CARTA DE LA DIRECTORA EN “LA FAMILIA, NO”

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Soy hija de un parto respetado. Soy dueña de una infancia feliz. Ostento una adolescencia sin grandes traumas y una juventud arrebatadora y libre. Mi felicidad es la de quien fue dotada de unas raíces profundas y unas alas largas y, sin embargo, mi concepto de la familia está en crisis.

Que no se me entienda mal: no es que no crea en la familia. Todos los días, por la mañana, doy gracias por el regalo de despertarme rodeada de la mía. Cuando mi hija me dice que tiene cuatro madres —tres de ellas son mis amigas queridas—, lejos de sentir celos, pienso que algo estoy haciendo bien. En lo que no creo es en la institución que hemos heredado, que es esa que, en nombre de la familia, deja que la mierda se acumule bajo las alfombras. En la que no creo es en esa familia cuyos miembros se tapan unos a otros las violencias.

Reclamo el derecho a la familia imperfecta, porque la perfección no es de este mundo ni cabe en una foto. Creo en la familia que sostiene con firmeza, pero cuyos lazos son elásticos. No tengo fe en lo inamovible y creo que casa no son cuatro paredes, sino unos brazos acogedores. Casa somos tú yo.

Creo en las puertas abiertas y en las ventanas por las que se cuela la brisa. Creo en las familias líquidas, esas que no entienden la sangre como frontera, ni como muralla. Creo en la familia que se elige todos los días. Creo en lo colectivo y no creo en lo nuclear.

Creo en las familias que se abren, nunca en las que se cierran. Creo en el derecho a salir de una estructura familiar que te encasilla, que te agrede, que te violenta, que no te aporta. No creo en la obligación de mantener lazos corruptos ni indeseados. No es falta de compromiso: es todo lo contrario. Es un compromiso con el amor propio y con el respeto el que yo reivindico. Es un compromiso con la libertad, con desdibujar los bordes, con marcar los límites.

Me repatea mucho, pero mucho, que se utilice el nombre de la familia en vano, como hacen muchos políticos, sobre todo cuando los índices de natalidad siguen bajando y el país envejece más rápido de lo que nunca se imaginó. Porque las abuelas y los abuelos no deberían estar pagando las extraescolares de sus nietas y nietos con sus pensiones, ni ejerciendo de babysitters si no es por gusto. Porque apelar a la familia como célula primera de una sociedad es descargar de su responsabilidad a los estados. No: las criaturas no se tienen para alimentar sistemas de pensiones. Merecemos maternidades gozosas, no producir soldados para cualquier guerra. Sobre todo, para guerras que no sean las nuestras.

 

Esta es la carta con la que se abre La familia, no, el séptimo volumen de nuestra revista en papel.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

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