sexo después del parto

EL SEXO DESPUÉS DEL PARTO

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Si el título elegido te lleva a pensar que voy a hablar sobre cuándo tener sexo después del parto, aviso que no va por ahí. La matrona, en mi primera revisión después de parir, me dio un bote de lubricante, diciéndome algo así como “estás estupenda, así que ya puedes tener relaciones sexuales”, y yo me sentí un poco descolocada. ¿Cómo podía saber ella si eso era lo que me apetecía, sin haberme preguntado antes? Lo peor no fue el malestar porque aquella mujer obviara mi estado psicológico —que era bastante lamentable, por otro lado—: lo peor fue que, cuando esa incomodidad se pasó, ocupó su lugar la culpa. Miraba el dichoso botecito en mi mesilla de noche y me preguntaba cómo podía ser tan fría al no querer tener “relaciones sexuales” con el padre de mi bebé, con quien había hecho posible ese milagro del universo. Por suerte, con el tiempo también llegó la mala leche. ¿De verdad que a estas alturas aún seguimos reduciendo la sexualidad a la penetración?, me preguntaba. ¿En serio una profesional, especialista en salud sexual y reproductiva de la mujer, no vio la carga innecesaria que estaba poniendo en mí, sumada a todos los cientos que yo acababa de adquirir como madre?.Así que creo que, al hablar del sexo después del parto, no hay que hacerlo en términos de cuándo, sino más bien de qué, cómo, por qué y para quién. Cuando la maternidad te revienta todo aquello que te creías que tenías tan bien colocadito en la vida, por mucho tiempo que nos lleve —incluso si son años—, bien merece la alegría plantearte un buen repaso de todo aquello que antes habíamos dado por sentado.

Debo confesar que, si me lanzo a contar y reflexionar sobre esto, ha sido incitada por el artículo “El amor después del amor” de Elena Sánchez Escandell —contenido en Madre, el quinto volumen de MaMagazine en papel—. Me reí tanto, a la vez que sentía pequeñas punzadas en el estómago, que iba volviendo a releer cada párrafo según lo terminaba para encajar cada detalle. De hecho, a la mañana siguiente, me acordé de él y lo primero que hice al levantarme fue volver a leerlo con la misma sensación del día anterior: una tremenda satisfacción porque una mujer hablara tan claro, junto con una mezcla de dolor interno al sentirme tan terriblemente identificada. En mi caso, cuando empecé a ver la luz al final del túnel del puerperio, uno de los temas que me acechaban recurrentemente era el de darle una vuelta a mi sexualidad. ¿A dónde acudir para ampliar horizontes? Pues a las formaciones y a las terapeutas, porque al menos en esta ocasión no me creí que sería suficiente con leerme un par de libros sobre el tema. El caso es que no me ha ido tan mal. Entre otras cosas, ya era hora de que cogiera un espejo para mirarme los genitales, que de otra manera son imposibles de ver, aunque nos cueste caer en ello. El hándicap es que siempre han sido actividades en grupos de mujeres, y ¿sería capaz yo de generalizar lo aprendido a un encuentro con un hombre? Pues no, claramente no, porque un cambio en mi sexualidad no es solo conocer mejor mi cuerpo y todas sus posibilidades, sino relacionarme a través de él con el otro de manera radicalmente diferente. Ahí es donde aún hay mucho que desmontar…

Como no tengo ni Whatsapp, acudir a Tinder es algo inconcebible para mí, aunque debo reconocer que en algún momento también me ha rondado. Menos mal que a las hippies nos queda el campo de las actividades espirituales con contacto físico. ¿Y qué es lo que me he encontrado en este amplio espectro de posibilidades? Pues, en general, con algo de decepción. Exceptuando algunos memorables encuentros —de esos de sentir subir la kundalini como si me fuera a hacer estallar la cabeza—, en la mayor parte de las ocasiones nos he visto objeto de las mismas miradas, como si estuviéramos en la barra de un bar. Como sabiamente concluyó una amiga, a veces, en el campo de la sexualidad consciente te encuentras más de lo mismo, pero con incienso y velas. En cualquier caso, no es la actitud de los hombres lo que quiero analizar aquí sino la mía. Porque ellos nos pueden mirar, acercarse a nosotras, interaccionar como crean y puedan, pero ¿por qué, a pesar de estar sintiendo que eso no es lo que queremos, seguimos sonriéndoles como si nada? Aquí es donde he encontrado unas similitudes tremendas con lo que Elena describe, aunque hayamos llegado por caminos diferentes. Expongo aquí algunos ejemplos, para ver si espabilamos de una vez por todas:

