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ALMA DELIA MURILLO: LOS DESAPARECIDOS SON DE TODOS

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Alma Delia Murillo (Ciudad Nezahualcóyotl, 1979) es una de las voces más lúcidas y afiladas de la narrativa mexicana contemporánea. Escritora, columnista y guionista, ha hecho de la literatura un lugar desde el que mirar de frente las zonas más incómodas del país que ama: la violencia estructural, la memoria herida, las genealogías rotas. Tras el impacto de La cabeza de mi padre (Alfaguara, 2022), Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) (2020), El niño que fuimos (2018), Las noches habitadas (2015) y Damas de caza (2010), regresa con Raíz que no desaparece (Alfaguara, 2025), una novela que cruza realidad y ficción para adentrarse en una de las tragedias más persistentes de México: la de las personas desaparecidas y las madres que las buscan.

La historia se activa a partir de un gesto aparentemente menor —la tala de una palmera en la glorieta de Reforma y la muerte del ahuehuete que la sustituye— y crece hasta convertirse en un mapa emocional y político del país. A través de una escritora que decide acompañar a las madres buscadoras, de sueños que funcionan como pistas y de árboles que guardan memoria bajo sus raíces, Murillo construye un relato feroz y delicado a la vez, donde el dolor convive con el humor y la indignación con el amor. Raíz que no desaparece no busca explicar la violencia, sino humanizarla: devolver nombres, cuerpos y voces allí donde el Estado ha impuesto el silencio.

Nuestra entrevista tiene lugar dos semanas más tarde de lo previsto: Murillo estuvo ingresada en el hospital recuperándose de una infección renal importante. Empezamos, pues, a hablar de esta historia hablando de la salud.

Da la sensación de que la escritura de Raíz que no desaparece, aparte de por los dedos, te atravesó el cuerpo.

Totalmente, así fue. El año y medio que duró mi proceso de acompañamiento y trabajo de campo, desde que empecé a hacer las primeras notas, me enfermé de absolutamente todo. Lo último y lo más agudo fue esto que cuento, pero antes tuve influenza, otitis —me desorienté por la otitis—, y con la influenza me di contra una pared creyendo que era una puerta. Me creció un osteoma, me lo tuvieron que quitar…

Y yo me resistía a creer que era por eso, hasta que escribes el libro, lo pones un poco fuera y puedes tomar distancia. Trabajar con una dimensión del dolor tan grande no puede pasar desapercibido. Una amiga mía, la periodista y escritora Daniela Rea, que lleva quince años trabajando con desaparecidos, vino un día a hablar conmigo y me dijo: «Te lo tengo que decir como a mí me lo dijeron una vez: tienes que aprender a poner distancia del cuerpo». Ella me contó que empezó a enfermar crónicamente, como yo: una cosa tras otra.

Ahora estoy en ese proceso de asimilarlo, hablarlo en terapia, entender que claro que se escribe con el cuerpo, que se acompaña con el cuerpo. Estar con las madres ahí, metiendo la pala, la varilla, buscando… pasa por un lugar que una cree racionalmente que ya acomodó, pero no es así necesariamente.

Abres el libro con una frase muy potente: «Esto no es verdadero, pero es verdad». Para abordar un drama estructural como el de las madres buscadoras en México, parece que la ficción es casi un filtro necesario. ¿Cómo encontraste esa primera línea? ¿Cuál fue el germen del libro? ¿Por qué sobre esto y por qué así?

Estuve cinco años escribiendo una columna en un periódico de circulación nacional que se llama Reforma. En la columna de opinión todo tiene que ser mucho más riguroso y, aunque no quieras, se empieza a volver una repetición de datos, y a mí ya me tenía muy enferma la estadística. Los mexicanos tenemos una formación muy peculiar en la sobrevivencia: vamos tolerando, tolerando, y hoy hay 134.000 personas desaparecidas —son 10.000 más que el dato que doy al final del libro, hace un año—. Desde la columna empecé a necesitar la ficción. Necesitabas humanizar esto, darle una historia única, que cupiera lo simbólico, un poco lo fantástico.

