Matriz (Círculo de Tiza, 2025), el último libro de la filósofa, periodista y Doctora en Ciencias Sociales Sofía Brotóns (Alicante, 1992), es la historia de tres mujeres unidas por un mismo temblor: el cuerpo que da vida y el cuerpo que se apaga. Aurora, recién enfrentada a un diagnóstico devastador; Greta, su hija, atrapada entre la memoria de un duelo, la llegada de su primera hija y una escritura que ha dejado de sostenerla; y Emilia, la niña que estrena mundo y palabra desde su propio diario. Brotóns teje estas voces para pensar la herencia materna —la visible y la secreta—, el tiempo que se estira entre generaciones y los silencios que pasan de una mujer a otra como un reloj. Matriz alterna las voces de Aurora, Greta y Emilia para contar la maternidad como patria y como campo de batalla, la herencia de las mujeres y los espacios que habitamos, visitamos y vivimos como lugares donde sostenerse cuando el cuerpo ya no alcanza. La novela avanza por escenas de parto, lactancia, cansancio, deseo y por los pliegues del tiempo-tejido (“se estira y se dobla”), hasta un legado sencillo: seguir cuidando aunque duela. Matriz es una hermosa novela sobre la fragilidad, la lealtad y esa forma de amor que, incluso en su límite, sigue devolviendo luz.
¿Cuál es el germen de Matriz?
El germen de esta novela es la experiencia del cuerpo. Diría que Matriz empieza por plantearse la pregunta de «¿qué le pasa al cuerpo cuando lo atraviesa la vida y la muerte?». Es un fenómeno brutal el de ser potencia de vida y muerte, y el de ser dos seres mientras se es uno solo. Como filósofa, me preguntaba por qué no hay miles de tratados sobre el asunto. La respuesta estaba clara, porque esto no es algo que les ocurra a los hombres. Ahí, desde el cuerpo, está el germen de Matriz.
Matriz está sostenida por tres voces —Aurora, Greta y la pequeña Emilia— que dialogan sin imponerse unas a otras. ¿Cómo descubriste que esta novela necesitaba un relato coral y generacional?
La polifonía de la novela es algo que me venía bien. La literatura, creo, hace de escudo de lo íntimo, y quería hurgar en lo íntimo sin hacerme daño. Hacerlo a través de tres voces me permitía explorar más, adentrarme más.
¿Qué influencia tiene tu formación en filosofía y psicolingüística en tu literatura? ¿Por qué la filosofía se ha olvidado de un hecho tan definitivo como es el de dar a luz?
Influencia: toda. Me interesa la relación entre ser y pensamiento, y ahí entra inevitablemente el verbo, el lenguaje. De hecho, mi tesis doctoral ahonda en esa tríada. Lamentablemente, no hay tratados porque se sigue pensando que solo lo que les ocurre a los hombres es experiencia universal, mientras que los fenómenos que (en realidad) nos sostienen a todos los seres (la reproducción) parecen solo competer a las mujeres. Es tristísimo.
¿Qué significa para ti la palabra “matriz”, más allá de su definición biológica? ¿En qué momento supiste que el título tenía que ser Matriz? ¿Qué capas de sentido encontraste en esa palabra?
“Matriz” es la potencia. El lugar en el que todo puede ocurrir. En mí, la matriz aúna perfectamente la maternidad y la escritura. Lo escribo en la novela, que ser madre y escritora son, en otro mundo, la misma cosa, crear algo donde antes había nada.
La enfermedad atraviesa el libro sin convertirse en melodrama. ¿Qué te interesaba explorar del cuerpo que enferma y del cuerpo que recuerda?
Por un lado, quería escribir sobre ese momento en el que el cuerpo frena la vida y obliga a mirar dentro. Las mujeres hemos sido (y seguimos siendo) muchos más objetos que sujetos, más pacientes que agentes. Nuestro cuerpo es hogar de otros y siempre base de servicio, de cuidados. Recuerdo a mi madre, cuando mis hermanas y yo éramos niñas, enferma y aun así bañándonos, haciéndonos la cena, metiéndonos en la cama. Enferma, pero poquísimas veces en reposo.
Por otro lado, me interesaba y me interesa especialmente lo que heredamos unas de otras. Cómo nosotras jamás estamos solas en nuestras decisiones. De algún modo, en ellas están también los miedos de nuestras madres, sus deseos, también la historia heredada de nuestras abuelas. Matriz buscaba profundizar en todo esto.
Aurora es un personaje poderoso en su contención: una mujer que ama desde el gesto y desde el silencio. ¿Quién fue primero en aparecer: la madre, la hija… o esa herencia que late entre ambas? ¿Debemos aceptar todas las herencias o merecemos, también, la oportunidad de dejarlas atrás y desaprender?
Creo que la herencia que late en ambas. La hija que se hace madre y la madre que también fue hija. Creo que no hay moral en la herencia femenina. Es decir, que no hay algo que debamos o no hacer. Pienso que la herencia es inevitable y que lo que sí podemos hacer es preguntarnos: ¿este miedo es mío o es de mi madre?
