© Aimar Gutierrez

TXANI RODRÍGUEZ: “HAY QUE SER MUY GENEROSO PARA DEJAR QUE LA GENTE QUE QUEREMOS SE ALEJE”

Escrito por:

Tengo la suerte de comenzar los nuevos años en un lugar frente al mar, en un punto desde el que se divisan tres países (Marruecos, España y Reino Unido —por Gibraltar—) y dos continentes. Un lugar que, sin duda, antes de estar absolutamente edificado a lo largo de kilómetros y kilómetros de costa, debía haber sido un auténtico paraíso. Un lugar en el que la sierra se alza orgullosa, en el que crecen los pinsapos, los mandarinos se asoman a las cuencas de los ríos y hay pueblos que son museos en sí mismos. Es una zona cercana al Parque de los Alcornocales, entre la Serranía de Ronda y la Sierra Bermeja, en la que el fuerte contraste entre la playa y la montaña encierra un halo de misterio, de burbuja, de microcosmos.

La Serranía de Ronda, precisamente, es el escenario de La seca, nombre de la novela de la escritora y periodista Txani Rodríguez (Llodio, 1977). Autora de varias novelas, con Los últimos románticos (Seix Barral, 2020) se hizo con el Premio Euskadi de Literatura 2021 en la categoría de literatura en castellano —en la actualidad, está siendo adaptada al cine por David Pérez Sañudo—. La seca es el nombre de una enfermedad que afecta de manera fatal a los alcornoques y también es la excusa perfecta para construir este relato en el que Nuria, su protagonista, regresa al pueblo de su infancia acompañada de su madre. El avance de esta enfermedad mortal para el alcornoque desata un conflicto entre las maneras de gestionar los recursos de la zona en términos de sostenibilidad y de supervivencia y proporciona a la autora un motivo para, entre el conflicto humano presente en la historia, crear una preciosa y cuidada “poética del paisaje” que describe. Haber entrado en esta historia justo después de viajar por las carreteras serpenteantes de la sierra con vistas al mar, entre alcornocales desnudos de cintura para abajo, con el recuerdo de las imponentes vistas desde Gaucín, ha sido un premio adelantado que ha enriquecido esta experiencia lectura con imágenes muy nítidas —no siempre plácidas cuando una comienza a reflexionar sobre la dificultad de vivir en un trozo de tierra próspero, pero visiblemente amenazado por el cambio climático—.

¿Cuál es el germen de esta historia?

Hay dos planos importantes en la novela: la relación madre-hija y la parte medioambientalista. La relación madre-hija parte de un punto muy autobiográfico: en 2020 me tocó cuidar de mi madre, que tuvo un accidente y un episodio de vértigos, y los cuidados cansan. Hay más coincidencias todavía entre mi vida y la vida de Nuria, la protagonista. Estuve pensando en aquella época sobre lo difícil que es, cuando tienes una relación tan estrecha con tu madre, en la que se roza tanto, tomar distancia. Si una de las dos partes quiere hacer su vida, hay que ser muy generoso para dejar que la gente que queremos se aleje. Esa es una de las ideas, por eso está la frase Ramón Eder abriendo el libro: «Hay un tipo de generosidad que consiste en regalar nuestra ausencia». El plano medio-ambientalista también tiene mucho que ver con mi experiencia. La novela tiene ese punto de partida autobiográfico y luego, ya, se desmadra, se abraza a la ficción.

 

El pueblo tenía una parte luminosa, vinculada al río y al verano, que era la que deslumbraba a quienes pasaban allí las vacaciones, pero tras la brillante superficie se ocultaba un sustrato oscuro, vinculado a la falta de expectativas, a las estrecheces económicas, al ritmo repetitivo de los días, al que los visitantes no lograban acceder. 

 

«Se desmadra» también vale.

Sí, realmente es así —risas—. Mi familia paterna se ha dedicado al corcho —mi padre y mi abuelo fueron corcheros—, todavía tengo primos y amigos corcheros, pero era algo que tenía relegado al terreno de la mitología familiar, a los tiempos felices, cuando estábamos todos, a la infancia y la primera juventud. Estaba ahí, aparcadísimo en un rincón de mi pensamiento. En 2018 me encargaron un reportaje para la revista Minerva, con tema libre y, en el tren que me traía a Madrid, decidí escribir sobre los alcornocales. Escribí el reportaje, hablé con distintos agentes involucrados en el Parque, en ese ecosistema, y vi que había muchos problemas: las enfermedades —la seca—, las reivindicaciones y problemas laborales, la incorporación de la mujer a un oficio tradicionalmente masculinizado… Al contactar mitología y realidad, se transmutó en material válido para mi narrativa, que necesita de un conflicto, de algo que me inquiete.

En tu novela, la madre está presente como tema literario, que es un tema que está en auge en la actualidad. Hay una frase muy elocuente en tu libro: «De alguna manera, discutir con su madre era lo más sólido que experimentaba; todo lo demás, incluido el deseo, resultaba decepcionante».