Poniendo atención a los relatos de los colectivos buscadores, había destellos y comentarios que se repetían: «mi hijo me habla», «mi hija me manda señales». Después pasó lo de la Glorieta de La Palma, que es una zona muy conocida de Ciudad de México, en la que cortaron la palmera enferma y pusieron el ahuehuete. Al otro día, los colectivos rodearon el árbol con imágenes de sus familiares desaparecidos. Que el arbolito se muriera —un árbol joven— fue el clic, el detonador. Ahí había una metáfora, ahí podía construir una novela alimentada de pura y dura realidad. No hay un solo dato falso: las fichas de búsqueda que aparecen entre capítulos son reales. Pensé: voy a tejer esto para que la gente quiera saber, pensando que va a leer una novela.

Quitaron el ahuehuete que se murió, como lo relato en la novela, y pusieron uno nuevo. Ese nuevo no lo hemos visto: está cubierto por vallas metálicas. Puedes verlo si te asomas por una grieta o si tiras un dron. Está hiperprotegido. Se volvió muy simbólico: el discurso del Estado es proteger, rechazar y no quererse enterar. Y de todos modos, esa es ya la Glorieta de Las y Los desaparecidos. Cada vez hay más imágenes y más gente reuniéndose ahí.

 

«—¿Tú también tienes un desaparecido? —me dice.
Se me descuaja el corazón por la naturalidad con la que me lo pregunta y por la forma en que me lo pregunta.
“Tú también”, ese “también” es la más incluyente de las políticas sociales de este país porque sí, a estas alturas cualquiera podríamos tener un desaparecido.
Tú también.
Tienes un desaparecido.
Tener.
La magnitud de esa contradicción me sacude el pensamiento y todo lo que hasta ahora articulaba como lenguaje de posesión sale volando.
Porque en este caso tener es no tener, tener un desaparecido es no tener un cuerpo, no tener una certeza, no tener un muerto.Y tener un muerto sería mejor que esto»

 

Has hecho una labor de acompañamiento a las madres buscadoras que parece casi sobrenatural. ¿Cómo te acercas a ellas sin herir? ¿Cómo es esa escucha, ese acompañamiento, cuando el dolor no es solo individual sino una herida colectiva?

Qué lindo que me lo preguntes, porque es muy importante. La decisión estética que tomas al narrar tiene una ética de fondo. Yo no quería ser morbosa ni regodearme en la crueldad. Por eso utilicé el recurso de los árboles o el de los sueños. Cuando empecé a hablar con las primeras madres, me sentía muy torpe. No sabía qué palabras usar, tenía miedo de ser insensible. Pero pronto me di cuenta de que tenía que relajarme y hablar de corazón a corazón. Reírme con ellas. Su vida no ha detenido los otros aspectos. Aún hay lugar para la alegría.

Yo les contaba cosas de mi familia, de mi historia: somos ocho hermanos, crecí en la pobreza, mi padre se fue. Empecé a ver que éramos más parecidas de lo que estaría dispuesta a pensar. Y también fui muy clara: «Tengo miedo de hacer este proyecto. No soy periodista, va a ser una novela. ¿Me das permiso? ¿Me das permiso para poner el nombre de tu hijo o de tu hija?». Todas dijeron que sí.

Jacqueline Palmeros, que buscaba a su hija Monserrat y la encontró sin vida este año, me dijo algo muy potente: «Mi hija también es tu hija. Los desaparecidos son de todos». Ahí sentí que había algo legítimo que se me estaba dando.

Y, sin embargo, siendo un problema de todos, sigue siendo un problema abandonado. ¿Cómo se vive ese desamparo estructural?

México lleva muchos años —pero en las dos últimas décadas peor que nunca—, en un tejido que ya hizo metástasis, que es la presencia del narco en el estado, a todos los niveles de gobierno. En los años 90 había tres o cuatro cárteles del narco. Hoy hay 18 o 20 por todo el país; están distribuidos e influyen en las elecciones de todos los niveles de gobierno: el alcalde, el presidente municipal… Y yo creo que el Estado mexicano no ha querido romper con eso. No ha querido y no ha sabido, y por eso siguen haciendo esto que hacen, que es pura necropolítica. Pero no han querido destruir de fondo la profunda alianza que tienen con el crimen organizado, que es, en gran medida, responsable de esto.

