© Guillem Sartorio

AIXA DE LA CRUZ: “YA NO SOMOS CAPACES DE AMAR A ALGUIEN RADICALMENTE DISTINTO”

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Tras el éxito de su anterior novela, Las herederas (Alfaguara, 2023), Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) regresa con Todo empieza con la sangre (Alfaguara, 2025), una novela cargada de simbolismo, cuerpos heridos, vínculos rotos y búsquedas espirituales. Dueña de una escritura afilada y profundamente consciente, en esta nueva obra la autora explora la ambivalencia de la maternidad, el amor romántico como forma de narcisismo e incluso reinventa un espacio espiritual —un convento— como espacio de redención y búsqueda.

Me reúno con Aixa en las oficinas de su editorial. Espera en la sala esta mujer menuda y con un discurso inteligentísimo que guarda dentro toda la potencia de su escritura. Nunca la había visto, aunque sí la había leído y, a los pocos minutos de conversación soy consciente de que esa magia, la que acontece en ocasiones cuando tienes abierta una ventana de conversación con una escritora, está teniendo lugar. Sus respuestas son tan hipnóticas como su manera de escribir. Siento el placer de la escucha que refuerza el placer de la lectura.

En esta entrevista, Aixa habla del peso de la herencia familiar, de los vampiros como metáfora del deseo posesivo y de cómo escribir, a veces, también es una forma de orar. Todo empieza con la sangre entrelaza cuerpo, deseo, fe y maternidad en una novela tan íntima como ambiciosa. A través de Violeta, la protagonista, la escritora investiga los vínculos más allá de la sangre, el amor como forma de fusión, el deseo de escapar de una misma y la búsqueda de la identidad.

 

Todo empieza con la sangre. Una presión imposible en las fontanelas, el dolor original al que remitirá cualquier dolor futuro, que se libera con un desgarro. Las vías nasales taponadas de fluido espeso. El grito con sabor a óxido. Te llamarás Violeta. La sangre cierra el pacto.

 

Violeta es la protagonista de esta historia, pero también lo es la sangre. ¿Por qué la sangre?

Porque la sangre es uno de los símbolos más prolíficos que hay, a nivel de significados. Me interesa el símbolo de la sangre porque vincula lo humano con lo sagrado. La novela comienza con un incidente sexual donde hay sangre, es una cosa muy carnal. A la vez, empieza en una iglesia, y ahí está la sangre de Cristo. La sangre era un símbolo con el que vincular estos dos aspectos de la novela que luego creció y se fue expandiendo a otro tipo de imágenes que me acabaron interesando mucho. Señalaría dos: por un lado, está la importancia del pacto de sangre, un rito que se llevaba a cabo en diferentes culturas desde la antigüedad, que me parece un símbolo de la posibilidad de ampliar la familia hacia los vínculos que trascienden la consanguineidad y la pareja. Es una forma de hacer que alguien que “solo” es tu amigo o amiga, de pronto pase a formar parte de la familia, incluso de los tabúes familiares. Me interesaba esta idea, en la novela se propone la necesidad de acabar con estas jerarquías que nos obligan a considerar que la pareja está por encima de otro tipo de vínculos como la amistad, que la familia de sangre está por encima de otros tipos de familia.

Por otro lado, están los vampiros, que me han obsesionado desde que era niña y que me siguen encantando. Nada me hace más feliz que una película de vampiros, me encantan sus tramas. Me pasa como con Cumbres Borrascosas: me encanta la historia entre los protagonistas, pero si la miras un poco como con close-up, es una historia muy sórdica y tóxica. Tengo la sensación de que cada vez nos relacionamos románticamente de una forma menos revolucionaria y más narcisista. Cuando Blanchot y estos franceses de los 70 hablaban de la posibilidad revolucionaria del amor y del sexo, que es a través de este tipo de vínculos, como nos encontramos con la alteridad radical y la incorporamos, obviamente no estaban refiriéndose a esto que está pasando hoy en día, que te bajas una app de citas y te hacen como un test para que no te encuentres con nadie que sea mínimamente diferente a ti misma. Los vampiros lo que hacen es comerse al otro y darle su sangre para que el otro sea una parte de sí mismos. Te atan hasta la eternidad y te aman porque ya no eres tú, sino una parte de ellos. La novela intenta reflexionar un poco sobre esto, sobre esta idea de amar al otro en tanto que es idéntico a mí, o que me digo a mí que es idéntico, porque ya no somos capaces de amar a alguien que sea radicalmente distinto. Es algo que me inquieta, la verdad, porque yo caigo ahí también.

 

—¿Crees que nos enamoramos de personas que nos recuerdan a nuestros padres?

—Creo que nos enamoramos de personas cuya infancia se pareció a la nuestra.

 

Me gusta cómo conectas con la literatura. En la novela hablas, no solo de Cumbres Borrascosas, sino de reflexiones sobre tu experiencia lectora.