Quedo con un hombre, explicitando que solo quiero tener encuentros para seguir practicando lo que hemos visto juntos en un taller, y lo que se suponía que era explorar maneras diferentes de tener contacto físico —sin metas, escuchando lo que cada uno necesita en cada momento, desde la simplicidad de una caricia extendida en el tiempo—, al poco acaba convertido en lo de siempre. Solo me negué a algo en una ocasión —¡y eso que me lo había planteado como un ejercicio para trabajar la asertividad y poner límites!—, mientras que el resto del tiempo volví a caer en hacer lo que el otro quiere, porque “pobre, que no se sienta mal, si, total, ¿qué me cuesta a mí hacer lo que me está pidiendo?”. Para colmo, como también cuenta Elena que le pasó a ella, me enzarzo en un debate interno con mi madre, del tipo “pero, hija, que hay que ser buena y compartir”, aunque en este caso lo compartido sea mi cuerpo.

También está ese encuentro en el que el otro, desde el primer momento me deslumbra con todo el trabajo personal que lleva hecho y, a los pocos días —no hace ni una semana que nos conocemos— me llama llorando, como si solo yo existiera en el mundo para consolarle. A mí lo que se me activa es salir huyendo, pero de nuevo me digo “pobre, ¿cómo no voy a escucharle, si sé que puedo hacerlo?”. Y otra vez vuelve a aparecer mi madre de fondo, con un “hija, que hay que ser buena y cuidar a los demás”, aunque ese cuidado sea a costa de mi propia salud mental.

¿Y qué decir de cuando hay una red flag, de esas con luces de neón alrededor? Con una lindeza del estilo de “a mí no me gusta que me llamen machista solo por decir lo que pienso”, pues como quien lo dice está a años luz de algún que otro cavernícola que ha pasado por mi vida, me digo que no será para tanto y miro para otro lado. Pero, en esta ocasión, no solo aparece mi madre de fondo, sino que me doy cuenta de que son las mujeres de muchas generaciones atrás, diciéndome todas al unísono “es que quizá no vayas a encontrar nada mejor, hija…”. Y lo peor es que yo voy y me lo creo, viendo todo mi valor hecho añicos esparcido por el suelo.

Podría seguir así con algún ejemplo ilustrativo más, pero creo que se merecen otro texto aparte, por lo que resumiré aquí la conclusión a la que llegué —que, igualmente, es la misma a la que llegó Elena—: “necesito quererme más”. Y en ese quererme más debe entrar el respeto a esos cientos de avisos que se me activan en el cuerpo e ignorar completamente tanto a las voces internas como a la presión externa —esa que, cuando te plantas, todavía se cree con el derecho a decirte que estás equivocada o insistirte un poquito más, por si acaso—. En ese quererme más también debe entrar el decirle a mi niña pequeña que no necesita de un hombre para sentirse querida, que de eso ya me encargo yo, así como de sanar y reparar el vacío enorme que estaba intentando que ellos ocuparan. Menos mal que empiezan a hacer efecto los años de terapia.

Pero lo más importante de todo es que, en ese quererme más, aparte de entrar, debe salir también algo. Debe salir lo de siempre; ese más de lo mismo, aunque vaya adornado con incienso, velas, plumas o cuencos tibetanos. Por fin he entendido que no quiero que mi sexualidad sea como es la predominante. Como estamos descubriendo con el parto, lo normalizado no suele ser lo mejor para nosotras, sino todo lo contrario. Quiero algo diferente, aunque aún me cueste concretar en qué consiste el cambio exactamente. Pero ¿cómo no me va a costar si me he pasado toda la vida ignorándome, priorizando los deseos del otro? Por suerte, aparte de la decepción, también tengo motivos para felicitarme. En estos últimos años, junto a ese ver tantas cosas que no me han gustado, he de decir que ha habido en mí ciertos avances. Así me veo el otro día en una de estas actividades “de conexión”, y al momento de llegar, intercambiando un par de palabras y algunos gestos, ya he hecho un escáner preciso a los hombres de la sala. Sé con certeza que ninguno de ellos me genera un mínimo de interés, no ya para tener un contacto de mayor intimidad, sino para mantener una conversación más allá de cinco minutos. “No pasa nada”, me digo, y realmente así lo siento. No es que esté poniendo el listón muy alto, porque mis criterios no son ni más ni menos que los de otra persona, sino que simplemente estoy escuchando mis parámetros internos (“¡no!”, si busca una madre; “¡no!”, si busca una terapeuta; “¡no!”, si busca sexo rápido). Llevo mi atención a lo que he ido realmente: la propuesta y las sensaciones que mi cuerpo puede alcanzar. Conecto con que no es el otro —“porque, por fin, ahora sí que sí, he encontrado a esa persona especial, que me hace sentir algo que no había sentido nunca, como me he dicho tantas veces antes–, sino que soy yo la que ahora, con un cuerpo más mimado y relajado, está preparada para apreciar todo esto y mucho más. Me llevo lo experimentado, lo sentido, para seguir practicándolo yo sola en casa. Me quedo en la realidad y no me vuelo en los mundos de princesas del Disney espiritual, como tan fácilmente puede ocurrirnos. Aviso para las que usáis Tinder: Si pone en su perfil que practica tantra, grabaos a fuego la frase de “Dime de que presumeeeeeeeees”, con una “e” bien larga.