Fíjate que las mujeres, las madres buscadoras, por eso están siendo tan incómodas: porque no han dejado de poner en la agenda pública en el lugar más visible que el fracaso del Estado mexicano es esto. Y son tan tremendas que, una vez grabaron un video interpelando al cártel Jalisco Nueva Generación, uno de los más pesados en México. Solo ellas se atrevieron a dirigirse a los miembros del cártel para decirles: «Paren hoy con su guerra porque vamos a ir a buscar a nuestros hijos. Nos dijeron que en esa zona hay cuerpos y vamos a ir. Déjennos, no queremos nada más que recuperar los cuerpos». A mí eso me pareció de una valentía fuera de ser, y no es tanto la valentía como el amor, que es un amor implacable. ¿Cómo no van a querer ir a encontrar los cuerpos de sus hijos?

La relación entre los personajes de Ada y Marcos, su hijo, se construye en ese espacio entre la vigilia y el sueño. ¿Por qué te interesaba esa forma de comunicación?

Es un tema recurrente en mi escritura. La cabeza de mi padre también nace de un sueño. Yo soñé que mi padre iba a morir pronto y tenía que ir a conocerlo. Mis años de psicoanálisis me han conectado con la conversación con los sueños. Cuando hablaba con las madres les preguntaba: «¿Sueñas con tu hijo?». Invariablemente, respondían que sí, que soñaban pistas: nombres de calles, paredes rojas, portones. Y con el tiempo esos sueños se cumplían. La novela permite eso. Es un género amplísimo.

Como ellas dicen: «No nos sostiene el dolor, sino el amor». Y tienen una consigna. Cuando vas con ellas a las marchas dicen,: «¿Por qué les buscamos?». Y la respuesta es: «Porque les amamos».

El humor también está muy presente en tu escritura. No renuncias a él.

Es porque soy mexicana y nosotros nos reímos en medio de lo más duro. Es un ethos nacional. Y lo aprendí con ellas, con las madres buscadoras. No están todo el tiempo tristes. Cuando paramos a comer, cuando dejamos las palas, había risas, burlas, Caribe Cooler —una popular bebida alcohólica mexicana, horrible—. Hay una alegría feroz de sobrevivientes. Era importante recuperar esa dimensión.

Las citas, los cómplices literarios, lo vegetal atraviesa todo el libro.

Cuando decidí que lo vegetal iba a ser un eje, no quería que los árboles hablaran como humanos. Por eso recurrí a la ciencia: Mancuso, Veruete. Las plantas tienen memoria, se defienden, los hongos avisan. Todo eso es verdad. Y también recurrí a la poesía: Olvido García Valdés, Vallejo. Los árboles permiten lo científico y lo simbólico a la vez.

Después de poner tanto cuerpo, de asumir tanto riesgo, ¿qué te ha devuelto este libro?

Muchísimo. Los clubes de lectura, sobre todo. Mujeres de clase media-alta que me dicen: «Yo pensaba que algo habrían hecho los desaparecidos». Y ahora quieren saber, incomodarse, regalar el libro a ese cuñado que siempre juzga. Eso me parece enorme. Y también los colectivos buscadores que no conocía y que ahora me cuentan más sueños. Ya abrí un Excel para guardarlos. Quizá algún día se conviertan en algo. Sentir que mi libro contribuye un poquito a cambiar la narrativa me llena muchísimo.

 

alma delia murillo

 

Cuando Marcos era pequeño le dejaba cartas a su madre antes de ir a la escuela. Ahora se aparece en sus sueños, porque le quiere contar a qué lugar lo llevaron cuando lo desaparecieron. Ada está en una carrera contra el tiempo, porque teme morir antes de encontrarlo, pero de una cosa está segura: tiene que buscarlo en un árbol.

En el corazón de la ciudad, cortaron la palmera y en su lugar sembraron un ahuehuete que ha muerto por razones extrañas. Y la escritora quiere escribir sobre eso, denunciarlo. Así es como se cruza en el camino de Ada y de otras madres buscadoras que también sueñan dónde están sus hijos. Y aunque la fiscalía quiere enterrar los expedientes de los sueños, esas coordenadas indican a dónde fueron los desaparecidos con una precisión inexplicable. Los árboles lo ven todo. Testigos de la muerte que se acumula en sus raíces a manera de fosas clandestinas, y que se manifiesta en sus troncos y hojas, se convertirán en traductores de la búsqueda, en interlocutores entre la memoria, la ausencia y la esperanza. ¿Y si lo que ha sido silenciado estuviera hablando a través de los árboles?

Alma Delia Murillo narra la tragedia colectiva de nuestros desaparecidos y lo hace con indignación y dolor, pero también con amor, lucidez y un humor vital que empuja a seguir leyendo.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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