Tengo una hija que va a cumplir seis años y he presenciado con fascinación, asombro y cierto espanto cómo las pelis de dibujos que veíamos en la tele le enseñaban lo que era el género, lo que era ser una chica y lo que era el amor. Ahora está todo el rato diciendo que no sé quién es su novio. O sea: ¿qué es un novio? ¿Qué es ser una chica? No estoy inventando nada, esto ya sabía que funcionaba así, pero sí es verdad que verlo de forma tan directa y tan explícita en mi hija es una cosa que se me ha quedado muy marcada y me ha llevado también a preguntarme cuáles son las ficciones que me enseñaron a mí a concebir el amor romántico de una forma determinada. Estuve pensando mucho en La Bella y la Bestia, que es la peli que estrenaron cuando los millennials andábamos por ahí. Si yo, en algún momento de mi vida, he pecado de romantizar relaciones que caían en lo tóxico, incluso en lo violento, mucho de ello ya estaba también en los productos culturales que consumía. Trasladé esta reflexión al personaje de la protagonista, cuento toda su andanza romántica, toda su experiencia. Y pensé que si iba a contar todas las parejas que ha tenido, primero tenía que contar cuáles son los libros o las ficciones con las que había aprendido a enamorarse de un tipo de pareja en particular.

También aparece la influencia de los padres, sobre todo de la madre. Creo que aprendemos lo que es el amor por nuestros padres: como se nos dice que son quienes más nos aman en este mundo, así vamos a entender lo que es el amor y también, obviamente a través de las ficciones que consumimos.

En el caso de Violeta, el padre existe, pero no está muy presente. La madre está, quizá demasiado en algunos aspectos. La identidad de Violeta está marcada por un vacío que no puede llenar, incluso antes de nacer. Y busca llenar esos vacíos en relaciones amorosas, encontrar su identidad a través del amor de pareja. 

Hablaba antes del vampiro como metáfora del amor narcisista, y tengo la sensación de que la madre de Violeta tiene ese tipo de amor narcisista. Considerar que su hija va a tener exactamente las mismas experiencias que ella que, si a ella la abandonaron, a su hija también la van a abandonar. Considerar a la hija no como un ser autónomo, sino como una prolongación de una misma, una emanación, es un poco lo mismo. Existe esta cosa de la fusión, de la eucaristía, de la comunión como forma de relacionarse con el otro, que es una forma que no respeta la la autonomía, la individualidad, y que acaba generando una conflictividad determinada.

Aparece en Todo empieza con la sangre el asunto de la fe. En toda en toda la intensidad de su búsqueda, introduces la fe como elemento e inventas un espacio: un convento con una estructura muy original.

Las partes que transcurren en el convento están escritas en futuro, precisamente porque me invento una organización interna que es fruto de la precariedad: como los conventos se están quedando sin monjas, en determinado momento aceptan a laicas, a externas viviendo ahí. Hice esto para que resultase realista que una mujer como Violeta, casi con 40 años y con su pasado, entrase en un convento. Además, me di cuenta de que estuve muy fascinada con la lectura del Cantar de los Cantares, que dice: «Por las noches, sobre mi lecho, busco al amor de mi vida; lo busco y no lo hallo. Me levanto, voy por la ciudad, por sus calles y mercados, buscando al amor de mi vida. Lo busqué y no lo hallé.». O sea, ya había algo en mi cabeza, que estaba todo el rato con este estribillo, que era estar todo el rato contraponiendo lo futurible con lo pasado. Y, de pronto, fue como, mira: qué bien encaja esto.

Han pasado ya cinco años desde el confinamiento por coronavirus, pero encuentro pocos relatos sobre ese periodo. Y tú, aquí, lo introduces en el relato.

Creo que sí que faltan  novelas en las que se aborde temáticamente el confinamiento, pero sí que tengo la sensación de que lo que yo hago, de pronto, es una historia que pasa en un periodo determinado. Ahora no me salen ejemplos de textos concretos, pero sí que empiezo a verlo más. Sí encuentro que la gente se queja mucho de que de que hay como un poco de desmemoria.

Es curioso que de esto no se hable: ha sido una vivencia colectiva, que ha pasado factura para bien o para mal, en la mayoría de los casos, a demasiada gente. 