Si una relación te afecta mucho y te revuelve mucho, no es sana, pero te sientes viva. Otras cosas, quizá, no se viven con tanta intensidad. Pero es obvio que no es sano mentalmente estar de bronca todo el día.

Dice Nuria, la protagonista, que «ella siempre pertenecería a aquellos lugares en los que, al contemplar el paisaje desde un alto, pudiera reconocer pueblos y ciudades y fuera capaz de nombrar las montañas». ¿Desde dónde miras y te reconoces?

Creo que los dos lugares de los que hablo en el libro: el valle de Ayala, en Álava, y la Serranía de Ronda. Cuando voy al monte y miro, siento que es como un libro que me está hablando, que me reconforta. Un punto muy gráfico sería Gaucín (en la provincia de Málaga), que tiene esas panorámicas tan imponentes. Mi padre era desde Jimena de la Frontera, que se ve desde ese pueblo. También se ven el mar y el Parque Natural. Aunque no me gustan las alturas ni los espacios muy abiertos si no los conozco, pero ese es mi sitio: ya sé lo que hay y me gusta.

 

En la lejanía, se oyó el ruido del tren. Nuria miró hacia el cerro en busca de las luces encendidas de los vagones. El tren cruza la montaña y, al mismo tiempo, un cazador furtivo abate a un gamo en el término municipal de Cortes de la Frontera, y las luces del ferial de La Línea de la Concepción se encienden, y un ciervo baja al río Genal a beber, y los trabajadores del turno de noche entran en la refinería Gibraltar-San Roque, y por la bahía de Algeciras algunas barcas salen a pescar caballa, y en Palmones el dueño de una marisquería echa a un grupo de ingleses borrachos, y desde el puerto de Tarifa sale un ferry a Tánger, y en una piscina de Bolonia una vaca retinta se da un chapuzón…

 

La amistad es otro de los temas de tu libro. 

Cuando llegábamos al pueblo en verano nos juntábamos con los de nuestra edad, no era algo que eligieras. Con el tiempo, alguna amistad se ha podido consolidar y la mayoría se pierden, aunque mantengan intacto el cariño desde la lejanía. En el País Vasco, la cuadrilla es una institución en la que es muy difícil encontrar relaciones de profunda amistad. Es una forma más coral, de acompañamiento, con sus líderes y gregarios. Hay un grado grande de cinismo en las cuadrillas. Se habla mucho de lo difícil que es encontrar el amor, pero encontrar un amigo de verdad es aún más difícil. En el amor median cosas como la química o la atracción sexual, pero la amistad es todavía más rara, es otro tipo de conexión, menos alborotada y muy difícil de encontrar. Por amistad también se sufre mucho si de verdad te importa la amistad. Estamos condenados al sufrimiento porque suele ser muy decepcionante. Una buena relación de amistad es milagrosa. 

Respecto a la parte medioambientalista, en un momento de la novela confrontas el valor de lo comunitario con el interés personal, de supervivencia individual, de uno de los habitantes del pueblo, a propósito de su plantación de aguacates en una tierra que no es precisamente conocida por su abundancia natural de agua y posibilidades de regadío.

Lo del aguacate es un ejemplo muy ilustrativo, llevado al extremo. Los alcornocales forman parte del monte productivo y no generan conflicto porque son árboles más sostenibles. Montero, el personaje del libro, toma la decisión de plantar aguacates, no le duele lo que está haciendo. En el libro se sugiere, además, que obtiene el agua para el regadío de forma ilegal. El río también es colectivo y, por otro lado, sucede que vienen los de fuera a dar lecciones de cómo hacer las cosas, a poner el grito en el cielo porque se plantan aguacates, pero en la ciudad los comemos sin miramientos, sin pensar en si su cultivo en el sur de España es sostenible. Nos arrogamos una autoridad que tampoco merecemos, quizá. A mí, personalmente, no me parece adecuado plantar tantos aguacates. Hay zonas de río muy dañadas ya, es un cultivo cortoplacista y desorganizado. Es imposible que haya tantos aguacates sin esquilmar los recursos hídricos —de por sí, escasos— de la zona. 

 

txani rodríguez

Nuria regresa al pueblo en el que ha pasado los veranosdesde su infancia, un rincón dedicado a la extracción del corcho en un espacio natural protegido del sur de España. Durante su estancia, asistirá al conflicto entre dos formas de en tender el futuro, representadas por la población local, que busca nuevas formas de ganarse la vida ante el avance de la seca, una enfermedad que acaba con los alcornoques, y los veraneantes procedentes de la ciudad, que quieren preservar el entorno.

Después de convertirse en una de las sorpresas literarias de 2020 con Los últimos románticos, ganadora del Premio Euskadi de Literatura, Txani Rodríguez regresa con una novela de tensión creciente protagonizada por una joven inconformista, presa del mal augurio, marcada por la relación con su madre y un antiguo amor de verano, en un medio rural en crisis debido al cambio climático.

Escrito por:

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Relacionados

VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.

Revista en papel