las hermanas intuyen que aceptar la invitación es dar un salto al vacío, sin garantías de lo que les espera después.

En La fiesta, Tessa Hadley nos asombra con una nouvelle a ratos contenida y por momentos desbordante, en la que hace gala de su talento para captar lo cotidiano y lo trascendente con igual sutileza. Hadley condensa en estas páginas lo mejor de su narrativa: su facilidad para crear atmósferas, su apuesta por los matices y su mirada honesta a la intimidad de los personajes. Las protagonistas, en pleno umbral de la adultez, se cuestionan sobre quiénes son y quiénes han sido, para enfrentar la verdadera pregunta que el mundo les impone: ¿quiénes van a ser a partir de ahora? Y, quizá, lo más decisivo aún: ¿quiénes no están dispuestas a ser bajo ningún concepto?

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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