belén lópez peiró
(c) Alejandra López

BELÉN LÓPEZ PEIRÓ: POR QUÉ VOLVÍAS CADA VERANO

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Ocurre, a veces, que la literatura duele. Y duele mucho. Te arranca lágrimas de dolor, de rabia. Las lágrimas que fluyen de la injusticia.

Ocurre que podemos tener la tentación de renunciar a esas lecturas que duelen, porque bastante cargamos ya encima como para flagelarnos con pesares externos.

Pero ocurre que la lectura de esas realidades que tanto nos duelen no solo es necesaria sino que, en algunos casos, debería ser obligatoria. Este es el caso de Por qué volvías cada verano, de la argentina Belén López Peiró. Un texto polifónico que no te explica de dónde vienen las voces, pero ni falta que hace porque las entiendes perfectamente: son claras y concisas. Un texto que mezcla testimonios y textos judiciales con una maestría superior. Para mí, técnicamente, es un libro perfecto, redondo. Pero es que además, Belén, haciendo gala de una valentía y una generosidad superlativas, ha puesto sobre la mesa una de las realidades más crueles de cuantas nos rodean: la agresión sexual a los menores. Ella la sufrió por parte de su tío, un policía casado y con una hija que no tuvo reparos en abusar de ella, en utilizar su cuerpo y en quebrarle el alma. Quiso la fortuna, si podemos llamarlo así, que la fortaleza de Belén fuera tan enorme como para elevarla por encima de su sufrimiento y constatar, desde esa perspectiva, que lo que le estaba pasando no debería haberle sucedido.

Belén puso su caso en manos de la Justicia argentina en 2014, pero a día de hoy todavía no existe la resolución. No le quedó más remedio que tomarse la justicia por su mano y trabajar ella misma en su reconstrucción. Este ejercicio de temple y dignidad ha abierto la puerta a que otras mujeres, en su situación, denuncien los abusos a los que están sometidas. Belén, a través de la literatura, de la historia propia, no deja de dar manos a quienes se reconocen en situaciones muy parecidas a la que ella sufrió. 

La vida no tiene vuelta atrás y Belén nunca dejará de ser víctima. Pero la vida sigue adelante y este Por qué volvías cada verano ya está haciendo por las mujeres más de lo que la mayoría de estados son incapaces de hacer: acompañar. Este libro debería ser lectura obligatoria para nosotras, desde nuestra adolescencia y sin fecha de caducidad. Gracias a Belén por su escritura y gracias a Las afueras por acercarnos sus palabras. Las esperábamos a este otro lado del océano como agua de mayo.

Tuve el inmenso honor de poder compartir una charla con Belén y creo que es un privilegio que sus palabras, a través de esta entrevista, habiten la casa que es MaMagazine, donde tan bien conviven los testimonios, ejemplos y vidas de tantas mujeres y hombres. Esta vecindad es un orgullo. Cómo me alegro de vivir aquí.

¿Cómo está funcionando tu libro?

El libro está funcionando muy bien desde que se editó en Argentina en 2018. En un principio, pensaba que se iba a mover más que nada en circuitos feministas y luego empezó a traspasar barreras culturales, sociales y económicas hasta que llegó un momento de explosión en 2019, cuando la actriz argentina Thelma Fardin, denunció a Juan Darthes, que en su momento era uno de esos galanes de telenovela de prime time. Ahí todo saltó por los aires, asociado también al movimiento #niunamenos en Argentina. Ella contó que se atrevió a denunciar a partir de leer el libro y fue así como el libro entró en los hogares, en las familias, en las chicas, en las madres, también en los padres en Argentina. El libro llegó en 2020 a España y este año sale en Chile, Brasil y México. Fue mucho más allá de lo que yo esperaba.

¿Qué sientes al saber que tu valentía ha sido la llave que ha abierto la puerta a que otras mujeres denuncien estas agresiones?

Sentí que, como mujer abusada, contaba con muchas más herramientas que otras chicas que habían pasado por la misma situación. Me refiero a que mi familia más íntima, mi mamá, mi papá y mi hermano me creyeron. Y eso no siempre pasa. Contaba con el dinero para poder hacer terapia y poder trabajar en un espacio terapéutico qué era lo que me estaba sucediendo. También tenía los recursos económicos suficientes para denunciar ante la Justicia. Si bien hay defensores públicos, es fundamental contar con una buena abogada o abogado. A mí me consiguieron un abogado, al principio, gratuito, pero que me revictimizaba permanentemente. Sentía que ese recorrido, ese qué significa ir a denunciar, qué significa vivir una situación de violencia así no estaba narrada y yo en particular me sentía muy sola a la hora de, por ejemplo, decir «che, quiero denunciar, ¿qué va a venir?». No tenía información, no había testimonios de mujeres que relatasen su experiencia de denunciar y estar años atravesadas por el proceso judicial, de cómo había sido para cada una hablar o no con la familia, de cómo era romper el silencio. Yo sentía que no solamente no tenía por ahí amigas a quienes preguntar, sino que también era necesario dejar de sentirme sola en ese proceso, que empiece a ver más voces. Desde el primer #niunamenos en 2015 pude ver que miles y miles de mujeres habían vivido situaciones parecidas y ahí fue como una especie de escalada, causas y consecuencias de por qué terminé escribiendo este libro.