Sería reduccionista decir que esta novela va sobre la maternidad: en Matriz no es un pedestal, sino un territorio vivo, lleno de contradicciones, pérdidas, elecciones difíciles. ¿Qué conversaciones íntimas contigo misma hicieron posible escribirla así?
Tuve que conversar con mis propias contradicciones sin intentar resolverlas. Aceptar que la maternidad no me pedía un relato ejemplar, sino honesto. Me pregunté muchas veces qué partes de la experiencia había aprendido a silenciar para no incomodar: la ambivalencia, el cansancio, la culpa, el deseo de huida, pero también la ternura radical y el asombro.
Matriz fue posible cuando dejé de exigirme una posición clara y me permití habitar ese territorio movedizo. Escribirla fue asumir que maternar, igual que vivir, no es un pedestal, sino un lugar donde se vuelve a empezar continuamente.
Hay un hilo de duelo —personal, genealógico, incluso político— que recorre la vida de Aurora y marca los vínculos. ¿Qué papel juega el pasado familiar en la construcción de los personajes?
Las tres voces de Matriz tienen que ver claramente conmigo, pero también con las voces femeninas de mi propia familia. Para Aurora pensé mucho en mi abuela Maruja. Ella nació y creció en la España de la guerra y la posguerra, en un país marcado por el silencio, la escasez y una moral rígida donde a las mujeres se les enseñó antes a resistir que a nombrar. Esa generación aprendió a amar desde el gesto y no desde la palabra. Aurora representa esa forma de estar en el mundo, una forma contenida y práctica, pero también profundamente disponible para los demás.
La verdad es que no me interesaba tanto que fuera veraz a nivel de «esto lo escribe una niña de nueve años». Porque Emilia es una niña, pero también es un concepto. Es la voz de lo que observa antes de aprender a justificarse, también antes de que el lenguaje se llene de miedo o de estrategia. Ahí me ayudó mucho mi propia experiencia. De pequeña escribía diarios. Empecé a hacerlo para registrar mi vida, de algún modo. Luego, se volvió una herramienta para entender lo nuevo, que es casi todo cuando eres una niña.
En el libro aparece con fuerza la idea del tiempo: el que se agota, el que se transmite, el que se estira entre madres e hijas. ¿Qué relación personal tienes con esa dimensión temporal tan presente en la novela? ¿Qué importancia cobra el contexto histórico en esta historia?
En Matriz, el tiempo no aparece como una línea recta, sino como algo que se pliega, se hereda y se interrumpe. El tiempo del cuerpo —el que gesta, enferma, envejece— no coincide nunca con el tiempo histórico ni con el tiempo del deseo, y esa fricción me interesa profundamente. El contexto histórico es clave porque determina qué podía hacerse con ese tiempo. Las mujeres de generaciones anteriores vivieron en un marco político que restringía radicalmente sus opciones, sus cuerpos y su palabra. Ese tiempo impuesto se transmite, incluso cuando creemos haberlo superado. Matriz intenta mostrar cómo el pasado no está detrás, sino dentro
Matriz muestra la escritura como una forma de sostenerse —o de no conseguir hacerlo— en la vida adulta. ¿Cómo dialoga Greta, escritora bloqueada, con tu propia experiencia creativa?
Greta es, sin duda, el personaje más vinculado a mí de esta historia. En ella he reflejado mis propias frustraciones como madre y escritora y, de algún modo, he buscado en ella mis respuestas.
La escritura aparece en Matriz como un lugar ambivalente; a veces es sostén y otras es peso. Greta escribe para no desaparecer, pero también descubre que escribir no resuelve la vida, solo la acompaña.
Uno de los núcleos más sutiles del libro es la transmisión no biológica: las madres que no lo fueron, las que lo fueron sin quererlo, las que lo son por acompañamiento. ¿Qué querías abrir ahí?
Quería abrir una idea de maternidad y de legado que no estuviera limitada por la biología ni por el mandato. Que hay vínculos que no vienen de la sangre, pero que dejan una huella profunda en la manera de estar en el mundo. Abrir ese espacio era, para mí, una forma de ensanchar el relato y de devolverle valor a esas maternidades invisibles.

Tres generaciones de mujeres unidas por su historia; la que conocen y por la que callan. Abuela, madre e hija, cada una con su voz, bajo la sombra siempre presente de una niña que no llegó a tener su propia vida, pero sí un nombre: Emilia. La inescrutable búsqueda de respuestas a preguntas que aún no se conocen, la maternidad como luz y como oscuridad, un cordón invisible que se hunde en el tiempo y que continúa más allá de la voluntad, tejiendo los destinos de otras. Matriz es una historia de pérdidas y de reencuentros, de secretos contados en voz baja, de amor, de culpa y de redención.
En Matriz, pasado, presente y futuro se funden para construir una saga narrada en femenino. Sofía Brotóns escribe, con la profundidad que conmueve y la delicadeza que emociona, una historia en la que reconocerse porque apela a vivencias compartidas e interpela sobre el significado último de la herencia y la memoria.