También me ha pasado que se cancele la actividad a la que iba a ir —probablemente mi única oportunidad en los siguientes 15 días de tener interacciones de este tipo— y, de nuevo, me vuelvo a decir  que no pasa nada. No hay urgencia, y me centro en otras necesidades. “Hace mucho tiempo que quería pintar las paredes de casa, pues hoy va a ser el día”, siendo la primera sorprendida de concluir algo así, porque detesto este tipo de tareas. Y cuando acabo, me voy a dar un paseo al campo, notando que me siento muy bien. Satisfecha. Que escucho a los pájaros cantar, que noto el olor de la tierra mojada, que conecto con el “no tengo pareja ni amante actualmente, y no pasa nada”. No está ni bien ni mal, sino que simplemente es lo que está. Ya no tengo prisa. No me veo salir corriendo hacia un amigo, que va con otro hombre que no conozco, con la excusa de que hace mucho que no le saludo. Como vivo en el campo, sin mucha posibilidad de interacción social, a veces he sentido la presión de “¡no dejes pasar las pocas ocasiones que tienes, hija!”, pero ahora, cuando una oportunidad se aleja, concluyo que no debía ser ni la persona, ni el momento. ¡Ojalá hubiera dejado ir a unos cuantos mendrugos con los que he perdido tanta energía y tiempo!

Por si acaso alguien me malinterpreta, no es que me esté planteando convertirme en monja y renunciar a lo terrenal. La espiritualidad aún no se me ha subido tanto a la cabeza. Quiero intimidad, quiero sexo, pero lo quiero de otra cualidad. Y para llegar a ese tipo de encuentros, a esos que no se sientan como fast food, sé que tendré que pasar otras cuantas pantallas más y plantarme con otros cuantos límites antes —la frase que más he repetido en este último tiempo es “yo así no quiero”—. No me importa esperar, porque tengo toda la vida por delante, por mucho que el calendario señale que cada vez empiezo a estar más cerca de los 50. Desde que alguien me dijo que su abuela, de 80 años, sigue llevando minifalda, me veo así yo también —con minifalda, bailando, bañándome desnuda o haciendo lo que me venga en gana— y me gusta la idea. Seguiré jugando porque ahora, con la lección medio aprendida, estoy convencida de que solo es cuestión de práctica. Si nuestras hijas e hijos son capaces de descubrir cómo comer, correr o hablar solo con escuchar a sus cuerpos, estoy segura de que nosotras podremos conectar con nuestra sexualidad femenina para dejarla ocupar su lugar. Además, también estoy segura de que si todas vamos diciendo unos cuantos noes a lo que no nos sienta nada bien, ellos también entenderán porqué deben tenernos más en cuenta. Puede que entonces no tengamos que esperar tanto, porque todos habremos cambiado mucho más rápido de lo que pareciera. …pero, mientras el proceso se va dando, yo voy a ir comprando pintura para la semana que viene, que veo que me va a tocar retocar la cocina.

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VICTORIA GABALDÓN

Madre de Julieta y Darío, periodista y escritora. Creadora de MaMagazine, orgullosamente apoyada por una tribu de comadres poetas, escritoras, fotógrafas, creativas, ilustradoras, psicólogas, docentes y periodistas especializadas en maternidad.
Es psicóloga, docente, escritora y madre. Ha publicado PARtIR y Mamas.

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