¿En qué momento te reconoces como víctima? ¿Cuándo sabes que lo que te está pasando no debería estar pasando?

Cuando mi mamá me preguntó, si alguna vez había pasado algo con mi tío. Lo que pasa muchas veces con los abusos en la infancia es que no sabemos si lo que está pasando está bien o está mal, cuáles son los límites del cuerpo, qué es el consentimiento. Son cosas de las que no se hablaba hasta hace poco. No tuve educación sexual en la escuela y en mi casa no se hablaba de ello. Cuando mi madre me lo preguntó, yo sabía que había pasado algo que me incomodaba, que me dolía y no sabía cómo nombrarlo.

A veces, doy algún taller en una escuela o me llaman para presentar el libro en una escuela. Recuerdo que un chico me preguntó cuál era la diferencia entre abuso y violación. En otra ocasión, una chica levantó la mano y me preguntó si todos los policías eran violentos, porque su padre también golpeaba a su madre y a mí me había abusado un policía. Preguntas de ese tipo en la adolescencia son fundamentales. Es fundamental poder hablar de eso. Que otra persona me hiciera la pregunta hizo que yo pudiera detenerme y por primera vez reconocerme víctima de lo que había vivido.

¿Fue el apoyo familiar lo que te hizo encontrar la fuerza para formular una denuncia?

Me creyó mi ambiente más íntimo pero después perdí a toda la familia restante: ellos no me creyeron. Por comodidad, por descreer, por ser complacientes… no importa por qué, pero tomaron una postura. Quedarme sola, no sola ante la Justicia sino ante la vida, es complicado y le pasa a la gran mayoría de las personas que denuncian.

Está claro que los estados no disponen de los mecanismos suficientes para defender oportunamente a las víctimas. ¿Qué carencias detectas en la forma en que tienen los poderes políticos y la sociedad en tratar este tipo de violencia?

Hay carencias gravísimas. Hace una semana murió una chica que había denunciado más de diez veces a su ex pareja por violencia. Y el Estado no hizo nada. La mataron. Con los abusos y las violaciones sucede lo mismo. Nos dicen que vayamos a pedir Justicia y denunciemos. Son importantes las estadísticas, es importante que vayan presos. Lo haces. Te dejan sola. Tienes que vivir un proceso judicial que en lugar de reparar revictimiza a las víctimas. Estamos muy lejos de que el proceso judicial sea reparador. Y reparador para todas las que denunciamos, no hay una única reparación. No todas buscamos una pena para el agresor. buscamos, a veces, otra cosa: que nos acompañen, que nos crean, que nos ayuden a salir adelante. Cada mujer busca una reparación diferente y el Estado está lejos de poder acompañarnos.

Denunciaste en 2014 y a día de hoy todavía ese proceso sigue abierto. Me aventuro a pensar que este libro es la propia reparación que haces de ti misma. ¿Ha resultado la escritura terapéutica para ti?

Sin dudas. Por un lado te diría que la reparación no debería depender únicamente de nosotras, sino que debería haber un Estado que nos respalde. Por otro lado, la escritura fue reparadora pero creo que lo más importante de eso es que me abrió una carrera profesional que me permitió dedicarme de lleno a algo que yo amaba y que pensé que jamás iba a poder ejercer.

No solamente eso, sino que en esto de qué historias se pueden narrar y cuáles no, yo quería narrar «otra historia», yo quería narrar esto y saber que haber elegido narrar esta historia ha podido ser un inicio para dar voz a otras mujeres me complace. Más allá de hablar del abuso en sí, me parecía fundamental no solo nombrar el abuso, que alguien que no lo vivió entienda cómo es denunciar sino el decir: paren de contar que el peligro está en la calle. El peligro está en las casas. El 80% o más de los abusos suceden de puertas para adentro. Todo eso de «no vuelvas tarde», «tomate un taxi», «ojo porque te pueden hacer algo en la calle». Es peligroso que la información sexual dependa de los padres o las personas a cargo porque, en su mayoría, que información van a querer dar si son los principales agresores. Visibilizar esto era fundamental para mí. Y hacerlo a través de la literatura. La no ficción, en Argentina, está muy asociada a la denuncia —con Rodolfo Walsh denunciando las desapariciones de personas—.

