Tengo una congestión en la cabeza importante. Ya me lo dice Sara; la mente lo procesa y el cuerpo lo siente.

He tomado una decisión que deseo con toda mi libido: voy a dejar ese trabajo que tanto me quita de mí. No es un trabajo tedioso, es bastante flexible; de hecho, es ese tipo de trabajo que, si no fuera porque necesito apasionarme por lo que hago, no estaría mal. Lo quiero compartir contigo, lo quiero compartir conmigo. Llevo meses, años queriendo dar este paso, pero ha sido ahora cuando lo doy porque me ha golpeado fuerte desde adentro. Sara dice que es la luna que está en Júpiter y viene con la ruptura y el cambio a cuestas. Ella entiende de astros, yo no, así que me lo creo porque confío en su sabiduría y, por qué no, me viene muy bien.

Hoy es el día. En veinticinco minutos voy a decir «chao, bacalao». Dejo mi trabajo. No quiero una cremita superficial que haga que brille por momentos: quiero un bálsamo que me pringue las raíces y regenere todas mis células. Siento como si me fuera a parir a mí misma. Quería haberlo hecho el 8 de marzo, pero era domingo. El 9 de marzo fue mi día.

Me escribo con incertidumbre, pero sin tristeza. Desde aquí arriba veo el faro de Wicklow Town; tengo la suerte de ver el horizonte. Hay un río que se hace mar. Soy un río con hambre de sal. Tengo la mano y la palabra de mi compañero; me apoya, me alienta. Mis amigas han celebrado mi decisión. A mi hija le he dicho que ahora solo voy a trabajar dibujando y me ha dicho que ella también quiere, con una sonrisa  que me ha hecho llorar. Dice que voy a ser “dibujadora“, y no me puede gustar más.

Hace un rato hablábamos en una llamada de confianza de cómo es de necesario tachar el discurso adquirido y hacerlo a nuestra manera. Como dicen Sara y Adriana, dejarse ser es lo revolucionario; dar de mamar mientras estás en un coloquio actoral con un micrófono en la mano, llevarte a tu bebé a la conferencia de arquitectura a la que tanto quieres ir, pero que es a las 8 de la tarde, enviar una propuesta de un proyecto en un audio desde un parque infantil porque no tienes el tiempo para sentarte en tu habitación propia. La habitación la llevamos a cuestas a todos lados junto a la ropa de cambio y el plátano. Esa es la manera en la que ahora habitamos el espacio: somos una pompa de jabón flotando que, de vez en cuando, aterriza y explota. Si Jane Austen nos regaló su escritura desde cualquier mesa, bajo cualquier techo, nosotras también podemos escribir nuestra propia historia a nuestra manera con todo sentido y sensibilidad.

Ese es nuestro lenguaje, no nos vale el cuento que nos han contado. Sí podemos hacer lo que nos dé la gana, pero como nosotras consideremos que es la manera de hacerlo y permitírnoslo, es lo revolucionario. No quiero ser productiva, ni superwoman ni supermamá; quiero estar tranquila y alineada entre mis deseos y mis actos.

Hoy me he dicho basta, mi cuerpo me dice basta. Hoy dejo de posponerme y pongo una baldosa más al camino que estoy viviendo: crear y maternar.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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