Igual todavía para mucha gente es muy traumático y hay que alejarse, temporalmente, de lo traumático, para poder abordarlo. En la novel, a mí me facilitaba, de alguna forma, reflejar la transición hacia lo espiritual de Violeta. Hablando desde mi experiencia personal, ahora que ha pasado el tiempo, tuve la suerte de no enfermar, de que nadie de mi familia enfermase. Lo viví con angustia, pero la angustia ya ha pasado. Ahora, cuando miro hacia atrás, lo que rescato de mi experiencia durante aquellos meses, fue que empecé a meditar. Y esto de meditar tiene que ver con irte a un espacio interior cuando estás en un encierro. Creo que fue precisamente el encierro lo que me dio ganas de buscar una forma de escapar, dentro del propio cuerpo. Como a mí me había pasado eso, pensé que era una buena forma de de empezar esta transición de la protagonista hacia lo espiritual, quería dejar constancia de esto. Esto es algo que no llego a desarrollar, pero me parece positiva la experiencia meditativa. Yo pensaba desde fuera que te enseñaba a estar sola, pero lo que te enseña es a darte cuenta de que no estamos solas nunca. Realmente, en los momentos de conexión te sientes parte de todo. A las mujeres se nos coacciona tanto para estar en pareja bajo la amenaza de la soledad, que este es otro factor donde podemos reivindicar la la necesidad de la espiritualidad para ser más libres. Si te sientas a meditar, si lo transformas en una práctica, te das cuenta de que igual tan solas no estamos nunca. Esto es algo que quería introducir en la historia de esta mujer que está intentando curarse de su obsesión romántica porque creo que igual también va por ahí  el camino.

Hablas también de una experiencia frecuentemente silenciada: el aborto. Quizá ahora se hable un poco más sobre esto, pero no era un tema para nuestras madres que, quizá, solo lo sufrían y no podían poner palabras a su silencio.

Creo que nos pasa mucho a las millennials con nuestras madres,que vamos por ahí como creyendo que hemos inventado la rueda. Somos las primeras en hablar de ciertas cosas y a veces parece que se confunde con que somos las primeras en tener ciertas experiencias, y no es así. Hablando con mi madre, sí que muchas veces se daba este tipo de conversación que, esquemáticamente, sería como: «Mami, pues he descubierto esto» y que ella contestase: «No sé que hija, esto ha sido así toda la vida». Pero claro, el tema es que ellas no lo hablaban, ellas no tenían, quizá, el apoyo de una comunidad en la que se estaban debatiendo simultáneamente estos temas. Les ha tocado silenciar mucho. A veces, igual es normal que reaccionen un poco a la idea de que llegamos nosotras tipo: «Ahora hay que hablar de los abortos espontáneos», cuando quizá a ellas les hizo falta callarlo durante mucho tiempo porque no había estructuras de apoyo en esa época y lo único que se podía hacer era silenciarlo. 

¿Qué es para ti, lo mejor y lo peor de de tu maternidad?

La maternidad es una experiencia profundamente ambivalente: es agotadora, extenuante, muchas veces hechas en falta el silencio. Es una experiencia muy intensa para lo bueno y para lo malo, no hay mayor intimidad que con un hijo. Esa permeabilidad de las barreras entre el yo y el otro tan continua es intensísima, pero también es la cosa más emocionante e importante que me ha pasado.

¿Cómo era tu trabajo antes y después de ser madre? ¿Marcó alguna diferencia tu maternidad en tu forma de trabajar o en los temas que exploras?

Al principio sí que sentía que iba a ser imposible volver a trabajar como trabajaba antes. Suelo gestar durante mucho tiempo las ideas de las novelas y leo mucho al respecto, y eso puede durar, pues yo que sé, uno o dos años, pero luego sí que soy rápida escribiendo. Antes de tener a la peque, lo que me gustaba era de pronto estar meses sin salir de mi casa, de inmersión total. Y cuando nació mi hija sentí que ya eso no iba a poder ser así. La escritura de Las herederas sí que fue una escritura más a trompicones, pero ahora que ya tiene casi seis años mi hija he podido dejar mi otro trabajo durante algunos meses, sentarme a escribir y recuperar un poco el ritmo. Lo que es muy duro es escribir y luego estar con tu hija. La transición entre la absorción que requiere estar muy metida en algo, viviendo ahí en ese mundo que te has inventado y que, de pronto, suene una alarma y te vayas a cuidar a tu niña es dura. Y me siento un poquito culpable de no haber estado cien por cien presente durante varios meses de este año con mi hija.

 

aixa de la cruz

 

Violeta trata de aplacar el vacío que arrastra desde que nació, un hueco inexplicable que intenta saciar con el amor de otros. El amor arrollador y evanescente de Paul, alma gemela pero también condena. El amor seguro y colonizador de Salma, rotunda, fuerte y hermosa como la reina de un pueblo guerrero. El amor extraviado de un padre que se alejó pronto y el de una madre que asfixia como solo puede asfixiar el lugar del que una proviene. Violeta lleva una vida entera persiguiendo un ideal romántico y, sin embargo, siempre hay algo que no está, que no tiene; siempre hay algo nuevo listo para ser deseado. Mientras tanto, los años pasan, el cuerpo duele, corre la sangre y el mundo entero se tambalea. ¿Podría ser la fe el único asidero cuando ya nada es suficiente? ¿Cómo se rompe un pacto de sangre?

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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