Alrededor de la identidad, apropiarnos de la palabra, usar la literatura para poder denunciar la realidad que vivimos muchas de nosotras me parecía que era, también, un acto político.

Encima de víctima, tienes que cargar con la culpa: con la culpa de romper una familia, con la culpa de crear situaciones incómodas… ¿has podido liberarte de la culpa?

Lo primero que te dicen, que te preguntan, es la pregunta del título, «pero, ¿por qué volvías?». Por eso le quité los signos de interrogación, porque más que una pregunta es una afirmación: porque volvías, te abusaron. Porque te dejaste. Romper con eso fue lo primero que tuve que hacer, dejar de creer que lo había provocado, dejar de creer que la familia se rompía por mí, dejar de sentirme víctima de. Porque la culpa también se siente cuando te vas del lugar del víctima y vuelves a desear, vuelves a querer relaciones sexuales, vuelves a querer adueñarte otra vez de tu cuerpo. La culpa ahí también vuelve. Romper con eso es fundamental para avanzar.

En el libro hay varias personas (familiares, médicos…) alrededor incapaces de detectar y frenar la situación de abuso, incapaces de mirarlo de frente. ¿Cuáles son las señales a las que debemos estar atento para proteger a los que tenemos a nuestro cargo?

La primera es no mirar hacia otro lado, dejar de justificar y apañar. Eso es fundamental. Por otro lado, para mí está muy asociado a que, por ejemplo, muchos de los síntomas o de los signos que pueden revelar abusos sexuales en la infancia están asociados a los cambios que experimentamos en la adolescencia (por ejemplo, los cambios de humor). Todo pasa por ese tamiz. Creo que se trata de visualizar a cada persona en particular y lo más importante tiene que ver con la información. En nuestro caso, el tema de la ley de Educación Sexual en las escuelas es una de las cuestiones más fundamentales y también más difícil, porque aún existen colegios religiosos que se niegan a implementar esa educación. Existen padres que siguen creyendo que la escuela no es un espacio para que sus hijos reciban educación sobre la sexualidad y no se dan cuenta de que es una de las principales herramientas para que un niño pueda decir que no a algo. El secreto, el misterio en la infancia es la principal herramienta con la que cuentan los abusadores para que eso siga sucediendo.

¿Cuál es la mayor gratificación que has recibido durante este proceso y cuál la mayor decepción?

Desde que salió el libro en abril de 2018, ya han pasado casi tres años, no hay un día en que no me levante con un mensaje de una mujer. De hecho, una vez me pasó que una señora casi de 80 años me escribió para contarme que, tras conocer el libro, se atrevió por primera vez en su vida a contarle a su hija su experiencia. Para mí no hay mayor gratificación que esa, que alguien deje de sentirse solo, sola, que sienta que las palabras pueden acompañar.

La mayor decepción creo que me decepciono cada vez que veo un feminicidio, cada vez que veo en la tele que una mujer se muere tras denunciar a su agresor, cuando veo que la Justicia sigue paralizada después de tanto tiempo. En nuestro país, el año pasado se creó el Ministerio de Mujeres, Género y Diversidad y sin embargo los feminicidios siguen aumentando porque es un proceso largo, es una lucha muy larga y creo que la estructura estatal todavía sigue avanzando a paso muy lento para poder hacer algo con eso. Siento que lo que, si bien mi escritura es lo que mejor puedo brindar a alguien y mi mejor arma, porque me permitió reparar, a veces siento que es insuficiente. Me gustaría hacer algo más y, a la vez, creo que es lo que deben sentir muchas mujeres. El libro no tiene una geografía particular sino que es una realidad que no tiene fronteras.

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POR QUÉ VOLVÍAS CADA VERANO, BELÉN LÓPEZ PEIRÓ

Por qué volvías cada verano narra los abusos padecidos por la autora durante la adolescencia por parte de un familiar perteneciente a las fuerzas policiales, así como las consecuencias que dicho caso tuvo en su entorno familiar y social.

Valiéndose de un lenguaje directo y crudo, Belén López Peiró escribe contra el sistema, contra el entramado de silencio que intento acallarla y contra sí misma. Y lo hace, no solo para denunciar aquellos hechos, sino también el contexto que los hizo posibles y recomponer mediante la escritura lo que la violencia de aquel hombre brutal quebró.

Con un montaje fracturado, entrelazando diferentes voces y textos judiciales, la autora crea un libro polifónico y difícil de catalogar. Una obra que, partiendo de la experiencia personal de la autora y a través de la literatura, se convierte en un acto político que nos obliga a mirar allá donde preferiríamos no hacerlo.

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